Por su excepcionalidad, la Semana Santa de 2020 está destinada a pasar a la historia, como aquel día de febrero de 2013 en que Benedicto XVI anunció que abdicaba del Pontificado. Se diría que un hilo conductor invisible enlaza ambas ocasiones. Los une una misma sensación de vacío.

Benedicto XVI renunció jurídicamente al ejercicio del cargo petrino sin explicar los legítimos motivos morales que podrían explicar un gesto tan extremo. Por su parte, el papa Francisco conserva jurídicamente su autoridad, pero no la ejercita. Es más, parece que quisiera desembarazarse del más elevado de sus título: el de Vicario de Cristo, que en la última edición del Anuario Pontificio  describe como un título histórico no fundamental. Si Benedicto XVI renunció al ejercicio jurídico del vicariato de Cristo, da la impresión de que el papa Francisco haya renunciado al ejercicio moral de su misión. La suspensión del culto religioso en todo el mundo, aquejado del coronavirus, se muestra como una expresión simbólica pero real de una situación sin precedentes en la que la Divina Providencia retira a los pastores el título que ellos mismos han desechado.

Ignoramos qué consecuencias políticas, económicas y sociales tendrá el coronavirus; lo que evaluamos en estos días son las consecuencias que tendrá para la Iglesia. Es como si se hubiera levantado un velo; es la hora del vacío, de la grey que está privada de sus pastores. La Plaza de San Pedro, desierta el Domingo de Ramos, estará igualmente vacía el Domingo de Resurrección. Según ha comunicado la Santa Sede, el Santo Padre celebrará los ritos de Semana Santa en el altar mayor de la cátedra, en la Basílica de san Pedro, s yin presencia de fieles, a causa de la situación que ha surgido con la difusión de pandemia de Covid-19».

Según la filosofía perenne, la naturaleza aborrece el vacío (natura abhorret a vacuo). En la hora del vacío espiritual, el alma que tiene fe se dirige instintivamente a Aquella que nunca está vacía, sino plena de toda gracia: la santísima Virgen María. Sólo en ella puede encontrar el alma la plenitud espiritual y moral que ya no brindan la Plaza de San Pedro ni la infinidad de iglesias cerradas a lo largo y ancho del mundo. Aunque una misa transmitida por internet puede satisfacer la vista, no llena el alma. Pero el papa Francisco, en vez de fomentar la devoción y el culto a María, quiere incluso arrebatarle los títulos que le corresponden. El pasado 12 de diciembre, liquidó la posibilidad de declarar nuevos dogmas marianos, como el de María Corredentora, al afirmar: «Cuando nos vengan con historias de que había que declararla esto, o hacer este otro dogma o esto, no nos perdamos en tonteras». Y el pasado 3 de abril recalcó que la Virgen «No pidió para sí misma ser cuasirredentora o una corredentora: no. El Redentor es uno solo y este título no se duplica. Sólo discípula y madre».

Expresó estas palabras en vísperas de Semana Santa, semana en la que la Virgen completa en el Calvario su misión corredentora y mediadora de todas las gracias. Benedicto XV expuso de este modo el motivo: «[Como Ella] en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres, y para apaciguar la justicia divina, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar con razón que redimió al linaje humano con Cristo. Y, por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la Redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa» (Carta apostólica Inter sodalicia del 22 de marzo de 1918).

Para algunos teólogos, la palabra corredentora asume el concepto de mediadora; para otros, como el P. Manfred Hauke, la mediación universal de María se presta a un sentido más amplio que el de corredención, cuyo contenido incluye (Introduzione alla Mariologia, Eupress FTL, Lugano 2008, pp. 275-277). Integra el aspecto descendente o distributivo, por el que la gracia llega a los hombres, con el ascendente o adquisitivo, mediante el cual la Virgen se une al sacrificio de Cristo. Ambos títulos son   en todo caso complementarios, como enseña monseñor Brunero Gherardini en su ensayo La corredentrice nel mistero di Cristo e della Chiesa (Viverein, Roma 1998), y se agregan a los de Reina del Cielo y de la Tierra.

 ¿Seguimos?  Dice San Bernardo: De Maria numquam satis (todo lo que se diga a María es poco) (Sermo de Nativitate Mariae, Patrologia Latina, vol. 183, col. 437D), y San Alfonso María de Ligorio afirma: «Cuando una opinión honra de algún modo a la Santísima Virgen, tiene cierto fundamento y no alberga nada que contradiga la Fe ni los decretos de la Iglesia, ni tampoco la verdad. No aceptarla y oponerse a ella es señal de escasa devoción a la Madre de Dios. No quisiera ser contado entre esas almas poco devotas, ni que lo fuesen mis lectores. Prefiero, por el contrario, contarme entre quienes creen plena y firmemente todo lo que sin error puede creerse de las grandezas de María» (Le glorie di Maria, Cap. V, § 1).

Los devotos de María constituyen una familia espiritual que tiene su prototipo y su patrono en San Juan Evangelista, el apóstol predilecto, que recibió de Jesús en el Calvario  un legado impresionante. Todo ello se sintetiza en las palabras de Jesús: «Jesús, viendo a su madre y, junto a ella, al discípulo que amaba, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”» (Jn. 19, 26-27). Con estas palabras, Jesús estableció una ligazón divina e indisoluble no sólo entre María Santísima y San Juan, representante del género humano, sino entre Ella y todas las almas que habrían de imitar el ejemplo de fe y de fidelidad de San Juan. Él es el modelo de quienes en la hora de la traición y el abandono se mantienen fieles a Jesús a través de María. «Dios Espíritu Santo quiere formarse en Ella y por medio de Ella a partir de los elegidos, y le dice: “in electis meis mitte radices”, ( (arráigate en medio de mis escogidos),  » (Eclo. 24,13), escribe San Luis María Griñón de Monfort (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, nº34), garantizándonos que los devotos de Ella recibirán una fe sólida e inquebrantable que los mantendrá firmes y constantes en todas las tempestades (Íbid., nº 214). Plinio Corrêa de Oliveira ha demostrado que la devoción mariana no externa ni inconstante, sino firme y perseverante, es un factor decisivo en el combate entre la Revolución y la Contrarrevolución que se irá agravando cada vez más en los tenebrosos tiempos que nos aguardan. María, mediadora universal, es ciertamente el conducto por medio del cual pasan todas las gracias, y las gracias les lloverán a cántaros a quienes le rezan y luchan por ella (Revolución y Contrarrevolución).

El gran archidiácono de Evreux Henri-Marie Boudon, con cuya espiritualidad se formó con San Luis María Griñón de Monfort, escribió que en las calamidades públicas, como las guerras y las epidemias, no debemos enojarnos con otros, sino con nosotros mismos y con nuestros pecados: «Dios nos azota para que lo contemplemos, y sin embargo no alzamos la vista de las criaturas» (La devoción a los santos ángeles). En los días inquietantes que vivimos, no nos afanemos por averiguar dónde está la mano de los hombres que se oculta tras la pandemia. Contentémonos con observar la mano de Dios. Y como la Virgen, además de corredentora y mediatriz es Reina del Universo, no olvidemos que Dios le ha encomendado la misión de intervenir en la historia enfrentándose a las acciones del Demonio. Por eso, cuando el Señor castiga a la humanidad el único refugio está en María. De Ella obtiene la fuerza quien no abandona su puesto sino que se queda en el campo para librar la batalla definitiva: la que se combate por el triunfo de su Corazón Inmaculado.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.