Volvamos a Lepanto

Videomensaje monseñor Carlo Maria Viganò

Conferencia «Disrupting the Culture with Truth»

Virginia Beach  Octubre de 2022

Es un gran placer para mí poder participar en esta conferencia organizada por Regan Long, Craig Hudgins y Christine Bacon. Ustedes conocen bien la admiración que profeso a los católicos de Estados Unidos y la confianza que albergo en el éxito de vuestro empeño en pro de un gran reavivamiento que devuelva la dignidad y la prosperidad a vuestro gran país: una nación a los pies de Dios. Gracias, pues, a los organizadores de la conferencia Disrupting the Culture with Truth, y a todos los que con su presencia contribuyen a esta importante iniciativa.

Hace cuatrocientos cincuenta y un años, el 7 de octubre de 1571, se libró en el Golfo de Patras un épico combate entre la flota de la Liga Santa y la otomana. Bajo el pendón pontificio tomaron parte la República de Venecia, el Imperio Español, los Estados Pontificios, la República de Génova, la Orden de Malta, el Ducado de Saboya, el Gran Ducado de Toscana, el Ducado de Urbino, la República de Lucca, el Ducado de Ferrara y el de Mantua, con un total de 40.000 marineros y remeros y 20.000 soldados de infantería. Francia, no obstante, se había aliado con los turcos, como ya había hecho en la batalla de Viena en 1683. Esta afrenta a la unidad de la Europa católica la hizo acreedora a los horrores de la Revolución Francesa y el Terror, y junto con éstos la caída de la monarquía capeta. La Liga Santa, capitaneada por Don Juan de Austria, obtuvo una victoria aplastante gracias a la cual Europa no cayó en manos de los mahometanos. San Pío V –el papa del Concilio de Trento, que codificó la Misa romana– proclamó a la Virgen Reina Santísima de las Victorias e instituyó la fiesta del Santo Rosario el 7 de octubre para honrar a quien había impetrado desde el Cielo la victoria de la armada cristiana.

Ustedes me preguntarán por qué hablo de la batalla de Lepanto. Pues porque creo que la crisis actual, tanto en el ámbito civil como en el eclesiástico, se pueden entender a la luz de cómo se comportaron los príncipes católicos en aquella coyuntura, y hasta qué punto es abismal la diferencia entre aquellos y los actuales dirigentes de las naciones y de la Iglesia. Diferencia que podemos hacer más diáfana con sólo aplicar la ideología actual a contexto de la Batalla de Lepanto con una representación imaginaria que me parece muy instructiva.

Imaginemos, queridos amigos, a un San Pío V embaucado por la mentalidad conciliar (me refiero, naturalmente, al Concilio Vaticano II) que condena la guerra a fin de contener a los turcos, y con un exiguo séquito de prelados va a Constantinopla –para entonces ya rebautizada como Estambul—al objeto de presidir un encuentro ecuménico de oración en la mezquita de Santa Sofía, que en su día fue la más espléndida y célebre basílica de la Cristiandad. Imaginémoslo vestido apenas con la sotana blanca y acompañado de secretarios vestidos con ropa normal de calle y prelados que ocultan su pectoral en el bolsillo. Vemos como se descalza para acceder a la mezquita ante la mirada de los dignatarios otomanos, o bien saludando al Sultán en el nombre del Dios misericordioso, y omitiendo deliberadamente toda alusión a la religión católica, a la divinidad de Jesucristo o a la misión salvífica de la Iglesia, pero mencionando al padre común Abrahán y deseando un feliz Ramadán, que está a punto de celebrarse.

Por si fuera poco, imaginemos al papa Ghislieri expresándose improvisadamente, elogiando un poco el Corán y bromeando o desacreditando al Dux de Venecia, el rey de España o los príncipes, duques, grandes duques, capitanes y otras importantes personalidades de la Liga Santa, y tildándolos de rígidos, integristas, rezarrosarios, neopelagianos, momias que deberían estar en museos y fundamentalistas. Imaginemos a dichos soberanos y mandatarios oyendo como San Pío V los exhorta a acoger a los mahometanos y mezclarse con ellos, construir mezquitas en territorios cristianos y no hacer una cuestión política de las matanzas y brutalidades a las que someten los turcos a los cristianos de Chipre y los que viven en la Sublime Puerta. Hagamos un esfuerzo más, e imaginemos cómo los príncipes de las naciones cristianas desembolsan caudales para la inclusión, de la que se benefician las instituciones eclesiásticas y asociaciones sin ánimo de lucro, así como los que se lucran llevando a Europa hordas de mahometanos a bordo de galeras y galeazas, rápidamente rescatadas del mar y alojadas a expensar de la Serenísima República o la Orden de Malta. Un esfuerzo más, e imaginemos a un almuédano que entona las suras del Corán sobre los mosaicos de la veneciana Basílica de San Marcos en presencia del Dux Alvise Mocenigo y los miembros del Consejo Superior, todo en nombre del diálogo y la fraternidad entre los creyentes en el único Dios y en la laicidad del Estado.

Y ahora les pregunto: ¿creen ustedes que San Pío V, los cardenales, obispos y demás prelados de aquel tiempo habrían sido capaces de llegar a tanto? ¿Acaso no se habrían sublevado hasta los católicos más tibios? ¿Creen que las autoridades civiles, los soberanos y los magistrados aceptarían que la Jerarquía apostatase de la Fe y faltase al mandamiento recibido del mismo Cristo, exponiendo con ello a sus súbditos y a toda la Cristiandad a la invasión mahometana y la desaparición de su propia identidad? Los propios islamistas habrían considerado semejante dejación de funciones un acto de sumisión, y no habrían vacilado en pasar a filo de espada a los cristianos, considerándolos traidores, cobardes y pusilánimes.

Hoy, cuatrocientos cincuenta y un años después, ésa es la realidad que tenemos a la vista. Una jerarquía apóstata sometida a la élite subversiva que gobierna el mundo y las naciones, una jerarquía que traiciona a Cristo y a los fieles. Una autoridad civil que no reconoce la realeza de Cristo, se niega a acatar los Mandamientos y exalta el vicio y el pecado poniéndolos como modelo a seguir mientras criminaliza o ridiculiza la virtud, la honradez o la rectitud. Una masa informa de siervos desprovistos de fe y de ideales que lo aceptan todo de sus autoridades religiosas y civiles, sin más interés que hacerse un selfie para compartir en Facebook oque contar algo en Instagram; sin trabajo, sin posesiones, sin casa, sin libertad, sin autonomía y sin futuro. Un montón de aduladores a sueldo para que divulguen noticias falsas y censuren la verdad que se saltan a la torera la deontología profesional y niegan lo evidente.

No tiene nada de sorprendente que en esta sociedad rebelada contra Dios y contra la razón el Estado y la Iglesia hayan quedado eclipsados por un estado y una iglesia en las sombras. No nos sorprendamos de las guerras, carestía, la miseria y la destrucción que la élite mundialista crea y consiente para mantener el poder y seguir enriqueciéndose desmesuradmente.

Nos sorprende más que se produzca una reacción, por desorganizada y minoritaria que sea; aunque este mundo no la merece, la Providencia salvará al mundo gracias a los buenos, los hijos de la Luz, cuantos acojan a Cristo y quieran que Él reine en sus corazones. Será esa minúscula grey, animada por los mismos ideales de Lepanto, la que se convierta en sal de la Tierra y en el fermento que levante la masa. Y será también una vez más la Santísima Virgen, la Nicopeaia, la portadora de victorias, quien garantice la victoria no sólo sobre la Media Luna, sino también sobre los conspiradores del Gran Reinicio, los despiadados perpetradores de la Agenda 2030, los usureros del FMI, el Foro Económico Mundial, la ONU, el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral y la Masonería.

Empuñen el Rosario, como lo empuñaban nuestros padres, incitando a la compasión a Nuestra Señora y a su divino Hijo.

Tal es mi deseo para todos ustedes, las personas de buena voluntad y los patriotas de Estados Unidos, a quienes de todo corazón imparto mi más amplia bendición.

†Carlo Maria Viganò, arzobispo

7 de octubre de 2022

Festividad del Santo Rosario

451º aniversario de la victoria de Lepanto

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

Del mismo autor

Desideratus cunctis gentibus: Mensaje de fin de año del arzobispo Viganò

Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic hereditati tuæ. Et rege eos,...

Últimos Artículos

Homilía de Viganò en la Fiesta de la Purificación de María Santísima

Lumen ad Revelationem 2 de febrero de 2023 Tu es qui...

Laicado ensalzado y humillado: contundente realidad

“Todo aquel que se ensalce será humillado” (Lucas 14,...