La crisis de fe que atraviesa la Iglesia tiene su origen en la nueva Misa

Este imperdible artículo del sacerdote austriaco Michael Gurtner se publicó originalmente en alemán en el sitio katholisches.info el pasado 27 de noviembre, que ha autorizado a Rorate Caeli a publicar la traducción.

En estos momentos la Iglesia modernista trata de transformar su constitución interna, transformándose por sí sola y por iniciativa propia para que en lugar de la Iglesia jerárquica querida e instituida por Dios sea de carácter sinodal (y por tanto obra de hombres). En la única Iglesia de Jesucristo, que es la católica, se está llevando a cabo desde décadas un proceso de continuo apartamiento de la divina Revelación y del propio Cristo; un proceso de autodemolición. La Iglesia se está haciendo pedazos desde dentro. Desgraciadamente, es muy legítimo plantearse en este momento hasta qué punto sigue siendo católica la Iglesia. ¿Es todavía como Cristo quiso que fuera?

Indudablemente, está claro que la Iglesia es la misma que instituyó Cristo. En cierta forma se puede señalar a la Iglesia y afirmar: «Ésta es la única Iglesia que fundó Jesucristo». Por otro lado, cabría plantearse si lo que en general hacen, enseñan, deciden y creen los jerarcas terrenos de esta Iglesia única de Jesucristo en un momento dado se ajusta a lo que Él quería.

No podemos incurrir en el craso error de creer que todo lo que dice la Iglesia por medio de sus órganos visibles se corresponde automáticamente con las enseñanzas y la voluntad de Jesucristo. No todo lo que dice y hace la Iglesia se conforma de forma automática a la voluntad de Dios: hay muchas posibilidades de que de palabra y de obra se actúe contra la verdad revelada. Cuando esto se hace por ignorancia y sin culpa se llama error; cuando se hace adrede y de modo consciente, se llama pecado.

Para entenderlo bien, lo podríamos comparar con un doble molde. Una parte representa la Iglesia sobrenatural y la otra la natural. La forma de la sobrenatural es formativa. La de la natural adopta la forma y hay que hacerla coincidir con la otra. Si ambas formas coinciden, todo está en orden. Ahora bien, si en ciertos puntos no se ajustan es que algo está mal y es preciso corregirlo urgentemente, quitando o añadiendo lo que proceda hasta restituir la congruencia.

Teniendo en cuenta que el núcleo central de la Iglesia es la liturgia, en concreto la oblación del sacrificio eucarístico, centro de todo su ser y su acción, se hace necesario plantearse una cuestión analítica en torno a la Santa Misa: ¿qué misión ha desempeñado la reforma litúrgica en general, en particular la Misa nueva, en su desarrollo hasta llegar al punto en que nos encontramos hoy? Es decir, la descomposición interna de la Iglesia.

¿Qué significa la Nueva Misa?

En cuanto emprendemos una reflexión de este estilo, nos topamos para empezar con un problema esencial: aunque todo el mundo entiende perfecta e inequívocamente cuando se habla de celebrar la Misa de antes, con la Misa nueva no es así. En este caso es necesario aclarar a qué clase de nueva Misa se refiere uno. Pues aunque no se aparte de los opciones que le brinda el Misal, el espectro es tan amplio que va desde una Misa solemne en latín y con incienso, casulla de guitarra y en el altar mayor a otra que se celebra sentados formando un círculo con albas grises, aporreando guitarras, oración eucarística suiza y cáliz y estola de diseño modernista. A primera vista no tienen nada en común, y sin embargo las dos siguen el mismo Misal de Pablo VI sin apartarse de las opciones que permite.

Si añadimos a eso las misas que se celebran en las parroquias cometiendo infinidad de abusos litúrgicos, o sea cuando se apartan (y a veces mucho) de las posibilidades que brinda el nuevo Misal, la deriva llega más lejos todavía.

Los excesos litúrgicos (si queremos llamarlos así) están a la orden del día en muchos lugares y hace mucho que dejaron de ser cosa de capellanes rebeldes de tercera que lo hacían contrariando abiertamente la voluntad expresa del párroco o el obispo. Todo lo contrario; hace tiempo que esas barbaridades litúrgicas las hacen también clérigos de alto rango: párrocos y capellanes no son los únicos que dan mala nota, sino también vicarios episcopales, vicarios generales, obispos y cardenales. En internet abundan las imágenes, y no están documentadas todas esas misas ni mucho menos, en las que se puede ver desde un obispo de Sicilia dando vueltas en bicicleta por la catedral con casulla y mitra a un obispo alemán con maquillaje de carnaval y casulla barroca o un cardenal vietnamita jugando con globos durante la Misa bajo luces de discoteca.

Incluso en los seminarios modernos (cuyo espacio más antiestético suele ser la capilla, que hace difícil, por no decir imposible el recogimiento y la oración devota, y que evoca una sensación incómoda o hasta suscita resistencia al entrar), se suele describir la liturgia como una especie de laboratorio continuo en el que se puede y debe experimentar. En la formación sacerdotal no se enseña necesariamente el concepto de sacralidad. ¿Qué tiene de sorprendente entonces que algunos sacerdotes no vean nada de malo en celebrar la Misa en medio del mar usando un colchón neumático por altar, o que otro, en camiseta y pantalones cortos, haga lo mismo en un claro de un bosque, y diga Misa sentado sobre una tela extendida en el suelo. La nueva Misa se entiende como un banquete comunal; ya no es el sacrificio sublime y sagrado de Jesucristo. En el novedoso concepto de la liturgia, según lo que promueve y exige la propia reforma litúrgica, todo elemento de culto se ha degradado y reducido a algo meramente cultural y sociológico.

Admitiendo que estos ejemplos extremos –aunque algunos los cometan cardenales y obispos– no son reflejo directo de la propia reforma litúrgica (¡indirectamente sí), el abanico en cuanto a cómo se puede celebrar la Misa según el nuevo rito es enorme, incluso dentro de los límites de lo que permiten las normas establecidas, y no se entiende cómo formas tan divergentes puedan ser expresión de una misma fe. Es la conclusión inevitable dada la amplia variedad de diferencias en los textos y ceremonias que pueden acompañar toda instanciación . Este es el primer problema grave que nos lleva a otros.

La Misa nueva es válida pero ambigua

Nada más esto basta para que la Misa y la fe asociada a ella pierdan la necesaria claridad y falta de ambigüedad. Es más, es inevitable que los fieles tengan la impresión de que, para empezar, no hay claridad: todo es vago, impreciso, y en el fondo no es tan importante lo que se cree con tal que se crea algo, sea lo que sea (única limitación: que no sea preconciliar).

Si la propia Iglesia tiene la intención de que la celebración del sacrificio sea objeto de una amplia gama de opciones aun en sus partes más fundamentales y dependa por tanto de decisiones personales, y de conformidad con ello, de las preferencias de cada uno, al haber creado la Iglesia una situación en la que la liturgia se ha vuelto ambigua, lógicamente ello también se aplicará a la fe que subyace a la liturgia y que esta fomenta (lex orandi, lex credendi). Ahora bien, una situación así no promueve la convicción y la fe, sino la manifestación creativa de las propias y arbitrarias opiniones. El nuevo misal obliga al sacerdote a decidir él mismo cómo y qué va a ofrecer como Santa Misa.

De este modo la Iglesia ha abandonado en la práctica sus convicciones anteriores dejándolas como una opción más entre tantas. Así, es más bien una cuestión de gustos, preferencias y opiniones, todas ellas equiparadas. Aparte de que el nuevo Misal ya ha introducido cambios importantes y muy desafortunados, al celebrante le toca decidir en qué poner más el acento. Lo cual es absurdo, teniendo en cuenta que la Santa Misa tiene que estar definida con claridad y no puede degenerarse para convertirse en la obra de un cura cualquiera o de un comité litúrgico. Está claro, pues, que lo que predomina es el carácter de celebración conjunta y el ofrecimiento del Sacrificio de Cristo en el culto de la Iglesia queda en un segundo plano. El católico medio entenderá que la Santa Misa es una celebración comunitaria que externamente se le presenta de esta manera, y además, también se expresa de dicha manera y no primariamente como un sacrificio, que es lo que realmente es.

Para que nadie oponga resistencia, no se eliminan de forma clara y tajante las creencias de siempre. Se limitarán a no mencionarlas más, y se disimularán y ocultarán hasta que desaparezcan de la fe y de las conciencias y en la mentalidad general del clero y el pueblo hayan dejado de ser una doctrina vigente o válida o una práctica litúrgica. Por ese camino, llegará un momento en que las doctrinas y prácticas tradicionales se llegaran a ver como cosas de antes que han perdido vigencia. Suele ser más eficaz dejar algo como en segundo plano y que así vaya cayendo en el olvido que abolirlo directamente, pues se provocaría una reacción.

Se engaña a la gente con palabras astutas que parecen importantes: no se habla del sacerdote que ofrece el Sacrificio sino de quien preside la celebración, no se habla de altar ni víctima sino de la mesa para la Palabra y la Eucaristía. Lo principal es que se ha perdido la falta de ambigüedad. Ahora se habla más de enriquecer nuestra diversidad, de la necesidad de emplear otros métodos o de la prioridad de la participación activa.

Nada de esto afecta en sí la validez del sacramento, pero es un ataque contra su fruto espiritual. No basta con una comunión válida, como si el Cuerpo del Señor fuera un medicamento que funciona mediante una reacción bioquímica. Es preciso que las gracias que derrama el Sacramento caigan también en suelo fértil para que se desarrollen debidamente. Y dado el contenido y estilo de la nueva Misa, ese suelo -o sea, nuestra alma- no se ha preparado como sería necesario para que las gracias se desarrollaran en su plenitud. Dependiendo de cómo se haga, la nueva Misa puede incluso llegar a petrificar el suelo en vez de abonarlo y hacerlo fructífero.

Como es natural, la gracia de Dios puede actuar en cualquier sitio, pero eso no quiere decir que podamos rehuir nuestras responsabilidades ante el sancta sanctorum, y hacerle cargar con el muerto a Dios y hacer lo que nos dé la gana alegando que como Dios es tan poderoso ya lo resolverá. Esa actitud puede llevarnos incluso a   abolir  los sacramentos y totalmente la práctica de la religión, la fe y la liturgia. Con una liturgia falsa que ha perdido de vista los principios fundamentales corremos el riesgo de que la gracia de los sacramentos caiga en terreno pedregoso y sea cubierta por espinos. En algún momento la gente dejará de creer, aunque comulgue, o bien dejará de asistir a Misa.

La Misa nueva lleva a transigir en cuestiones fundamentales de fe

Un problema capital de la nueva Misa es que enseña a ceder en cuestiones de fe. Se podría decir que ella misma lo demuestra. Uno se va acostumbrando a hacer concesiones. A una tachadura sigue otra, hasta que no queda nada del escrito original.

Lo que al principio se percibe como una deficiencia que convendría eliminar no tarda en convertirse en un hábito al que hay que hacer frente y se termina por defender. Al principio, tal cosa no es sino una opción más; luego, es un derecho de todos; y al final, un deber general. El altar del pueblo, el empleo de acólitas y la comunión en la mano no son sino tres ejemplos particularmente llamativos que prueban este esquema repetitivo. Mientras tanto, en algunos lugares nos vamos acostumbrando a ver laicos que predican, laicos que bautizan, laicos que celebran enlaces matrimoniales y laicos que presiden funerales. El propio sacerdote se está volviendo superfluo, porque después de haberlo despojado de muchas otras competencias pastorales sólo falta que le quiten la liturgia.

En todo caso, siempre se sigue el mismo esquema: lo que al principio fue un escándalo y un abuso litúrgico se ha vuelto de obligada aceptación para todos. Ha pasado de ser un mal a ser un derecho y un deber. Se está introduciendo una mentalidad fatalista de que es mejor que nada o no es tan malo porque no es esencial. Pero la inexorable espiral cuesta abajo ya ha empezado. La nueva Misa nos ha ido acostumbrando a las novedades. Y poquito a poco siempre se avanza algo más. Con frecuencia se trata de alteraciones mínimas que no parecen tan graves, pero esos cortos pasitos iniciales se van convirtiendo poco a poco en grandes zancadas cuando se enlazan entre sí. Si se observa lo que parece normal durante largos intervalos de tiempo, no se tarda en apreciar hasta qué punto se ha decaído nada más con lo que es normal en el Novus Ordo Missae.

La reforma litúrgica enseña a enseña a hacer cada vez más concesiones. Y una concesión de por sí siempre constituye un entramado de cosas que no convencen ni son las mejores. Ceder siempre supone tolerar un mal que se reconoce como parte del conjunto, una reducción de la calidad. De lo contrario, si no fuera algo inferior a lo mejor no habría necesidad de ceder. En el mejor de los casos lleva al promedio, que aprueba por los pelos. Pero es imposible edificar sobre esa base una fe saludable y plenamente desarrollada, porque la fe supone una convicción profunda y apunta al máximo: la fe exige todo lo que se pueda y sin reservas, no lo mínimo indispensable y necesario.

Y si transigir supone esencialmente un retroceso en las convicciones, vendrá acompañado de una disminución de la fe y las convicciones. Precisamente cuando nos ocupamos de teología, del Santo de los santos, no basta con aspirar a algo meramente válido ni a la mediocridad, a un mínimo común denominador que aglutine a los más posibles: ¡el sacrificium perfectum exige una liturgia perfecta! Es imposible degradar conscientemente, adrede y hasta la mediocridad el sacrificio perfecto de Dios transformándolo en una liturgia antropocéntrica sin afectarla en su núcleo. La fe que transige, aunque sólo sea en su expresión externa, está cómo mínimo sujeta al grave riesgo de desaparecer gradualmente. Es mucho más que un posible peligro; es una realidad brutal que ya se ha cumplido y que vemos y oímos a diario en la Iglesia.

Lo trágico es que, casi de forma paradójica, es la nueva Misa la que por sí misma contribuye a esta degeneración a pesar de que en principio no pierde su validez sacramental. Desde una perspectiva es medicina, pero al mismo tiempo no deja de ser un potente tóxico. Por un lado, en la Misa nueva el sacrificio de Dios sigue siendo el mismo sacrificio perfecto de Jesucristo en la Cruz; pero desde el punto de vista eclesiástico, el sacrificio ya no se corresponde litúrgicamente con su propia esencia. Lo que inevitablemente transmite la nueva liturgia (en mayor o menor medida dependerá del celebrante, pero en principio siempre es así) no es lo que realmente es en cuanto a su esencia y tiene forzosamente que ser en cuanto a su forma. Dada esa discrepancia de esencia y forma, empieza por implantarse un error, que terminará por transformarse en una fe novedosa y diferente. Tal afirmación parece poco menos que sospechosa de herejía, porque al principio cuesta creer que tanta gente haya estado engañada por tanto tiempo en una cuestión tan importante. Pero si evaluamos con objetividad y precisión la cosa, tenemos lamentablemente que dar un diagnóstico: que precisamente es la nueva liturgia de la propia Iglesia, si bien no de forma exclusiva pero sí en una medida importante, la que ha favorecido y en muchos casos desencadenado de forma directa esta masiva apostasía. Justo dónde el hombre espera con toda lógica encontrar la verdad y la salvación se topa con el error y la banalidad.

Tras una apariencia de piedad, hasta el mal es justificado

Por razones que son fáciles de entender, a muchos les cuesta creer esto y reconocerlo como una realidad. Es difícil creer que pueda haberse producido semejante desviación. Surge la cuestión: ¿cómo pueden unas ideas tan ajenas y aun contrarias a la mentalidad tradicional de la Iglesia haber penetrado hasta tal punto y haber arraigado tanto? Al analizar lo sucedido se observa que al religioso se lo convence por su propia religiosidad; es decir, se les ataca por donde son más vulnerables y les gustaría  crecer. Se encuentra una excusa santa para todo, que justifica cualquier cosa; se escogen argumentos que a simple vista y formulados engañosamente, dan a la primera la impresión de ser muy buenos y ser fruto de la fe, pero en el fondo no lo son. Como el famoso lobo que aparece disfrazado de oveja para parecer amigo cuando en realidad lo que quiere es devorar al rebaño.

Ay, habría que decir algo bastante claro y con toda franqueza: salvo excepciones muy aisladas, los teólogos, sacerdotes, obispos y hasta organismos de la Santa Sede, en conjunto, ya no son amigos de los que podemos esperar todo. Sobre todo en cuestiones de fe. Y es un objetivo declarado destruir la tradición católica en materia de fe, costumbres, dogma y liturgia, y considerarla cosa del pasado. No puede haber ya catolicismo tradicional, con sus diversos aspectos centrales y marginales; se nos considera retrógrados a los que hay que erradicar con consignas y decretos que suenen muy bien. Si la dirigencia actual de la Iglesia, diocesana o universal, se sale con la suya, no podemos seguir existiendo.

Este objetivo se persigue con mucho empeño, no sólo mediante leyes y decisiones sino con palabras que suenan muy bien pero manipulan con mucha perfidia. Si, por ejemplo, alguien se niega a recibir la Comunión en la mano, se hará que se sienta culpable «por no haber recibido a Cristo». Se le reprochará con palabras bonitas: «Cristo quiere entrar en tu corazón y no lo recibes porque pones la manera de recibirlo por encima de Cristo y de su gracia». A quienes insisten en ir a la Misa de antes en vez de la nueva, se los acusa de desobedientes: «¡Jesús no quiere que seamos desobedientes!» Por otra parte, argumentos como «si Jesús no lo quisiera no lo habría permitido» son tan teológicamente falsos y manipuladores como afirmar: «Si la Iglesia (o el obispo, el Papa, el párroco el consejo parroquial) lo dice, es señal de que está bien. El Espíritu Santo siempre habla por boca de ellos». O se le dice a los feligreses (como siempre les gusta decirles a los alumnos de los seminarios) que el que obedece no peca.

Hay muchos otros argumentos falsos que suenan buenos y creíblesy que pillan a la gente religiosa y crédula por su punto vulnerable pero que si se miran objetivamente no se apoyan en la realidad teológica, sino que apuntan a los sentimientos, y tienen por objeto transformar la manera de pensar, hablar y actuar.

En vez de recurrir a argumentos basados en la realidad –al fin y al cabo, el acto de fe es el asentimiento voluntario de la mente a una verdad reconocida, ¡no una cuestión de sentimientos!–, se prefiere llevar las cosas al nivel emocional para influir en las almas piadosas con argumentos que suenan bien pero están tergiversados en su contenido, y no tener en cuenta los aspectos importantes de la cuestión: los críticos encuentran más eficaz acosar a los tradicionalistas de irreligiosos y de haber roto su relación con Cristo. Lo que hacen y creen –precisamente porque quieren cultivar, edificar y mantener una relación íntima con Cristo–, se les hace ver que es perjudicial. La realidad está, pues, totalmente invertida.

La ambigüedad de la nueva Misa actúa como un anestésico

La ambigüedad de la nueva liturgia y el amplio espacio al que inherentemente da lugar a interpretación actúa como un anestésico que duerme el alma y el espíritu. Nos vamos acostumbrando a cambiar lo que se entiende a la primera sin ambigüedad por algo vago o que se entiende mal. Uno se tranquiliza pronto diciéndose a sí mismo: «De todos modos, se puede entender bien». Pero ahí está precisamente el error. Puede que lo entienda, pero también puede que no lo entienda. Esa impresión de que todo es incierto en vez de claro y diáfano se promueve mediante cambios constantes a nivel pastoral. Uno se hace a la idea de que nada está definido y todoestá sujeto a cambios constantes, porque «el Espíritu Santo sopla donde quiere y lo hace todo nuevo». Las verdades objetivas reveladas se disuelven y se vuelven algo negociable. Una vez que la mente humana está sedada y adormilada de ese modo, se le puede imponer cualquier cosa.

La ambigüedad se utilizada adrede para que lo que en un principio sería legítimamente rechazadopor la mayoría termine por convertirse no sólo en una posibilidad, sino en una obligación para todos. Ya hemos dado algunos ejemplos de ello, como comulgar en la mano, aunque se podrían citar muchas otras innovaciones. La dinámica de esta evolución siempre es la misma y se da en siete etapas pequeñas individuales, y siempre sigue el mismo esquema previamente trazado.

Primero se da algo que suscita el rechazo general, y por tanto se prohíbe. Por ejemplo,    mesas de altar para el pueblo, acólitas o comunión en la mano.

Segundo, si uno quiere acabar con esa prohibición o rechazo, empieza a incumplir la prohibición esporádicamente. Aunque en un principio cause escándalo y horror, con el tiempo se vuelve más frecuente y la gente se va habituando.

Tercero, llega un momento en que se cansan de resistir. Al ser cada vez más frecuente, nadie quiere llevar la contraria criticando continuamente lo mismo. Al ir amainando las críticas, la mente y la conciencia se van adormilando: con el hábito viene la tolerancia. Aunque es probable que se siga percibiendo como un mal, se termina por aceptar. Es una situación ambigua: aunque la práctica se asocie con un mal, poco a poco se va considerando posible (aunque sea peor)

Cuarto: la posibilidad se vuelve aceptación: aunque uno diga «no es exactamente mi preferencia», lo empieza a ver factible y legítimo en principio.

Quinto: Claro que todo lo que se entiende como posible y legítimo termina por permitirse oficialmente. El siguiente paso es la autorización.

Sexto: La autorización se convierte en un derecho, que puede llegar a imponerse sobre los demás.

Y séptimo: ¡Al final de la cadena está el grave deber de ejercer los derechos! Hemos pasado de la prohibición estricta al derecho obligatorio. Y como el deber y la prohibición son en realidad una misma cosa (una es una obligación, la otra no), el paso de la obligación a la prohibición sigue los mismos pasos en orden inverso, anestesiando una vez más mentes y conciencias.

Con la nueva Misa se perdió la fe

Si nos desembarazamos de toda ideología y analizamos con bastante serenidad y sin dejarnos llevar por sentimientos, no podemos menos que reconocer que la nueva liturgia acabó con la fe del pueblo, en particular la Misa nueva.Desde luego no ha sido ésa la única causa, pero es preciso verlo como el motivo fundamental. Pues si la Santa Misa es el corazón de la fe católica (en sí lo es), es lógico e inevitable que la gente encuentre la medida de la fe en ese centro. ¿Dónde si no?

Ahora bien, si ese centro se desplaza, si se vuelve ambiguo y transmite contenidos diferentes ya sea en las palabras, los gestos y la evidencia, será inevitable que la fe se adapte a esas ambigüedades y alteraciones. El hombre tiende a percibir las cosas de un modo muy inmediato y sacar las conclusiones más obvias, aunque no sea a nivel intelectual. Las explicaciones teológicas complejas que ayuden a entender bien una ambigüedad no pueden justificar los cambios ni son edificantes para la fe. ¡Es impensable que la sagrada liturgia se altere drásticamente sin que afecte la fe! Podría darse de forma muy ocasional que alguien concreto mantuviera la fe por una obra muy particular de la gracia de Dios, o por nutrir su fe en otras fuentes. Pero a grandes rasgos se puede afirmar que es imposible.

La nueva liturgia sigue un concepto general totalmente alterado que pone al hombre en el centro, donde Dios se encontraba antes. Distrae al hombre apartando su mirada de Dios para dirigirlahacia el hombre, y enla práctica obstaculiza la oración íntima y personal durante la Misa al faltar el silencio litúrgico y ocupar constantemente al hombre con algo externo. Desde luego así no se nutre la fe. En consecuencia, la fe se seca y evapora. Eso es ni más ni menos lo que vemos a diario y lo que ha adquirido unas proporciones que ya no es posible disimular, negar ni minimizar.

Por raro que parezca, las deficiencias en la fe del pueblo, los errores, la apostasía, hunden sus raíces más profundas en las costumbres litúrgicas postconciliares.

No podemos pasar por alto las consecuencias de décadas de mutilación y disolución de la liturgia. ¡Pensemos en el daño inflingido a las almas! Están confundidísimas en la fe; muchas de las cosas que creen ya no se corresponden con la fe católica; es una fe muy incompleta, o se ha secado totalmente. Las consecuencias que vemos a diario de un fe sustancialmente cambiada –hasta en los mismísimos pisos superiores de los palacios apostólicos–, se convierten en causas que agravan la apostasía. Hoy en día se excusa todo, todo tiene su validez y justificación, excepto la Tradición que la Iglesia reconoció, enseñó y practicó durante siglos bajo la guía del Espíritu Santo.

El estado de la fe católica en la Iglesia actual lo vemos en innumerables ejemplos: cultos paganos aun en presencia del Papa, que también encuentran su lugar en documentos y discursos oficiales de la Santa Sede, la imperdonable conducta de la Iglesia durante los confinamientos covidianos, que dejaron bastante claro que las autoridades de la Iglesia habían perdido la fe en el Sacrificio de la Misa y la Presencia Real. Simulacros de misa realizados por laicos se están volviendo cada vez más frecuentes y descarados, considerándose como la nueva normalidad, bautizos, bodas, funerales, bendiciones y otros actos litúrgicos son realizados por seglares en cada vez más diócesis, y en ciertas vicarías se ha decidido oficialmente: ya no hay sacerdotes que celebren honras fúnebres porque no quieren privar de nada a los laicos.

Por consiguiente, la nueva Misa es también peligrosa

La Misa se va degenerando más cada vez, hasta el punto de convertirse en un instrumento de propaganda a favor de temas como la inmigración, el cambio climático y otras cuestiones políticas del momento con las que la izquierda trata de captar a la gente por la vía espiritual y moral. Actualmente la gente vota más a la izquierda porque al fin y al cabo es católica. El resultado final será una sinodalización de la Iglesia en la que su divina constitución e institución terminará por ser abolida: se eliminará la modalidad jerárquica espiritual para transformar en una Iglesia laica y sinodal. No es sino la consecuencia lógica, la coherente continuación y puesta en práctica del antropocentrismo que se inauguró en el último Concilio y ha hecho patente la reforma litúrgica.

El camino sinodal con sus demandas es consecuencia lógica y directa del Concilio y la reforma litúrgica a él anexa, ya que avanza dentro de la misma mentalidad, si bien con más coherencia y va más allá. Sería absurdo y ridículo decir «Concilio sí, sínodo no». Porque la ruptura ya se dio en el último Concilio, no sólo en los últimos años.  No es coherente afirmar que el Concilio se ajusta perfectamente a la Tradición. Aunque al principio lo pareciera, es una afirmación errónea. Lo que tenía de verdaderamente católico se ha hecho humo. Al principio parecía que estaba presente (al menos en forma compacta) en las reformas que siguieron. El humo se fue diluyendo más y más, hasta que acabó por perder la forma; se ha vuelto tan tenue que apenas si se perciben ya vagas trazas. Y la nueva liturgia ha desempeñado una parte fundamental en ello.

Cierto que estas ideas, arraigadas en el modernismo, se remontan a más atrás; aun antes de Concilio, no todo estaba bien. La reforma de la Semana Santa es una de muchas pruebas de que no se puede decir que antes de 1960 todo estaba bien y después todo está mal. ¡La diferencia está en que con el último Concilio la Iglesia oficialmente representó y promovió lo que hasta ese momento siempre había rechazado tajantemente con toda razón! Se ha producido un cambio de paradigma que no es posible entender como crecimiento y profundización sino como ruptura y destrucción.

A la vista está adónde nos ha llevado: ha llegado a afectar a obispos, cardenales e incluso papas. Hay prelados que no vacilan el declarar que la Iglesia tiene que cambiar, que de ahora en adelante quieren ser católicos pero diferentes. Supondría un craso error y una tremenda cortedad de vista pensar que esta situación no ha tenido nada que ver con la reforma litúrgica (que a mismo tiempo parece más y más anticuada y necesitada de reformas, como cada vez más se oye decir).

La solución: abandonar la nueva Misa y volver a la Tradición

Desde esta perspectiva, se plantea una pregunta legítima: ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo podemos salir de la crisis?

Hay dos opciones fundamentales. O se intenta salvar lo poco que queda para después volverlo a desarrollar, como cortar la planta parásita del modernismo para que las ramas crezcan más sanas en la planta buena. O seguir por el mismo camino que hasta ahora, avanzando cada vez más hacia la apostasía, esperando un poco más hasta que las partes de la Iglesia heridas de muerte por la reforma terminen por desaparecer porque ya no convencen a nadie y, claro, nadie quiere saber nada de ellas.

Tanto en un caso como en otro, el final será el mismo. Sólo la Tradición permanecerá, pues todo lo demás terminará por desaparecer. ¡Ya se percibe qué está muriendo y qué está cobrando fuerza! Aunque de por sí las cifras no sean un criterio razonable para juzgar, porque la verdad no la decide la mayoría, se va delimitando con bastante claridad una tendencia bastante razonable: la gente se aleja de una iglesia y una liturgia que afirmaban querer salir al encuentro de la gente y ser más humanas y modernas (modernistas). Por otro lado, las iglesias que celebran la liturgia tradicional y exponen en su plenitud la doctrina católica están experimentando un crecimiento tremendo a pesar de los intentos de suprimirlas. En un futuro no muy lejano, o se será católico tradicional o no se será católico.

En vista de ello, lo más sensato sería abandonar la nueva Misa y regresar en todo a la liturgia romana tradicional antes de que la evolución natural de los acontecimientos termine por autodestruirse de mala manera. Porque la nueva liturgia y la teología a ella asociada están ya tan destruidas y vaciadas que no se tienen en pie. 

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

RORATE CÆLI
RORATE CÆLIhttp://rorate-caeli.blogspot.com/
Edición en español del prestigioso blog tradicionalista internacional RORATE CÆLI especializado en noticias y opinión católica. Por política editorial no se permiten comentarios en los artículos

Del mismo autor

Últimos Artículos

Laicado ensalzado y humillado: contundente realidad

“Todo aquel que se ensalce será humillado” (Lucas 14,...

El libro testamento de Benedicto XVI: una confirmación

La publicación de algunos libros aparecidos tras el fallecimiento...