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Mortificación

“Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia” [1]

A través de la práctica de la mortificación hacemos morir en nosotros todo aquello que es causa de pecado. Da muerte en nuestra naturaleza todo aquello que tiene viciado y desordenado como consecuencia del pecado original. Como consecuencia de ella reducimos a la muerte el pecado que se origina en nuestro hombre viejo y es fruto del arrepentimiento de nuestros pecados y de los deseos de reparar.  Por ella renunciamos a nosotros mismos y nos unimos al Señor en la Cruz.  Mortificados, morimos para vivir, consecuencia directa de ella es el surgimiento el hombre nuevo, del verdadero converso. Podemos mortificarnos interior o exteriormente si la misma la practicamos en el alma en el primer caso o en el cuerpo.

En la actualidad muy pocos valoran el sentido de la mortificación.  Algunos se escandalizan y otros, dolorosamente, dentro de la Iglesia, la observan como una práctica medieval en desuso y sin sentido.  Es una verdadera pena, ya que si esta fuera nuestra situación estaríamos, entre otras cosas, desperdiciando innumerables gracias que permitirían que nuestras oraciones cobraran mayor eficacia.  Es que el amor se manifiesta en el dolor.  Y este dolor nada tiene que ver con el masoquismo que castiga el cuerpo en busca del dolor por el dolor ni tampoco con el maniqueísmo que castiga el cuerpo porque lo considera malo o despreciable.  El católico, cuando castiga su cuerpo, reza con los sentidos, se une a Cristo por amor a Él para reparar por los pecados propios o ajenos y si es por un enemigo mucho mejor.

Nuestra tarea de santificación personal se resume en esforzarnos en “pisar sobre las huellas de Cristo” [2]. Quien persevera en seguir al Maestro necesariamente llegará al Gólgota, recorrerá el camino de la Cruz, donde nos espera el Divino Redentor.  Ese camino exige sacrificarnos por amor de Dios, venciendo las malas pasiones, dominando el cuerpo de manera continua como el latir del corazón como frecuentemente enseñaba Monseñor Escrivá de Balaguer. El santo dejo escrito “Paradoja: para Vivir hay que morir” [3].

Los católicos practicamos la mortificación porque así lo enseña Nuestro Señor “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame” [4].  Por tanto, nuestra mortificación deberá ser continua, con actitud sobrenatural viviendo aquellas que Dios nos envía (pasivas) y las que buscamos nosotros (activas).  La actitud deberá ser siempre de alegría, serenidad y firmeza. Es inevitable que en esta vida haya enfermedades, dificultades familiares, incomprensiones, injusticias, dificultades económicas, calumnias, difamaciones…, y ante estas situaciones de la vida caben dos situaciones la de San Dimas, “el buen ladrón” y la del otro ladrón.  El primero se santificó y el otro no supo descubrir al Señor en la Cruz.

Procuremos, no solo en Cuaresma, tener una lista de mortificaciones de manera que podamos vivir cada día más unidos al Señor en la Cruz de manera que se nos haga carne lo escrito por San Pablo: “Estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo. Y yo vivo, o más bien no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí. [5]

Darío Lorenzatti

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[1] Colosenses 1, 24

[2] Forja, punto 155

[3] Camino, punto 187

[4] Mateo 16,24

[5] Gálatas 2, 19-20




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