ADELANTE LA FE

Canonizaciones y dos Papas santos II

Andrea Greco
Escrito por Andrea Greco

Decíamos en el post anterior que el hecho de las pasadas canonizaciones del 27 de abril de 2014, sumado a la beatificación de otro Papa, nos había despertado la ocurrencia de indagar sobre los últimos Papas Santos. Nos llama la atención que en los últimos 450 años sólo habíamos tenido dos Papas Santos: San Pío V (1566-1572) y San Pío X (1903-1914).

Decíamos también que San Pío V y San Pío X se nos presentaban unidos, a pesar de los 400 años de distancia entre uno y otro, por la defensa y el sostén de la tradición. El primero, porque fue el Pontífice de la Contrarreforma, de la defensa de la Fe contra protestantes y musulmanes. El segundo, porque en el confuso mundo que se preparaba para la Guerra Mundial, fue el abanderado de la lucha contra el Modernismo, la moderna herejía que como una peste se encontraba incubada “en las venas mismas de la Iglesia”, al decir del Santo Padre.

La masonería y el Cónclave que eligió a San Pío X

A la muerte de León XIII el cónclave que eligió a San Pío X tuvo dos particularidades: en primer lugar, uno de los candidatos favoritos (al menos fue el que encabezó las primeras votaciones, que fueron siete) el Cardenal Rampolla, según varias fuentes, era un alto miembro de la masonería; en segundo lugar, el emperador de Austria-Hungría Francisco José por medio del Cardenal Puzyna (Obispo de Cracovia) hizo saber que emplearía el Derecho de Exclusión, o Jus Exclusivae, posiblemente originado a partir del Siglo XVI por el cual el emperador tenía derecho de vetar la elección, pidiendo la exclusión del Cardenal Rampolla[1]. Sería la última ocasión en que un emperador apelara a este derecho.

Por ello interesa analizar, con algún detenimiento, ambas particularidades. Empezaremos por la vinculación entre el Cónclave, el Papado y la Masonería.

El Gran Maestre de la masonería Albert Pike[2] escribió en 1871 (poco tiempo antes del pontificado de León XIII) sobre la verdadera naturaleza de la “Luz” que persiguen los masones. En sus voluminosos tomos, de Morales y Dogmas, Pike expresa crudamente los planes conspirativos de los verdaderos dirigentes de la masonería: “… dentro de poco el mundo vendrá hacia nosotros por sus Soberanos y Pontífices. Constituiremos el equilibrio del universo, y gobernaremos a los Amos del Mundo”[3].

El gobierno pontifical del Papa Gregorio XVI capturó documentos de la Logia Masónica, conocida como Alta Vendita. El Papa Pío IX le dio a Jacques Crétineau-Joly (1803-1875), periodista e historiador, permiso para publicar en su libro La iglesia y la Revolución, las copias de los documentos y la correspondencia de la Alta Vendita. En octubre de 1884, aproximadamente seis meses después de la aparición de la Humanum Genus[4], se reiteraron estos mismos documentos con comentarios totalmente históricos en una serie de conferencias que dio Monseñor George F. Dillon en Edimburgo, Escocia. Estas conferencias impresionaron de tal manera a León XIII que las publicó y distribuyó a su propio costo.

Los documentos de Alta Vendita son notables, en el punto que declaran expresamente un plan de infiltración y destrucción de la Iglesia Católica, plan que (fue afirmado) podría llevar un siglo en llevarse a cabo. Algunas citas son realmente impresionantes: “Nuestro fin último es el mismo que tenía Voltaire y la Revolución Francesa —la destrucción final del Catolicismo, e incluso de la idea cristiana… El Papa, quien quiera que sea, nunca vendrá a las sociedades secretas; son las sociedades secretas las que deben dar el primer paso hacia la Iglesia, con la idea de conquistar a ambos. La tarea que vamos a emprender no es el trabajo de un día, un mes o un año, puede durar varios años, quizás un siglo, pero en nuestras filas los soldados mueren y la lucha continúa… Lo que deberemos pedir, lo que debemos buscar y esperar, así como los judíos esperan el Mesías, es un Papa de acuerdo a nuestras necesidades… Uds. lograrán a bajo costo y por sus medios, una reputación como buenos católicos y patriotas puros. Tal reputación facilitará el acceso de nuestras doctrinas entre el clero más joven, así como también en lo más profundo de los monasterios. En unos pocos años, por fuerza de las cosas mismas, este clero joven habrá invadido todas las funciones; formarán parte del consejo del soberano y serán llamados para elegir el Pontífice que reinará…”[5]

En contraposición a este panorama de guerra espiritual y revolución originado en las Logias Masónicas —lo que el Papa Pío IX llamó la “Sinagoga de Satanás”— León XIII publicó su atronadora encíclica contra la masonería. Resulta sorprendente que su propio Secretario de Estado, el Cardenal Rampolla, tan cercano a él, sería luego acusado de pertenecer a una de las sectas más diabólicas de esta red infernal de subversión.

¿Quién era este Cardenal, entonces? El Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro (1843- 1913), durante esta era turbulenta, en una Europa en inestable equilibrio, desgarrada por la guerra y envuelta en la tensión, trabajó activamente en la política exterior al servicio del Papa León XIII.

¿De dónde surgen las versiones que lo vinculan a la masonería? Monseñor Jouin[6], fundador y director de la  Revue internationale des societés secrètes, con las pruebas de la afiliación del cardenal Rampolla en la mano, encarga a su redactor en jefe, el marqués de La Franquerie, que muestre estas pruebas a los cardenales y obispos de Francia. Félix Lacointa, director del periódico  Le bloc anti-revolutionnaire (ex Bloc catholique),  atestigua en 1929 en un artículo titulado “Le F\ Rampolla”, la pertenencia del Cardenal Rampolla a la masonería en la Logia Ordo Templi Orientis. En el propio Manifiesto de dicha Logia aparece el nombre del Cardenal como uno de sus miembros[7].

La masonería había encargado al hermano Rampolla dos misiones:

1) Fundar, en el seno del mismo Vaticano, una logia (la de  “San Juan de Jerusalén”), que proveería altos dignatarios de la Santa Sede;

2) Hacerse elegir Papa a la muerte de León XIII.

El Cónclave y el Jus Exclusivae

El Papa León XIII falleció el 20 de julio de 1903. La primera sesión del cónclave fue el 1 de agosto. El Cardenal Rampolla lideró las dos primeras votaciones. Durante la segunda sesión, el día 2 de agosto, imprevistamente el conclave fue interrumpido por una conmoción: el Cardenal Puzyna, Obispo de Cracovia (entonces dentro del Imperio Austríaco) se irguió para dar una declaración que dejó anonadada a la asamblea. Utilizando el latín declaró, “… oficialmente y en nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que Su Majestad, en virtud de un antiguo derecho y privilegio, pronuncia el veto de exclusión contra Su Eminencia Reverendísima, el Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro”[8].

Fueron varias las razones que se han alegado para el establecimiento general del Jus Exclusivae, desde las puramente políticas hasta el descuido Católico y la protección del Papado. En cierto modo, las profundas creencias del antiguo Sacro Imperio Romano lo hacían funcionar de una manera tan protectora. Es posible que un emperador devoto o un rey con información vital pudieran haber ejercido el Derecho con integridad, con el objeto de proteger la Silla de Pedro de un candidato corrupto.

Según distintos autores, Monseñor Jouin había recurrido personalmente al Emperador Francisco José para pedirle que invocara el Jus Exclusivae, teniendo algunas pruebas de que Cardenal Rampolla tenía por lo menos una afinidad cercana con la Masonería.

En el caso del Cardenal Rampolla, los motivos del veto se encuentran todavía sujetos a debate. Lo que no es debatido es el resultado: el Cardenal Rampolla manifestó su oposición, se volvió a votar, y finalmente el candidato que había obtenido el segundo lugar fue elegido Papa. Éste Cardenal –Giuseppe Melchiorre Sarto (1835-1914), Cardenal de Venecia– Papa  a los sesenta y ocho años, eligió el nombre de Pío X. Como lo había previsto la Providencia, a pesar de la protesta humilde del Cardenal Sarto por su elección, fue escogido como el hombre providencial.

Comenta el cardenal americano James Gibbons: “Cuando el Cardenal observó que los sufragios hacia él iban aumentando, se lo vio perturbado, y con un ferviente discurso imploró a sus colegas que no lo consideraran como candidato. Contrariamente a sus deseos, los votos para él iban en aumento. Nuevamente en un segundo discurso imploró a los Cardenales que olvidaran su nombre: “Obtestor vos”, fueron sus palabras, “ut nominis mei omnino obliviscamini” (…) Todos fueron movidos por la modestia y transparencia sincera del hombre (…) Nunca un prisionero hizo mayores esfuerzos para escapar de su confinamiento como hizo el Cardenal Sarto para escapar del yugo del Papado”[9].

Como afirma el Cardenal fueron esos discursos, tan llenos de humildad y sabiduría, los que hicieron cada vez más vanas sus súplicas.

Cuando, luego del séptimo escrutinio, fue definitivamente elegido respondió a la pregunta ritual: «Quoniam calix non potest transire, fiat voluntas Dei [Puesto que el cáliz no puede pasar, hágase la voluntad de Dios]. Lleno de confianza en la protección divina y de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de los santos pontífices que se han llamado con el nombre de Pío, sobre todo de los que extremadamente combatieron contra las sectas y los errores del siglo pasado, asumo el nombre de Pío X[10]».

¿Qué pensar respecto al hecho de que el Papa Pío X no desterrara completamente al Cardenal Rampolla –o que el mismo Pío X aboliera el Jus Exclusivae? Primero, no tenemos ninguna prueba acerca de cuánto conocía el Papa Pío X o inclusive creyera acerca del Cardenal Rampolla, mientras éste todavía estaba vivo. Es probable que el Papa fuera informado de la sospecha, pero también es bastante probable que él no estuviera preparado para creerlo[11]. Félix Lacointa, en la publicación antes mencionada de 1929, narra: “En el curso de nuestra última entrevista (con Mons. Marty, obispo de Montauban), como lo teníamos al corriente de los descubrimientos hechos recientemente y veníamos a hablar del cardenal Rampolla di Tindaro, tuvo a bien relatar que luego de la visita  ad limina que hizo a Roma, algún tiempo después de la muerte del antiguo secretario de Estado de León XIII, fue llamado por un cardenal (Merry del Val, secretario de estado de San Pío X) que le contó con abundantes detalles que a la muerte del cardenal Rampolla, se descubrió entre sus papeles la prueba formal de su traición. Estos documentos abrumadores fueron entregados a Pío X: el santo pontífice se aterrorizó, pero quiso preservar del deshonor la memoria del prelado felón y con el fin de evitar un escándalo, dijo muy conmovido: ¡El desgraciado! ¡Quemadlos!” Y los papeles fueron arrojados al fuego en su presencia”[12].

Segundo, el Cardenal Rampolla dimitió inmediatamente como Secretario de Estado y fue reemplazado por el Cardenal Merry del Val. Mientras él mantuvo algunas oficinas, pasó voluntariamente a un semi retiro. Esto puede haber sido un arreglo deliberado entre el Cardenal Rampolla y el Papa para evitar el escándalo, quitando a Rampolla la posibilidad de que ejerciera una interferencia significativa; actitud que pudo haber reflejado, además, tanto la prudencia como la caridad del Papa en tomar medidas basadas en información alarmante, evitando mientras tanto las penas más ásperas en ausencia de pruebas precisas. La prueba, en la forma del Manifiesto, sería conocida en años posteriores[13].

Del mismo modo, el Papa Pío X tenía motivos para abolir el Jus Exclusivae. Como lo relató el chambelán del Papa: “Pío X con frecuencia hizo conocer sus decisiones por motu proprio. Uno de sus primeros actos oficiales fue para abolir el privilegio de veto, acordado en tiempos muy diferentes con los Emperadores y los Reyes de España y Francia. La Cristiandad en la cual su ejercicio había sido tolerado ya no existía y, si el Emperador en su última intervención hubiera hecho uso indebido del mismo habría quedado irreprochado, después podríamos haber tenido posiblemente a un masón como Presidente de Francia reclamando el mismo derecho como consecuencia de la herencia que la República recibió de la monarquía Borbón”.

El Papa Pío X estaba agudamente consciente de ambos, tanto los infiltrados como los peligros perturbadores son reflejados en sus encíclicas. En su Encíclica de 1907 Pascendi Dominici Gregis, “Sobre la Doctrina de los Modernistas,” Pío X escribe:

“Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre[14].

El Papa se manifiesta así gravemente preocupado por los partidarios del error que se ocultan dentro del mismo clero. ¿Refleja esta advertencia preocupaciones derivadas de la cuestión Rampolla?, se pregunta  Heimbichner, y se responde: Desde luego, parecería posible, si no probable.

Aún más significativa es la primera encíclica del Papa San Pío X, E Supremi Apostolatus, “Sobre la Restauración de Todas las Cosas en Cristo,” dada el 4 de octubre de 1903. En este documento leemos la declaración alarmante que:

“Quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición (2 Tes. 2:3), de quien habla el Apóstol”[15].

El Papa estuvo claramente preocupado porque el Anticristo puede haber estado ya presente entre hombres. Algo debe haber sucedido como para sacudir al Papa a este punto a principios de su pontificado.

Una pista de la causa de su alarma es dada por el Papa cuando continúa en la misma encíclica señalando: “…Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema se ha colocado en el lugar de Dios…”[16].

El estudio de Craig Heimbichner, concluye con un llamado elocuente: “ciertas preguntas permanecen para que todos nosotros reflexionemos: ¿si las Logias casi obtuvieron una victoria sobre el Vaticano hace mucho tiempo, dejarían de intentarlo? ¿Por qué se frenarían? ¿No serían animados a continuar con su propósito? ¿Y qué habrían intentado hacer posteriormente? (…) Si no recuperamos esta vigilancia importante, seremos testigos -cada vez más- cómo la Iglesia Católica Romana se conforma según la imagen de la gnosis, que expone con creciente temeridad el Culto del Hombre hasta que la Mano de Dios intervenga”[17].

San Pío X y la reforma de la Iglesia

El derecho de veto o exclusiva, que se arrogaban algunos monarcas católicos, fue abolido expresamente por Pío X en el motu proprio Arduum sane munus, que lo prohibió con amenaza de graves penas canónicas. Esta prohibición fue luego ratificada por la constitución Vacante Sede Apostólica, que reguló en su conjunto la elección pontificia. La finalidad de esta decisión era evitar las injerencias del poder político sobre la Iglesia. Pero además de esto que se refiere al fuero externo, el motu proprio tiene una importante consecuencia hacia el fuero interno. También prohíbe la realización de pactos previos entre los cardenales que a veces obligaban al elegido a tomar medidas para el efectivo bien de la Iglesia, pero que en otros casos respondían, por el contrario, a intereses personales o de grupo. Esa fue la razón por la que el Papa decidió que debían ser formalmente prohibidos. La prohibición entró en vigor con las reglas para los cónclaves promulgadas por San Pío X, en la Constitución apostólica Vacante Sede Apostolica, de 1904, que decía lo siguiente: “Igualmente prohibimos que los cardenales, antes que procedan a la elección, estipulen capitulaciones o establezcan realmente algo por consenso común, comprometiéndose a cumplirlo realmente si son elevados al pontificado. Tales cosas, si sucedieran ‘de facto’, inclusive con un juramento anexo, las declaramos nulas e írritas”[18].

En lo que se refiere a la vida interna de la Iglesia, el pontificado de San Pío X estuvo marcado, en el orden disciplinar, por dos acontecimientos de notable entidad. El primero consistió en la reforma de la Curia romana, que en sus líneas fundamentales había quedado anclada en el organigrama diseñado por Sixto V en el año 1588. La constitución Sapienti Consilio (29-VI-1908) estableció una nueva estructura en la que se revisaba totalmente la organización de los oficios, congregaciones y tribunales, que fueron actualizados y cuyas competencias fueron nuevamente definidas. Otro hecho importante fue la decisión tomada por Pío X pocos meses después de su elección papal de proceder a una nueva y completa sistematización del Derecho de la Iglesia, creando con ese fin una comisión especial, de la que fue figura sobresaliente Pedro Gasparri, más tarde cardenal y secretario de Estado. El fruto de esos trabajos fue la elaboración del Código de Derecho Canónico, que terminó Benedicto XV y fue promulgado en 1917.

Sin embargo la acción fundamental de San Pío X fue defender a la Iglesia de la herejía modernista.

El modernismo

Para hacer honor a San Pío X  y más que hablar de su vida, es importante recordar lo que éste significó para la Iglesia, o más bien, lo que fue su preocupación y lucha constante: el combate contra el modernismo (que después adoptó el nombre de progresismo)[19].

Pero para ello, interesa conocer qué era el Modernismo y de qué manera fue inficionándose dentro de la Iglesia. Escribe el P. Alfredo Sáenz[20] que el modernismo fue un fenómeno sumamente complejo, donde todo fue puesto en cuestión: el problema religioso, la constitución de la Iglesia, la relación de la fe con la historia, la fijeza de los dogmas, etc. Todo ello sobre el presupuesto de que el pensamiento católico se había vuelto anacrónico, estaba superado. Según este pensamiento la Iglesia no había sido instituida por Cristo sino que habría brotado de la necesidad inmanente que sentían los fieles de comunicarse unos a otros sus vivencias religiosas. Por lo mismo, la autoridad eclesiástica no se fundaba en Cristo y en los Apóstoles sino que nacía del pueblo y, por lo tanto, debía ser democrática. Además se imponía la separación entre la Iglesia y el Estado, y, en cierto modo la Iglesia debía estar sujeta al Estado. “La idea medular y quintaesenciada de la ideología modernista –concluye el P. Sáenz– era la ley de la evolución; todo evoluciona y cambia, la fe, el dogma, la moral, el culto, la Iglesia”.

¿Pero cuáles eran las raíces del movimiento modernista? Se reconocen tres raíces principales.

  1. Una raíz filosófica: el agnosticismo, principalmente bajo el influjo de Kant, el cual afirmaba, entre otras cosas, que el entendimiento no podía aprehender con certeza nada que estuviese en el ámbito de las cosas sobrenaturales.
  2. Una raíz psicológica y religiosa, bajo la influencia de Schleiermacher, según el cual la religión consistía únicamente en la vida interior de cada quien.
  3. Finalmente una raíz histórica, el evolucionismo, basado en el relativismo histórico, para el que nada está acabado, todo se encuentra en devenir, dogmas incluidos.

En el fondo se trataba, afirma el P. Alfredo Sáenz de un intento inmenso por lograr que la Iglesia diese un golpe de timón que la volviera acorde al “mundo moderno”. En definitiva lo que buscaba el modernismo era una alianza entre el cristianismo y el espíritu de la modernidad.

Pero fue justamente el modernismo el que al pretender exaltar al hombre acabó por degradarlo. Al querer poner la fe de acuerdo con el “pensamiento moderno”, radicalmente prometeico, acabó por renunciar a la fe. Los modernistas se sentían como los pioneros que necesitaba la Iglesia, “los forjadores de una nueva era cristiana, los únicos que, apartándose de una masa todavía incapaz de entenderlos, arrojaban en el surco de la historia las semillas del porvenir”[21].

Así lo confiesa Alfred Loisy, uno de los principales representantes del modernismo. A su juicio todos los grupos modernistas coincidían en, “la necesidad de una reforma de la enseñanza católica”, una reforma, una nueva apologética adecuada a la modernidad. Por eso, “lejos de romper con el catolicismo, hacían profesión de hijos cabales de la Iglesia, los más sagaces, los que la tenían clara”[22].

Otro ejemplo de este pensamiento que procuraba adaptar la Iglesia a la modernidad está en dos grandes reuniones de 600 a 800 sacerdotes provenientes de toda Francia, en su mayoría del clero diocesano. Un cronista contaba el espíritu que había visto en ambas asambleas: “Todos piensan que hay que ser de su tiempo, amar a su tiempo, hablar el lenguaje de su tiempo, responder a sus aspiraciones, adaptar la acción a las necesidades nuevas, vivir la vida de sus contemporáneos”.

La complejidad de la herejía modernista es que en lugar de la verdad objetiva, garantizada por la razón y la fe, “todo es reducido al subjetivismo emocional, lo que entraña el evolucionismo indefinido de las fórmulas y de las ideas. Si las otras herejías interesaron tal o cual artículo del credo católico, el modernismo afecta al conjunto de la teología fundamental”[23].

San Pío X y la herejía modernista

San Pío X combatió el modernismo. Como dijera el Papa Pío XII , el 29 de mayo de 1954, hace 60 años, al celebrar la canonización de San Pío X en un discurso intenso y firme, que siguió a la ceremonia de canonización: “Cualquier teoría, como el Modernismo, que separa la fe y la ciencia, en su fuente y en su objeto, oponiéndose una a la otra, produce en estas dos áreas vitales de un cisma, que es tan perniciosa “que un poco es más que la muerte”. (…) Con mirada vigilante Pío X observó la llegada de esta calamidad espiritual del mundo moderno, esta amarga desilusión que afectaba sobre todo a las clases cultas. Se dio cuenta de cómo una fe tan evidente, es decir, una fe no fundada sobre la revelación de Dios, sino que estén arraigadas en un terreno puramente humano, atraería a muchos al ateísmo. Así mismo, reconoció el destino fatal de una ciencia, que contrario a la naturaleza y en la limitación voluntaria, interceptó el camino a la verdad absoluta y el Bien, dejando al hombre, privado de Dios y se enfrentan a la oscuridad invisible en la que se encuentra en todo ser vestirte, sólo la actitud de la angustia o la arrogancia”[24].

            El Papa Pío XII señalaba en dicho discurso tres puntos fundamentales, distintivos y característicos del papado de San Pío X:

  1. El programa de su pontificado anunciado en su primera encíclica (E Supremi de 04 de octubre 1903) declaró como su único objetivo el de “restablecer todas las cosas en Cristo” (Efesios 1:10).
  2. Pío X se revela como el campeón indomable de la Iglesia y del Santo providencial de nuestros tiempos, la lucha de un gigante en defensa de un tesoro inestimable: la unidad interna de la Iglesia en su fundamento más profundo, la fe.
  3. Finalmente, señala Pío XII que antes de aplicar a los demás, se puso en práctica en su propia vida a su programa de unificación de todas las cosas en Cristo, como sacerdote, como obispo, como Sumo Pontífice. Un sacerdocio centrado en el misterio eucarístico. “En la profunda visión que él tenía de la Iglesia como una sociedad, Pío X reconoció que era la Sagrada Eucaristía que tenía el poder de alimentar sustancialmente su vida íntima, y para elevarla por encima de todas las demás sociedades humanas. (…) ¡Qué ejemplo tan providencial para el mundo de hoy, donde la sociedad terrena está volviendo más y más un misterio para sí misma, y trata febrilmente de redescubrir su alma! Que se vea, entonces, como modelo la Iglesia reunida alrededor de sus altares. Allí, en el sacramento de la Eucaristía la humanidad realmente descubre y reconoce que su pasado, presente y futuro son una unidad en Cristo”.

Restaurar todo en Cristo, recobrar la unidad eclesial fundada en la fe, y centrada en el misterio eucarístico. He ahí, según Pío XII, las tres claves del papado de San Pío X.

Los principales documentos para realizar este programa fueron el decreto, Lamentabili Sane Exitu (1907), en el que se refirió a que “el hecho de que muchos autores católicos vayan también más allá de los límites marcados por los Padres y la propia Iglesia es extremadamente lamentable”. La encíclica Pascendi, también de 1907, donde declaraba que el modernismo era algo más que una herejía, era la síntesis de todas las herejías, porque en vez de proclamar un error, abría paso a todos ellos. En 1910 promulgó el motu proprio Sacrorum Antistitum, conocido como «Juramento antimodernista», que debía ser pronunciado por cualquiera que quisiera conservar o acceder a un oficio eclesiástico, incluida la docencia en teología.

Pío X se preocupó de manera especial por la propaganda que el modernismo hacía en las filas de los que se formaban en los seminarios. En su encíclica Pieni 1’animo, del 28 de julio de 1906, dice: “Y lo que es muy grave y propio para ganar nuevas adhesiones al naciente grupo de rebeldes es que, para tales doctrinas se hace una propaganda más o menos oculta entre los jóvenes que se preparan para el sacerdocio a la sombra de los seminarios”. Por ello pondrá especial cuidado en la formación de los futuros sacerdotes.

En la Pascendi[25], San Pío X señala que el modernismo tiene tres causas morales y dos intelectuales o espirituales:

Causas morales

1.- La soberbia

2.- La curiosidad

3.- El orgullo

Causas intelectuales

1.- La ignorancia negligente

2.- Aversión a Santo Tomás, a la Tradición y al Magisterio

De la detección de estas causas se derivarán los remedios que deben proporcionarse.

La herejía modernista después de San Pío X

Como explica el P. Alfredo Sáenz para algunos autores, tras las medidas tomadas por San Pío X, el modernismo pasó a ser un capítulo de los libros de historia. El encanto que la herejía había suscitado en su primera época ya no se experimentaba, mientras que sus peligros y desviaciones eran ampliamente conocidos. Por lo demás, la Primera Guerra Mundial cambió el foco de las preocupaciones. De ahí que no pocos creyeron poder sostener, sin temor a equivocarse, que el modernismo era un fenómeno superado, no subsistiendo de él sino el recuerdo de una crisis doctrinal ya conjurada. Sólo la existencia de los documentos eclesiásticos a que dio lugar, recordaban aquella crisis.

Pero muchos otros pensaron de diversa manera, Pío X incluido, quien en modo alguno consideró que el modernismo había quedado archivado. Todo lo contrario. En la alocución que el 27 de mayo de 1914, pocos meses antes de su muerte, dirigió a los nuevos cardenales, observó que continuaban propagándose “las ideas de conciliación de la fe con el espíritu moderno”; a este propósito deploró “el naufragio” de la nave de la Iglesia, que afectó a numerosos “navegantes”, dijo, así como a muchos “pilotos”, e incluso a muchos “capitanes”. ¿Es preciso traducir estas metáforas?, se pregunta Jean Madiran.

Como ha explicado Roberto De Mattei frente a la condena de la encíclica Pascendi, así como de la carta apostólica Notre charge apostolique, y de otros documentos, la reacción de los modernistas fue análoga a la que tuvieron los jansenistas al día siguiente de la bula Unigenitus, de 1713, donde se condenaban las proposiciones de Jansenio. En aquel momento, aquellos herejes negaron reconocerse en las proposiciones censuradas. Algo semejante aconteció en este caso, cada modernista afirmó que el modernismo, tal como era reprobado en la encíclica, no los afectaba. “Un testigo de los hechos, Albert Houtin, preveía que a pesar de las censuras pontificias, los modernistas no saldrían de la Iglesia, ni siquiera en el caso de que hubiesen perdido la fe, sino que permanecerían adentro lo más posible para seguir desde allí propagando sus ideas. Tal debía ser la actitud del verdadero modernista, según lo señalamos en su momento, y ellos mismos lo reconocieron. “Hasta hoy –explicaba el padre Buonaiuti– se ha querido reformar a Roma sin Roma o contra Roma. Hay que reformar a Roma con Roma, hacer que esa reforma pase a través de las manos de aquellos que deben ser reformados”. El modernismo se seguía proponiendo, en esta nueva perspectiva, transformar el catolicismo desde dentro, desde “la venas de la Iglesia”, como había dicho Pío X, aunque tuviesen que dejar intacto, en los límites de lo posible, el envoltorio que se les imponía”[26].

El sacerdote jesuita Malachi Martin en una novela relata un episodio que si bien literario, da cuenta de la continuidad del pensamiento modernista:

“Paul  ingresó en el Seminario Menor de la diócesis de Nueva Orleans en 1972. Durante el primer semestre, él y sus condiscípulos recibieron la orden oficial de abandonar la sotana y vestir ropa normal de calle. En su programa de estudios, el dominio del latín ya no era obligatorio. La mayoría de sus profesores los invitaban a pensar libremente, sobre lo que antes eran doctrinas sacrosantas y enseñanzas fundamentales acerca de la existencia de Dios, la divinidad de Jesucristo, la verdadera presencia de Jesucristo en el santo sacramento, la autoridad del papa o la gama completa de creencias y leyes católicas.

Durante las horas de ocio, se alentaba a los seminaristas a que alternaran con mujeres para incrementar su experiencia. Al mismo tiempo, a muchos les resultaba fácil establecer relaciones homosexuales en su propio círculo, ya que se los aconsejaba que una actitud positiva hacia la homosexualidad los convertiría en «pastoralmente sensibles».

En la transformación de la vieja iglesia en «casa de vientos ecuménicos», Paul comprobó que en el seminario todos sus valores familiares se perdían en el olvido. Ya no se les exigía a los seminaristas asistir a las plegarias matutinas ni a la misa cotidiana. Pero incluso los que como Paul habían decidido seguir haciéndolo, se encontraron con un cambio: el hermoso altar de la capilla del seminario había sido sustituido por una mesa común de madera. Las imágenes de los santos, las estaciones de la cruz, los bancos reclinatorios, los mosaicos, e incluso el tabernáculo, la barandilla eucarística y los crucifijos, brillaban por su ausencia. En los confesionarios que no habían sido retirados, era más probable encontrar artículos de limpieza que a un sacerdote.

Un cura de vaqueros y camiseta, a lo sumo con  una estola o un velo sobre los hombros, daba la bienvenida a los seminaristas y al público en general a las nuevas ceremonias con un alegre: «¡Buenos días a todos!» Se enseñaba a los seminaristas a dar ejemplo como hombres libres e hijos de Dios. Podían sentarse o levantarse a su antojo, pero no arrodillarse. En la liturgia, actuaban bailarinas profesionales, acompañamiento de guitarras, banjos, guitarras hawaianas, panderetas y castañuelas.

A lo largo de los meses, Paul vio cómo las reuniones litúrgicas se convertían en algo parecido a las «fiestas tribales» de ciertas tribus del Pacífico noroccidental. En dichas reuniones se admitía cualquier cosa de otras religiones en igualdad de condiciones.

Los seminaristas como Paul eran sometidos a una mescolanza espiritual que unía las meditaciones budistas, el dualismo taoísta, las plegarias sufíes y el psicoanálisis freudiano.

Paul Gladstone interpretó todo aquello como contradictorio, hipócrita y, a fin de cuentas, destructivo para la verdadera fe católica. A su parecer, la mayoría de los católicos lo aceptaban en un intento de democratización global de la religión católica; era necesario “adaptarse a los tiempos”.

Si no había “pueblo de Dios”, el sacerdote no podía celebrar válidamente la “Acción de gracias” en “la mesa del cenáculo”.

La Iglesia era llamada ahora “iglesia conciliar”, es decir, “posconciliar” y era necesario entender que todo había cambiado. Paul, incapaz de seguir soportando el ambiente caótico y chabacano de lo que antes había sido un seminario disciplinado, un buen día por la mañana le comunicó al rector que se iba:

-No estoy recibiendo nada parecido a una formación sacerdotal para ofrecer el Santo Sacrificio y perdonar los pecados -dijo Paul, que tenía fuego en la mirada-. Si permanezco aquí, acabaré como un espeluznante distribuidor de artilugios inútiles o, en el mejor de los casos, en un asistente social que no puede casarse, por el momento.

Atónito y casi sin habla ante tal rebelión sin precedentes, el rector logró pronunciar algunas palabras convencionales en defensa de los mandatos del Concilio y hacer una apelación a la obediencia.

– No sé cómo ser sacerdote -replicó Paul con una frialdad que congeló el ambiente en la sala-, ni siquiera sé lo que significa ser sacerdote en una iglesia donde el centro de atención no es más que una estúpida actitud de un hombre, vacía de contenidos. Sí; ya lo sé, he oído un montón de veces que esta “Nueva Iglesia” de ustedes presentará una cara más humana al mundo, menos rígida, más acogedora y que vendrá una primavera para todos… Pero permítame que le diga que no estoy dispuesto a predicar al “la comunidad eclesial” que cuando se junta se “convierte en Iglesia” y en la misma «forma de Jesucristo». No llego siquiera a comprender esa jerga carente de significado.

Estupefacto ante una violación tan flagrante de la disciplina, el rector intentó darle a Gladstone una dosis de su propia medicina.

Con su descabellado e inoportuno arrebato, le advirtió el rector, Paul ponía en peligro su carrera sacerdotal.

-¿No me he explicado con claridad, padre rector? -dijo Paul, de camino ya hacia la puerta-. Prefiero ser un católico seglar que coopera con la Iglesia, a una marioneta en esta pocilga irreligiosa de mal gusto”[27].

Pío X, Papa Santo

Pidamos finalmente a este gran Pontífice la gracia de, como decía Manrique, “avivar el seso y despertar”. Que nos de la claridad que él tuvo de procurar siempre instaurar todo en Cristo, mantener la unidad eclesial fundada en la fe, y centrar nuestra vida cristiana en el misterio del Santo Sacrificio de la Eucaristía. Que nos de la gracia de poder pertenecer siempre fieles al Papa que ha de reinar y no defeccionará en la Fe y en las costumbres, a la Iglesia que será una pequeña grey y que, según la promesa de Cristo, conservará la Fe a pesar de que en el mundo sea muy poca al momento de la segunda venida de Nuestro Señor.

¡Que el Señor nos encuentre unidos en la fe verdadera!

Andrea Greco de Álvarez
Profesora de Historia 
[1] Véase el interesante artículo de Craig Heimbichner, “¿Un masón casi se convierte en Papa?”, Patria Argentina 223 (2006); Trad. de “Did a Freemason Almost Become Pope? The Story of Cardinal Rampolla”, en: Catholic Family News; Niagara Falls, New York, Agosto de 2003. Descargar aquí:

[2] Pike (1859-1891), es un testimonio destacado por su gran influencia, dirigió la rama políticamente más influyente de los altos grados de la masonería, Gran Maestro del Rito Escocés.

[3] Albert Pike, Moráis and Dogma of the Ancient and Accepted Scottish Rite of Free- masonty, p. 817.

[4] Carta Encíclica de León XIII condenando a la Masonería y otras sectas (1884).

[5] John Vennari, The Permanent Instruction of the Alta Vendita: A Masonic Blue-print for the Subversión of The Catholic Church. Cit. en: Craig Heimbichner, op. cit. 2003.

[6] Monseñor Ernesto Jouin (1844-1932), enemigo implacable de la Masonería, era Protonotario Apostólico y Párroco de San Agustín en París, Francia. En 1913, fundó la Liga de Católicos Franceses (Franco-Catholique Ligue) para la defensa patriótica y social. El 23 de marzo de 1918, Monseñor Jouin también fundó, con la aprobación de la Santa Sede, la Revista Internacional de Sociedades Secretas (Revue Internationale des Sociétés Secretes). De este modo, Monseñor Jouin alcanzó la reputación de una suerte de Sherlock Holmes clerical, capaz de descubrir la intriga Talmúdica y Masónica. A tal efecto, acuñó el término apropiado “Judeo masónico”. En una audiencia privada, el Papa Pío XI pidió a Monseñor Jouin que continuara su combate contra la Masonería. En 1918, el Papa Benedicto XV elogió a Monseñor Jouin por arriesgar su vida para combatir las sectas Masónicas; un año más tarde -el 20 de junio de 1919- el Vaticano formalmente lo elogió, en una carta firmada por el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado. La nota concluyó con las palabras, “Su Santidad se complace en felicitarlo y animarlo con su trabajo, cuya influencia es tan importante en alertar a los fieles y en ayudarlos a luchar con eficacia contra las fuerzas apuntadas a la destrucción no solamente de la religión, sino de la totalidad del orden social” (David Kertzer, The Popes Against the Jews, pp. 268-69.)

[7] Craig Heimbichner, Op. Cit, p. 4.

[8] Yves Chiron, Saint Pius X: Restorer of the Church, p. 122.

[9] Cardinal James Gibbons, A retrospect of fifty years, Baltimore –New York, John Murphy Company, 1916, p. 96.

[10] Prudencio Martínez Zuviría, El cardenal mason que no pudo ser Papa, Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, inédito, p 8.

[11] El Cardenal Rampolla causaba impresiones muy favorables sobre aquellos que lo conocían. Ver, por ejemplo, las memorias de Francis Augustus MacNutt in A Papal Chamberlain: The Personal Chronicle of Francis Augustus MacNutt, 1937.

[12] Georges Virebeau (seudónimo de Henry Coston), Les Mystères des francs-maçons, Publications Henry Coston, 1994, p. 28. Cit. en Prudencio Martínez Zuviría, p. 2.

[13] Craig Heimbichner, Op. Cit, p. 5.

[14] Pascendi Dominici Gregis, n. 1.

[15] “When all this is considered there is good reason to fear lest this great perversity may be as it were a foretaste, and perhaps the beginning of those evils which are reserved for the last days; and that there may be already in the world the “Son of Perdition” of whom the Apostle speaks (II. Thess. ii., 3)”.E Supremi, n. 5. http://www.vatican.va/holy_father/pius_x/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_04101903_e-supremi_en.html

[16] “man has with infinite temerity put himself in the place of God, raising himself above all that is called God”, en: E Supremi, n. 5, ibidem.

[17] Craig Heimbichner, op. Cit.p. 6.

[18] Sandro Magister, Diario Vaticano / “Sigo lo que los cardenales han pedido”; Los vínculos del pre-cónclave con el gobierno el gobierno de Francisco. Los acuerdos ligados a la elección de un Papa son ilícitos e inválidos, pero en la práctica se está muy cerca de ellos. Allí Magister explica la prohibición de San Pío X y como San Juan Pablo II mantuvo esta prohibición (Constitución Universi Domine Gregis, de 22-1-1996). “Igualmente, prohíbo a los cardenales hacer capitulaciones antes de la elección, o sea, tomar compromisos de común acuerdo, obligándose a llevarlos a cabo en el caso de que uno de ellos sea elevado al Pontificado. Estas promesas, aun cuando fueran hechas bajo juramento, las declaro también nulas e inválidas”. Por ello es necesario conocer la historia de la Iglesia, ya que, a veces, los medios pueden presentar como un gesto democrático: seguir un mandato de los electores, cuando en realidad esto está prohibido y por razones de peso. Ver aquí.

[19] El modernismo es, en boca de Fabro, la “orientación heterodoxa delineada entre los estudiosos católicos a fines de siglo pasado y en los primeros años del presente, que se proponía renovar e interpretar la doctrina cristiana en armonía con el pensamiento moderno (Cornelio Fabro, “modernismo” en Enciclopedia Católica, vol VIII, Sansón, Firenze 1952, coll. 1188-1196). Y en otro lado: “el peligro del modernismo nunca ha sido completamente descubierto, pues está inscripto en la razón humana, corrompida por el pecado, la tendencia a erigirse como el criterio absoluto de verdad y someter a la fe” (ivi, col 1196).

[20] Sáenz, Alfredo s.j. El Modernismo; crisis en las venas de la Iglesia. Buenos Aires, Gladius, 2011, p. 98 ss.

[21] Ibídem, p. 103-104.

[22] Ibídem, p. 104.

[23] Ibídem, p. 110.

[24] Discursos y Mensajes de radio de Su Santidad Pío XII , XVI, el año decimosexto de mi Pontificado 2 de marzo de 1954 – 01 de marzo 1955, p. 31-37, en: www.vatican.va

[25] Pascendi, n. 41-42.

[26] Alfredo Sáenz, Op. Cit. p. 306-307.

[27] Fragmento del libro The Windswept House (traducido como “El último Papa”) del jesuita Malachi Martin; íntimo colaborador de San Juan XXIII y del cardenal Bea (desde 1958 a 1964), y exorcista en Roma y New York.