Nuestra enfermedad se llama Concilio Vaticano II, no soy muy original al compararla con un síndrome de inmuno deficiencia, es decir, un virus que ataca todas las defensas (doctrina, magisterio, dogmática, tomismo, liturgia, sacramentos, órdenes religiosas, moral  y por sobre todo, PRIMACÍA PAPAL) y deja el cuerpo en condiciones de ser derribado por un simple resfrío. Es muy cierto lo que algunos señalan sobre que se contrae por haber andado por un buen tiempo haciendo lo que no es debido, pero es un día de juerga y borrachera en el que te revuelcas con la o el infectado y …  cataplúm!

Una vez ocurrido, los sabios aplicarán unos químicos y recomendaran las condiciones en las que hay que ir de juerga, los profilácticos más seguros, la conveniencia de las prácticas orales y otras linduras, pero nadie se atreverá a prohibir las orgías, porque prohibir, anatematizar y condenar no está en el vademécum liberal, sólo se trata de evitar los desmadres de la sacrosanta libertad. Derribaron el Santo Oficio y la Sagrada Congregación de Ritos por ser anacrónicos (apoyados en la debilidad de la Curia Romana que con su adalid a la cabeza – Ottavianni – ya sufrían de síntomas liberales).

En el Concilio Vaticano II la Curia Romana se revolcó con los teólogos del Rin y luego de esos contubernios, sobrevino una generación deformada, de sidóticos de nacimiento, y ya pasada la posibilidad del aborto y reprimiendo la posibilidad de la eutanasia, las recomendaciones para frenar la locura pasan por hacer las cosas más prolijas, pero jamás prohibir o declarar maldita aquella orgía y mandar a un hospital a los contagiados.

   “Si algo hubo de notorio en el Concilio Vaticano II, fue el giro liberal en la actitud de la suprema autoridad. El Papa resignó su autoridad a favor de los Obispos (colegialidad); los Obispos resignaron la suya a favor de los teólogos; los teólogos habían renunciado a su ciencia para escuchar  al hombre, y la voz del hombre – supuestamente dotada de la infalibilidad del “sensus fidei” – no era otra que la publicidad”.

Hoy, espantados y escandalizados por este hijo que parieron (que fueron miles, pero este llegó al poder) se juntan y rejuntan para ensayar las medidas que pueden salvar a la Iglesia de tal debacle. Y como siempre, salvo condenar y hacer un mea culpa por aquel dislate total que fue el Concilio, los remedios son más de lo mismo.

Recordemos a Ralph Wiltgen – “El Rin desemboca en el Tiber” – y su pormenorizado detalle de los puntos que constituían aquella revolución: 1.- Reforma Litúrgica previa a toda consideración doctrinal y por lo pastoral. 2.- Establecer una única fuente de la revelación (Escritura) retirando el magisterio de los Papas. 3.- Colegialidad (demolición de la autoridad Papal). 4.- Valoración del laicado (y consiguiente demolición de las vocaciones religiosas) como proveedor del sensus fidei. 5.- Desacreditación de la Teología Dogmática (magisterio) e imposición de una babélica confusión filosófica. Todo ello partiendo de un espíritu liberal y ecuménico con el que la fe ya no se construye desde “arriba”, partiendo de la “ciencia celeste” proveída por el mismo Espíritu Santo mediante la infalibilidad de los Papas, sino desde “abajo”, desde un sensus fidei que sube desde el pueblo que la concibe en su devenir histórico, hacia los teólogos que la interpretan y el Papa que la declara – con valor temporal-  por venir desde allí; es decir, “ciencia humana”, y de la peor especie: interpretación sociológica de un sentimiento masivo manipulado por la publicidad.

Algunos entendieron que todo esto no dio el resultado querido, pues el Papa siguió siendo la autoridad, y es más, cada vez más tiránica. Craso error que se produce al no saber distinguir “autoridad” de “poder”. Como en todas las revoluciones el poder que anula la autoridad legítima y promueve los cambios ideológicos, tan contrarios a las tendencias naturales y las sanas  costumbres adquiridas, lo tiene que hacer a fuerza de guillotinas y tiros en la nuca. Pero ese enorme poder ilegítimo se ejerce con el claro fin de impedir una autoridad verdadera.

La Autoridad del Primado Papal, que enseña desde la certeza de su ciencia celeste se terminó. Lograron que todos los Papas posconciliares no ejercieran más este magisterio inoculando un virus subjetivista y liberal que les impide decir a los hombres en forma de autoridad qué se debe creer y cómo se debe rendir el culto, y con ello desautorizaron todo el magisterio anterior, en especial “el inmediato anterior” (lo que era el objetivo primordial),  pero… “Ahora bien, el magisterio conciliar no ha querido garantizar sus novedades ejerciendo un infalible “poder de enseñar” del que se avergüenza; pero luego pretende imponer al católico una nueva manera de vivir, que se muestra en todo contraria a la tradicional, ejerciendo entonces toda la potencia de su “potestas” – no de regir (lo que supone orden al fin de la Iglesia que es la salvación de las almas) sino de presionar – “potestas coercendi””. El cuento es viejo, la enorme tiranía que impone a patadas la supuesta “liberación” de la revolución.

Y entonces tenemos Papas que desisten de “enseñar”, de ser “maestros”,  que “no son nadie para juzgar”, que obtienen su ciencia de los propios gobernados, que ellos mismos se consideran “enseñados” por el pueblo; pero para que esta maravillosa libertad de expresión se exprese libremente (disculpen la reiteración) hay que sacarles a patadas las viejas costumbres. En fin, un tirano loco que no sabe a dónde va, pero sabe bien lo que tiene que destruir, a fin de que desde las ruinas surja el mañana que canta.

Y ahora hay que batallar contra el tirano que busca a palos que nos liberemos de las superestructuras producidas por el Dogma, la Doctrina, la moral esclerosada y la liturgia reglamentada que encarna esa moral y esa doctrina. (Todo esto propone punto por punto la última encíclica de Francisco “Gaudete et Exultate”, llamando arteramente “gnosis” a la teología dogmática).

Y ¿qué herramientas nos proponen los sabios?  Pues las mismas que traían los del Rin en aquella ocasión: Colegiatura que frene el poder omnímodo del tirano; consulta al sensus fidei ya recontra bombardeado por los medios (ahora interpretado por otros teólogos), reforma de la reforma litúrgica en medio de la Babel doctrinaria y antes de toda aclaración o definición; corrección del magisterio papal por la “tradición” ¿Cuál? La que sea interpretada por otros teólogos a base de fuentes primigenias y con per saltum del magisterio antiliberal próximo pasado.

Un círculo vicioso, una víbora que come su cola, porque no pueden salir del encierro que su adhesión al subjetivismo liberal les marca a fuego y de la que es garantía el “corpus” documental salido del Concilio Vaticano II, al que nadie se atreve a tocar y al que se considera un progreso maravilloso en la maduración de una fe a la que se adhiere desde la propia libertad y no como consecuencia de una imposición paternalista y autoritaria.

Estas defensas que se intentan y se promueven contra Francisco, defienden el alfa y la omega de la intención revolucionaria que fue siempre la de borrar del mapa la doctrina monolítica surgida del Magisterio preconciliar. No habrá solución posible si no se parte de la base que hay que recuperar aquella “autoridad” magisterial en su total integridad, y de que el Concilio estableció un “poder revolucionario” pero descreyó de toda autoridad jerárquica democratizando el proceso doctrinario que expresa la verdad, “vox populis”, sí, pero con el timo hermeneútico de los peritos.

La gran tarea es demostrar que el magisterio conciliar “no es autoridad” sino simple poder coercitivo para imponer – justamente – la idea de que no hay autoridad; y volver por los fueros de una autoridad que supo expresarse de manera infalible, que es y fue la regla próxima de nuestra fe. En especial el Magisterio inmediato pasado que condenó al liberalismo y que es el que sufre el embate de tirios y troyanos.

“En nuestra opinión, el único problema realmente nuevo que plantea el magisterio conciliar, es justamente el de su autoridad. Apenas quede claro en la Iglesia que la autoridad del Concilio es “cero”, se derrumbará totalmente el moderno edificio bajo el peso del magisterio anterior. Pero si bien tenemos dados todos los principios necesarios para demostrarlo, como la autoridad de la conclusión depende del razonamiento teológico, podemos profetizar que no terminará la discusión hasta que venga un Papa y, en nombre de Nuestro Señor, tire todos los documentos de este nefasto Concilio a la papelera”.

Concluyendo, todo esfuerzo que deje en pié una palabra del corpus conciliar nos seguirá llevando al desastre, y todo intento que suponga el debilitamiento del Primado de Pedro, hará cada vez más imposible una solución.

Los dejo con el consejo del teólogo que vengo citando a fin de que sea tomado como saludable propósito para conservar la fe:

Al magisterio conciliar no sólo no se le debe conceder ningún grado de autoridad doctrinal, sino que hay que evitar oír su voz, como la de todo autor de cuño modernista; porque ha aceptado el planteo subjetivista de las ideologías modernas, que vicia desde la médula toda doctrina”.  

(Todas las citas pertenecen al libro “LA LÁMPARA BAJO EL CELEMÍN Cuestión disputada sobre la autoridad doctrinal del magisterio eclesiástico desde el Concilio Vaticano II”. RP. Álvaro Calderón. Ed Río Reconquista. Argentina. 2009.)

 

Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.