El siguiente es un cri de coeur [grito del alma] de Bill Riccio, un hombre que ha sido fundamental en mantener viva la Misa Romana Tradicional, desde el indulto concedido por el Papa Juan Pablo II y, más tarde, amparado en la libertad de la Summorum Pontificum, del Papa Benedicto XVI. Bill ha enseñado a muchísimos sacerdotes– me incluyo– especialmente en los estados del noroeste de los Estados Unidos, la Misa Romana Tradicional. Ha viajado por todas partes para enseñar a los sacerdotes la Misa Tradicional. El auto de Bill se descompuso hoy en la mañana y no pudo llegar a Saint Mary en Norwalk, Connecticut, donde funge de Maestro de Ceremonias en la Misa Solemne. Así que se dirigió a su parroquia local. Lo que sigue es lo que le ocurrió. Es la experiencia más aleccionadora y realista sobre el estado del culto católico de hoy.

Se ha dicho que “Dios tiene un gran sentido del humor”. Eso es lo que espero sea la causa de una serie de acontecimientos del domingo pasado. Esa sería la forma de encontrar una semejanza de explicación a los hechos. Debía atender a mi parroquia y esto me ha permitido darme cuenta de la burbuja litúrgica en la que estoy. También me hizo percatarme de que quiero a mi burbuja y que me gusta.

La iglesia de Saint Lawrence, en West Haven, es una edificación de ladrillo que data de 1903, construida por una pobre congregación con una falsa ornamentación gótica. El órgano aún existente, aunque fue reacondicionado en la década de 1990 (no por méritos propios), obra de Hall Brothers, salió del salón de la BPOE [Benevolente y Protectora Orden de los Ciervos] de la época. Cuatro filas de teclas, no mucho más. Ahora reposa acumulando polvo en la buhardilla.

Ahora, cuando mi auto se murió y lo llevaron a remolque a un taller, sabía que debía encontrar una Misa a la que asistir. A pesar de ser un pecador, procuro guardar el Día del Señor. Hay una parte de mí que deseaba, según las palabras del Padre Richard Cipolla “quedarse en casa y comer una rosca”. La rosca habría sido mucho más satisfactoria.

Caminando al interior de la vieja iglesia– la cáscara que queda luego de la demoli-novación de 1973 y dos más, que solo acentuaron la monstruosidad de la primera– supe que faltaría la “belleza”. No hay gran belleza en el beige. Tan pronto traspuse la puerta quise marcharme. Encontré un coro de cuatro o cinco, conducido por una señora al piano (o teclado que se hacía sonar como piano) y una guitarra. El “coro”, una colección de ancianos en pantalones cortos y unas ancianas, todas salvo una, practicaba 15 minutos antes de la Misa.

Es muy difícil recogerse y prepararse para los “sagrados Misterios”, mientras se escucha el ensayo de coristas, mayoritariamente desafinados. Pero eso era lo de menos, pues lo que cantaban– lo habitual– solo empeoraba las cosas. Extrañamente, una me recordaba una cancioncita de Dorothy Provine, en la película The Great Race, “He Shouldn’t-A, Hadn’t-A, Oughtn’t-A Swangon Me.” Pero el género era el mismo– una mezcla de Andrew Lloyd Webber con los Lemonlighters, alrededor de 1964. No hay versos dignos de rememorar, sino un coro alegre– como un comercial de dentífrico (Te preguntarás a dónde se fue el amarillo, cuando te cepillas con Pepsodent). Y, al igual que en todos los comerciales, solo se trata de “mí”, “yo”, “nosotros”. Dios fue mencionado, incluso Jesús, solo en la medida que podrían hacer algo por “mí”, “yo”, “nosotros”. Y ninguna nota sobre el sacrificio; se trataba solo de “comida”, “pan” y de “vino”. Digan lo que quieran de los cantos victorianos, como “Bring Flowers of the Fairest” (Traigan las flores más hermosas), puede sonar como del género más afín a “Just a Song at Twilight,” pero hay pocos pronombres personales, salvo para decir lo pecador que uno es. Y después estaba la Misa de la Creación, que yo pensaba que había sido mandada a guardar, hacía mucho tiempo, con esos ritmos que partían la cabeza.

Comenzó la Misa, que intentaba ser una expresión formal de lo que la Iglesia enseña que es la Misa. Los dos celebrantes (el pastor y un prelado doméstico, de visita) y un diácono que trataba de hacer que las cosas fuesen reales; sin embargo, todo alrededor de ellos era informalidad a la medida. Ese es el problema real con la Novus Ordo Missæ: es informalidad formal. Tal vez no se suponga que sea así. Dios lo sabe, este escritor ha aportado con su grano de arena, en las décadas pasadas, para mostrar algún residuo de decoro ritual.

Celebrada como en el Oratorio de Londres o en St. Agnes, de Saint Paul o incluso en el coloquio anual de la Asociación de Música de la Iglesia de los Estados Unidos (algo con lo que he estado relacionado a lo largo de ocho temporadas) se podría defender, en la práctica, la conservación de la fe. Pero, hay que decirlo, en las tres instancias o hasta en Saint Mary de Norwalk (Connecticut), la Grotto de Detroit o en cualquier otro lugar, el ethos de la celebración se funda en el rito del pasado. En alguno de estos casos, gran parte del Rito Antiguo es forzado en el nuevo, tanto como ha sido posible.

El ritual– la forma como hacemos las cosas– es importante. Es importante en nuestras vidas seculares, sea que se trate de lo nacional o lo militar o solo en la Logia de los Ciervos, calle abajo, los ritos asociados con esos son importantes y muestran una relación con el trabajo y la vida.

En 1965, por alguna razón, por alguna gracia, pero no solo por el desagrado ante el cambio, una parte de mí vio la eliminación de algo importante, primero cuando vinieron los cambios y se le reemplazó por la formal informalidad. Esa formal informalidad sigue regresando. Uno de los mayores problemas de la NOM (Misa del Novus Ordo) es el hecho de que es celebrada en el 99,9 % de los casos “dando la cara al pueblo”. Si fuese en latín, habría alguna barrera a lo informal, pero una vez que la lengua vernácula pasó a ser la norma, dar la cara a la audiencia obliga a ser informal.

La informalidad da lugar a una música que difiere, en apariencia, del canto gregoriano y la informalidad alimenta una actitud de relajación, por parte del fiel laico que asiste al rito– la mayor parte de la audiencia vestía pantalones cortos y otras prendas acordes, pese a que el lugar estaba con aire acondicionado. Si se trata de una cena familiar, ¿por qué preocuparse de la forma de vestirse? Y alimenta también una relajación en la forma de recibir los sacramentos. Arrodillarse para recibir a Nuestro Señor responde a la comprensión de quién eres tú y quién es Él. Permanecer de pie revela una nebulosa (en el mejor de los casos) comprensión de Lo Que estamos recibiendo y con Quién nos estamos encontrando en esa recepción.

Como me gusta decir, “La misa no debería ser una ocasión próxima de pecado”. Esto tenía todas las características necesarias para serlo. Por primera vez en mi vida, recé por la Oración Eucarística II (se me concedió). No recibí [la Comunión]. Pese a haberme confesado el día anterior, realmente me angustiaba lo que estaba experimentando– una verdadera degradación de lo que se supone que sea “la fuente y la cumbre” de nuestras vidas.

Algunos leerán esto y dirán que es farisaica, que me estoy preocupando de las formas y las fórmulas. Viví el infierno litúrgico que fue el período 1965-1970 y después el descarte de tales formas, con el Misal de 1970. Un año después de estos cambios, la gente comenzó a abandonar los bancos de las iglesias, el sacerdocio y la vida consagrada. Nuevos cambios aceleraron la marea, incrementando los flujos de salida. Cambiamos lo que hicimos, que explicaban lo que somos. Si la Iglesia pudo cambiar eso, podía cambiar cualquier cosa, proclamaciones oficiales o lo que fuese.

Es, en efecto, el pueblo que promueve los cambios, con el fervor de los Guardias Rojos que eran y son, además, farisaicos. Defienden sus propios diktats [imposiciones], diciendo a todos que todo está bien. No está bien. No crean a sus ojos mentirosos. Cranmer, Lutero y Calvino contaban con el poder del estado para imponer su voluntad. Los reformadores de estos tiempos se apoyan en una obediencia ultramontana mal entendida.

Muchos dirán que las sublevaciones de fines de la década de 1960 y comienzos de la siguiente eran parte y parcela del declinar de la Iglesia. Pienso que era al revés. Era la rendición de la Iglesia, de su identidad y de sus formas, la que ayudó a desatar tales sublevaciones. La Madre Iglesia, créase o no en sus postulados, era el fundamento del pensamiento occidental, de su cultura y civilización.

Una vez que todo eso pasó, todo el infierno se desató. Algún día, alguien más brillante que yo determinará el papel de la Iglesia en el fin de Occidente. Sugiero que comience con el Primer Domingo de Adviento en 1965. Sí, las cosas llevaron a esto, pero esa fecha marca el antes y el después.

Entretanto, la Iglesia está implosionando y, por alguna razón, los jerarcas no están prestando atención a las causas primeras. La negación de nuestras formas, tradiciones y devociones, que se desarrollaron por más de 1.500 años, provocó la ruptura. A su vez, esa ruptura fue alentada por la reforma de la liturgia. Antes nunca podía haber sucedido. Sí, aquí estamos. Si nuestros hombres de Iglesia estuviesen administrando la Ford Motor Company, seguirían fabricando Edsells (un modelo Ford de las décadas de 1960-70) y le dirían al señor Ford que ello se debe a que la gente no sabe lo que es un gran auto. Solo hay que catequizarlos.

Tuve la intención de salir al momento de la Comunión, pero luego pensé, con ironía: “Jesús me trajo aquí, de lo cual no puede estar muy feliz”. Me quedé en penitencia.

Dios tiene sentido del humor, pero ir a St. Lawrence, el 18ª Domingo del Tiempo Ordinario (8º Domingo Después de Pentecostés) fue un momento decisivo para mí. Con toda honradez, me pregunto si la MNO puede ser rescatada de sí misma. La cultura de la liturgia de la informalidad formal se ha metastatizado al punto que es inseparable de ella, sin importar lo que digan las palabras que se han escrito.

Me preguntaba si la MNO está tanto más allá de la redención, que ya no se la pueda frenar. No se puede. Las deficiencias del rito, lo que no dice, junto con la forzada informalidad, producen una mezcla letal. El futuro es el pasado. La MNO no puede sobrevivir, no debe. La liturgia católica verdadera, evocando a la verdadera piedad católica y que explica la verdadera doctrina (sin disculpas) puede sobrevivir. La MNO fracasa en todo esto.

En una reciente Pew Poll (encuesta a los fieles laicos), el 48 % creía lo que la Iglesia enseña acerca de la Eucaristía. Apostaría a que la mayoría de ese 48 % no podría explicar cómo. ¿Y el resto? ¿Dónde se quedó esa primavera que la nueva liturgia se supone fortalecería?

Salí del templo, feliz de que todo terminara, pero airado y triste por lo que acababa de experimentar. Nublaba la mente. Entonces, tuve un pensamiento realmente escalofriante. Esa era la norma de la mayoría de las parroquias de mi arquidiócesis y de la mayor parte de las diócesis del mundo. Esto es verdaderamente un motivo para llorar.

Padre Richard Cipola

(Traductor: Valinhos. Artículo original)

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