“Para el que es tibio, la vida espiritual es como una montaña escarpada y alta a la que hay que subir usando una escalera muy incómoda”.

La tibieza es la enfermedad más peligrosa de la vida espiritual. Esta enfermedad se suele dar en personas que buscaron anteriormente a Dios con sinceridad, pero que por haber caído en la rutina, por la falta de fortaleza, perseverancia…, poco a poco perdieron “el fuego de su primer amor”(Ap. 2:4).

Empezaron el camino de la santidad, pero luego abandonaron, porque no pusieron los medios suficientes para perseverar. Es por ello una enfermedad que se da especialmente entre aquellos que fueron llamados por Dios de un modo especial: obispos, sacerdotes y religiosos; aunque de hecho es una enfermedad que puede padecer cualquier cristiano que pretenda vivir unas relaciones serias y profundas con Dios nuestro Señor. Por ser la tibieza una “enfermedad culpable” del que la padece, la actitud del Señor frente a ellos es dura y firme. El libro del Apocalipsis nos dice:

  • ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca (Ap 2:15)

Una de las causas, de las múltiples crisis sufridas por la Iglesia a lo largo de su historia, fue el abandono de la vida espiritual de sus pastores. Ello produjo la tibieza espiritual de los mismos; y con la tibieza, el deseo de justificar ese nuevo estilo de vida “adecuando” la teología y la moral para que fueran “menos exigentes” y más al “gusto del hombre”. Eso es lo que ocurrió en algunas de las herejías de los primeros siglos de la Iglesia, en s. XVI con Lutero, Calvino… y lo que está aconteciendo con las numerosas herejías de los siglos XX y XXI. Estas últimas, tienen como común denominador el Modernismo; que no es otra cosa que un humanismo diabólico resultado de haber eliminado de la fe toda dimensión sobrenatural.

La tibieza es pues, la causa principal de la crisis religiosa en la que vive la Iglesia hoy día. El haberse dejado llevar por la superficialidad, la modernidad y las nuevas culturas aquellos que tendrían que haber estado más cerca de Dios, por ser sus pastores, los ha dejado tibios; y como consecuencia, han dejado sin alimento espiritual a la gran mayoría los fieles.

La persona tibia se plantea una vida espiritual muy cómoda. Perdido que se ha el ardor espiritual, se conforma con el “yo no mato ni robo”; pero olvida que su vida espiritual no consiste en no hacer nada malo sino el “luchar por la santidad”.

No se cae en la tibieza de un día para otro. La tibieza empieza con una cierta relajación. No se deja la oración de golpe, sino que al principio se acorta el tiempo dedicado a ella; luego, la atención al hacerla, la preparación, la pureza de intención, etc. No hace falta que pase mucho tiempo para que uno piense: “¿qué sentido tiene orar si no saco nada de la oración?”.

La tibieza se convierte así en un proceso en donde la conciencia se va apagando poco a poco hasta llegar al punto donde ya no reclama, donde todo lo justifica, donde ya sólo se ve la propia conveniencia. La tibieza se caracteriza por la aridez del espíritu ante las cosas de Dios.

No confundamos la tibieza (aridez culpable) con la sequedad espiritual.

  • La tibieza es fruto de la desgana o el desaliento para seguir por el camino que Dios nos ha trazado. La tibieza produce aridez, y esta aridez es culpable, pues podría haber sido evitada. Es como quien estando en un cuarto donde hace mucho frío y teniendo un fuego en la chimenea, no se acerca a él. Siente el frío, pero no tiene el ánimo ni el coraje para acercarse. La tibieza es estéril y dañina.
  • La sequedad espiritual es permitida por Dios para fortalecer nuestro espíritu. Es lo que los santos llaman la noche de los sentidos; momentos previstos por Dios nuestro Señor, para ayudarnos a madurar, purificar nuestra alma y llevarnos a una mayor unión con Él. Al privarnos Dios del sentimiento agradable que produce estar con Él, cuestan más las cosas de la vida espiritual; no obstante, la persona sigue fiel y perseverante. La verdadera piedad no es cuestión de sentimiento, aunque los afectos sensibles son buenos y pueden ser de gran ayuda en la oración y en toda la vida interior. El sentimiento es ayuda y nada más, porque la esencia de la piedad no es el sentimiento, sino la voluntad decidida de servir a Dios, con independencia de los estados del ánimo y de cualquier otra circunstancia. En la piedad no debemos dejarnos llevar por el sentimiento sino por la inteligencia, iluminada y ayudada por la fe.

¿Cómo podemos saber si hemos caído en la tibieza?

1.- Desaliento

La primera etapa de la tibieza es el desaliento. Por no hacer las cosas como se debía, la voluntad se debilita, pierde su fuego el amor y se cae en la indiferencia. Esa indiferencia lleva irremediablemente al desaliento. Y el desaliento poco después a la tibieza.

La persona que cae en el desaliento piensa que eso de luchar por la santidad no es para él; quizá para almas elegidas, pero Dios no le llama a él para tanto. “No hay que ser exagerados”, piensa el que es tibio. Estas almas cuando recuerdan su conversión, el entusiasmo con que trabajaban para corregir sus defectos, los primeros años de lucha para adquirir las virtudes y ven que no han realizado el programa trazado, creen estar derrotadas y encontrarse con las manos vacías… se auto-convencen de que no han nacido para santos.

Como nos dice A. Gálvez en su libro “La Fiesta del hombre la Fiesta de Dios” (p. 260) el que ha caído en la tibieza sufre un error de perspectiva, pues es incapaz de ver el amor de Dios tal cual es; lo único que ahora ve es cuán difícil es cumplir con ese amor:

“Cuando nos proponen exigencias serias de vida cristiana, o cuando nos enteramos de las mortificaciones de los santos, nos asustamos y nos parecen cosas demasiado difíciles. Esto ocurre porque padecemos un error de perspectiva. Porque si miramos el problema desde abajo, desde la dificultad y nada más, con visión simplemente humana, entonces nos asusta, y con razón: tenemos motivos para ello; pero si lo miramos desde arriba, desde el punto de vista del amor divino, entonces podemos verlo como algo que nos va a lanzar al corazón de Dios y, por lo tanto, como algo que nos va a proporcionar la perfecta Alegría. Experimentada la cual, resulta que el morir a nosotros mismos ya no nos parece tan difícil; y hasta ocurrirá que ahora nos dará miedo lo contrario, es decir, la posibilidad de que podamos hurtarnos a la entrega”.

2.- Relajación de espíritu

El espíritu se relaja y todo le da igual. Antes le ilusionaban muchas cosas, ahora ya no. El tibio se fija más en los modelos mundanos, en las ideas novedosas que invitan a tomar actitudes y comportamientos que no sean muy exigentes y que además, suelen estar alejados del ideal cristiano.

El paso siguiente es el conformismo. Este se produce cuando se aceptan valores, actitudes y comportamientos del mundo. Este conformismo puede ser tanto de las costumbres como de las ideas.

La oración se hace aburrida, pesada; se considera una pérdida de tiempo pues no se saca nada de ella. Es por ello que se la pospone para dar prioridad a otras actividades aparentemente más “útiles”.  Las prácticas de piedad quedan vacías de contenido, sin alma y sin amor. Se hacen por rutina o costumbre, pero no por amor.

3.- Búsqueda de la alegría en cosas más superficiales

Se siente un gran disgusto en hacer cosas que anteriormente le llenaban de satisfacción: la oración, el apostolado, las buenas obras, el cumplimiento de los deberes del propio estado. De repente le empiezan a llamar mucho más la atención las amistades superficiales, la diversión, la televisión, la práctica de un determinado deporte…. En una palabra, se cambia el esquema de valores que antes se tenía y se sustituye por otro meno valioso, pero que ahora se ha hecho más atractivo.

4.- Se cae en el activismo, la falta de generosidad y los respetos humanos.

Se pierde la generosidad y se afronta la vida con una visión utilitaria y práctica. Sólo vale lo que reporta ganancia, comodidad, placer o satisfacción.

Es frecuente ver en la persona tibia una hiperactividad, motivada más por la necesidad de sobresalir, que no por un deseo de hacer el bien.

Se dice que el respeto humano es una guillotina de santos. Es tan sutil este vicio, que se mete en nuestras obras en cada momento, nos hace buscar el aplauso de los hombres. ¡Cuántas obras buenas, cuántos ejemplos de virtud, cuántas acciones apostólicas se han dejado de hacer en el mundo por el respeto humano!

5.- Huida del sacrificio.

La persona que cae en la tibieza huye de todo aquello que pueda suponer esfuerzo o sacrificio. Busca éxitos rápidos que además no exijan mucho trabajo. Da miedo el mero hecho de pensar que tiene que mortificarse.

6.- Aceptación deliberada del pecado venial

El alma tibia acepta el pecado venial con toda tranquilidad; conoce su maldad, pero como no llega a ser pecado mortal, vive con una paz aparente, considerándose buen cristiano, sin darse cuenta de la peligrosidad de tal conducta, ya que es el detonante del pecado mortal.

De la tibieza del espíritu nacen muchos pecados veniales, de los que apenas nos dolemos, pues poco a poco se van extinguiendo la luz del juicio y la delicadeza de la conciencia. El examen de conciencia no se hace o se hace con ligereza y sin prestar atención. De ese modo se va amortiguando el horror al pecado mortal.

¿Qué es pues la tibieza?

Santo Tomás señala como característico de la tibieza «una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del  esfuerzo que comportan».

Cuando se empezó a andar por el camino de Dios se amaba con ilusión y totalidad, pero ese amor ha decaído por propia culpa. La tibieza nace de una dejadez prolongada en la vida interior. Consiste en un relajamiento espiritual que frena las energías de la voluntad e inspira horror el esfuerzo. Se le ha clasificado como una forma de desidia o pereza espiritual. Un cristiano tibio «está de vuelta», es un «alma cansada» en el empeño por mejorar; Cristo está desdibujado en el horizonte de su vida

La tibieza se aloja en el corazón del que ha caído en la indiferencia ante el bien. Tibios son los que pierden toda sensibilidad espiritual. Se sienten incapaces de reaccionar contra el pecado o la imperfección, viviendo en ellos con tranquilidad y gusto, tal como hacen los peces en el agua.

La tibieza nace por la falta de constancia en el amor. La vida espiritual se suele comparar a un río caudaloso. Si se desea cruzarlo, habrá que nadar constantemente, aunque ello le implique esfuerzo y sacrificio. Si se deja de nadar, aunque sea un momento, habrá un retroceso y la corriente lo llevará hacia atrás. Así sucede en la vida espiritual, por la falta de constancia en el amor, en la lucha, en la oración,  se cae fácilmente en la tibieza espiritual.

A la tibieza espiritual no se llega ni de improviso ni de pronto; es el resultado de haber caído en la rutina espiritual, en el desánimo, en la pérdida de las fuerzas que nos mantenían activos. Suele comenzar casi sin darse cuenta, pero poco a poco se va llegando a un estado que compromete incluso la misma salvación eterna. Almas que en un principio se entregaron sin reservas, luego abandonaron la lucha por la perfección y fueron cayendo poco a poco por ese plano inclinado, primero en la tibieza y luego en el pecado.

El daño causado en la Iglesia por “la tibieza de muchos”

La tibieza generalizada en la que ha caído nuestro cristianismo a todos sus niveles –obispos, sacerdotes, religiosos y laicos- ha dado como resultado que los cristianos demos esa triste impresión de incapacidad para frenar la ola de corrupción que irrumpe contra la misma Iglesia, la familia, la escuela, las instituciones…

Cristo vive entre nosotros como antes, y su poder sigue siendo infinito, divino. «Solo la tibieza de tantos miles, millones de cristianos, explica que podamos ofrecer al mundo el espectáculo de una cristiandad que consiente en su propio seno que se propale todo tipo de herejías y barbaridades. La tibieza quita la fuerza y la fortaleza de la fe y es amiga, en lo personal y lo colectivo, de las componendas y de los caminos cómodos». (F. Fernández Carvajal, “La tibieza”)

Remedios contra la tibieza

No es fácil salir de un estado de tibieza, pues el espíritu ha quedado tan debilitado y deforme que tendremos que echar mano de la gracia de Dios para que espolee nuestra conciencia y nuestro corazón, para que arranque de nuevo con brío el “motor” de nuestra vida espiritual. Hay que volver a andar por el camino de la conversión, de la superación, de la perfección; y al mismo tiempo, desandar todo aquello que la fue entibiando.

1.- Dios

La tibieza no tiene otra solución que Dios mismo. Es decir, sólo la gracia de Dios nos hará salir de ella. Si la persona que ha caído en la tibieza tiene buena disposición para salir de la misma, Dios iluminará su mente para que sea capaz de darse cuenta del estado de su alma y al mismo tiempo le dará las fuerzas necesarias para que lo pueda hacer. La esencia de la tibieza y su gravedad consiste en que el alma se encuentra cómoda consigo misma, no quiere cambiar; es por ello que salir de la tibieza se requerirá una “nueva conversión” a Dios y un “abandono” de todo ese estilo de vida que le fue enfriando progresivamente.

2.- Volver a amar como se amó

Para salir de nuestro “letargo” o “dormición” espiritual propongámonos pequeñas metas para lograr que ese amor arda de nuevo. Nos dice la Sagrada Escritura: “Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera.” (Ap 2,5).

“Nuestras relaciones con Dios tendrían que andar muy lejos de la mediocridad y de la tibieza, y en general de lo que podríamos llamar unas relaciones convencionales, pues lo que Dios quiso es que se pudiera escribir una hermosa historia que relatara su aventura de amor con cada uno de nosotros”. (A. Gálvez, “La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios” p.227)

3.- Volver a la oración, a los sacramentos y a una escala de valores cristianos

Al alma tibia se le recomienda una vida de oración y de sacramentos más asidua para lograr encontrarse realmente con Dios, y así Dios le pueda quitar esa venda que le impide ver con claridad.

Las personas tibias necesitan llevar una vida más ordenada, priorizada según una escala de valores cristianos. Se debe volver a educar a esta alma haciéndole ver que en la vida hay muchas cosas, pero unas tienen más importancia que otras. Esta constatación exige una recuperación de los valores alterados o cambiados por la tibieza.

4.- Hacer una buena confesión

Confesión que ha de estar precedida de un diligente, serio y profundo examen de conciencia. Acerquémonos a Dios y pidámosle luz para entrar dentro de nuestra conciencia y descubrir los males que la corroen. Hecho esto, acerquémonos humildemente al confesonario y abramos nuestro corazón al sacerdote. Digámosle con detalle lo que nos pasa y al mismo tiempo pidámosle a Dios ayuda para que ilumine al confesor y así nos dé los consejos necesarios para curar nuestro cáncer. Por otro lado hemos de saber, que una confesión frecuente bien hecha es el mejor remedio para salir de la tibieza y no volver a caer en ella.

5.- Pidamos ayuda al director espiritual

Dado que la enfermedad es muy grave, pues podríamos morir de ella, acudamos a un director espiritual para que él nos acompañe en nuestro camino de reinserción con Dios. Por otro lado, seamos humildes y dóciles a sus consejos y perseverantes en nuestros encuentros con él. La tibieza es una enfermedad que se contrajo poco a poco y serán muchos los “puntos” que habrá que cambiar antes de que nuestra alma se sienta saludable y con fuerza.

Se le aconseja al director espiritual que no tenga miedo en exigir al alma tibia algún tipo de sacrificio extra, porque uno de los síntomas de la mediocridad lo constituye el horror al sacrificio. Que sacrifique parte del descanso, distracciones, gustos, aunque sean legítimos, para fortalecer así la voluntad debilitada

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Lo importante para salir de la tibieza no es llenar el día de prácticas espirituales; es mejor limitarse generosamente a aquellas que se puedan cumplir cada jornada, con ganas o sin ganas. Esas prácticas, hechas de nuevo sin rutina y con amor, nos llevarán a recuperar el ardor de nuestra caridad.

Y no olvidemos nunca, que junto a nosotros, acompañándonos todo el tiempo en nuestro camino de vuelta, siempre tendremos a Nuestra Madre del Cielo y a Todos los Santos. Algunos de ellos también pasaron por el “trance” que pasa ahora el alma de muchos, pero con valentía, amor y gracia salieron adelante.

La frase que siempre se dijo: “A la Iglesia la salvan los santos” se hace hoy día más urgente que nunca. Serán los nuevos santos los que salven a la Iglesia de la profunda crisis en la que ahora se encuentra.

 Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com