VIRGEN SACERDOTE

Queridos hermanos,  en la colección de oraciones con indulgencias de 1910 (The Raccolta) aparece una oración debida a S.S. San Pío X que termina con las siguientes preces:

Mater misericodiae, ora pro nobis.

Mater aeterni Sacerdotis CHRISTI JESU, ora pro nobis.

Regina cleri, ora pro nobis.

María Virgo Sacerdos, ora pro no nobis.

En el año 1913 se prohíbe que se represente a la Santísima Virgen con vestiduras sacerdotales, y en 1927, el Santo Oficio, prohibió la devoción a  María centrada en el título de Virgo Sacerdos, y la oración anterior fue retirada.

La Santa Iglesia ha tenido cuidado de que no se propagara una devoción que pudiera confundir el papel de la Santísima Virgen asociándola al sacerdocio ministerial, que Ella nunca tuvo.

Entonces, ¿cuál es la razón para hablar de este tema? Porque María sí ejerció ese sacerdocio de forma espiritual, unido estrechamente al sacerdocio de Jesucristo y al nuestro. Por ser la Madre de Dios, fue madre de Cristo – Sacerdote.  Madre del divino Sacerdocio.  Ejerció su sacerdocio espiritual ya en la Encarnación, ofreciendo al Hijo al Padre, como lo hizo en la Presentación en el Templo y finalmente al Pie de la Cruz.

Centrémonos en el Calvario. Se da una entrega total y absoluta de María. Cualquier madre se negaría a entregar libremente a la muerte al hijo de sus entrañas. María repitió su Fiat,  que dio en la Encarnación, al pie de la Cruz. Con el Si de María se abrió toda la Obra de la Redención; tuvo al Hijo en su seno y también lo entregó. Cualquier madre se rebela contra Dios al perder un hijo, Ella lo aceptó todo desde un principio.

¿De qué forma esta María unida a Jesucristo en el Calvario?  No erramos si pensamos que Ella dijo al Padre Eterno: TOMA AL HIJO, que llevé en mis entrañas. Toma al Hijo, es decir, renuncio a Él por amor a Dios.

No pudo decir TOMA A MI HIJO, porque entonces Ella estaría dando algo propio suyo, y María no tuvo nada propio de Ella misma, porque era toda de Dios.

El Espíritu Santo estaba sobre Ella, porque Ella es toda de Él, y a su vez la Santísima Trinidad obraba la Redención en la Cruz. Jesús le daba consuelo a Su Madre porque era Dios. La miró y al verla entregó Su alma al Padre. Igual que Ella acababa de entregarle a Él al Padre, Él la miró y entregó Su alma al Padre.  De ahí la unión perfectísima de Madre e Hijo en la Obra de la Redención.

No podemos dudarlo un instante: MARIA CORREDENTORA.

Cómo el papel de la Santísima Virgen brilla en la oscuridad. Estaba presente en la sombra. Nunca el Señor la puso como ejemplo para indicarnos el camino de la humildad en Ella. Pero María es perfecta sin necesidad de que tuviera que destacar. Destacaba sin necesidad de destacar. Nunca quitó, ni empañó el protagonismo de Su Hijo, simplemente porque nada había propio suyo en Ella misma; por esta razón, tampoco al pie de la Cruz María asumió más protagonismo que aquel que el plan divino quiso, y es el de estar unida a Cristo en la entrega de que Él hace al Padre como Sumo y Eterno Sacerdote, y Ella haciendo su propia entrega al Padre: Toma al Hijo.

En el calvario, Nuestro Señor, ejerce Su Sacerdocio en virtud de Su propio sacrificio. Es la inmolación perfecta, es el perfectísimo acto sacerdotal redentor. La muerte produce un cadáver, pero la inmolación una hostia. Jesucristo aparece con toda Su majestad como Sacerdote – Hostia, como Soberano Sacrificador. Él mismo estrega Su vida, nadie se la quita. Por esta razón las últimas palabras. En tus manos encomiendo mi espíritu. Pater, in manus tuas commendo spíritum meum. Y en este preciso instante, con esas palabras, transforma Su Cuerpo crucificado, lo transubstancia, en Hostia.

Por un acto de Su  voluntad humana impregnado de la energía de Su Persona divina, transforma la acción de los verdugos al crucificarle, verdadero sacrilegio, en adoración infinita al Padre.

Queridos hermanos, a ese acto sublime del Sumo y Eterno Sacerdote se une el Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen; con Su mirada al Hijo, Ella se une a ese acto sublime de adoración, a la transubstanciación de Su Cuerpo  en Hostia agradable al Padre, consumando la Redención.

María al pie de la Cruz obró lo que el Señor obró sobre la Cruz; Ella asociada a Él, Ella unida a Él, Ella entregando al Padre lo que nunca fue Suyo porque nada tuvo propio sólo la voluntad divina en Ella.

Al mismo tiempo que el Señor pronunciaba Sus últimas palabras, María pronunciaba: TOMA AL HIJO. Unión perfectísima e indisoluble. María Corredentora unida al Redentor de la humanidad, por disposición divina.

Ave María purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.