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Viganò: “Hay que dirigir el dedo acusador contra la letra del Concilio”

ENTREVISTA DE RADIO SPADA A MONSEÑOR CARLO MARIA VIGANÒ

RS: Buenos días, Excelencia. Gracias por las palabras que ha tenido a bien concedernos. Empecemos por Galleria neovaticana, el libro de Marco Tosatti que ha prologado. Permítame que le cuente una anécdota: apenas hacía unas horas que se había anunciado que el libro había ido a la imprenta, y ya había aparecido en Twitter un perfil con una encuesta, basada simplemente en la portada y el título, como es evidente. En la encuesta se preguntaba si se ajustaba a los principios evangélicos publicar un volumen con acusaciones escabrosas sobre hechos no siempre edificantes. ¿Cómo respondería a esta objeción?

CMV: Permítame recordarle que en los meses previos a su decisión de adoptar el singular título de Papa emérito, Benedicto XVI instituyó una comisión presidida por el cardenal Herranz e integrada por los cardenales Tomko y De Giorgi, con el encargo de investigar a fondo las noticias reservadas propagadas por Vatileaks. En aquella ocasión tuve que insistirle al cardenal Herranz para que yo pudiera declarar, dado que no tenía intención de interrogarme a pesar de que yo era parte interesada, como autor de los documentos reservados destinados al Sumo Pontífice, que habían sido sustraídos y entregados a la prensa. Le entregué un voluminoso expediente en el que rendía cuentas de todas las irregularidades y de la red de corrupción de la que había tenido noticia y a la que había tenido que hacer frente como secretario general del Gobierno de la Ciudad del Vaticano. Adjunté a dicho  expediente  una carta, en la que entre otras cosas decía: «Me duele en el alma el grave daño ocasionado a la Iglesia con la filtración de tantos documentos reservados (…) Si hay algún responsable de esos actos irreflexivos, mucho mayor es la culpa de quienes sean responsables de tanta corrupción y degradación moral en la Santa Sede y en el Estado de la Ciudad del Vaticano, así como la de algunos cardenales, prelados y laicos que aun teniendo conocimiento de tanta inmundicia han preferido convivir con ella, adormeciendo su conciencia para agradar a sus superiores y hacer carrera. Espero que al menos esta comisión cardenalicia, por amor a la Iglesia, sea fiel al Santo Padre y haga toda la limpieza sea necesaria que él quiere y no permita que se entorpezca una vez más esta iniciativa suya (…) Numerosos periodistas de varios países han intentado ponerse en contacto conmigo (…) He guardado silencio por amor a la Iglesia y al Santo Padre. La fuerza de la verdad debe brotar de dentro de la Iglesia, no de los medios de prensa. (…) Ruego por vosotros, cardenales, a fin de que tengáis valor para decir la verdad al Santo Padre, a fin de que tenga fuerzas para sacar a la luz la verdad en la Iglesia».

Aquella montaña de información, junto con las demás pruebas reunidas por los tres cardenales, habría permitido una operación de limpieza. ¡Pero todo se ocultó!, y sólo puede servir como un medio más de extorsionar a los que aparecen comprometidos en esa documentación, además de ser desde hace ocho años motivo de descrédito para quien por el contrario ha servido fielmente a la Iglesia y a la Santa Sede.

Necesse est enim ut veniant scandala; veruntamen vae homini per quem scandalum venit (Mt.18,7). Denunciar la corrupción de sacerdotes y prelados ha llegado a constituirse en una obra de caridad para con los fieles y un acto de justicia para con la Iglesia martirizada, porque por un lado pone en guardia al pueblo de Dios previniéndolo de los lobos disfrazados de oveja y los desenmascara, y por otro demuestra que la Esposa de Cristo es víctima de una camarilla de lujuriosos ávidos de poder, y si son ahuyentados podrá volver a predicar el Evangelio. Quien peca contra la caridad evangélica no es el que arroja luz sobre los escándalos, sino quien encubre esos escándalos. Las palabras del Señor no dan lugar a equívocos.

RS: Como se sabe, más allá de la cuestión moral resulta imposible distinguir en el colapso moral al propio cardenal de la crisis de la Iglesia. A este respecto, V.E. ha hecho en varias ocasiones una crítica coherente del Concilio. Le pedimos una aclaración más sobre este punto. En una conversación con Sandro Magister, V.E. ha afirmado: «La fábula de la hermenéutica, si bien es digna de crédito por su autor, no deja de ser una tentativa de atribuir la dignidad de un concilio a lo que ha sido una verdadera trampa para la Iglesia». Podemos aclarar por tanto que el problema no se puede calificar como algo sucedido después del Concilio, sino en el Concilio. Dicho de otro modo: ¿el momento decisivo del proceso revolucionario tuvo lugar en el Concilio y no en el postconcilio? ¿La responsabilidad habría que achacarla no sólo al espíritu vaticanosegundista sino también a la letra?

CMV: No veo cómo se pueda sostener que haya habido un presunto Concilio Vaticano II ortodoxo del que nadie ha hablado durante años traicionado por un espíritu del Concilio al que todos elogiaban. El espíritu del Concilio es lo que lo anima, lo que determina su naturaleza, su particularidad, sus características. Y si el espíritu es heterodoxo mientras los textos conciliares no parecen ser heréticos en cuanto a doctrina, hay que atribuirlo a la astucia de los conjurados, a la ingenuidad de los padres conciliares y a la connivencia de los que han preferido mirar desde el principio para otro lado en vez de tomar postura condenando a las claras las desviaciones doctrinales, morales y litúrgicas.

Los primeros que eran plenamente conscientes de la importancia de meter mano a los textos conciliares a fin de que se pudieran utilizar para sus propósitos particulares fueron los cardenales y obispos progresistas, en particular alemanes y holandeses, junto con sus peritos. No es casual que se ocuparan en conseguir que fueran rechazados los esquemas preparatorios redactados por el Santo Oficio y desecharan las propuestas del episcopado mundial, entre las que se encontraba la condena de los errores modernos, incluido el ateo comunismo; consiguieron igualmente impedir la proclamación de un dogma mariano, por ver en él un obstáculo al diálogo ecuménico. La nueva dirigencia del Concilio fue posible gracias a un auténtico golpe de mano, al papel destacado del jesuita Bea y al apoyo de Roncalli. De haberse mantenido los esquemas, no habría resultado posible nada de lo que salió de las comisiones, porque habían sido esbozados según el modelo aristotélico-tomista, que no permitía formulaciones equívocas.

Hay que dirigir, pues, el dedo acusador contra la letra del Concilio, porque de ella surgió la revolución. Por otra parte, ¿me podrían citar un solo caso en la historia de la Iglesia en que un concilio ecuménico haya sido formulado deliberadamente de un modo equívoco para que lo que se enseñaba en sus actas oficiales fuera más tarde subvertido y contradicho en la práctica? Ahí lo tienen: eso basta para catalogar al Concilio como un caso aparte, una excepción única sobre la cual podrán debatir los estudiosos, pero a la cual deberá encontrar solución la Autoridad suprema de la Iglesia.

RS: ¿Cómo llegó a darse cuenta de esta crisis? ¿Fue un proceso gradual? ¿O algo inmediato que se desarrolló en un corto espacio de tiempo?

CMV: Mi toma de conciencia fue progresiva, y no tardó en iniciarse. Pero comprender, o empezar a sospechar, que lo que se nos había presentado como inspiración del Espíritu Santo había sido en realidad sugerido por el inimicus homo no fue suficiente para derrumbar el sentido de dolorosa obediencia a la Jerarquía, si bien en medio de mala fe y de dolo por parte de algunos de sus representantes. Como ya tuve oportunidad de declarar en otra ocasión, lo que veíamos concretarse entonces –me refiero, por ejemplo, a novedades como la colegialidad episcopal, el ecumenismo o el Novus Ordo– podía entenderse como una tentativa de responder a un deseo común de renovación en la onda reconstructora de la posguerra. Ante la prosperidad económica y los grandes acontecimientos políticos, daba la impresión de que la Iglesia tenía que modernizarse en algunos aspectos, o al menos eso decían todos, empezando por el Santo Padre. Quienes estaban acostumbrados a la disciplina preconciliar, al respeto a la autoridad y a venerar al Romano Pontífice no podían ni imaginar que lo que se nos presentaba como un medio de propagar la Fe y convertir muchas almas a la Iglesia era en realidad un vehículo, una trampa tras la cual se disimulaba en la mente de algunos la intención de destruir progresivamente la Fe y abandonar a las almas en el error y el pecado. Aquellas novedades no eran del gusto de casi nadie, y menos aun de los laicos, pero nos las presentaban como una especie de penitencia que había que aceptar en aras de una mayor difusión del Evangelio y del renacimiento moral y espiritual de un Occidente postrado por la guerra y amenazado por el materialismo.

Se introdujeron innovaciones radicales con Pablo VI, mediante la reforma litúrgica y la total prohibición de la Misa Tridentina. Me sentí dolido e impotente cuando, siendo joven secretario de la entonces Delegación Apostólica en Londres, la Santa Sede prohibió a la asociación Una Voce la celebración de una sola Misa según el rito antiguo en la cripta de la catedral de Westminster.

Durante el pontificado de Juan Pablo II algunas de las tendencias más extremas del Concilio cobraron impulso con el politeísmo de Asís, los encuentros en mezquitas y sinagogas, las peticiones de perdón por las Cruzadas y la Inquisición y la llamada purificación de la memoria. La potencia subversiva de Dignitatis humanae y de Nostra aetate se hizo patente en aquellos años.

Luego vino Benedicto XVI y trajo la liberación de la liturgia tradicional, a la que hasta entonces se habían opuesto declaradamente, a pesar de las concesiones pontificias posteriores a las consagraciones episcopales de Ecône. Desgraciadamente, las desviaciones ecuménicas no acabaron ni siquiera con Ratzinger, como tampoco la ideología conciliar que las justificaba. La renuncia de Benedicto y la llegada de Bergoglio siguieron abriendo los ojos a muchísimos, sobre todo a fieles laicos.

RS: Un tema diferente pero relacionado con éste es el relativo a los protagonistas de las etapa conciliar y postconciliar. Detengámonos un momento en la figura de Ratzinger; es innegable, aunque con matices diversos, el papel que cumplió el teólogo bávaro tanto durante el Concilio como después (recordemos que de 1981 a 2005 fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de 2005 a 2013 reino en el solio de San Pedro y desde 2013 es papa emérito). Por nuestra parte, el juicio del ratzingerismo es indudablemente negativo; mientras dirigió la Congregación para la Doctrina de la Fe prosperaron las mismas desviaciones que hoy vemos extenderse sin disimulo. Nada más ser elegido Papa retiró la tiara del blasón pontificio; prosiguió la vía del ecumenismo indiferentista renovando las escandalosas celebraciones de Asís; en Erfurt llegó al punto de afirmar «el pensamiento de Lutero, su espiritualidad, era totalmente cristocéntrico»; en el motu proprio Summorum pontificum dijo que la Misa de siempre y el Novus Ordo eran dos formas del mismo rito (cuando por el contrario suponen dos teologías opuestas; más tarde creó ese improbable híbrido del Papa emérito vestido de blanco que –independientemente de las intenciones, que no juzgamos– parece ser no sólo un peligroso equívoco, sino un engranaje casi imprescindible del dualismo que inspira la actual dinámica de disolución eclesial. Estos pocos ejemplos, a los que podríamos agregar muchos más, son en nuestra opinión reveladores de que Ratzinger, desde siempre aunque no siempre ejerciera un mismo cargo, estuvo del otro bando. Ya habíamos visto su afirmación sobre la fábula de la hermenéutica pero también en otras ocasiones V.E. ha señalado algunos aspectos problemáticos del pensamiento ratzingeriano. En concreto nos referimos a una declaración reciente de V.E. a LifeSiteNews en la que dijo: «Eso sí, sería deseable que, sobre todo teniendo en cuenta el juicio divino que le aguarda, se distanciara teológicamente de esas posturas erróneas –me refiero en concreto a las expuestas en Introducción al cristianismo– que siguen divulgándose en universidades y seminarios que se jactan de católicos». Por tanto, le preguntamos: ¿cómo sintetizaría para nuestros lectores el pensamiento del teólogo bávaro? Es más: V.E., que ha tenido oportunidad de trabajar en estrecho contacto con Benedicto XVI,  ¿que nos puede decir de él en el plano humano? Quede claro que no se trata de una pregunta sobre aspectos reservados, sino sobre la personalidad que ha podido conocer de cerca.

CMV: Estoy bastante de acuerdo, aunque con hondo pesar, con todo lo que acaba de enumerar. Muchos actos de gobierno de Benedicto se ajustan a la ideología conciliar, la cual el teólogo Ratzinger siempre ha defendido con ardor y convencimiento. Su formación filosófica hegeliana lo ha llevado a aplicar el esquema tesis-antítesis-síntesis al ámbito católico. Por ejemplo, entender que los documentos del Concilio (tesis) y los excesos del postconcilio (antítesis) se pueden resolver en famosa hermenéutica de la continuidad (síntesis); tampoco escapa a ello la invención del papado emérito, donde entre ser papa (tesis) y no serlo más (antítesis) se opta por la fórmula conciliatoria de serlo sólo en parte (síntesis). La misma mentalidad determinó todo lo que hizo para liberar la liturgia tradicional, a la que sitúa junto a su opuesta conciliar en un intento de contentar tanto a los autores de la revolución teológica como a los defensores del venerable rito tridentino.

El problema es, por tanto, de índole intelectual, ideológica: ha aflorado cada vez que el teólogo bávaro ha querido solucionar la crisis que aqueja a la Iglesia. En todos esos casos, su formación académica, influida por el pensamiento de Hegel, ha creído que es posible juntar el agua con el aceite. No tengo motivos para dudar que Benedicto XVI haya querido a su manera tener un gesto de conciliación con el tradicionalismo católico. Ni que no sea consciente de la desastrosa situación en que se encuentra el cuerpo eclesial; pero la única manera de recomponer la Iglesia es seguir el Evangelio, con una perspectiva sobrenatural y sabiendo que por designio de Dios el bien y el mal no se pueden juntar en un fantasmagórico término medio, sino que siempre serán contrarios e irreconciliables, y que sirviendo a dos señores se termina por no contentar a ninguno de los dos.

Por lo que se refiere a mi conocimiento directo de Benedicto XVI, puedo decir que en los años de su pontificado, en los que serví a la Iglesia en la Secretaría de Estado, en el  Gobierno de la Ciudad del Vaticano y como nuncio en Estados Unidos, la idea que me he hecho es que se rodeó de colaboradores inadecuados, que no eran de fiar, e incluso algunos corruptos, que se aprovecharon mucho de su suavidad de carácter y de lo que se podría considerar una suerte de síndrome de Estocolmo, en particular con el cardenal Bertone y con su secretario particular.

RS: En algunos artículos publicados en CatholicFamilyNews.com se señaló que la postura de V.E. con respecto a la situación de la Iglesia se aproxima a la de monseñor Bernard Tissier de Mallarais, uno de los cuatro obispos que consagró monseñor Lefebvre. La misma fuente mencionaba una cita de V.E. en el sentido de que monseñor Lefebvre habría sido un confesor ejemplar de la Fe. A la luz de la firme crítica al Concilio, y de que, por otro lado, no se adhiere al sedevacantismo, cabría hipotizar que su postura se acerca mucho a la de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. ¿Nos podría decir algo al respecto?

CMV: En muchos sectores del mundo católico, y sobre todo en los ambientes conservadores, se afirma que Benedicto XVI sería el verdadero papa y que Bergoglio sería un antipapa. Esta opinión se basa por un lado en el convencimiento de que su renuncia es inválida (por la manera en que se redactó, por las presiones externas o por la distinción entre munus y ministerium papal), y por otro en que un grupo de cardenales progresistas maniobrado para conseguir que en el cónclave de 2013 saliera elegido un candidato de los suyos, incumpliendo con ello las normas que fijó Juan Pablo II en la constitución apostólica Universi Dominici gregis. Más allá de la verosimilitud que puedan tener estas afirmaciones, que de confirmarse invalidarían la elección de Bergoglio, es un problema que sólo puede resolver la Autoridad Suprema de la Iglesia, cuando la Providencia se digne poner fin a esta situación de gravísima confusión.

RS: Hablemos del futuro. En estos borrascosos años V.E. ha querido servir a la Iglesia por medio de intervenciones escritas, participando en diferentes iniciativas y con las distintas actividades que conocen bien quienes siguen a V.E. ¿Ve la posibilidad de que el día de mañana su misión episcopal emprenda otras vías? ¿Piensa en alguna actividad concreta? ¿Con una presencia pública más señalada tal vez?

CMV: Mi edad, las vicisitudes de estos últimos años y la situación de la Iglesia no me permiten elaborar proyectos, cosa que, por otra parte, no he hecho en la vida. Dejo que la Providencia disponga de mí como le parezca indicándome en todos los casos el camino que deba seguir. Espero sinceramente que mi testimonio, sobre todo en lo referente a hacer entender el engaño que se está consumando en la Iglesia, permita que los cardenales, hermanos míos en el episcopado y en el sacerdocio, abran los ojos en un gesto de humildad, valor y confianza en el poder de Dios. No podemos seguir defendiendo la causa y el origen de la crisis actual sólo porque no queremos reconocer que se nos ha engañado; esa obstinación en el error sería una culpa mayor que el propio error.

RS: Gracias por responder a nuestras preguntas; esperamos que no falten oportunidades para futuras entrevistas.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)

Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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