Una pandemia de desesperación

Ante la – en principio inexplicable y aparentemente sorpresiva – condescendencia en la proliferación de las conductas perversas en los ámbitos religiosos, en especial más sorprendente en la iglesia católica; debemos recordar que una generación marcada por la falta de compromiso personal, por la falta de amor, iba a afectar a la Iglesia desde un mundo corrompido (al que daba su bienvenida y entendimiento el Concilio Vaticano II),  degenerando en una tempestad de sentimientos impuros, que ya campaban orondos en las naciones y que hoy muestran, en el clero católico, la punta de un iceberg que se venía congelando de tiempo atrás.

Los agnósticos estudiosos de los fenómenos sociales ya lo veían en ese mundo tan ensalzado por los padres conciliares,  y la definición de desesperación, de falta de esperanza, era la clave que aportaban. “¡Si al menos pudiera sentir algo!”, es la fórmula que encuentra Lipovetsky para expresar lo que él llama la “nueva desesperación”. Y sigue describiendo esta desesperación como: “un malestar difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida”. Agrega Chirstopher Lasch: “los individuos aspiran cada vez más a un desapego emocional, en razón de los riesgos de inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones personales”, a lo que define como “la huida ante el sentimiento”.  No se les escapa a estos autores ninguno de los fenómenos que esta personalidad conlleva, poniendo el acento sobre el lugar que el “sexo” ocupa en este hombre desesperado. “La liberación sexual, el feminismo y la pornografía, apuntan a un mismo fin: levantar barreras contra las emociones y dejar de lado las intensidades afectivas” es la aparición del cool sex, de las relaciones libres, la condena de los celos y la posesividad, “se trata de hecho de enfriar el sexo”, “no solo para protegerse de las decepciones, sino también para protegerse de los propios impulsos que amenazan el equilibrio interior”.  La homosexualidad es la realización total de este desprendimiento de compromiso afectivo, es en sí misma y por su contranaturaleza, no sólo una relación sin futuro posible y hasta con una enorme dosis de desilusión (o mejor, repugnancia) inmediata al acto placentero, que sólo una enorme intervención artificial de las ciencias (medicina, derecho positivo, publicidad), logra ocultar un poco su desagradable decurso. “Una temporada en el infierno” la describirá Rimbaud y “De profundis” Oscar Wilde. Verlaine sangrará poemas de arrepentimiento al borde de la desesperación. Entendemos que como en Judas, pueda, para ahondar la tragedia, coexistir un hilo de Fe con la desesperación, pero la única explicación para que hombres de iglesia estén amparando – y por eso mismo, promoviendo – tal abismo de amargura existencial, es producto de estar sufriendo ellos la misma deformación por la pérdida de las virtudes teologales y lo que expresan es una autocompasión.

Manteniéndonos en un plano natural, el amor exige la existencia de un “otro” concreto;  y el amor a “otro” (humano e imperfecto)  exige una fuerte dosis de esperanza, más allá de la amistad o el amor que actualmente lo une a ese otro. El amor espera en una realización cada vez mayor y mejor del otro y de uno mismo a causa de ese amor. Espera comer perdices. El amor en esta tierra debe estar esperanzado en un abundamiento de la bondad entre los amantes, o de lo contrario los sentimientos de esa amistad que sólo tienen lo de hoy y con ello se conforma,  carecen de una dinámica virtuosa y se estanca en el goce de lo estático, de lo que se tiene hoy a la mano; de la belleza, de la juventud, de la alegría. Todas cosas de las que se desilusionará con la sisa que el tiempo produce de manera ineludible. El enfoque y la concentración en el momento que se sabe fugaz, condena al amor a la conciencia de su fracaso y su dolor, pero fundamentalmente hace que el goce sea egoísta, sea un querer sacar para mí el fruto de un árbol que pronto abandonaré porque degenerará y morirá. Para evitar ese dolor la relación debe ser lo más instantánea posible.

Pero claro, siguiendo en el terreno de lo natural, me dirán que este cambio “para mejor”, que esta dinámica virtuosa, rara vez se da. Que el amor se debe contentar con lo que tiene porque no hay, salvo raras excepciones, tal elevación. Y en parte es cierto hoy, en que el amor no supone más un esfuerzo que se proyecta. El amor de los poetas siempre se declara “eterno” o de lo contrario es un simple querer voluptuoso condenado a la desilusión, pues el amor verdadero es la búsqueda de un encuentro y realización que sobrepasa las posibilidades de lo humano. De verdad, el poeta no ama tanto a la persona que es, sino a la persona que puede llegar a ser como producto del amor. A Beatriz se la busca en el cielo. La que cree firmemente que será un día, o más allá de los días. Nada de lo humano es humano sino trasciende lo humano. Lo humano es una tensión hacia lo eterno.      

Ya en el plano sobrenatural, Fe, Caridad y Esperanza son casi una misma cosa.  La impureza que rige nuestro tiempo, a grados increíbles de inmunda bajeza, es desesperación, y en su ausencia, la Fe y la Caridad, cuando no desaparecen,  degeneran. Se lanzan a  “aprovechar” lo que se tiene, desesperando de lo que puede venir; es vivir el momento y carecer de la confianza en el permanente acrecentamiento de los bienes que surgen del amor (“es la confianza y nada más que la confianza la que nos debe conducir al amor”. Santa Teresita).   

Sin caer en un simplismo freudiano, psicoanalítico, no podemos prescindir de la historia como condicionamiento de las conductas. Es común en padres, maestros y curas, quejarse de la apatía de los jóvenes; de una disfunción amorosa, de una debilidad sentimental, de una decrepitud vital. De lo que podríamos llamar, sin equivocarnos, una especie de depresión psicológica crónica pero no crítica, que hace que sus vidas transcurran avocadas a muchas cosas, pero todas ellas tomadas sin profundidad, sin dramatismo, sin demasiado entusiasmo. Sin embargo, estos mismos críticos no reparan en que son sus propios y malogrados amores la causa primordial de este rechazo en las generaciones posteriores. Sus frustraciones, sus descorazonamientos, su abandono de la batalla, su desilusión y su cobarde resignación. Su desesperanza. Claro que se justifican conque a la edad de sus hijos, alumnos o fieles, tenían otro talante, un entusiasmo vibrante, y que es normal que en la madurez de la vida y más en su ocaso, la amarga experiencia haya deshecho en gran medida toda esa vitalidad sentimental y se cargue con los amores por resignación, por respeto a las obligaciones contraídas, y  ya sin esperar de ellas más que una forma de purgatorio.  Padres, maestros y curas, suelen mostrar con gran esfuerzo un resto de amor, una poca caridad, pero signados de una desconfianza con los demás y un enorme escepticismo con el resultado de sus propias tareas y misiones. Ninguno de sus discípulos es tan tonto para no ver el decurso descoranozador de sus entregas y por ello, proponerse no caer en el mismo pozo.

Estos jóvenes, para peor, por efecto de la fuerza de su naturaleza social, no se encuentran del todo isolados en un narcicismo completo, sino que, como dijimos, suelen proyectarse a una especie de altruismo (bastante teñido de narcisismo), pero que no los convoca en la “totalidad” vital. Una serena y cómoda generosidad dosificada que no los deja esperar mucho de lo que hacen, que no los deja entregarse locamente porque desconfían y a la que disfrutan a medias. Los goces a medias implican entregas parciales, e ineludiblemente se sacian en sentimientos esporádicos.

Pongamos por caso las relaciones personales de amistad (inclusivas del amor) que son vistas con prevención y hasta, diríamos, con pesimismo, por lo que lanzarse a ellas es como entrar en un túnel oscuro. Esta exagerada prevención producto de una experiencia desastrosa en la generación anterior,  provoca en las relaciones amorosas la retracción o la solicitud de una pureza irreal, total y angélica, que las condena al fracaso, pues, en ambos casos, supone un amor sin esperanza.  Así como la Caridad es Amistad con Cristo y nuestra fidelidad a esa amistad vive herida por el pecado, el amor a Dios “espera” la propia purificación, tras un proceso, para realizarse en la Vida Futura. El Padre Calmel, con una justa dosis de realismo, nos dice que ese “proceso”, ese momento de confiada “espera” consiste en la observación de aquel consejo evangélico: “Cumple mis mandamientos”. ¿Cómo sabemos cuándo hay esperanza? ¿Cómo sabemos si tenemos esperanza?: “Si el cristiano investido de una misión, aún la más humilde, por Dios persevera en cumplir con sentimientos puros, acordes a la Ley de Dios, hasta inmerso en la noche y en los fracasos, es la prueba de que la esperanza teologal es fuerte y vigorosa en su corazón”.

La prueba de la veracidad y la fuerza de la Esperanza en nosotros, se evidencia en esa pureza de sentimientos que aseguran la consecución de la Promesa sin mancharla de carnalidades instantáneas. Si de verdad esperamos, lo demostramos actuando de esa manera, de la manera adecuada al resultado que se espera, que demuestra la confianza en que las promesas serán cumplidas. Amo bien, porque espero confiado. Cuando desfallece la esperanza me afirmo crispado a lo que puede darme el momento que se esfuma.

Es tan dulce la Promesa con respecto al otro que amamos, que Dios, que sabe que para los que vivimos en el tiempo, todo esperar tiene mucho de recordar, nos asegura la resurrección de los cuerpos y en la más bella plenitud de su expresión.       

El amor humano, como buen analogado, no escapa a esta condición. Es cierto que “es” hoy una amistad profunda con el otro, tal como es, pero mucho más con el “otro” como se espera que será. En la medida que esa proyección fracasa, el amor desaparece. Por ello es que realmente, aún el amor humano sólo subsiste en la medida que se espera del otro lo que será  más allá de esta vida. Y la forma que se hace patente esta esperanza en el otro que se ama, es cuando nuestra relación delata una pureza de intención para con el otro, un cuidado de no hacer un uso indebido de él, por el respeto y admiración de lo que será.

La Iglesia no propone el cumplimiento de la Ley de Dios y de la ley moral natural como se propone una lista de “molestos requisitos” para obtener un resultado. Es el deseo del cielo, la búsqueda del resultado, el que conforma la conducta del amante en una serie de “tiernos y delicados cumplimientos”. El que nos cueste cumplir habla de la debilidad de nuestro amor, de la flaqueza de nuestra esperanza.  No imponemos al amado que nos visite lo domingos, que nos traiga flores y regalos, que sea celoso, que sea cumplido, para que observadas estas acciones lo amemos; lo amamos y todas estas cosas surgen como la vida misma del amor. Es cierto que Dios sigue amando al pecador, como dicen estos novadores desesperados, pero sigue esperando de nuestro amor, los cumplimientos propios que lo manifiestan.  

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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