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Una mafia en la ciudad de los papas

En los últimos meses de 1980 recibí la visita inesperada de un sacerdote hondamente preocupado por la Iglesia. Este sacerdote era don Mario Marini (no confundir ni con el arzobispo Piero Marini ni con monseñor Guido Marini, actual obispo de Tortona).

Por aquel tiempo yo vivía en la Vía de la Lungara, junto a la Puerta Septimiana, y el sacerdote tenía su domicilio a unos centenares de metros en línea recta, en la residencia de los sacerdotes libaneses de la Vía Fratelli Bandiera, en el monte Janículo. Vivían allí también el cardenal canadiense Edouard Gagnon (1918-2007) y el arzobispo sirio Hilarion Capucci (1922-2017), vinculado con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Vivía asimismo con ellos otro joven sacerdote, Charles Murr, que recuerda precisamente que se encontraban «en el lugar más seguro de toda Roma»» (https://rorate-caeli.blogspot.com/2020/12/major-expose-rooms-broken-into-dossiers.html). De hecho, después de detener a monseñor Capucci por tráfico de armamento, lo habían puesto en libertad a condición de que no volviese más al Cercano Oriente, y su residencia era objeto de vigilancia por parte agentes armados israelíes y sirios. La larga entrevista del padre Murr y su libro The Godmother, dedicado a la hermana Pascalina Lenhert (2017), añaden detalles interesantes a los recuerdos que apunté en mi agenda.

Don Mario Marini había nacido en Cervia, en la costa adriática de la Emilia-Romaña, el 13 de septiembre de 1936. Cuando lo conocí, tenía por tanto cuarenta y cuatro años, así como una constitución vigorosa y unos ojos penetrantes que revelaban inteligencia. Ingresó en el seminario tras licenciarse en ingeniería civil en la Universidad de Bolonia y en teología en la Universidad Gregoriana. Se ordenó sacerdote en noviembre de 1966, y su primer destino pastoral fue como misionero fidei donum en el norte de México. En 1974 monseñor Giovanni Benelli (1921-1982), Vicesecretario de Estado, lo llamó para que colaborase con él en el Vaticano.

En agosto de 1967, por la constitución apostólica Regimini Ecclesiae, Pablo VI había concentrado los poderes de la Curia en la Secretaría de Estado vaticana, y todo lo relativo a la relación entre el Papa y los dicasterios romanos y los obispos debía pasar por aquellas oficinas. La Secretaría de Estado, cuyos poderes se habían vuelto amplísimos, era el instrumento del que aspiraba a servirse Pablo VI para derrotar al partido romano que se oponía, dentro de la Curia, a las reformas del Concilio.

En dicha obra lo ayudó monseñor Benelli, pero la derrota de la Democracia Cristiana en el referéndum del divorcio en 1974 debilitó su posición, en tanto que se reforzaba la de su rival Agostino Casaroli (1914-1998). La Secretaría de Estado vaticana estaba dividida en dos secciones: Asuntos Generales, y Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, que con la reforma de la Curia se convirtieron en el Consejo de Asuntos Públicos de la Iglesia. Estos dos departamentos correspondían respectivamente a los ministerios de Interior y de Relaciones Exteriores de cualquier estado moderno, y eran dirigidos a su vez por monseñor Benelli y monseñor Casaroli, bajo la dirección del Secretario de Estado, cardenal Jean-Marie Villot (1902-1979).

Eran aquellos los años de la tumultuosa transición del pontificado de Pablo VI (1963-1978) al de Juan Pablo II (1978-2005), con el breve interregno (septiembre de 1978) de Juan Pablo I, y la Curia Romana era foco de grandes enfrentamientos. En 1977 Pablo VI alejó a Benelli de Roma al nombrarlo arzobispo de Florencia y elevarlo al cardenalato. Esta destitución hirió en el alma al recién nombrado purpurado, que no redujo por ello su combativa actividad. Cuando el 22 de mayo de 1978 se aprobó en Italia la ley del aborto, Benelli la calificó de tumor infecto que había que extirpar del ordenamiento jurídico, y apoyó al naciente movimiento pro vida en Florencia, facilitando su reconocimiento por parte de la Iglesia. Mientras tanto, falleció el cardenal Villot, y Juan Pablo II nombró Secretario de Estado al cardenal Casaroli. Este nombramiento suscitó mucha perplejidad, dado que Casaroli había sido el máximo artífice de la ostpolitik vaticana, nada grata por cierto al papa polaco. Algunos han llegado a suponer que la decisión del nuevo pontífice tendría su explicación en que la ostpolitik reflejaba más la estrategia de Pablo VI que la de Casaroli. Al nombrarlo Secretario de Estado, Juan Pablo habría tranquilizado sagazmente al Kremlin haciéndole creer que se mantenía la línea que hasta entonces había seguido el Vaticano, aunque luego adoptara una orientación diferente. Con todo, si la forma de diálogo de Juan Pablo II con los países del este europeo parecía de pronto de distinta naturaleza a la de Pablo VI, se equivocaban quienes pensaban que la labor de Casaroli no era otra que la de   esecutore . El P. Marini estaba convencido de que no era así, y los hechos y los documentos le han dado la razón (véase, por ejemplo, la reconstrucción que hace Giovanni Barberini en ’Ostpolitik della Santa Sede. Un dialogo lungo e faticoso, Il Mulino, 2007; Id., La politica del dialogo. Le carte Casaroli sull’Ostpolitik vaticana, Il Mulino, 2008).

El P. Marini, que había dejado en 1978 la Secretaría de Estado, no era tradicionalista; pero, al igual que el cardenal Benelli, tenía una acusada sensibilidad pro vida y detestaba el ala progresista de la Curia, encarnada en Casaroli, por lo que decidió entrar discretamente en liza.

Aun siendo consciente de que no coincidíamos totalmente en cuando a ideas, me pidió ayuda para dar a conocer la existencia de una auténtica mafia que llevaba las riendas del poder bajo el pontificado de Juan Pablo II. Cuando empleaba la palabra mafia, el P. Marini precisaba siempre que no había que confundir a la Santa Iglesia, divina e indefectible, con los eclesiásticos que la sirven o traicionan. Estos últimos eran los mafiosos a los que se refería, muchos años antes de que se hablase de la mafia de San Galo.

Según el P. Marini, para entender lo que pasaba en el Vaticano había que remontarse a la muerte de Pablo VI el 6 de agosto de 1978, cuando dos poderosos grupos o clanes regionales se disputaban el poder en la ciudad de los papas. Marini las llamó familia lombardo-piamontesa y familia romañola, dando a la palabra familia el significado que se suele aplicar a los clanes u organizaciones mafiosas que dominan un territorio.

El primer clan, la familia lombardo-piamontesa, giraba en torno al secretario privado de Pablo VI, monseñor Pasquale Macchi (1923-2006) y formaban parte de él los futuros cardenales Giovanni Coppa (1925-2016), asesor de la Secretaría de Estado, monseñor Francesco Marchisiano (1929-2014), Subsecretario de Educación Católica, monseñor Luigi Maverna (1920-1998), secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, y monseñor Virgilio Noé (1922-2011), maestro de ceremonias pontificio.

La segunda familia, la romañola, estaba integrada por cuatro compañeros del seminario regional de Bolonia. Se trataba de los futuros cardenales monseñor Achille Silvestrini (1923-2019), monseñor Pio Laghi (1922-2009), que más tarde sería nombrado nuncio apostólico en Argentina, monseñor Dino Monduzzi (1922-2006), prefeco de la casa pontificia, y monseñor Franco Gualdrini (1923-2010), rector del Colegio Capranica y futuro obispo de Terni. El director espiritual de este cuarteto era monseñor Salvatore Baldassari (1907-1982), destituido en 1975 por Pablo VI de su cargo de arzobispo de Rávena por sus ideas ultraprogresistas y vinculado a su vez con estrecha amistad con el obispo rojo de Ivrea, monseñor Luigi Bettazzi, con el que había estudiado en el seminario de Bolonia.

Tras la muerte de Pablo VI, ambas familias sellaron entre sí un pacto de acero para controlar el Vaticano. Artífice del acuerdo fue monseñor Monduzzi, pero llevaba la batuta monseñor Achille Silvestrini, que había sucedido a Casaroli como secretario del Consejo de Asuntos Públicos de la Iglesia cuando Eduardo Martínez Somalo (1927-2021) pasó a ser Vicesecretario de Estado. Los dos viceministros eran monseñor Audrys Juozas Bačkis, subsecretario de Asuntos Públicos y monseñor Giovanni Battista Re, asesores de Asuntos Generales, ambos futuros cardenales y todavía vivos.

«Cada mañana a las nueve –explica el P. Marini– la camarilla política que dirige el Vaticano, integrada por los personajes mencionados, se reúne y elabora sus informes para el Papa. Pero las verdaderas decisiones ya las ha tomado un directorio oculto que maneja eficazmente todas las informaciones, las cuales se guardan en archivos inaccesibles y se filtran oportunamente a fin de orientar decisiones y proponer nombramientos en base a pretextos en apariencia evidentes». Dicho directorio estaba encabezado por monseñor Achille Silvestrini, el mismo personaje que veinte años más tarde volveríamos a encontrar como eminencia gris de la mafia de San Galo, cuya historia ha reconstruido Julia Meloni.

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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