Estimado Cardenal Marx:

Le escribo porque comparto su mismo apellido. La gente jamás me relacionaría con usted– quienes me recuerdan– pero sé que compartimos algo importante al compartir nuestro apellido. Le escribo, no como alguien que comparte su fe sino como alguien que reconoce en usted que hay cosas que tenemos en común. Nunca aprendí alemán, solo Yiddish de niño en Nueva York, por eso, perdóneme si no le escribo en alemán. De donde vengo el lenguaje es escaso y la comunicación no es fácil. Pero sé de su última cruzada para llevar la enseñanza moral de la Iglesia Católica a la altura de la del mundo contemporáneo. Este es un proyecto muy admirable y me gustaría servirle de ayuda para alcanzar su objetivo. 

Por favor, no me descarte como uno de esos tipos que quieren que la Iglesia Católica interrumpa las glorias del mundo posmoderno. He estado observando con gran interés y, debo decir, con admiración cómo los que dirigen la Iglesia Católica han disuelto uno de los pilares que sostienen la tradición de la Iglesia: el culto católico. De cierto modo, fue brillante que utilizaran un Concilio para profesar en sus documentos oficiales y en términos de lo más piadosos la necesidad de podar la liturgia tradicional para satisfacer las necesidades del hombre moderno y para luego ignorar por completo ese mandato, e inventar una liturgia moderna no solo desapegada del culto católico sino, además, causa de una caída abrupta en la asistencia a la misa dominical. Desde mi perspectiva, es brillante. Es preocupante que lo que llaman Misa Tradicional no esté muerta del todo y que la gente joven se sienta atraída por esa manifestación de la Tradición Católica. Confío en que se tomarán medidas para aplastar este rebrote de la Tradición. 

Pero es sobre este punto que deseo hacerle una modesta propuesta. Le escribo porque he leído—sí, incluso aquí tenemos Internet—una propuesta suya para consumar la destrucción de la Iglesia Católica—no, en realidad, del Cristianismo mismo. La Iglesia Católica—y en particular, la ortodoxia—es la última barrera contra las puertas del infierno. La tradición es relativamente fácil de destruir en un tiempo infectado por el individualismo radical y el odio al pasado. Tiene suerte de vivir en una época en que el papado es un poder absoluto jamás soñado por los dictadores de la Roma antigua hasta Mussolini y hasta quienes hoy en este mismo momento afirman tener un poder absoluto sobre quienes ellos mismos habían sido llamados a servir. Y esto—brillantemente—encubierto con el aval de la era moderna y posmoderna: “¿Quién soy yo para juzgar?”  El mundo se levanta con un silencioso aplauso ante esta pregunta del sucesor de Pedro. Y a veces no tan silencioso. Pero los medios de comunicación son volubles, y ¿quién sabe qué captará su atención después? 

Por eso esta es mi modesta propuesta. Se basa en la forma en que el culto tradicional de la Iglesia fue atacado para su destrucción. Bajo la fachada de un mandato de los padres del Concilio para hacer más accesible el culto a Dios, más significativo para el hombre moderno (aunque la edad moderna había muerto en 1960), el plan para destruir la liturgia usó su fe ingenua en los académicos de entonces y la inclinación moderna hacia los comités para hacer lo que había que hacer. Tras el Concilio se formó un comité y le dieron el sofisticado nombre de Consilium, y su tarea fue implementar las reformas litúrgicas estipuladas por los padres del Concilio en el Sacrosanctum Concilium, el documento del Vaticano II sobre la sagrada liturgia. Liderado por mi amigo, a quién llegué a conocer, Annibale Bugnini, el Consilium fue formado por miembros que en sus escritos expresaron bastante abiertamente su negatividad—y tal vez incluso odio—hacia la Misa Tradicional. Y así se embarcaron en reformar el orden de la misa, basándose no en la tradición ni la preocupación pastoral por los fieles católicos, sino en su lectura personal de la historia litúrgica y su abrazo de los Tiempos Modernos que estaban por terminar. Y casi lo logran. Casi. Usted debe ocuparse, Cardenal Marx, de esa situación. Debe aplastar las brasas de la Misa Tradicional.

Pero como siempre, me desvío del tema. Vivir donde lo hago ahora ha destruido mi sentido del tiempo. Finalmente, mi modesta propuesta es esta. Lo que debe hacerse es formar otro Consilium. El propósito de este Consilium debe ser la revisión de las escrituras. Usted titubeará ante esto, mi querido cardenal. ¿Pero cómo será posible avanzar con su agenda para la revisión completa de la moral católica, especialmente la relacionada al matrimonio y la sexualidad, sin una revisión de las escrituras?  Si bien es cierto que hay quienes afirman que el actual Pontífice está libre de la adherencia a las escrituras y la tradición, para la gente común es necesaria una revisión de las escrituras. Observe cómo en la oración colecta de la Misa Tradicional fueron eliminadas las referencias al arrepentimiento, el pecado y la gracia, para encajar con la mentalidad Novus Ordo. Puede hacerse lo mismo con las escrituras. Y por escrituras me refiero al Nuevo Testamento. A los católicos no les interesa el Antiguo Testamento. En la misa diaria se sientan aburridos en silencio durante las lecturas del Antiguo Testamento de Ezequías o incluso de Ester. No tienen ni idea.  No. Es el Nuevo Testamento, especialmente los Evangelios y San Pablo, que deben ser revisados, redactados, para que las personas se amolden a lo que el mundo declara que debe ser la manera de avanzar aunque nunca diga hacia dónde. Si yo fuera usted, comenzaría con el Evangelio de San Juan. Hay tantas razones para revisar este Evangelio, pero la principal es el contraste contundente que hace San Juan entre la fe en Jesucristo y “el mundo”. Por ejemplo, en el Prólogo, el Consilium debiera eliminar “y el mundo no le conoció”.  Lo que debe eliminarse es todo antagonismo, toda negatividad entre Jesucristo y el mundo tal como se lo concibe en el Evangelio de San Juan, es decir, el mundo en oposición a la persona y enseñanzas de Jesucristo. Obviamente hay otros pasajes para revisar en los otros Evangelios. Pero San Mateo 16:18 no debiera tocarse, porque es el fundamento del rol sobrenatural del Papa y, más importante aún, de esa magnífica y útil papolatría que el cardenal Newman (quien lamentablemente pronto será canonizado) temió que ocurriera, sin la cual la revisión de las escrituras no podría realizarse. Si fuera posible revisar todo San Pablo, también lo recomendaría. San Pablo no puede eliminarse en fragmentos. Debe desaparecer por completo. 

Sé que una de sus actuales preocupaciones es actualizar la visión católica del matrimonio. Le presento humildemente uno de mis dichos más citados sobre la realidad del matrimonio:

“El matrimonio es una institución magnífica, pero ¿quién quiere vivir en una institución?”

Cardenal Marx: espero que Su Eminencia se digne a leer e incluso a considerar estos comentarios que le envío, yo que no tengo ni su estatus ni su prestigio o poder pero comparto su mismo apellido.

Espero que usted se encuentre a la altura.

Suyo,

Groucho Marx


Traducido por Marilina Manteiga.

Fuente: https://rorate-caeli.blogspot.com/2019/03/a-modest-proposal-to-cardinal-marx-by.html

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