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Una crítica sistemática del Nuevo Leccionario. Con ocasión de su 50º Aniversario

Mientras los demás aspectos de la reforma litúrgica que siguió al Vaticano II han sido blanco de serias críticas, el renovado leccionario plurianual es el elemento que siempre se ha destacado como exitoso, como una instancia de progreso genuino[1]. Un autor popular católico escribe:

«Pienso, sin embargo, que el cambio más significativo (en la liturgia) vino en 1969, con la introducción del leccionario revisado. Los medios no lo detectaron puesto que hubo poquísima controversia. Casi todo el mundo estuvo de acuerdo en que el producto final constituía un logro notable. Y no puede haber dudas de que fue un desarrollo mayor en la vida de la Iglesia. El leccionario fue diseñado específicamente con el propósito de subrayar la relación esencial que existe entre Escritura y liturgia».

Otro respetado teólogo concuerda:

Pareciera probable que, cualesquiera sean los futuros desarrollos que se den en el Rito Romano, este uso extendido y el énfasis en la Sagrada Escritura en el culto católico constituirán la contribución más duradera del Papa Pablo y, podría afirmarse, incluso el más importante don a largo plazo para la vida de la Iglesia.

Y nadie menos que Benedicto xvi, quien ha sido un franco crítico de muchos de los cambios postconciliares, alabó las ventajas del nuevo leccionario. Robert Moynihan relata esta anécdota:

Cuando, por ejemplo, yo expresé (en 1993, es decir, hace ya 20 [ahora 26] años atrás) mi opinión de que el ciclo anual de lecturas no debiese haber sido reemplazado por uno trianual (yo argumenté que el anual era de algún modo más «orgánico», más en harmonía con el ciclo natural de las estaciones y, por lo tanto, más profundamente penetrante, tanto psicológica como espiritualmente, en los corazones y las almas de los fieles de a pie, quiénes oirían las mismas palabras en los mismos domingos cada año, pero en las circunstancias cambiantes dadas por el paso del tiempo y la vida), él fue muy enfático entonces señalando que el ciclo en tres años era un avance, puesto que permitía a los fieles escuchar más pasajes de la Palabra de Dios y no los limitaba a oír los mismos cada año. Ese diálogo me dejó claro que el Papa Benedicto sí considera al menos algunos aspectos de la reforma litúrgica conciliar como mejoras de la liturgia tradicional.

El n.57 de la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Verbum Domini apoya el relato anterior:

Quisiera hacer referencia ante todo a la importancia del Leccionario. La reforma promovida por el Concilio Vaticano II ha mostrado sus frutos enriqueciendo el acceso a la Sagrada Escritura, que se ofrece abundantemente, sobre todo en la liturgia de los domingos. La estructura actual, además de presentar frecuentemente los textos más importantes de la Escritura, favorece la comprensión de la unidad del plan divino, mediante la correlación entre las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, «centrada en Cristo y en su misterio pascual».

En todo caso, hay razones suficientes para hacer una nueva visita al leccionario medio siglo después. Para verlo a la luz de la experiencia y la madurez de su reflexión y preguntarse si los principios que guiaron su revisión y el cómo se llevaron a la práctica esos principios fue de acuerdo a lo que se esperaba.

1. El Movimiento Litúrgico y el Concilio Vaticano II

Había sólidas razones para que se quisiera complementar el antiguo leccionario. Debe admitirse, como un dato sencillo de historia litúrgica, que los ritos occidentales de la misa, incluido el romano, contuvieron alguna vez un rango más amplio de lecturas de la Escritura que el que se halla en el rito romano codificado por San Pío v después del Concilio de Trento y que sigue en uso como misal de Juan xxiii.

Como describe un autor reciente:

El leccionario de 1962 se corresponde (hecha excepción de los días de fiesta de reciente creación) con aquel del misal romano de 1570. Éste, a su vez, depende del Misal Romano Seráfico (el misal franciscano) del siglo 13, que no incluía las lecturas de las ferias no cuaresmales halladas en libros romanos anteriores y también en libros de otros ritos y usos. Hacia la segunda mitad del siglo 19, aún continuaban en uso misales galicanos con lecturas para ferias no cuaresmales. Típicamente, se ofrecían lecturas para algunos pero no para todos los días de la semana, como para el lunes, miércoles y viernes e incluirían, por ejemplo, relatos paralelos a la perícopa usada en el evangelio dominical.

La prominencia creciente del ciclo santoral y la gran popularidad de las misas votivas tendió a desplazar esas lecturas feriales hasta el punto que, desde el s.13 en adelante, no parecía tener sentido incluir en el misal lecturas que se fueran a usar solo en contadas ocasiones. Ese hecho, junto al deseo de incluir todo lo necesario para la misa en un solo volumen convenientemente imprimible y portátil, explica por qué se consideró suficiente para el misal de 1570 que tuviera una selección reducida de lecturas.

Hacia la mitad del s.20 había un amplio acuerdo entre quienes participaban en el movimiento litúrgico: el Rito Romano se vería beneficiado por un incremento en la variedad y extensión de las lecturas bíblicas. Ese juicio emergió, en gran parte, del contemporáneo movimiento bíblico, con su énfasis renovado en la historia de la salvación. El padre Morin, un amigo de Louis Bouyer, afirmó en 1944:

«Nos guste o no, la liturgia es… bíblica. Decir que se puede hacer que alguien la comprenda sin iniciarlo en la Biblia es una contradicción en los términos».

Los liturgistas de Maria Laach hablaban en 1951 de tener un ciclo de lecturas de tres o cuatro años. En una reunión en 1956 de la Comisión para la Reforma de la Sagrada Liturgia de Pío xii, se examinó un nuevo Capitulare lectionum et evangeliorum para el Misal romano. La conversación tocó el tema de un ciclo trienal de lecturas. Ante la pregunta formal del Cardenal Cicognoni: En términos generales, ¿se debería ampliar las perícopas de la Escritura de la misa? la Comisión Pian respondió unánimemente de forma afirmativa.

Dado este contexto, no nos sorprenderá que los Padres del Concilio Vaticano II discutieran la revisión del leccionario pero no le pusieran mucha atención. Si uno busca en las Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani Secundi discursos sensacionales en el aula en que los padres discutieran sobre la Escritura en la misa quedaría probablemente defraudado. Algunos padres se preocuparon acerca de la inconveniencia de esparcir la Escritura a lo largo de múltiples años, pues ello requeriría muchos volúmenes para la celebración de la misa. Otros sugirieron el compromiso de enriquecer el ciclo anual con lecturas diarias, especialmente del Nuevo Testamento. Otros incluso notaron que a las lecturas dominicales les faltaban algunos de los pasajes más emocionantes de los evangelios. Pero no fue un tema en el que muchos tuvieran mucho que decir. Las modificaciones al Ordo Missae y el mantener el latín fueron temas de debate mucho más controvertidos y se les dedicó mucho más tiempo.

Al final, la gran mayoría de los padres votó aprobar las siguientes provisiones en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium:

24. En la celebración litúrgica la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande. Pues de ella se toman las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan, las preces, oraciones e himnos litúrgicos están penetrados de su espíritu y de ella reciben su significado las acciones y los signos. Por tanto, para procurar la reforma, el progreso y la adaptación de la sagrada Liturgia, hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos, tanto orientales como occidentales.

35. Para que aparezca con claridad la íntima conexión entre la palabra y el rito en la Liturgia: 

1). En las celebraciones sagradas debe haber lectura de la Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada. 

2). Por ser el sermón parte de la acción litúrgica, se indicará también en las rúbricas el lugar más apto, en cuanto lo permite la naturaleza del rito; cúmplase con la mayor fidelidad y exactitud el ministerio de la predicación. las fuentes principales de la predicación serán la Sagrada Escritura y la Liturgia, ya que es una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en nosotros, particularmente en la celebración de la Liturgia.

51. A fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura.

2. El Leccionario corregido del Consilium

Llevar a cabo estos mandatos conciliares fue el encargo delConsilium ad exsequen­dam Constitutionem de Sacra Liturgia. Si el comité encargado del leccionario, el Coetus xi, hubiese seguido diligentemente dos principios importantes de Sacrosanctum Concilium el resultado hubiese sido bien distinto; esos principios son los señalados en los nn.23: «…no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» y 50: «restablézcanse, en cambio, de acuerdo con la primitiva norma de los Santos Padres, algunas cosas que han desaparecido con el tiempo, según se estime conveniente o necesario». En aquel caso, si se hubieran tenido en cuenta esos principios, el proceso de revisión del leccionario habría incluido, antes que nada, restituir al Rito Romano lecturas que alguna vez le pertenecieron y, luego, introducir con cautela lecturas nuevas, de un modo armonioso con el genio del rito mismo.

Pero no había de ser así. En esta área, como en muchas otras áreas, las ambiciones del Consilium eran monumentales e innovadoras. No era suficiente con mejorar lo que ya existía. Había que volver a hacer el leccionario completo desde los fundamentos. Los padres conciliares nunca debatieron los méritos o deméritos de un plan así porque nunca se dijo nada en el aula acerca de desechar el leccionario existente y empezar más o menos de cero. Como fue cierto de otras metamorfosis litúrgicas, para la mayoría de los padres conciliares hubiese sido impensable que la liturgia fuese pronto a ser tratada como un experimento de laboratorio cuyas partes podrían ser removidas, reemplazadas y fabricadas ad libitum.

El trabajo del Coetus xi resultó en el leccionario con el que estamos todos familiarizados: un ciclo trienal de lecturas dominicales, un ciclo bianual de lecturas feriales y una verdadera montaña de opciones de lecturas para las fiestas, ritos sacramentales y otras ocasiones especiales. Una descripción razonablemente completa de los principios tras la reforma y tras muchas de las decisiones prácticas que se tomaron se ofreció en el documento llamado Introducción General al Leccionario, cuya primera edición apareció en 1969 y la segunda, ampliada y revisada, en 1981. En las páginas que siguen me ocuparé de ideas explícitamente afirmadas en esa Introducción General.

3. Crítica del Leccionario revisado

Ciertamente hay ganancias en el nuevo leccionario: la espléndida selección de lecturas proféticas para las ferias de Adviento, la selección de lecturas del Tiempo Pascual y el afortunado emparejamiento de algunas perícopas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Sin embargo, a lo largo de las décadas, algunas voces solitarias han apuntado varios problemas que tiene este leccionario y que van desde la selección, el largo y el incontrolado número de lecturas, a la académica estructura de los ciclos, a las omisiones preocupantes y a problemas incidentales que han surgido en la práctica.

En esta sección, reexaminaré cuatro principios guía de la revisión del leccionario. A saber: el alargarse de las lecturas; su ordenación como un ciclo plurianual; la preferencia general de la lectio semi-continua o continuidad de las lecturas por sobre las lecturas del ciclo santoral; y la decisión de omitir lecturas «difíciles». Luego consideraré el modo en que el nuevo leccionario se implementó en la carne, esto es, el ars celebrandi que inauguró.

(a) El propósito de la Sagrada Escritura en la misa

Pero antes de examinar los principios particulares que están tras el nuevo leccionario, se encuentra la cuestión más fundamental del propósito mismo que tiene la Sagrada Escritura en la misa. ¿Se trata de un momento de instrucción del pueblo o es más bien un elemento del culto latréutico que Cristo y su Cuerpo místico ofrecen a la Santísima Trinidad?

Puede y debe ser ambas cosas. Pero en un cierto orden. La Palabra de Dios es proclamada en la misa como parte de la preparación espiritual para el sacrificio de nuestro Redentor y la comunión de Dios y hombre en el sacramento de su pasión. Dado que se trata del sacrificio del Cuerpo Místico, Cabeza y Cuerpo, es también el sacrificio que nosotros, como hijos de la Iglesia militante, ofrecemos a Dios unidos a la triunfante y por el bien de la purgante. En consecuencia, las lecturas tienen una identidad eclesial, una orientación sacerdotal y una finalidad eucarística, y todo eso debiese determinar qué lecturas son mejores para su propósito y cuál es el mejor modo de proclamarlas. Las lecturas en la misa no son tanto didácticas como icónicas, pues apuntan al camino que está más allá de ellas.

El fin de la liturgia no es tanto familiarizarnos con la Sagrada Escritura al modo de un estudio bíblico o una clase de catecismo —que, por supuesto, debiesen tener lugar en algún otro momento—sino darnos la adecuada forma de la mente y del corazón con respecto a las realidades de nuestra fe, de modo que podamos adorar a Dios en espíritu y en verdad. En los ritos tradicionales del Este y del Oeste, la Sagrada Escritura sirve como un soporte a la acción litúrgica; ilustra o amplía otra cosa de la que se trata principalmente el culto.

(b) Precaución acerca del largo de las lecturas

Como vimos, los padres conciliares desearon que hubiera más Sagrada Escritura en las liturgias de la Iglesia. La primera manera para lograr ese objetivo es poner más Escritura en cada liturgia individual. Esto se hizo añadiendo una lectura a las misas de los domingos y fiestas y alargando en promedio las lecturas en todas las misas. Sin embargo, a la luz del propósito de la Escritura al interior de la misa, pienso que deberíamos reconsiderar la sabiduría de hacer crecer las lecturas en una misa. Es una obviedad que más no quiere decir necesariamente mejor, pero hay razones específicas que conciernen lo que podríamos llamar la ecología de la misa, ese delicado equilibrio entre las partes que en ella interactúan.

Las lecturas generalmente más largas del leccionario revisado, junto al nuevo énfasis de Sacrosanctum Concilium en la homilía como una parte integral de la liturgia, han contribuido a lo que podríamos llamar «imperialismo verbal», esto es, la tendencia a que las palabras y la palabrería se tomen muchas misas, sofoquen el silencio y la meditación y oscurezcan la centralidad del sacrificio eucarístico. Sucede con demasiada frecuencia que la homilía dura unos quince minutos o más, mientras que la parte más solemne de la misa dura aproximadamente tres minutos dada la elección de la Plegaria Eucarística II.

Debemos recordar que, en el Novus Ordo, casi todo en la misa se dice en voz alta de principio a fin. Tanto el saludo, la colecta, las lecturas, la homilía, la Plegaria Eucarística y así hasta el fin, todo está fenomenológicamente puesto al mismo nivel. Si se hace mal, puede ser como ir avanzando punto por punto en los asuntos de la agenda de una reunión. Esto significa que la mera longitud se traduce inevitablemente en énfasis. En este mundo de total exposición y extroversión, la Plegaria Eucarística tiende a perder. Sencillamente no tiene la prominencia suficiente para sostenerse. En el usus antiquior, el silencioso Canon Romano otorga un centro de gravedad que ningún texto o palabra puede eclipsar. Fue y siempre será el gran contrapeso a los largos sermones o a la música de menor calidad. También a la música suntuosa.

El tamaño total de la Liturgia de la Palabra de los domingos, si se considera las dos lecturas, el salmo responsorial, el evangelio, una homilía posiblemente hinchada, el Credo y la oración de los fieles, seguida por una disminuida Liturgia Eucarística, ha dejado a demasiados católicos una falsa impresión de lo que la misa es. Pareciera que lo principal que hacemos juntos es leer la Escritura y hablar sobre ella. Se le añade una recreación de la Última Cena para que todos reciban alguna cosa antes de irse a su casa. Como sabemos, a los católicos les gusta recibir algo en la misa, sean cenizas o ramos de palma o folletos y, de alguna manera, el triste fenómeno de que todo el mundo se ponga en fila para recibir la comunión cuadra con este modelo. La misa como un verdadero sacrificio, propiamente tal, ha sido casi totalmente eclipsada por la misa como «mesa de la Palabra y mesa de la Eucaristía de la que se nos alimenta». Obviamente que hay verdad en ese modo de hablar, pero cuando se convierte en el principal modo en que entendemos la misa, estamos ante una profunda distorsión.

Si el objetivo de las lecturas en misa es preparar al pueblo y conducirlo al gran sacrificio eucarístico, entonces el peligro del imperialismo verbal es evidente: al prolongar indebidamente las lecturas, las palabras se han salido de cauce y llegado a ser algo en sí mismas, un centro de gravedad que domina la liturgia. Desde ese punto, las lecturas ya no están en harmonía con su propósito en la misa sino que juegan en contra. Aquí vemos, por primera vez, la posibilidad de que la Sagrada Escritura se encuentre en tensión con la Eucaristía en vez de servirla como su sierva. El alargar las lecturas y el énfasis exagerado en la homilía, unido a otros cambios litúrgicos que se hicieron luego del Vaticano II (frecuentemente adaptaciones y simplificaciones) ha distorsionado el equilibrio de la misa, al modo en que el cultivo excesivo puede llevar a la erosión del suelo y la destrucción de un ecosistema.

(c) Lo apropiado del ciclo anual

Hemos considerado algunos de los problemas de aumentar las lecturas en una misa. Una segunda manera de poner más Sagrada Escritura en la misa sería extender las lecturas en un número mayor de misas. Si bien podría hacerse dentro del campo de un año, los reformadores litúrgicos rápidamente asumieron un ciclo plurianual. Con años múltiples a su disposición, el leccionario nuevo es capaz de cubrir una parte considerable de la Sagrada Escritura, abarcando toda la historia de la salvación y ofreciendo un despliegue notable de pasajes importantes de la Biblia. Es este, más que cualquier otra cosa, lo que es visto como el gran logro de la reforma.

Me gustaría también aquí invitar a la cautela. Un ciclo de un año de lecturas puede ser considerado no solo con respecto a la cantidad de Sagrada Escritura que presenta, sino también con respecto al modo en que presenta la Escritura que contiene. Un año es una unidad natural de tiempo, con una compleción satisfactoria, como la de un círculo. Históricamente, los ritos occidentales y orientales han tenido siempre un ciclo anual de lecturas, como también la liturgia sinagogal. En efecto, toda cultura ha vinculado los ritmos de la vida humana con los ritmos combinados del sol y las estrellas, uniendo lo humano y lo cosmológico. La propia Sacrosanctum Concilium da una afirmación convincente de por qué el año litúrgico es justo eso: un año:

102. La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo en días determinados a través del año la obra salvífica de su divino Esposo. Cada semana, en el día que llamó «del Señor», conmemora su Resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa Pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. …Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor… En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del [sic] su Hijo;…Además, la Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos (cf. SC 102-104, énfasis del autor).

Con el ciclo de un año viene la repetición y su fruto de familiaridad que lleva al hacer interior: el plantarse la semilla hondo en la tierra del alma. Quien se sumerge en la liturgia tradicional se da cuenta de que sus lecturas anuales, con el tiempo, llegan a ser hueso de sus huesos y carne de su carne. Uno empieza a pensar en algunos días, meses, estaciones del año o categorías de santos en un tándem con sus lecturas particulares, que abren su sentido más y más al alma devota. Si la Palabra de Dios tiene una profundidad infinita, la liturgia tradicional nos desea que estemos junto al mismo pozo año a año. Que hagamos descender en él nuestro balde y así seamos conscientes de una inagotable hondura que quizás no sea tan clara para quien va metiendo su balde en los diversos pozones de un arroyo en el curso de dos o tres años.

Los elementos fundamentales de la fe y los hábitos de oración deben ser inculcados semana a semana, día a día y es por eso más apropiado pedagógicamente tener lecturas que se repitan anualmente: la antiquísima Epístola y el Evangelio asignado a los diversos domingos después de Pentecostés; las lecturas de la octava de Pascua; las lecturas para ciertos tipos de santos: mártires, apóstoles, confesores, doctores, papas, vírgenes. De ese modo, el pueblo cristiano a lo largo del ciclo anual es bien formado por un grupo de «textos nucleares» (core texts), más que ser llevado cada día a nuevas regiones de texto, especialmente a aquellas narraciones históricas más secas o a los pasajes más largos de los profetas, de los que es más difícil obtener provecho si no es a través de un estudio extra-litúrgico.

Parece indiscutible que los fieles necesiten más Sagrada Escritura en sus vidas. Pero de allí no se sigue que debamos abarcar la mayor cantidad posible de Escrituras en la misa. Se puede considerar esto desde un punto de vista psicológico. La lectura en la misa es una «propiedad de un evento»: la mente no conecta fácilmente la lectura de ayer con la de hoy ni la de hoy con la de mañana. Hay un montón de cosas que ocurren en la misma liturgia y el resto de mi día y, a menos que el sacerdote conecte deliberadamente las lecturas, cada día es una entidad en sí. La misa diaria es la unidad discreta. Entonces las lecturas deberían ser proporcionadas a ella y no a una secuencia mayor de tiempo (aparte del carácter general del año litúrgico y sus temporadas). El resultado es que con un leccionario ampliado, la gente oirá más y olvidará más Escritura que antes. Con el ciclo anual, en cambio, la gente oye las cosas repetidamente y tiene la oportunidad de familiarizarse con ellas. Pensamos que se obtiene más, espiritualmente, de un pasaje inspirado que se vuelve familiar, que de un largo ciclo que intenta «pasar» por mucha Sagrada Escritura.

La situación es bastante distinta con la lectio divina, donde cada día uno se concentra exclusivamente en la Biblia, de modo que es más fácil conectar los días entre sí. Como los sacerdotes practican esencialmente la lectio divina, o alguna otra forma concentrada de estudio bíblico cuando preparan sus homilías, son ellos los que más se benefician del ciclo de dos o tres años. Eso podría explicar el entusiasmo de buena parte del clero por el leccionario. Pero ¿qué pasa con los laicos? Debe notarse que la renovación bíblica vivida en los años recientes proviene en gran parte de conversos del protestantismo que han introducido historia de la salvación y lectio divina en los programas parroquiales. Ese hecho sugiere que el trabajo que debiésemos estar haciendo parece ser más necesario fuera de la misa que en ella.

En conclusión, aunque es común que se alabe al nuevo leccionario por contener mucha más Sagrada Escritura que su predecesor, la experiencia con ambos puede conducir a la conclusión contraria: que el leccionario plurianual es poco manejable y difícil de absorber, mientras que el viejo ciclo de lecturas es hermosamente proporcionado a los ritmos del ciclo natural del tiempo y a la plenitud del año eclesiástico de gracia que se apoya en la naturaleza. Y, en general, podemos afirmar que un ciclo anual de lecturas bien elegidas, como argumentamos antes, se adapta más al propósito icónico y latréutico de la Sagrada Escritura en la misa.

(d) Primacía del ciclo santoral

Habiendo ya visto la extensión de las lecturas tanto en una misa como a lo largo de muchas misas, me referiré al tercer principio que guía el leccionario revisado: la preferencia de la lectura continua o lectio semi continua. En otras palabras, al hecho de que leemos de un libro o una carta o un evangelio de un modo secuencial en un periodo determinado de tiempo; y a que al mantener esa continuidad se eclipsa el ciclo santoral. Este es un principio distinto e importante.

Todo lo que dijimos antes acerca de lo poco práctico que es la continuidad de las lecturas puede ser repetido aquí. Pero quiero llamar la atención a la relación especial que los santos tienen con la Escritura y con la misa. Dado que el objetivo de la fe cristiana no es un conocimiento material de las Escrituras sino la santificación personal y la conversión (que es el contenido formal y objetivo de la propia Escritura) se presenta a los santos en la liturgia como ejemplo para nosotros de cómo hay que vivir, como hay que creer, cómo hay que amar. Correctamente, se pone a la Escritura al servicio de ese propósito a través de la correlación de lecturas específicas con santos específicos o con tipos de santos. Dado su número más limitado y por su memorable (y obligatoria) relación con santos particulares, estas lecturas y evangelios facilitan la familiaridad con la Palabra de Dios que nos ilustra o nos enseña acerca del triunfo de los santos de Dios.

Podría decirse que los santos son la Escritura en carne y hueso. Es por eso que la palabra escrita está destinada a estar a su servicio y a reflejar su primacía existencial. La Escritura en sí es palabra muerta. Son los santos quienes son la prueba determinante y la más gloriosa manifestación de la verdad de la fe cristiana. Los santos demuestran que la Escritura no es un libro inerte sino un ejemplo viviente. Debemos entender el rol de la Escritura en la misa en referencia a su encarnación en las vidas de los santos y a su continuo dirigir nuestra mirada a la suprema realidad de Jesucristo, Sabiduría eterna y encarnada.

Permítaseme dar otro ejemplo. El 4 de mayo, fiesta de santa Mónica en el usus antiquior, la epístola presenta a san Pablo que habla del honor debido a las verdaderas viudas (lectura que Mónica comparte con otras santas viudas). Pero el evangelio especialmente escogido para la ocasión es el de Jesús que resucita al hijo de la viuda que llora, devolviéndolo a su madre. ¿Podría hallarse un evangelio más perfecto para la madre de san Agustín?¡Qué mejor para imprimir en nuestras almas tanto el evangelio como la vida de Mónica que esa sorprendente yuxtaposición! Cada año de su peregrinar en la tierra, sin importar cuántos miles de años pasen, la Santa Madre Iglesia conmemoraría así a la madre que nunca perdió su fe en Dios y que al fin recibió de vuelta a su hijo, antes muerto en el pecado y el error, ahora resucitado en la vida de la gracia.

(e) Coherencia entre los Propios de la misa y el Ordinario

Los tres principios guía del nuevo leccionario que he ido examinando tienen que verano la cantidad de Sagrada Escritura que encontramos en misa. Antes de pasar al cuarto principio, que no tiene que ver con la cantidad, quisiera detenerme un momento y comentar la cuestión acerca de la categoría de cantidad en sí, en lo que se refiere a la Biblia en la misa.

Para ejemplificar lo que quiero decir podemos tomar la cuestión del ciclo santoral. El uso de un propio o común de la misa omnicomprensivo en el ciclo santoral tiene el efecto de tejer toda una liturgia como un paño sin costuras: las oraciones honran e invocan al santo; las lecturas y antífonas ensalzan sus virtudes, de modo que el santo es presentado como ejemplo y maestro; el sacrificio eucarístico nos une como peregrinos de la Iglesia militante a la Iglesia triunfante —representada en las listas de santos en el canon romano. Toda la liturgia cobra una unidad de santificación, mostrándonos tanto el camino primordial de santificación —Jesús en la Santa Eucaristía— y los modelos logrados de santidad.

La fiesta de santa Teresa de Lisieux (ver el Apéndice A, abajo) puede servirnos de ejemplo concreto de esa riqueza literaria y teológica inmensa del Misal Romano tradicional, que centra las partes variables de la misa en torno al santo cuya memoria se celebra en la tierra. Puede verse fácilmente, cómo los elementos de la misa conectan unos con otros como eslabones de una cadena, dándole al fiel una formación espiritual específica y un poderoso incentivo para la oración.

Si damos un paso más y miramos las antífonas, oraciones y lecturas, poniendo como telón de fondo la presencia de la Sagrada Escritura en el Ordo Missae, el resultado es impresionante (Apéndice B). Este fenómeno podría denominarse «permeación bíblica» o quizás «difusión escriturística» y la sostiene por un Ordo Missae que no cambia. Como el Ordo no está sujeto a una multitud de opciones, es mucho más fácil conectar las partes variables con lo invariable. Por ejemplo, el uso característico de textos del Antiguo Testamento en las antífonas es muy armónico con la mención expresa de Abel, de Abraham y de Melquisedec en el Canon Romano, junto a su hierático lenguaje sacrificial, que tanto evoca la ley mosaica. La solidez y la estabilidad del canon es como un macizo fundamento de piedra sobre el cual se asientan las piedras cuidadosamente talladas de los propios para hacer un espacioso edificio de oración.

Como se muestra en la figura, la Escritura empapa a todo nivel el usus antiquior. Aunque muchas de sus oraciones se digan en silencio, los católicos que conocen bien el rito antiguo van siguiendo en sus misales y hacen propias esas ricas oraciones. Esa ha sido mi experiencia: he llegado a apreciar no solo los propios que van cambiando sino también los versículos fijos de los salmos 42, 44, 115 y el Prólogo del Evangelio de san Juan.

En la liturgia nueva, por contraste, las oraciones, lecturas y la Eucaristía se sitúan una con otra frente a frente. Ya no se encuentran calzadas en un único flujo de acción. Las lecturas bíblicas son extrínsecas y accidentales a la celebración de la mayoría de los días de los santos, en tensión con la finalidad intrínseca de la Escritura. El problema general aquí es la integridad global de la celebración litúrgica. Más allá de la formalidad de las «lecturas» en la misa, deberíamos mirar también como la Sagrada Escritura se encuentra presente en todo el resto de la liturgia. ¿Cuán «empapada de las Escrituras» se encuentra la liturgia como un todo? ¿Son las antífonas, las oraciones y lecturas del propio, coherentes entre sí y con el Ordo Missae? En consecuencia, si bien es cierto que evidentemente hay una extensión mucho mayor de la Biblia en el nuevo rito, no es menos cierto que cabe preguntarse acerca de su intensidad: ¿Está acaso el nuevo Misal Romano tan profundamente empapado del lenguaje, de la imaginería y del espíritu de la Escritura como lo está el antiguo Misal Romano?

(f) Omisión o dilución de pasajes «difíciles»

Hasta ahora he discutido aquéllos principios que sirvieron de guía a la reforma del leccionario en lo concerniente a la cantidad de Sagrada Escritura en la misa. Quisiera ahora atender a un aspecto no cuantitativo de la reforma, a saber, la decisión de omitir o marginar pasajes «difíciles».

Toda vez que los reformadores se permitieron tres años de domingos y dos años de ferias semanales, podría haberse supuesto que no dejarían de incluir todas las lecturas de la liturgia tradicional en su nuevo leccionario y que al recorrer los diversos libros bíblicos no omitirían ningún pasaje clave. En lugar de ello, tomaron una decisión programática de evitar lo que consideraron textos bíblicos «difíciles». ¿Qué tipo de textos tenían en mente? Daré un par de ejemplos.

En el vasto leccionario nuevo, los siguientes versículos de la Primera Carta a los Corintios no aparecen ni una sola vez: « Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor.  Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Co 11,27-29). La advertencia de no recibir indignamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo —so pena de condenación— no se ha leído en ninguna misa Novus Ordo durante casi medio siglo. En la misa tradicional se oía esos versículos al menos tres veces cada año: el Jueves Santo (en que la Epístola es 1 Co 11,20-32 y dos veces en Corpus Christi (la Epístola es 1 Co 11,23-29 y la antífona de Comunión 1 Co 11,26s). Los católicos que siguen el usus antiquior tendrán siempre ante sus conciencias estas desafiantes palabras. Y seamos francos: el concepto de comunión indigna sencillamente ha desaparecido de la conciencia general católica. Y el nuevo leccionario comparte algo de la culpa por eso.

Es bien sabido que los salmos imprecatorios o de maldición se quitaron de la Liturgia de las horas. Menos se sabe que la supresión selectiva de salmos afectó también a la misa. Hay un número sorprendente de versículos de salmos que destacaban en el misal antiguo y que ahora o cuesta encontrar o están derechamente ausentes. Por ejemplo, los conmovedores versos del Sal 42 con que empieza toda celebración del usus antiquior quedaron en el nuevo leccionario relegadas al viernes de la 25ª semana del tiempo ordinario (año 1) y a un par de versículos de la vigilia pascual. Eso es todo. Al Sal 34 (35) que era tan querido a nuestros ancestros por su lenguaje del tiempo de pasión y por sus imágenes ascéticas, se le recortó de ocho apariciones en el usus antiquior a una sola en el recentior. Y eso si es que se dice o canta el Introito, que es opcional (Apéndice C).

Lo que ocurre con estos ejemplos (y son numerosos) es muy simple. Avergonzados por una doctrina divinamente revelada o por una actitud espiritual, algunos miembros de la Iglesia hacen lo que pueden para asegurarse de que no se la mencione nunca o solo rara vez. Los hombres del Coetus xi sabían lo que eran las lecturas tradicionales. Y aparentemente suprimieron de forma deliberada algunas de ellas. La novedad de los ciclos plurianuales y el hecho monumental de contar con «más» Escritura distrajo nuestra atención de qué fue lo que se perdió en la transición. Un proceso similar de atenuación doctrinal puede verse en la edición de las oraciones colectas que hizo el Consilium. En sus versiones postconciliares frecuentemente se omite o se quita importancia a las «cosas desagradables».

(g)El ars celebrandi

Todo lo que he ido diciendo hasta ahora dice relación con el leccionario mismo: qué llevó a su creación, qué principios guiaron su elaboración y cómo se seleccionó o excluyó algunas lecturas. Pero, podríamos añadir, tanto o más importante que la selección y la cantidad de lecturas es el modo en que se trata la Escritura, cómo la reverencian los ministros, y cómo se integra en el conjunto de la liturgia. Es comparable al contraste que puede haber entre el moderno libro impreso y el manuscrito medieval iluminado. Una Biblia escrita a mano con una bella caligrafía, con iniciales elaboradas y rodeadas por espléndidas decoraciones es una manera de mirar y tratar la Palabra de Dios. También lo es una edición barata, de bolsillo, que aprieta las palabras en unas hojas muy delgadas, con una presentación sosa y sin imágenes especiales. En esta última parte de mi crítica, quisiera dirigir nuestra atención al reino del ars celebrandi.

Una muestra de si estamos cogiendo la nobleza y finalidad eucarística de las lecturas, es si se las proclama con la debida solemnidad. Deberían estar rodeadas de un ceremonial rico, que incluya el canto del texto sagrado, velas e incienso. En una Misa cantada, el canto de las lecturas las eleva de un modo acorde a la profundidad y belleza de las palabras propias de Dios y acorde también al acto público de transmitir la revelación divina. El canto es como incienso musical. En una Misa solemne, el canto es jerárquico, primero canta el subdiácono, luego el diácono, y eso expresa la relación metafísica entre los diversos elementos: el ministro menor canta la Epístola, el de nivel medio canta el Evangelio y el ministro más alto, el que representa directamente a Cristo, sumo sacerdote, susurra las palabras de la consagración que exceden infinitamente cualquier canto en la tierra. Así, el Rito romano clásico trae a la luz de un modo convincente el hecho de que, cuando se trata de la Escritura, no estamos manejando mera verborrea humana, sino preciosos secretos que salen de la boca de Dios. Paradójicamente, el usus antiquior trata la Palabra de Dios con una veneración inmensa. Pero, a la vez, subordina con decisión esa Palabra escrita al Mysterium Fidei, la Palabra hecha carne.

En una Misa solemne, el canto de la Epístola y el Evangelio junto a la belleza lenta y cuidada de los cantos interleccionales (el Gradual y el Aleluya o Tracto) nos preparan a recibir la Palabra como Palabra de Dios y a meditarla. Si bien en teoría las lecturas cantadas están disponibles en la Forma ordinaria, la verdad es que se las encuentra muy rara vez. En cambio, las lecturas dominicales se leen las cuatro en fila, al modo de una lección y, demasiadas veces, con una locución monótona, por lo que se está tratando esas palabras como algo meramente humano, no divino y así se desalienta la meditación. (La cuestión de la misa rezada en el usus antiquior debe verse separadamente, pero yo acotaría aquí que la atmósfera general de silencio y reverencia que la caracteriza, da a las lecturas y antífonas un espíritu meditativo similar. El que las lea el sacerdote en el altar cumple una función parecida al hecho de que sean cantadas en la misa solemne).

Antes vimos que el concilio había señalado, en palabras que alegraban los corazones de los Padres Bouyer, Morin y otros de su generación: «Para lograr la restauración, el progreso y la adaptación de la sagrada Liturgia, hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos, tanto orientales como occidentales» (SC 24). ¿Cómo promover mejor ese suave y vivo amor a la Escritura de un modo que sea propio a la liturgia? Tratándola de un modo ceremonial especial: inciensando y besando el Evangelio; poniéndole velas a su lado. Con la introducción simultánea de una multitud de lecturas y de lectores laicos, el Novus Ordo ha hecho que una Liturgia de la Palabra solemne y cantada sea algo muy infrecuente. Además, como bien sabemos, la versión leída tiende a ser plana y eminentemente fácil de ignorar, y eso cuando no es francamente molesta debido a los —bien intencionados—intentos de leer las lecturas con cierta inclinación al dramatismo.

Nos preguntamos, para terminar: ¿Hace falta una homilía en la misa ferial? ¿No puede dejarse que la Palabra de Dios o, mejor dicho, la liturgia como un todo «hable por sí misma»? Tenemos que encontrar maneras de hacer que nuestras liturgias se centren menos en el ingenio humano y en las personalidades de los que en ellas actúan y más en Jesucristo, en su Palabra y en su sacrificio.

4. Conclusiones

Los criterios que hemos considerado en este estudio —la función de la Escritura en el sacrificio eucarístico; la. cohesión interna de la misa como un «ecosistema»; la sicología de la memoria; la unidad natural del año; el lugar debido del ciclo santoral; el rol espiritual de los pasajes difíciles; el trato estético y ceremonial que corresponde a la Palabra divina; y, no con menos importancia, la autoridad inherente a la práctica tradicional— nos permiten establecer algunas conclusiones generales.

Primero, como muchas otras cosas de la reforma litúrgica llevada a cabo bajo Pablo vi, el nuevo leccionario muestra signos de una prisa inapropiada, de ambición desmedida y de desconsideración hacia los principios aprobados por los padres conciliares. La llamada del Concilio a «más Escritura» se abrió a comprensiones diversas e incluso contradictorias. El leccionario revisado, si bien representa una implementación posible de los números 35 y 51 de Sacrosanctum Concilium, termina contradiciendo directamente los números 23 y 50 de la misma constitución, que enuncian el principio de continuidad con la tradición que debiese regir y también la petición de que se conservara los elementos que ya estaban presentes en la tradición. Vale la pena señalar que la mayor parte de las lecturas del Misal Romano preconciliar representa una herencia de los primeros siglos de culto cristiano, un cuerpo estable de lecciones que han alimentado generaciones de pastores, predicadores, teólogos y laicos, en definitiva, una tradición que merece un inmenso respeto por su venerable antigüedad. Para hablar con franqueza: es indignante que esta tradición ininterrumpida, que había sobrevivido tantos estragos del tiempo, cayese víctima de los bisturíes de los liturgistas. El resultado es una ruptura y discontinuidad evidente en el corazón del rito romano, pese a las ficciones legales y los constructos necesarios para ayudarnos a superar estos tiempos de crisis.

En segundo lugar —y más allá de la cuestión de si se puede considerar fiel a los deseos del Concilio—, el leccionario del Novus Ordo es defectuoso. Lo es porque está mal concebido en general, por su tamaño inmanejable, por sus omisiones políticamente correctas y porque en él se aguan bienes espirituales clave que estaban bien enfatizados en las lecturas antiguas. Ninguna mente humana es capaz de relacionarse con una cantidad tan grande de textos bíblicos esparcidos a lo largo de varios años. Resulta desproporcionado con el ciclo natural del año y de sus estaciones. Es desproporcionado también con el ciclo sobrenatural del año litúrgico. El leccionario corregido no se presta fácilmente para la finalidad sacrificial de la misa sino que, en la medida en que sirve en apariencia a una función didáctica, se propone un objetivo distinto, cuasi independiente del ofrecimiento del sacrificio. El uso de la nomenclatura «Liturgia de la Palabra» y «Liturgia eucarística» subraya el problema: es como si fueran dos liturgias yuxtapuestas. Rara vez se unen por la conexión evidente de relacionarse a una misma fiesta, dado que el leccionario nuevo prefiere ignorar a los santos en su marcha a través de los diversos libros de la Biblia. Tampoco ha sido frecuente el uso de unir las dos liturgias por medio de prácticas ceremoniales que muestren al canto de la Escritura como una fase del viaje hacia Jerusalén y el monte Calvario (Lc 9,51)

Tercero. Nos encontramos —a la luz de esta crítica— en una posición mejor para reconocer que el usus antiquior cuenta con un leccionario que es en muchos modos superior. Y que los católicos que disfrutan el dar culto en esta forma del rito romano no deben tener miedo de mantener y afirmar esa ventaja. Tenemos un magnífico tesoro que preservar y que compartir generosamente con los demás católicos, como expresamente deseaba el Papa Benedicto xvi

En cuarto lugar, las lecturas del actual usus antiquior son menos variadas y numerosas que lo que han sido en las diversas etapas de la historia del Rito romano. No hay ninguna razón intrínseca que impida que el ciclo anual fuese enriquecido juiciosamente con lecturas feriales para ciertas temporadas o por la selección de nuevas lecturas adecuadas a ciertas fiestas de santos, siempre respetando y manteniendo concienzudamente el ciclo de lecturas vigente. De ese modo, podría mantenerse tanto la primacía del año litúrgico como la coherencia del ciclo santoral y no habría por qué comprometer ni la tradición sólida ni los bienes espirituales.

Quinto. Este no parece ser el mejor tiempo para llevar a cabo esa tarea. Quienes aman la liturgia romana clásica aprecian profundamente la estabilidad y serenidad del misal antiguo y con frecuencia se sienten —con cierta razón en mi opinión— traumados por los cambios, sean estos grandes o pequeños. Quienes están a cargo de los temas litúrgicos en la Iglesia, parecen aún obstinados en defender (podríamos añadir que a toda costa) las novedades de los años sesenta y setenta. No hay ahora un ambiente favorable a la preservación de la tradición o a su desarrollo legítimo y prudente. Hay también un peligro espiritual en el lanzarse a «mejorar» las cosas: la arrogancia reformadora, que es una de las maldiciones del progresismo moderno. Nuestra era no parece estar especialmente dotada del talento para mejorar las cosas sutil y juiciosamente. Somos una era de demoliciones con bola de acero. No nos debiese sorprender tampoco que algo que fue armado en unos pocos años no haya quedado tan sólido y coherente como lo que se desarrolló orgánicamente durante varios siglos. Simpatizo con aquellos que dicen que necesitamos un tiempo para respirar, un descanso que permita redescubrir y gozar la liturgia tradicional de la Iglesia, teniendo lejos de nuestras mentes la idea de cambiar cosas. En su bondad, el Señor proveerá algún día una oportunidad más pacífica para complementar con delicadeza las lecciones del usus antiquior. Ni tenemos que apurar la llegada de ese día ni cerrarnos a esa posibilidad.

5. Pasos prácticos

Dado que nos interesan también los pasos prácticos, hay varias cosas que podríamos hacer ahora mismo para enfrentar aunque sea algunos de los problemas que se han tratado.

Lo primero y antes que nada: tenemos que celebrar cada vez más extensamente el usus antiquior y aprender de nuestra propia tradición la función, configuración y ceremonial de las lecturas. En ese ámbito, es crucial el promover la misa cantada y, donde se pueda, la misa solemne, de modo que todo, incluida la proclamación de la Palabra de Dios, se haga con nobleza y belleza.

Los pastores a cargo de comunidades que celebran el usus antiquior traten de promover la lectio divina y cursos de estudios bíblicos. Que no tengan miedo de basar su predicación en la Sagrada Escritura, aunque no descuiden el usar los textos del misal, del Catecismo y de otras fuentes homiléticas. Como los propios de la misa están ben integrados, es más fácil en general seguir lo que pedía el Concilio: «las fuentes principales de la predicación serán la Sagrada Escritura y la Liturgia» (SC 35.2). ¡Cómo cuesta encontrar sermones que comenten algo de los textos de la misa, sea del propio o del Ordinario! Fuera de los bautismos, primeras comuniones y otros eventos especiales ¿no es acaso raro que los sacerdotes saquen sus temas de predicación del inmenso tesoro de la liturgia misma?

También hay cosas que se puede hacer en la esfera del Novus Ordo:

Primero. Dado que una de las características del histórico Rito romano es el estar impregnado de la Palabra de Dios, se debiese cantar siempre las antífonas propias en misa. Al menos la de entrada, la del ofertorio y la de comunión. Así podríamos superar una de las mayores ironías del período postconciliar: que mientras el Concilio —como la Biblia— alaba el canto sagrado, la Liturgia de la Palabra hoy no se canta casi nunca. Peor aún, nuestros cantos auténticamente escriturísticos, los propios, han sido reemplazados por himnos de calidad y fidelidad a la Escritura notoriamente desiguales.

En segundo lugar, debiésemos dar un enfoque de hermenéutica en la continuidad al nuevo leccionario. En las memorias y fiestas, si es opcional, podemos elegir las lecturas que correspondan al misal antiguo o, en cualquier caso, aquéllas que se adecúen bien al santo en cuestión. Durante la suprimida Octava de Pentecostés, debiésemos celebrar misas votivas del Espíritu Santo, eligiendo lecturas apropiadas, acercándonos lo más posible al rito antiguo. Se debería realzar la proclamación de las lecturas a través de usos ceremoniales como cantarlas (dondequiera que los lectores, diáconos y sacerdotes puedan estar bien entrenados para ello), usar incienso y velas.

Tercero. Aún a pesar del problema de la «verborrea» del que hablábamos antes, no debemos caer en la trampa de usar las formas abreviadas de las lecturas. Suelen ser artimañas para emitir los pasajes «incómodos», como cuando el leccionario inglés y el americano se preocupan de silenciar el versículo: «Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor». Si un sacerdote detecta que se han omitido versículos «difíciles» a causa de las presiones del liberalismo y del secularismo, hará bien en traer esos mismos versículos a la homilía.

Cuarto. Se debe seleccionar y entrenar con más cuidado a los lectores; y darles vestido adecuado a la dignidad de su oficio. Un esfuerzo deliberado por aumentar el número de lectores hombres sería también algo valioso.

Quinto. Para hacer un contrapeso al problema del «imperialismo de la palabra», se debiese dar su debido peso y dignidad a la Liturgia Eucarística, a través de la música sacra que se use, de que se adopte (donde sea posible) la orientación al Este del altar y por el uso del Canon Romano, de modo que esta parte de la liturgia aparezca en verdad como el punto de llegada de la misa o, en palabras del poeta Richard Crashaw: «el Sacrificio completo, final,/ aquél en que toda figura fijó su mirar/. Isaac rescatado y su carnero/; el Maná y el Cordero pascual»[2]. No es necesario que se demore más en términos de minutos, sino que se sienta su debido peso. En una misa solemne tradicional, la Misa de los Catecúmenos a veces tarda bastante más que la Misa de los fieles, pero esta última siempre aparece como la cumbre de la montaña sagrada.

Por último, la parroquia católica, como la vida de todo católico, debiese manifestar variedad de formas de oración y una amplia educación. El aumento en la cantidad de textos de la Escritura que se usan en misa refleja una mentalidad que ve la misa como el único momento en que los católicos están en la iglesia o aún cerca de una Biblia, de modo que hay que meter todo lo posible en ese tiempo. Esa mentalidad deja de lado obviamente el rol que tiene el Oficio divino o la Liturgia de las Horas, que es y ha sido siempre una liturgia de la Palabra de Dios y merece su puesto importante, por ejemplo, en las Vísperas celebradas públicamente. Además, nada puede sustituir la formación extralitúrgica, dada en catequesis, grupos de oración y de estudios bíblicos, a través de panfletos, libros y DVD’s que se distribuyan a los fieles o de boletines bien escritos. Como recordaba el Papa Benedicto xvi, se debe enseñar y fomentar la lectio divina. Nunca se pensó que fuese la misa la que soportara —ni siquiera que pueda llegar a soportar bien— el peso de la formación de los fieles en el conocimiento de la Palabra de Dios.

Permítanme cerrar con las palabras conmovedoras del Cardenal Ratzinger en su prefacio al libro de Dom Alcuin Reid, El desarrollo orgánico de la liturgia[3], pues se aplican con precisión a la revisión del leccionario:

No es posible el crecimiento si no se preserva la identidad de la liturgia y (…) un adecuado desarrollo solo es posible si se presta atención cuidadosa a la lógica estructural interna de este «organismo». Así como un jardinero se preocupa de una planta viva que se desarrolla atendiendo al poder de crecimiento y vida de la planta, y a las reglas que obedece, así también la Iglesia debería cuidar reverentemente la Liturgia a travesee los siglos, discerniendo las acciones que son salvíficas y ayudan de aquellas que son violentas y destructivas. Si las cosas son así, entonces para encontrar el modo de preservar la fuerza vital de un rito en tiempos cambiantes, de fortalecerlo y renovarlo, debemos intentar establecer la estructura interna de ese rito y las reglas por las que su vida se gobierna.


[1] Presentamos el texto completo —ligeramente corregido, aunque sin sus 59 detalladas notas— de la contribución del Dr. Kwasniewski a Sacra Liturgia en el 2015 en Nueva York. Se publicó en las actas: Ried, Alcuin (ed.), Liturgy in the Twenty-First Century: Contemporary Issues and Perspectives, London/New York, Bloomsbury T&T Clark, 2016, 287–320.

[2] “The full, final Sacrifice / On which all figures fix’t their eyes. / The ransomed Isaac, and his ram; / The Manna, and the Paschal Lamb.”

[3] Ratzinger, J., en: Reid, Dom Alcuin, The Organic Development of the Liturgy, 2005, 9-10.

(Traducido por Jorge H. Gabler)

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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