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Ama a tu Dios y Teme a tu Dios

Dios no es omnipotente sino porque puede hacernos tanto mal como bien. Quitarle el poder de castigarnos, dejándole sólo el de  recompensarnos, es quietarle la mitad de su omnipotencia, la mitas de su mismo ser. Yo no podría esperar de Dios un bien infinito, si no tuviese que temer de su parte ningún mal infinito. Yo no podría fijar tranquilamente mi vista en las recompensas que Él prepara a la virtud, si no tuviese que temer las penas que reserva para el crimen. Yo  me vería a dudar obligado a dudar que un Dios que no podía castigarme eternamente pudiese recompensarme eternamente.

La plenitud de su divinidad está tan ligada a Su Justicia, que no puedo mirarle como mi Dios, si Él no puede presentarse a mí a un mismo tiempo como Padre y como Señor: como Padre por su clemencia, y como Señor, por su disciplina; como Padre por su poder acariciador, y como Señor por la severidad de su justicia; como Padre a quien yo puedo amar piadosamente, y como señor, a quien yo debe necesariamente temer.

Finalmente, yo tengo necesidad de un Dios a quien pueda amar, porque Él prefiere la misericordia al sacrificio, y a quien deba temer, porque no sufra el pecado; a quien deba amar porque quiere la penitencia, y no la muerte del pecador, y a quien deba temer, porque rechace al pecador obstinado.

Por esta razón la Sagrada Escritura, insistiendo sobre estas dos cosas me dice: Ama a tu Dios y teme a tu Dios. Palabras sublimes que se dirigen las unas al hombre que obedece a Dios, y las otras al hombre que menosprecia su ley y le ultraja.

Tertuliano (de su obra Contra Marción)




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