«Vigía, ¿qué hay de la noche?» A 25 años de la muerte de Romano Amerio (1905-1997)

No quería dejar pasar 2022 sin recordar en las páginas de Adelante la Fe el vigésimo quinto aniversario del óbito del gran Romano Amerio, que ha pasado casi desapercibido. De él podría decir lo que Charles Baudelaire decía del conde Joseph de Maistre: me enseñó a pensar. Descubrí su obra cuando tenía 20 años –compré Iota Unum y Stat Veritas por correo postal de una librería en el extranjero– y pude contrastar la luminosidad de un pensador profundo y honesto con la chatura desinformadora y vacía de tanta hojarasca conciliar y posconciliar, a veces incluso disfrazada de «magisterio», y con el emasculamiento mental y la hipocresía del neoconservadurismo. El estudio atento de su obra me llevó más que ninguna otra cosa a comprender que la lucha por la doctrina y liturgia católicas tradicionales no son un simple gusto estético ni la reivindicación de un «carisma» entre muchos, sino la defensa del mismo Logos, y a valorar la gesta de monseñor Marcel Lefebvre y de tantos otros que lo defendieron en horas aciagas. El texto siguiente fue escrito en 2011, en los tiempos del pontificado de Benedicto XVI, antes de la arbitrariedad y la irracionalidad del Gran Terror de Francisco. Sin embargo, creo que puede servir como una introducción breve a la obra ameriana. No estará demás, también, acordarnos de su alma generosa y sabia en nuestras oraciones de estos días.

¿Qué es lo que ha pasado con la Iglesia Católica?

Algo ha pasado en la Iglesia Católica. Algo muy grande y muy grave. El esclarecimiento de qué es exactamente ha dado origen a uno de los debates más intensos y universales de la historia. Paralelamente,  una guerra civil confusa y catastrófica estallaba dentro de la Iglesia; en ella, poco a poco, los bandos doctrinarios han dado paso a los grupos de poder, en el lado visible del conflicto, y en el invisible, las sociedades de pensamiento – para utilizar el término de Augustin Cochin para referirse a las fuerzas sutiles que a partir 1789 transformaron unos Estados Generales monárquicos y católicos en una Asamblea Nacional anticlerical y regicida –, a las mafias truculentas pero ahora impotentes y diezmadas. Cincuenta años después del inicio de este periodo –calificado por uno de sus artífices, el hamletiano Paulo VI, como autodemolición y humo de Satanás– lo que ha quedado es una Iglesia casi cuadrapléjica, que recién empieza a mover los dedos y los ojos, para darse cuenta con horror lo revuelta que ha quedado la casa. 

En el origen de este maremagno se encuentra el evento “eclesial” más importante del siglo XX: el Concilio Vaticano II. A partir de esta asamblea emerge una compleja panoplia de procesos, antes larvados o incluso combatidos oficialmente, cuya influencia escapa al ámbito de lo pastoral – la raison d’etre del Concilio según Juan XXIII – y se expande al ámbito teológico, político, social, litúrgico e incluso moral de la vida de la Iglesia. En diciembre del 2005, Benedicto XVI, en un discurso histórico ante la Curia Romana, reconoció la existencia de una “hermenéutica de la ruptura” con respecto al Concilio, causante de la crisis y de la confusión presente; a esta interpretación revolucionaria debía contraponerse una interpretación tradicional: una “hermenéutica de la reforma en continuidad”. No fue poco el mérito del Pontífice –que aun cuando Cardenal se había ganado fama de deslenguado y sincero desdeñador de lo “eclesiásticamente correcto”–: el mito  de que ningún aspecto (ni siquiera una interpretación “apresurada”) del Concilio había causado ningún problema y que los presentes problemas o no existían o tenían otras causas había caído. La posición del Papa era ahora la que algunos de los llamados “tradicionalistas” sostuvieron en la primera mitad de los 70: “interpretar el Concilio a la luz de la Tradición”. 

Pero eran los tiempos del “Nuevo Pentecostés” y de la “Primavera de la Iglesia”; y mientras las Autoridades fabricaban una Nueva Misa, un Nuevo Derecho Canónico y oficializaban una Nueva Teología, procurando no espantar a los revolucionarios radicalizados que exigían cambios aún mayores, no vieron mejor alternativa que apalear con el garrote de la obediencia y de la romanità a aquellos que hasta ayer habían sido los más fieles hijos de Roma. Luego, las posiciones se extremaron. Y se llegó al caso pintoresco de un Obispo suspendido a divinis por un Papa en 1976 por hacer lo que otro en el 2006 recomendaba y lo que un tercero en 1946 había elogiado. Parecía que el Ángel Custodio de la Iglesia había sido reemplazado por una mezcla mutante de Hegel con un cangrejo de río. El debate está lejos de terminarse; por el contrario, caídos el comunismo y el mito de la panacea capitalista, y perdidas las esperanzas de  “caerle bien” a la opinión mundial – gran ilusión de los aggiornadores –  que ahora parece considerar a la Iglesia Católica como una pandilla de torvos y decrépitos degenerados, emergen de nuevo posiciones sinceras, lejos tanto de los circunloquios hipócritas como de la demagogia. Veritas vincit, al fin y al cabo.

En este contexto turbulento, una de las pocas figuras intelectuales en analizar estas circunstancias tan complejas con coherencia y desapasionamiento fue el filósofo y filólogo suizo Romano Amerio (1905–1997), autor del monumental Iota Unum. Estudio sobre las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX  (1985). Profesor de filosofía y de lenguas clásicas durante más de cuarenta años, su sólida formación humanística explica la sorprendente profundidad de su estudio, que posee el sosiego y agudeza que usualmente suelen dar el paso  del tiempo y las lecciones (y escarmientos) de la historia. Pero en la obra de Amerio la mens clásica y metafísica obvia esas condiciones y se aproxima con sorprendente exactitud al quid último del asunto; podríamos decir incluso que con el transcurrir de los años  la precisión  de sus diagnósticos y pronósticos con respecto a la crisis de la Iglesia  resulta mayor.

A pesar de describir con rigor histórico los sucesos semiclandestinos y confusos que determinarían el resultado del Concilio Vaticano II, la obra de Romano Amerio no es un mero recuento historiográfico de las “conspiraciones” o sucesos irregulares durante la preparación, desarrollo y conclusión de la asamblea, sino un ejercicio polifacético y agudo de lo que podríamos denominar filosofía de la historia de la Iglesia.

Una filosofía de la historia de la Iglesia

A diferencia de tantos textos del pensamiento católico contemporáneo (que pasan de la anfibología a la tautología en un océano de sentimentalismo a veces inaguantable), Amerio establece desde el inicio cuál su método y léxico para analizar el tema de su libro, las tumultuosas transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX. Lo hace en el antológico párrafo inicial de Iota Unum: “En la precisión del vocabulario estriba la salud del discurso. En efecto, discurrir es pasar de una idea a otra, pero no de cualquier manera ni mediante nexos fantásticos, sino de un modo establecido y mediante nexos lógicos. Por tanto, la declaración preliminar de los términos es un principio de claridad coherencia y de legitimidad en la argumentación”.  Esta precisión signaría todo el estudio ameriano, constituyéndose en un mérito no menor, especialmente en un contexto cultural y “eclesial” signado por la confusión y el ruido.

Precisamente ese rigor le llevó a analizar la  progresiva pérdida del sentido común entre sectores de la jerarquía eclesiástica y de muchos teólogos contemporáneos, a través del diagnóstico de dos vicios filosóficos que parecen haberse expandido con demasiada fortuna en nuestros días; en primer lugar el circiterismo, que consiste “en referirse a un término indistinto y confuso como si fuese algo sólido e incuestionable, y extraer o excluir  de él el elemento que interesa extraer o excluir. A través de este mecanismo, se labraron Grandes Espantajos a los que no se podía cuestionar a pesar de su obvia ambigüedad.  En segundo término, para Amerio, “en la base de la actual desviación se sitúa un ataque a la potencia cognoscitiva del hombre, apelando en última instancia a la constitución metafísica del ente, y finalmente a la constitución metafísica del Ente primero: la divina Trinidad. Este ataque a la potencia cognoscitiva del hombre lo denominamos con una palabra históricamente expresiva: pirronismo; y no se refiere a esta o aquella certeza de razón o fe, sino al principio mismo de toda certeza: la capacidad del hombre para conocer.  ” Así, entronizados la confusión y los conceptos evanescentes y expugnada la razón, se inauguraría una época en la vida de la Iglesia, signada  por un lado por el disenso, y por otro, por el sentimentalismo y la arbitrariedad.

Ante la usual refutación liberal, que justifica el disenso general como una manifestación válida de la “amplitud” y “pluralidad” de la Iglesia, Amerio sostiene: “El catolicismo antepone la lógica a cualquier forma del espíritu, y su amplitud abraza una pluralidad de valores, todos los cuales tienen cabida dentro de la verdad, pero no una pluralidad compuesta de valores y no–valores. Este concepto espurio de la amplitud de la religión conduce a la indiferencia teórica y a la indiferencia moral: a la imposibilidad de conferirle un orden a la vida”.

Rebatiendo los argumentos “oficialistas” que tienen a menoscabar la crisis presente comparándola con procesos históricos del pasado aparentemente más “oscuros”, nuestro autor nos revela su entraña gravemente insidiosa: “La Iglesia peregrinante está por sí misma ‘condenada’ a la defección práctica y a la penitencia: a un acto de continua conversión, como se dice hoy. Pero no resulta destruida cuando las debilidades humanas la ponen en contradicción (esta contradicción es inherente al estado viador), sino solamente cuando la corrupción práctica se eleva hasta cercenar el dogma y formular en proposiciones teóricas las depravaciones que se encuentran en la vida”.

«Custos, qui de nocte?»

Iota Unum es también una enciclopedia católica, que repasa la historia de la Iglesia, la moral, filosofía y teología católica de la mano de la genial capacidad de síntesis y la elegante pluma toscana de Amerio. Son especialmente fascinantes los capítulos que dedica al paralelo entre las concepciones clásica y moderna del trabajo y la transformación del mundo,  su sutil excursus sobre la finalidad de la Encarnación según Aquino y Scoto a propósito del antropocentrismo y la sosegada –pero implacable– resolución de la quaestio de la pertinencia de la Reforma Litúrgica.  

Pero donde la obra alcanza sus cotas más dramáticas y también de mayor calidad literaria, es en el Epílogo. Allí, dialogando con Simone Weil, Giambattista Vico, Donoso Cortés y otros, realiza un pronóstico sobre el futuro de la Iglesia, a través de dos conjeturas finales; una, incompatible con la Fe Católica, supone la absoluta historicidad del Cristianismo y su disolución en un sincretismo global; la otra, sostiene que la Iglesia continuará abriéndose y conformándose al mundo, “pero su sustancia sobrenatural seguirá preservada, restringiéndose a un residuo mínimo”. Esta Iglesia tendrá el destino del Elegido del cuento de Thomas Mann: “mientras el mundo se lanza a la barbarie, él se refugia con espíritu de penitencia y religión en la inhumana soledad de un inalcanzable escondite; allí se hace montaraz, diminuto, se nutre de hierba y tierra, se convierte en una heredad orgánica donde habita el hombre, pero en la que el hombre resulta irreconocible. Sin embargo, en un momento decisivo para la Cristiandad, la Providencia reencuentra al pequeño monstruo semihumano y los legados romanos lo traen a Roma, lo alzan a la cumbre pontifical, y lo consagran a la renovación de la Iglesia y la salvación del género humano”.

El último párrafo del libro es un nocturno teológico espléndido y sombrío, que culmina con el oráculo contra Dumá del profeta Isaías: “Vigía, ¡qué hay de la noche!, vigía, ¡qué hay de la noche! Contesta el vigía: Viene la mañana y también la noche. Si queréis preguntar, preguntad. Volved a venir” (Is. 21, 11–12)

La tristeza no es pecado, aunque algunos párrocos entusiastas digan lo contrario. Nuestro Señor mismo estuvo triste (Mt. 26:38), y con tristeza de muerte; nunca se menciona en la Escritura su risa, pero sí su llanto (Jn. 11:35). En la obra de Amerio puede comprobarse esa cierta tristeza que Schelling creía encontrar en el pensamiento; esa compunción del espíritu ante el océano de contradicciones de lo humano. Y especial tristeza reviste para un pensador católico  el deber de  reflexionar sobre la grave crisis que padece la Iglesia desde hace cuarenta años.

Leon Bloy decía en una frase famosa: “La única tristeza es la de no ser santos”. Y esa es la cifra de toda pesadumbre lícita del cristiano: tristes, quizás; desesperanzados, nunca.

César Félix Sánchez
César Félix Sánchez
Católico, apostólico y romano. Licenciado en literatura, diplomado en historia y magíster en filosofía. Profesor de diversas materias filosóficas e históricas en Arequipa, Perú. Ha escrito artículos en diversos medios digitales e impresos

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