Cristo construyó en poco tiempo su Iglesia sobre Pedro, “super hanc petram” (Mt XVI, 18), sobre esta piedra que son, uno tras otro, los sucesores de Pedro, todos los obispos de Roma. San Pedro, y después todos y cada uno de los Pontífices romanos son, por tanto, el principio indefectible de la unidad de la Iglesia. Lo son en la medida exacta en la que representan en la Iglesia la autoridad misma de Cristo. El fundamento de la Iglesia, habíamos dicho[1], es idéntica a la autoridad de Cristo y la del que sea su vicario. El Papa no podría estar, en el principio de la unidad de la Iglesia, más que actuando como el verdadero sucesor de Pedro, como el auténtico vicario de Cristo.

2. Se trata, ni más ni menos, que del principio motor. La autoridad puede, en efecto, definirse[2]como una relación o un orden entre varias personas, en el que una tiene el poder de provocar una moción sobre las otras[3]. Cuando una ejerce esta moción para donar a los otros su propio ser, tenemos el caso de Dios Creador o la autoridad natural de los padres humanos. Cuando uno conduce el intelecto de los otros hacia la inteligencia, adquiere la autoridad intelectual de un maestro o un profesor. Cuando uno conduce la voluntad de los otros a actuar en vistas de la consecución de un fin, se adquiere la autoridad moral de un jefe de gobierno. En el sentido propio y estricto del término, la autoridad del jefe de la sociedad equivale a la relación que que existe entre el que hace mover a la multitud hacia su bien común y la propia multitud[4]. La autoridad está pues fundada sobre el poder en razón del cual se ejerce esta moción, que es un poder propiamente divino, el poder mismo de Cristo. La autoridad fundada sobre un poder divino o sagrado se designa etimológicamente y propiamente, en el sentido teológico del término, como una jerarquía.

3. Queda por decir que, como en toda sociedad, la unidad de la Iglesia se explica en razón de varios principios diferentes y complementarios. La piedra sobre la que Cristo construyó su Iglesia, la autoridad vicaria de san Pedro y de cada uno de sus sucesores, que es la autoridad misma de Cristo, fundada sobre el poder mismo de Cristo, es sólo uno de estos principios, pero no el único. La unidad de la Iglesia es consecuencia también de otro principio que es la unión misma de las inteligencias y de las voluntades con el fin de la actuación común, lo que definió el orden social de la Iglesia. En efecto, en una sociedad, la autoridad es un principio motor universal, que condice a cada miembro de la misma a su perfección y no de forma aislada sino en dependencia con todos los demás. Esta dependencia corresponde a un orden, el orden de una acción común, que la autoridad tiene únicamente por objeto hacerla reinar, que se constituya en su futuro o en su llegada al ser, pero que no constituye por ella misma su ser fundamental. Este orden es, a su propio nivel, el principio de unidad de la Iglesia, principio no motor o eficiente, pero sí formal. En la Iglesia este orden es, primero y fundamental, el que resulta de la unión de inteligencias en la profesión de una misma fe. Equivale a la relación entre varias personas que profesan una fe común bajo la égida de una misma autoridad. Esta relación definió el orden eclesial propiamente dicho, en lo que le constituye radicalemente y equivale, por tanto, al principio formal de la unidad de la Iglesia. Esta relación está fundada sobre el acto común, externo y social, de la profesión de fe. En segundo lugar, el orden eclesial es resultado de la dependencia de esta unidad primera y radical de la profesión de fe, de la unión de voluntades en la obediencia a las leyes de la Iglesia, designada como “unidad de comunión”[5]. Equivale, por tanto, a la relación entre varias personas en las que cada una de ellas observa las mismas leyes que las demás, bajo la moción de una misma autoridad. Esta relación definió también el orden eclesial propiamente dicho y corresponde también, por tanto, al principio formal de la unidad de la Iglesia, pero no como lo que la constituye radicalmente, sino como consecuencia. Esta relación está fundada sobre el acto común, externo y social, de la obediencia a las leyes de la Iglesia. En tercer y último, el orden eclesial es resultado, en dependencia de la unidad de fe y de obediencia, de la unión de voluntades en la celebración del culto y de los sacramentos de la Iglesia. Equivale entonces a la relación entre varias personas en las que cada una de ellas celebra el mismo culto y recibe los mismos sacramentos que las otras, bajo la moción de la misma autoridad. Esta relación definió también el orden eclesial propiamente dicho y corresponde, por tanto también, al principio formal de la unidad de la Iglesia, en este caso, en lo que constituye su perfección última. Esta relación está basada sobre el acto común, externo y social, de la virtud de religión, a través de la celebración de culto público y de los sacramentos de la Iglesia. Tal es así que la celebración del sacramento de la Eucaristía, a la que se subordinan todos los otros sacramentos, y que es un acto de unidad sacramental y de sacrificio, expresión acabada del culto de la Iglesia, representa el fin de toda la actuación social de la Iglesia, su verdadero bien común.

4. La unidad de la Iglesia se definió entonces en su principio formal como el resultado de una triple ligazón: el vínculo de la misma profesión de fe, el vínculo de la obediencia a las mismas leyes, o de comunión, el vínculo de la celebración de los mismos sacramentos. Y en su principio motor, esta misma triple unidad es resultado de un único vínculo que une la profesión de fe, la obediencia a las leyes y la celebración de los sacramentos a una sola y misma autoridad divina (o jerarquía), ella misma dotada de un triple poder: el poder del Magisterio, que está en el principio motor de la unidad de la profesión de fe; el poder de gobierno, que se halla en el principiomotor de la unidad de comunión o de obediencia a las leyes; el poder del orden, que se encuentra en el principio motor de la unidad de celebración de los sacramentos.

5. En la Iglesia, la unidad de la profesión de fe y la unidad de la comunión en la obediencia a las leyes se hallan en la raíz de la celebración de los sacramentos y es por esto que el poder del Magisterio está en la raíz del poder de gobierno, y uno y otro están en la raíz del poder del orden. Cristo es, antes que nada, profeta antes que rey; y es profeta y rey antes que sacerdote. León XIII señala este orden, por lo que la prioridad en la Iglesia asigna a la profesión de fe y al poder del Magisterio “Una tan grande, tan absoluta concordia entre los hombres”, dicho hablando de la unidad de la Iglesia, “debe tener por fundamento necesario el entendimiento y la unión de las inteligencias; de donde se seguirá, naturalmente, la armonía de las voluntades y el acuerdo en las acciones. Por esto, según el divino plan, Jesús ha querido que la unidad de fe existiese en su Iglesia: ya que la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios y es a ella a la que debemos la denominación de fieles”[6]. Y sobre todo, tras León XIII, el papa Pío XI, en su encíclica Mortalium Animos, reafirma con más fuerza aún esta prioridad absolutamente fundamental de la unidad de la fe en la Iglesia. “Es la unidad de fe”, dice, “la que debe ser el vínculo principal uniendo a los discípulos de Cristo “. “[«… unitate fidei, quasi præcipuo vinculo, discipulos Christi copulari opus est »].¿Cómo entonces, concebir la legitimidad de un pacto cristiano, cuyos adherentes, incluso en cuestión de fe, seguirían manteniendo cada uno su manera particular de pensar y de juzgar, siendo incluso contradictorias sus conclusiones respecto a las de los demás miembros? (I Tim II, 5) . En verdad, no sabemos cómo, a través de una tan grande divergencia de opiniones, se podría abrir a vía hacia la unidad de la Iglesia, cuando esta unidad no puede nacer más que de un Magisterio único, de una regla única de fe y de una misma creencia de los cristianos[7]. Pío XI no dice sólo que la unidad de la Iglesia nace de la regla de la fe: dice que, simplemente, no puede nacer de otra manera.

6. La Iglesia no es, por tanto, una sociedad en el mismo sentido que las otras sociedades de orden natural. La Iglesia es una “sociedad” de orden sobrenatural y, por tanto, en un sentido de analogía. La analogía implica semejanza y diferencia. La semejanza con las sociedades naturales es que la Iglesia lleva aparejado un gobierno, pero la gran diferencia es que este gobierno presupone primero un Magisterio, ya que la profesión de fe es el vínculo radical y absolutamente prioritario de la unidad social de la Iglesia. Y la fe, desde el punto de vista de la salvación eterna (pues es el inicio de la salvación) supone también al gobierno un poder de santificar. Es para rendir cuentas de esta especificidad absolutamente única del orden social de la Iglesia que la Revelación utiliza la expresión metafórica del “Cuerpo místico de Cristo”. Ella representa, más que una definición precisa y científica, una descripción de la naturaleza misteriosa de la Iglesia. En esta expresión, el adjetivo “místico” diferencia a la Iglesia a la vez del cuerpo físico de Cristo y de los otros cuerpos sociales del orden natural, cuya naturaleza es únicamente jurídica basada sobre la unidad de gobierno y la obediencia a las leyes.

7.Concebir a la Iglesia como una simple unidad de gobierno, en donde la unidad de fe y la unidad de los sacramentos serían, si no excluidas, al menos relativizadas como secundarias, equivaldría a negar la definición de la Iglesia como transmitida por la Revelación divina. Esta unidad de puro gobierno constituiría posiblemente a la Iglesia como una sociedad natural, pero la Iglesia no es sólo eso. La sociedad que consiste en la unión de cada uno de sus miembros con Cristo es mucho más que una simple unidad de gobierno; es una sociedad en el sentido análogo y, por tanto, la unidad es, antes que nada (fundamentalmente) una unidad de fe, cuyo principio es el Magisterio y también (por último) una unidad de sacramentos y de culto, cuyo principio es el Sacerdocio. Reducir la unidad de fe y la unidad de sacramentos a la porción común es la tentación a la que toda empresa ecuménica se enfrenta. Sucumbir forma parte de la lógica intrínseca del ecumenismo. Los acuerdos institucionales (que soñaban los iniciales promotores del ecumenismo, el padre Portal y Lord Halifax) predominan sobre las conversiones individuales, lo que viene a sustituir la unidad por la legalidad, o más exactamente, a difuminar la verdadera unidad sobrenatural de la Iglesia en pro de una unidad jurídica y consensuada en donde la caridad y la fe, verdaderamente teologales, se hallan excluidas.[8]

8. Esta lógica que inspira los diferentes intentos de “unión de las iglesias”, en la óptica de una unidad ecuménica, se encuentra hoy en la base de la plena comunión vislumbrada por las comunidades del movimiento Ecclesia Dei . Lógica de una unidad sobre todo canónica, donde el vínculo de la profesión de fe y el de la celebración de los sacramentos son reducidos al más pequeño denominador común, cuando no se desvanecen en un simple pluralismo púdicamente designado como “teológico” y “litúrgico”.

9. Tras el concilio Vaticano II, es el Papa, es el sucesor de san Pedro, el obispo de Roma, el que se encarga, paradójicamente, de esta unidad pseudo-católica. Surge entonces un aparente divorcio entre el principio motor y el principio formal de la unidad de la Iglesia. Se podría estar tentado de creer que la piedra sobre la que debería reposar la unidad deseada por Cristo se haya convertido en un obstáculo. Pero, en realidad, esta piedra permanece en lo que es y no muta; son más bien los Papas conciliares los que son infieles a su misión y que abdican de su papel de ser los artesanos de la verdadera unidad de la Iglesia. Abusan de su poder para hacer reinar no el orden, sino el desorden: en sustitución del orden católico, desean establecer el desorden conciliar, que supone un obstáculo a la unidad de la Iglesia. La libertad religiosa supone un obstáculo al vínculo de la unidad de la profesión de fe. La colegialidad supone un obstáculo al vínculo de la unidad de gobierno y de obediencia a las leyes. El ecumenismo supone un obstáculo al vínculo de la unidad de celebración pública del culto y los sacramentos. Estos hechos se corresponden perfectamente con el diagnóstico recientemente formulado por el Superior General de la Fraternidad san Pío X, el padre Davide Pagliriani. “Tenemos delante de nosotros a una Iglesia completamente reformada, en todos los aspectos de su vida, sin excepción. Es una nueva concepción de la fe y de la vida cristiana que ha engendrado, consecuentemente, una nueva manera de concebir la Iglesia y de vivir el día a día [9]”. Y esto se explica del hecho de que el sucesor de Pedro ya no actúa como el verdadero sucesor de Pedro.

10. Sabemos también, con certeza teologal, que las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia. El papel providencial de la Fraternidad san Pío X, como de todo católico preocupado por permanecer fiel, es la de contribuir a esta certeza y de preservar, a su humilde nivel, la unidad auténtica de la Iglesia. Por esto, siguiendo la lógica de su fundador, siempre ha rechazado la nueva lógica que podría inspirar una falsa unidad de la Iglesia, en su doble variante: ecuménica y eclesiástica.

                                                                               Padre Jean-Michel Gleize.

Traducido por Duque de las llaves. Fuente. Courrier de Rome



[1]Cf. El artículo titulado “La unidad de la Iglesia” en el presente número del Correo de Roma.

[2]Mons. Henri Grenier, Cursusphilosophiæ, vol. III, Les PressesUniversitaires de Laval, 1958, III : OEconomica, liber primus « De societate in communi », articulus II : « De auctoritate», p. 257-258.

[3]La relación supone tres elementos: el sujeto al que se pone en relación; el término con el que el sujeto se pone en relación; el fundamento y la causa de esta relación. Por ejemplo, hay una relación de paternidad entre Adán (sujeto) y Abel (término), y el acto de generación física de Adán es el fundamento. Hay una relación de autoridad entre el jefe de la sociedad (sujeto) y los miembros de la sociedad (término) y el acto de poder (o de gobierno) es el fundamento. La autoridad, por tanto, no es más que el poder; se distingue como la relación se distingue de su fundamento.

[4]Santo Tomás de Aquino, comentario sobre el libro de las Sentencias de Pierre Lombard, libro II, distinción 44, cuestión 1, artículo 2, corpus y Summa teológica, 1º parte, cuestión 103, artículo 3, corpus.

[5]DS 138, 141-142, 167, 218, 237, 267, 305, 314, 315, 361,

364-365, 468, 1050, 2588, 2638, 2885, 3051, 3057, 3060,

3066.. Esta expresión, tal y como es utilizada por el Magisterio anterior al Vaticano II, posee, por tanto, un sentido muy preciso. La cuestión no es “la comunión” sino la “unidad en la comunión”. Según Billot, ésta consiste “en la unión de todos los individuos como de todos los grupos particulares, que se vinculan los unos a los otros en la dependencia de un mismo jefe supremo. Al ejemplo de las partes de un mismo cuerpo moral individual”(LOUIS BILLOT,

L’Église. II – Saconstitution intime, question 3, n° 211, Courrier

de Rome, 2009, p. 193). La palabra “comunión” ha adquirido un sentido diferente en la nueva eclesiología, pero esto es otra cuestión aparte.

[6]ASS, T. XXVIII, p. 715.

[7]AAS, T. XX, p. 125-126.

[8] Cf. Artículo ´´ Unidad o Legalidad´´ en la edición de mayo del 2017 del Courrier de Rome

[9] Entrevista exclusiva concedida al sitio del  District de France,

« La Porte Latine »,  el 28 de diciembre de 2018.

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