Viganò: «la Sede Apostólica está ocupada por un enemigo jurado de la Iglesia»

Entrevista de Michael Matt a monseñor Viganò en la Catholic Identity Conference

2 de octubre de 2022.

1. Actualmente hay muchos católicos que creen que la Santa Madre Iglesia está atravesando su peor crisis en la historia, mayor incluso que la de la herejía arriana. ¿Está de acuerdo?

No puedo afirmar que ésta sea la mayor crisis que tendrá que sufrir la Iglesia de aquí al final de los tiempos. Desde luego, es la peor hasta la fecha, tanto por las devastadoras proporciones de la apostasía como por actitud hipnótica de los sacerdotes de a pie y de los fieles hacia la jerarquía. Ha habido ocasiones en que la persecución era más implacable, pero encontraba resistencia en los obispos y en el pueblo católico, que veía en la Sede Petrina un  faro de verdad y un obstáculo a la instauración del reino del Anticristo. Hoy en día ya se ha retirado el katejón, al menos temporalmente, y la Sede Apostólica está ocupada por un enemigo jurado de la Iglesia.

Nunca en la historia habíamos asistido a una traición sistemática de la Fe, la Moral, la Liturgia y la disciplina eclesiástica, traición que es favorecida y hasta promovida por la autoridad suprema de la propia Iglesia, con el silencio cómplice de la Jerarquía y la aceptación acrítica por parte de numerosos sacerdotes y fieles. La situación se agrava más todavía porque la labor disolvente que lleva a cabo la iglesia en las sombras avanza en sincronización con la acción subversiva del estado en las sombras. Esto hace que el pueblo católico sea objeto de un doble ataque, tanto como fieles como ciudadanos.

Estas dos realidades indiscutibles tienen por denominador común el odio implacable de Satanás a Cristo y su santa Ley, la Iglesia y la civilización cristiana. El engaño es tan patente que ya no se puede catalogar de teoría conspiratoria.

Si se mira bien, resulta inquietante que los protagonistas de este plan criminal, tanto en el Gobierno como en la Iglesia, provengan del ambiente radical chic en que nacieron y se cultivaron el progresismo, el pacifismo, el ecologismo y el homosexualismo católicos, y el discurso progre de la izquierda desde los años sesenta. Como he dicho en otra ocasión, los obispos a nivel individual y la Jerarquía de los últimos años en su totalidad habrán de responder ante Dios y ante la historia de su complicidad en esta crisis, y ciertamente porque en algunos casos han sido quienes la han instigado y promovido haciendo dejación de funciones en cuanto al deber de la Iglesia como Domina gentium.

2. ¿Qué convenció a Vuestra Excelencia para integrarse a la contrarrevolución tradicional católica?

¿Un hijo se quedaría cruzado de brazos viendo a su madre humillada y dejaría que los sirvientes la hicieran objeto de escarnio y vituperio, la despojaran de su triple corona y sus vestiduras reales, robasen sus joyas, vendiesen sus posesiones, la obligaran a vivir entre ladrones y prostitutas y llegaran incluso a retirarle su título real y degradarla? Un ciudadano de una nación gloriosa, ¿permitiría que su patria fuera destruida por gobernantes traidores y autoridades corruptas sin alzarse en armas para devolverle el honor que le ha sido arrebatado?

Si esto es así en el orden natural, más lo es todavía y más urgente cuando la Santa Iglesia es asaltada por sus enemigos, no sólo en las cosas temporales al subastar templos, ornamentos y objetos sagrados -como siempre han hecho a lo largo de la historia-, sino incluso en cuanto a sus bienes sobrenaturales, los tesoros de los que su divino Rey la ha dotado para la santificación de las almas, las riquezas incorruptibles de su doctrina y liturgia. Clérigos corruptos la han hecho objeto de escándalo, han adulterado sus enseñanzas, puesto en fuga su ejército y demolido las murallas que la protegían de incursiones enemigas. Las almas que, gracias a la Iglesia, estaban a salvo y acompañadas en su peregrinar terreno a la eternidad han sido rechazadas y están perdidas. Almas por las que Nuestro Señor derramó su Sangre, a las que sacerdotes infieles han abandonado y expulsado del sagrado recinto.

Quedarse impasible ante el ultraje de que es objeto nuestra Santa Madre Iglesia no es menos grave que lo que hacían los que estaban entre la multitud que presenció la Pasión y Crucifixión de Nuestro Señor y los gritos y escupitajos de sus verdugos. Porque somos hijos de Dios al ser hijos de la Iglesia, y por los méritos de Jesucristo nos restituye la Gracia y nos hace herederos del Reino de los Cielos.

En un principio, hace sesenta años, parecía que después de los trágicos sucesos de la Segunda Guerra Mundial y el horror de las dictaduras, era la propia Iglesia la que quería deshacerse de su pasado para acortar distancias entre lo que el mundo había terminado por ser y lo que quedaba de él. Aquel despojo parecía ser una concesión a una sociedad trastornada por las revoluciones y por el fin de las monarquías católicas arrastrados por una democracia que se creía que podía ser cristiana, a pesar de saber que sus supuestos valores se oponían radicalmente al concepto trascendente de la autoridad propia de la doctrina católica. En aquellos años no eran muchos los que se daban cuenta de que la evolución conciliar subvertiría el orden divino, el kosmos, sembrando el caos en la Iglesia, dando lugar a la herejía y demoliendo la ortodoxia, y aceptarían que la virtud y la honradez fueran reemplazadas por la corrupción de las costumbres.

Este proceso subversivo -del latín evertere, que significa precisamente subvertir- ha llevado a la cúspide de la Jerarquía a quienes nunca hubieran debido acceder a ésta, y emblemáticamente ha expulsado o marginado a quienes hasta entonces eran estimados y respetados. Tal ha sido el destino de numerosos obispos, sacerdotes y religiosos a quienes se impuso la revolución, presentada como una actualización que traería una primavera conciliar con un resurgimiento de la fe en pueblos agotados por un siglo de sangrientos conflictos.

Muchos creían de buena fe que lo que el cardenal Suenens había presentado con tanto entusiasmo como el 1789 de la Iglesia no era sino una fase de transición o ajuste de la que el cuerpo de la Iglesia renacería más fuerte y despierto. No fue así, como hemos visto y comprobado. La revolución conciliar no se diferenció en nada de las que hundieron reinos temporales y derribaron la fe cristiana. Todo lo contrario: suponen el cumplimiento irremediable de un plan subversivo concebido por una mente diabólica que ataca primero el cuerpo mortal para luego arremeter forzosamente contra el alma inmortal, y que para lograr su objetivo empieza por devastar la sociedad civil y continúa con un ataque implacable a la sociedad religiosa.

Desde el 13 de marzo de 2013 el cáncer conciliar ha mutado en desastrosas metástasis. Como obispo, como sucesor de los apóstoles, me he visto obligado a alzar la voz y adoptar una posición clara ante tan tremenda degradación y humillación de la Iglesia. Insto a mis compañeros en el episcopado a despertar también del sopor que los ha convertido en espectadores pasivos de esta passio Ecclessiae y en cómplices del enemigo. ¡Pónganse en pie y proclamen la verdad desde los tejados! Que los prelados supuestamente conservadores dejen de defender a toda costa el Concilio, que es la causa principal de esta masacre de almas que clama venganza al Cielo. Tomen partido antes de dejarse arrollar por la ruina común.

3. ¿Sigue celebrando la Misa nueva en alguna ocasión?

No, hace ya varios años que no celebro el Novus Ordo, y no veo cómo pueda dar marcha atrás aceptando celebrarlo aunque sea de vez en cuando.

Debo mi conversión a la Misa de los Apóstoles y al amor que profeso al venerable Rito Ambrosiano, porque en él descubrí lo que desde hacía décadas se le había arrebatado a mi sacerdocio despojándolo de una fuente de doctrina, pero más todavía de una espiritualidad y un ascetismo que sólo se encuentra en el Santo Sacrificio. En la Misa católica, el celebrante es un alter Christus no sólo porque ofrece in persona Christi, Sumo Sacerdote y víctima inmaculada a la Majestad del Padre, sino también porque místicamente es imagen de Cristo víctima. En esta íntima unión con nuestro Señor radica el alma misma del sacerdocio, el principio vital del apostolado, la regula fidei de la predicación y el poder de la Gracia para santificar almas. Y como sin sacerdocio y sin Misa no puede subsistir la Iglesia, se comprende la feroz oposición a la Misa y al sacerdocio tradicional por parte de los enemigos de Cristo, y se ve la importancia y la necesidad de permanecer fieles a tan valioso tesoro.

Volver al rito montiniano después de haber recibido la Gracia para seguir al Señor hasta el Calvario por medio de la Misa Tradicional sería para mí una traición mucho más grave que en el caso de quienes no conocen tan venerable rito.

En este punto me gustaría recordar que la cuestión de la Misa de siempre no se zanja con una evaluación formal y, por así decirlo, racional. Es la forma más perfecta en que el Cuerpo Místico adora a la Santísima Trinidad, pero es también la voz con que la Esposa se dirige al divino Esposo. Si en el orden natural para una esposa es impensable todo lo que merme su amor al esposo, y ciertamente considera ofensivo todo lo que lo ponga al mismo nivel que los demás hombres, ¿cómo se va a atrever un alma sacerdotal enamorada de Dios a permitir que las perfecciones de la esposa sean ocultadas o negadas para no ofender a sus enemigos? La Caridad no es tolerante, porque no conoce limitaciones ni concibe que puedan hacerse concesiones. Hace apenas unos días, con ocasión del enésimo aquelarre ecuménico en Kazajistán, Bergoglio denunció el fundamentalismo calificándolo de perjudicial para el diálogo interreligioso y la hermandad universal; no puede haber nada más ajeno a la verdadera Fe, y no hay nada más coherente con la mentalidad masónica que promueve la religión de la humanidad.

Aunque entiendo la difícil situación en que se encuentran muchos de mis hermanos en el episcopado y el sacerdocio, no puedo menos que exhortarlos a ser más coherentes en este sentido y abrazar la Misa de siempre sin reservas y con verdadero espíritu sobrenatural, pues esa Misa es el arma más poderosa para resolver la crisis que atraviesa la Iglesia; no se puede servir a dos señores.

4. ¿Es acertado afirmar que la obediencia, como virtud natural más que teológica, debe estar siempre y sin excepción al servicio de la Fe, y que en consecuencia podría ser pecado obedecer a modernistas que ocupen puestos de autoridad?

La obediencia es una virtud natural que se opone a la desobediencia (falta de obediencia) y al servilismo (obediencia excesiva). Ahora bien, la obediencia no se le debe a cualquiera, sino únicamente a los que están constituidos en autoridad, y dentro de los límites que legitiman su ejercicio. En la Iglesia, la obediencia está ordenada a su fin último, que es la salvación de las almas en la unidad de la Fe católica. Las autoridades establecidas para salvaguardar la Fe no pueden legislar contra ella, precisamente porque su autoridad deriva de la misma fuente, es decir el Dios y Legislador supremo, que no puede contradecirse a Sí mismo. Obedecer una orden ilegítima para complacer a la autoridad corrompe la obediencia, que deja de ser obediencia para convertirse en servilismo.

Me gustaría señalar además que quienes hoy exigen obediencia ciega, total e inmediata a los fieles son los mismos que se rebelan contra la autoridad cuando ésta es ejercida por los buenos. Los que  anulan  la totalidad del Magisterio en nombre del Concilio y del camino sinodal son los mismos que se rasgan las vestiduras ante quienes rechazan aceptar la revolución permanente de Amoris laetitia y Traditiones custodes. El problema, como vemos, está en la crisis de autoridad, que se niega a acatar la autoridad suprema de Dios, que es por donde se debe empezar para ser una autoridad legítima.

5. ¿Cómo respondería, en todo caso, a quienes señalan que Cristo fue obediente hasta la muerte, y que todos somos llamados a hacer lo mismo?

Nuestro Señor no obedeció al Sanedrín, ni a los sumos sacerdotes y las autoridades del pueblo que le advertían que no se declarara Hijo de Dios y por hacerlo lo condenaron a muerte. Nuestro Señor obedeció al Padre apurando hasta las heces el amargo cáliz de la Pasión: non sicut Ego volo, sed sicut Tu. Ahí está la verdadera virtud de la obediencia, en que sólo cumple las órdenes de las autoridades terrenas en orden a realizar los propósitos que las legitimizan. Así como al Sanedrín no le correspondía poner en duda la divinidad de Cristo, sino que conociendo las Escrituras tendría que haberlo reconocido como el Mesías prometido,  la Jerarquía no está autorizada a exigir obediencia en cuestiones contrarias a la Fe y costumbres. Del mismo modo, imitando el ejemplo de Cristo y fortalecidos por la amonestación petrina, repetimos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch. 5:29).

6. Francisco ha declarado que los tradicionalistas rechazan el Concilio. Teniendo en cuenta que el 14 de febrero de 2013 Benedicto afirmó que el Concilio había sido secuestrado por los medios informativos, haciendo con ello un daño incalculable a la Iglesia y banalizando la liturgia, ¿no deberían todos los católicos rechazar el Concilio tal como lo presentaron al mundo, según Benedicto, los medios de difusión?

En primer lugar, es preciso aclarar que la contribución de la prensa a la narrativa conciliar es meramente parcial y marginal si se la compara con el contenido claramente subversivo del Concilio tal como lo quisieron sus autores. No existe el fantasma de un concilio bueno supuestamente traicionado por los modernistas. Se lo concibió de tal forma que en sustancia fuera imposible su catolicidad, disimulando sus trampas (que no tardarían en quedar de manifiesto) tras un manto de verborrea y conceptos equívocos. Si la prensa secuestró el Concilio contrariando la voluntad de los padres y pontífices, ¿cómo es que ninguno de ellos reiteró la doctrina católica ante las constantes desviaciones que transmitían los órganos de prensa? Si la trivialización de la liturgia en el periodo postconciliar fue culpa de la prensa, ¿cómo es que ningún obispo llegó a proponer siquiera que el Novus Ordo se celebrase en continuidad con el Vetus, sino que aprovechó las innovaciones del rito montiniano para fomentarlo? Si la liturgia de siempre no suponía un peligro para la nueva, ¿a qué se debe esta persecución implacable de quienes querían seguir celebrando por el rito antiguo?

En esto Bergoglio tiene toda la razón: los católicos que querían ser fieles a la Tradición rechazaron el Concilio precisamente porque era ajeno y contrario a la Tradición, que es la regla de la Fe. Esto no sólo confirma la catolicidad de la liturgia tradicional, sino también lo ajeno de la liturgia reformada al desarrollo armónico que ha conocido el culto a lo largo de los siglos: de ahí que, sustancialmente, no sea católico.

Por lo tanto, los católicos no sólo tienen el derecho sino también el deber de exigir que la Iglesia rinda culto a la Santísima Trinidad del modo más perfecto en vez de con un rito falso fruto de mentes doctrinal y moralmente desviadas y creado para agradar a los herejes y disminuir la Fe. La cuestión no es inventar una liturgia más católica que el Novus Ordo, sino sanar la gravísima herida que se infligió a la Iglesia al suprimir un rito con dos mil años de antigüedad y sustituirlo por una deplorable falsificación. Para restaurar la Iglesia será imprescindible restablecer la liturgia católica y prohibir la reformada.

7. Parece mínimamente posible que instalaran a Bergoglio en el Trono de San Pedro con vistas a socavar la teología pontificia. Al criticar a Francisco, ¿no estaremos contribuyendo a la ejecución de los mencionados planes para el papado?

Los que consiguieron que el cónclave de 2013 eligiera a Bergoglio sabían de sobra que él tenía intenciones de desacreditar el papado y humillar a la Iglesia Católica como principal consecuencia de su instalación en la Silla de San Pedro, así como de la difusión de herejías, errores morales y gravísimos escándalos. Es más, precisamente con la constante conducta de ese hombre, implacablemente llevada a cabo en los últimos diez años, el papado ha sido objeto del más grave y contundente de los asaltos por parte de quien debe al papado la autoridad que ejerce sobre la Iglesia. Ningún ataque externo a la Iglesia habría tenido el mismo efecto. Habría que decir también que la renuncia de Benedicto XVI y la monstruosidad canónica a la que dio lugar del papa emérito asestó un golpe mortal  a la Iglesia y ha hecho posible que se pueda ejecutar el complot contra ella que incluía la elección de un papa que contribuiría a la ejecución de los planes de la élite mundial.

Criticar a Bergoglio por lo que hace no beneficia a sus instigadores, a la mafia de San Galo ni a la élite masónica mundialista que con toda intención lo colocó donde está. Por otra parte, la indignidad del argentino para ocupar el Trono de San Pedro es una señal evidente de la acción premeditada y maliciosa de quienes sabían muy bien que la manera más eficaz de demoler una institución consiste en una labor de descrédito llevada a cabo por quienes ejercen en ella la máxima autoridad. No se diferencia en nada de lo que sucede actualmente en el ámbito de lo civil, donde toda la clase política y dominante está corrompida y sometida a los intereses criminales de la misma élite anticristiana, que por un lado corrompe las almas con la propaganda LGTB y la ideología de género y por otro se sirve de prelados corruptos -como está haciendo  en Bélgica con la bendición de parejas homosexuales- para sacar el más extremo partido a las palabras de Bergoglio, empezando por aquello de «¿quién soy yo para juzgar»?

Me gustaría dejar clara una consecuencia sumamente grave (e inevitable) de la progresiva legitimización de la doctrina LGTB y la ideología de género en la vida de la Iglesia: sabemos que el Magisterio condena los actos homosexuales como intrínsecamente perversos. Son un mal. Quienes los realizan pecan gravemente, y si no se arrepienten su alma está destinada a la condenación eterna. Esto lo enseña de manera inequívoca la Sagrada Escritura tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pero, por el contrario, las palabras de Bergoglio y la conducta de sus cómplices están encaminadas a eliminar toda condena moral de la sodomía y los cambios de sexo. ¿Qué pasará de aquí a unos años cuando haya fieles transexuales que pidan recibir las Sagradas Órdenes? No sigo; dejaré que ustedes entiendan el abismo que se ha abierto ante nosotros.

A los que aún pretenden distinguir qué parte del magisterio bergogliano es vinculante y cuál no les digo que no hace falta repetir que aunque esa forma de abordarlo salve la doctrina de la infalibilidad pontificia, desde luego deja en mal lugar a la Iglesia, y demuestra a la vez que Bergoglio es lo menos pontificio que pueda haber. Es una realidad que perciben instintivamente los más sencillos de los fieles, de la misma manera que un órgano trasplantado es rechazado por un organismo que no lo reconoce como propio. El sensus fidei les permite entender lo mismo que el análisis de sus heréticas declaraciones a los teólogos y canonistas. El famoso buenas tardes con el que saludó desde el balcón de San Pedro el 13 de marzo de 2013 sintetiza en dos palabras el hecho innegable de que no tiene ni idea de lo que es ser papa.

8. Vuestra Excelencia ha adquirido notoriedad internacional por hablar claro contra el Gran Reinicio. ¿Cómo respondería a quienes lo acusan de dar crédito a teorías de la conspiración y dicen que lo mejor que puede hacer es callarse y dedicarse a rezar?

Rezar, rezo de todas maneras, y no veo por qué no voy a cumplir con la obligación que tengo como obispo y sucesor de los Apóstoles callando en cuanto a temas estrechamente relacionados y complementarios. Cuando mis críticas se limitaban al encubrimiento de los escándalos del ex cardenal McCarrick y las desviaciones doctrinales del Concilio, les bastaba con colgarme la etiqueta de lefebvrista para satanizarme ante los fieles; pero cuando comencé a señalar la relación entre el golpe de estado mundial perpetrado por el estado en las sombras, primero con la emergencia pandémica y ahora con la crisis energética, y la no menos subversiva elección de Bergoglio organizada por la iglesia en las sombras, no me sorprendió que me añadieran el sambenito de conspiranoico para desacreditarme ante quienes me escuchan. Para mis acusadores, el peligro es el mismo: alguien ha empezado a razonar por su cuenta y ha comprendido que hemos sido víctimas de un fraude colosal para perjudicar nuestra vida material mediante el plan de Davos y la espiritual mediante el Concilio y el proyecto bergogliano.

También me gustaría entender por qué los planes subversivos de organizaciones privadas multinacionales -verdaderas mafias organizadas y bien arraigadas en los centros neurálgicos de poder-, cuyos propios promotores anuncian con mucha antelación y que suponen la realización de los distópicos delirios de la secta masónica se puedan desestimar tildándolos de teorías de la conspiración. Si la Mafia declarase públicamente que desea exterminar a parte de la población y yo viera que se estaba organizando para hacerlo, y luego fuera testigo de que está ejecutando su plan de exterminio tal como anunció, no es que yo me invente teorías conspiranoicas; es que la mafia se siente tan segura de que se saldrá con la suya que ni siquiera tiene que disimularlo, y da de hecho por sentado que nos convenceremos a nosotros mismos –ya que nos considera inferiores– de que nuestra aniquilación es buena y deseable. De hecho, está pasando lo mismo con la ideología verde de la matrix neomalthusiana que considera al ser humano un parásito del planeta: las decisiones de la ONU, la Unión Europea y los diversos gobiernos se basan en el falso pretexto del calentamiento global con miras a deslegitimar las emisiones de carbono y legitimar la introducción de lo que llaman energías sostenibles. Y eso es ni mi menos que una mentira, una excusa para obligar a las masas a someterse a un dominio total y garantizar así a la élite un poder y una riqueza desproporcionados. Bien pensado, hasta los propugnadores del Concilio afirmaban que estaban poniendo a la Iglesia al día; falso pretexto, porque lo que en realidad se proponían era algo tan inmencionable como su destrucción.

Estado en las sombras e iglesia en las sombras son dos caras de una misma falsa moneda, porque uno y otra son fruto de la misma mente infernal que odia a Dios tanto en la Creación como en la Redención, y que lucha desenfrenadamente contra la vida del cuerpo y la del alma. A pesar de su satánico delirio, este sistema ha demostrado su eficacia en tanto que la gente siga aislada y abandonada a su suerte. Al mismo tiempo, saber que no están solos y compartir una misma cosmovisión y una misma Fe abre los ojos de muchos y les infunde valor y fuerzas para resistir, manifestar públicamente el engaño y aglutinar a la resistencia. Así es tanto en el ámbito civil como en el eclesiástico; no es casual que la farsa pandémica haya asociado al estado en las sombras y la iglesia en las sombras en un discurso surrealista y criminal que escandaliza a los ciudadanos y los fieles.

¿Puede V.E. decir algo sobre el papel de nuestra Reina y del Santo Rosario en estos tiempos de confusión en los que muchos hasta pueden quedarse sin Misa?

Esta entrevista concluye con una alusión a María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, hecha todopoderosa por la Gracia. En este épico combate entre la Mujer y la Serpiente antigua, el Santo Rosario es el arma más poderosa con la que debemos hacer nuestra parte como milites Christi, en virtud del Sacramento de la Confirmación que hemos recibido.

Muchos de ustedes tienen hambre de Verdad y sed de santidad, bienes eternos que tenemos a nuestra disposición por medio del Santo Sacrificio de la Misa que han podido degustar gracias a la resistencia de unos pocos prelados y sacerdotes y a la providencial decisión de Benedicto XVI mediante Summorum Pontificum. Otros, no saben lo que se pierden, porque este tesoro espiritual se les ha ocultado y robado durante mucho tiempo, pero si lo descubrieran ya no podrían prescindir de él. Por tanto, como católicos y como miembros vivos del Cuerpo Místico tenemos el debe de exigir la restituio in integrum de la Misa de los Apóstoles, y las autoridades de la Iglesia tienen el deber de no sólo concederla como privilegio, sino de reconocerla como pleno y exclusivo derecho de la ciudadanía de la Iglesia.

Pero para ello es necesario que todos nos hagamos merecedores de dicha gracia con una vida de santidad y dando valeroso testimonio de la Fe en que hemos sido bautizados. La práctica de las virtudes y el rezo constante del Santo Rosario serán lo que nos infunda fuerzas en este camino y muevan a Nuestra Señora, Abogada nuestra, a compasión para que en el restablecimiento del culto público de la Iglesia de Cristo veamos un anticipo de de la gloria eterna que nos está reservada.

(Artículo original. Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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