Traditionis custodes contiene el germen de su propia destrucción
Hoy [16 de julio de 2026] se cumplen cinco años de la promulgación por parte del papa Francisco de un motu propio cínicamente titulado Traditionis custodes (custodios de la Tradición), con el que desbarató el proceso por el que Benedicto XVI había iniciado un proceso orgánico de recuperación de la Tradición mediante el motu propio Summorum pontificum. Como muchos saben a estas alturas, la palabra latina traditio puede tener el sentido de traición, y custos también puede significar carcelero. Por eso, mi tradición preferida del título del documento es carceleros traidores. Porque eso es ni más ni menos lo que llegó a significar el mencionado texto para innumerables católicos cuyos grupos de Misa Tradicional desaparecieron y cuya incipiente vida espiritual resultó truncada con la entrada en vigor de tan herodiano escrito.
Mi reacción inicial aquel día de 2021 fue un artículo que publiqué en The Remnant titulado Traditionis Custodes: la nueva bomba atómica. No le cambiaría una coma. A los pocos días, el 21 de julio, concedí una extensa entrevista a Gerhard Eger: Peter Kwasniewski: «Este motu propio es la peor decisión de un papa en la historia».
Michael Haynes, compañero mío en el portal Pelican + y corresponsal en el Vaticano de The Catholic Herald, me preguntó el otro día cuáles han sido los efectos de Traditionis custodes a lo largo de estos cinco años. Se podrían comentar muchas cosas sobre el tal documento y sus contradictorias consecuencias. Veamos algunas reflexiones:
Por el lado bueno, contribuyó en gran medida a que tanto entre católicos como no católicos el mundo cobrara conciencia de la cuestión de la Misa Tradicional en sí. Atrajo más atención a las feligresías que asisten a ella, y que con frecuencia experimentaron un crecimiento considerable a raíz del motu proprio. Y en estos tiempos de internet, fue inevitable que muchísima gente se diera cuenta gracias a Traditionis custodes de las críticas de las que desde hace ya tiempo es objeto la reforma litúrgica, las cuales se encuentran fácilmente en internet junto con una gran variedad de recursos catequéticos, devocionales y musicales del rito de siempre.
En conclusión, Francisco hizo una tremenda campaña publicitaria al movimiento tradicional que éste nunca hubiera podido permitirse si hubiera hecho una campaña de recaudación con ese fin. No olvidemos que ya antes del motu proprio había tenido lugar un estímulo parecido gracias a la experiencia de los católicos cuando lo del covid. Sacerdotes de rito tradicional, tanto de Ecclesia Dei como de la FSSPX o diocesanos, no escatimaron esfuerzos para mantener las iglesias abiertas y los fieles atendidos, al contrario que la mayoría de los otros templos. Y últimamente asistimos a otro incremento del interés por dicho rito y asistencia a él al gran eco que están teniendo en las noticias lo de la FSSPX y la draconiana reacción de la Santa Sede.
Se ve que cada vez que el Vaticano trata de poner coto a la temible tradicionitis no consigue otra cosa que propagarla más. Los vejestorios y peces gordos de la Curia no han caído aún en la cuenta de que vivimos una nueva época impuesta por los recursos instantáneos contribuidos por una plétora de usuarios de internet, en la que una institución por sí sola ya no alcanza a dominar la narrativa. Y, de hecho, es fácil que en poco tiempo se vuelva contra dicha institución si nota que ésta aspira a ejercer un dominio manipulador, hipócrita o ridículo sobre aquellos a quienes afirma servir.
Es más, muchos católicos empezaron a poner en tela de juicio cierta modalidad de ultramontanismo (o, como yo prefiero llamarlo, papolatría o hiperpapalismo) que llevó a la reductio ad absurdum de que un papa anulara siglos, mejor dicho milenios, de tradición, y a comportarse como si las palabras tuvieran tener el sentido que a él se le antojara darles, algo así como lo de Alicia en el País de las Maravillas. Pero no vivimos ahí, vivimos en el mundo que Dios ha creado mediante su Providencia, y en una Iglesia cuyas tradiciones han sido igualmente desarrolladas por la Providencia. Tenemos el deber objetivo de recoger el testigo del legado que hemos recibido y transmitirlo. No hacerlo nos causaría un grave perjuicio.
Por último, cuando salió a la luz que Traditionis custodes se basaba en, vamos a llamarlo medias verdades sobre lo que realmente querían los obispos, el programa antitradicionalista de la Santa Sede sufrió un duro revés. El artículo de Diane Montagna de hace un año (1 de julio de 2025), que tanto impacto tuvo, le dio el golpe de gracia:
Por el lado malo, la servil actitud de numerosos prelados a un decreto que, según interpretación del cardenal Roche, era un insulto a su cargo y suponía un evidente daño a la grey dio lugar, diría yo, a otra oleada de escepticismo e incluso de enojo hacia los obispos, que quedaron como intermediarios de una Iglesia decadente ansiosos de aplastar una de los más dinámicos grupos de fieles entre los creyentes que estaban a su cuidado. Si bien no llegó a afectar a una buena cantidad de misas tradicionales (señal de que la mayoría de los obispos no habían pedido ningún cambio), se suprimió una cantidad considerable por culpa ni más ni menos que de Traditionis custodes, y no hay semana que no tengamos noticia de algún otro caso. Todo esto, en unos momentos en que el interés por el rito de siempre es mayor y está más extendido que nunca, sobre todo entre la juventud, y es innegable su capacidad misionera y su fruto en cuanto a vocaciones.
A mí me parece que Traditionis custodes socavó más todavía la confianza de los católicos en sus pastores, que por lo visto están desconectados de ellos e ideológicamente motivados. Algunos de ellos tienen nostalgia de los setenta, la década más disparatada de la que se pueda añorar. En líneas generales, Traditionis custodes ha tenido como consecuencia tomos y tomos de libros de apologética tradicionalista que empequeñece y deja en nada los argumentos en pro de las reformas conciliares.
Entre otras cosas, publiqué un libro titulado From Benedict’s Peace to Francis’s War: Catholics Respond to the Motu Proprio “Traditionis Custodes” on the Latin Mass que reunió a un buen elenco de autores: los cardenales Walter Brandmüller, Raymond Leo Burke, Gerhard Müller, Robert Sarah y Joseph Zen, los arzobispos Thomas Gullickson y Carlo Maria Viganò, los obispos Rob Mutsaerts y Athanasius Schneider, monseñor Charles Pope, Dom Alcuin Reid, el P. Claude Barthe, el P. John Hunwicke, Michael Brendan Dougherty, Ross Douthat, Edward Feser, Michael Fiedrowicz, Phil Lawler, Martin Mosebach, George Neumayr, Joseph Shaw y muchos otros. Recomiendo encarecidamente este libro: es una mina de argumentos profundos y contundentes en favor de la liturgia tradicional y de los católicos que la aprecian.
Como botón de muestra, tres de los capítulos con que contribuí a dicha antología (además de los dos artículos de The Remnant arriba mencionados se pueden encontrar aquí:
Después escribí muchos más artículos sobre el tema, como El momento supremo de la decisión, por cortesía de la Congregación para el Culto Divino y Pro-TLM Strategies in the Era of Traditionis Custodes.
En los años inmediatamente posteriores al motu proprio se publicaron muchas más obras apologéticas sobre El Rito Romano de ayer y del futuro y críticas de los argumentos antitradicionalistas que se habían expuesto. Para no explayarme mucho, mencionaré sólo unos cuantos:
• El padre vicentino Réginald-Marie Rivoire, catedrático de derecho canónico, publicó un opúsculo titulado Le motu proprio Traditionis custodes à l´épreuve de la rationalité juridique, en el que demuestra la irregularidad jurídica del documento y su ambigüedad y carácter en muchos sentidos equívoco, y plantea serios reparos en cuanto a que pueda considerarse vinculante.
• Por mi parte, compilé y publiqué una serie de textos con el título de Illusions of Reform: Responses to Cavadini, Healy, and Weinandy in Defense of the Traditional Mass and the Faithful Who Attend It. Los autores de los capítulos fueron Janet Smith, el P. Samuel Keyes, Roland Millare, el P. Peter Miller, Dom Alcuin Reid, Joseph Shaw, Gregory DiPippo, Alexander Battista y un servidor.
• El popular opúsculo de mi autoría La verdadera obediencia en la Iglesia: Guía de discernimiento para tiempos recios plantea la cuestión de la legislación litúrgica y la obediencia a los superiores desde una perspectiva en el debido contexto moral y teológico, cosa que rara vez se ve en estos tiempos de hiperpapalismo. El libro está traducido al español, francés, italiano, portugués (dos ediciones), alemán y polaco.
• Mi ensayo Obligado por la verdad: Autoridad, obediencia, tradición y bien común explica lo que nos jugamos en la contienda por el Rito de siempre, cómo se encuadra en la perspectiva general, y qué abusos de autoridad justifican o exigen la resistencia por parte de los católicos, con ejemplos históricos de resistencia exitosa a dichos abusos.
• No podemos pasar por alto tampoco la excelente trilogía en video https://www.youtube.com/@MassoftheAges con millones de reproducciones vistas ya por todo el mundo. ¿Aún no los ha visto? ¿A qué espera? Júntese con unos amigos a verlos.

Aunque estas publicaciones no pueden por sí solas revertir la situación, han contribuido a crear mucha conciencia de la cuestión, aclarado las verdades y falsedades que circulan por ahí y estimulado a los católicos amantes de la Tradición a perseverar en este invierno de descontento que vivimos. Una señal de esperanza es que en los últimos cinco años muchos sacerdotes y religiosos se han comunicado conmigo para darme las gracias por alguno de los libros mencionados, contarme que han descubierto el rito antiguo y han quedado prendados de él e intercambiar ideas para propagarlo.
Al papa Francisco le salió el tiro por la culata, y sin duda de forma más espectacular que con ningún otro acto pontificio de la historia.
La Misa de siempre, con todo lo que lleva consigo, no sólo no va a desaparecer. Va arraigando cada vez más profundo en el alma de los católicos más comprometidos del mundo. Son tantos los sacerdotes recién ordenados que sueñan en secreto con celebrarla… Y aun los que no la celebran la ven cada vez más como el Norte, el patrón de oro, la medida por la que guiarse. De ahí a decir «¿Por qué se toman la molestia de reformar algo inestable e inapropiado cuando ya tenemos un legado tan hermoso y coherente?», sólo va un paso. (Tal es la tesis de un libro que publiqué el año pasado: Close the Workshop: Why the Old Mass Isn’t Broken and the New Mass Can’t Be Fixed.)
Se han presentado exhaustivos y convincentes argumentos intelectuales cuyas consecuencias se sentirán durante generaciones. No me parece exagerado afirmar que la Iglesia del futuro no sólo será más pequeña, como predijo Ratzinger, sino que también estará dedicada a los ritos tradicionales. Es cuestión de tiempo.
Cabría preguntarse si Traditionis custodes fue uno de los factores que contribuyeron a distanciar la FSSPX de Roma. ¿Habrían tenido lugar las consagraciones del 1 de julio de 2006 si no hubiera sido por el motu proprio del 16 de julio de 2021?
No cabe la menor duda de que Traditionis custodes fue un toque de diana para todo el mundo de la Tradición. Nos hizo comprender una vez más la delicada situación en que nos encontramos y nos recordó el odio latente a la Tradición que se oculta bajo las buenas maneras eclesiásticas.
Pero yo diría que Traditionis custodes no fue sino uno más de otros factores que contribuyeron al distanciamiento de la FSSX. En realidad, aunque Francisco concedió generosos privilegios a la Fraternidad, su pontificado fue desde el punto de vista de ellos una verdadera catástrofe, una pesadilla doctrinal, una señal más clara que una cruz en el cielo de que después del Concilio la Iglesia se había extraviado (todo ello lo demuestra magníficamente Dominic J. Grigio en su libro The Disastrous Pontificate), y de que Dios los está llamando, sobre todo en esta coyuntura, a mantenerse firmes en la Fe ante una apostasía de proporciones inimaginables. El hecho de que Francisco hubiera incorporado a su campaña disolvente hasta la venerable liturgia romana habría galvanizado más todavía como es natural su resistencia, cosa que también ha pasado con numerosos católicos que no pertenecen a la Fraternidad.
Todo esto encaja dentro de la infalible Providencia Divina, que opera a través de cada uno de nosotros si somos fieles a las luces y gracias que nos da.
Postdata: ¿Y qué pasa con los curas?
Entre los mensajes de correo electrónico que he recibido de sacerdotes en los últimos años, uno de los temas más frecuentes es: «Mi obispo no me ha dado permiso (o no me lo ha renovado) para celebrar según el rito de siempre. Me dice que ni siquiera puedo celebrar una Misa privada (o que sí la puedo celebrar pero sin fieles presentes salvo el acólito). ¿Es realmente así?
Les respondo que en modo alguno necesita un sacerdote autorización para celebrar una Misa Tradicional en privado, y que pueden asistir algunos laicos. Así lo entienden todos los canonistas a los que he consultado, entre los que se cuentan algunos de los más importantes de la actualidad. Para comprenderlo bien, pueden empezar por leer este artículo:
https://adelantelafe.com/necesita-autorizacion-un-sacerdote-para-celebrar-la-misa-tradicional/
Y luego pueden leer Newly Ordained Priests and Permission to Offer the Traditional Latin Mass.
Muchos se guían por un concepto falso y exagerado de la autoridad episcopal en este sentido. Dan por sentado que todo lo que según el obispo tiene potestad regulatoria la tiene efectivamente. Desde el pasado 1 de julio se puede ver esa extrapolación y ese invento en infinidad de cartas abiertas contra la Fraternidad, en muchos cbien laro asos imponiendo restricciones y exigencias que superan con mucho lo que manda o incluso permite el derecho canónico.
En estos tiempos abunda la falsa obediencia. Recomiendo a todos los sacerdotes y seminaristas el librito más arriba mencionado, La verdadera obediencia en la Iglesia. En dicho opúsculo explico con claridad en qué consiste la obediencia y hasta dónde abarca, con particular atención hacia la Misa Tradicional.
Tal como ha llegado a entenderse en la actualidad, una Misa privada es la que no está incluida en el horario de la parroquia, hermandad u otra agrupación. Si no figura en el boletín parroquial ni se anuncia en internet, se trata de una Misa privada. Y aun así, si un sacerdote dice como quien no quiere la cosa que va a celebrar Misa dejando la puerta abierta, los fieles tendrían libertad para asistir. A ningún católico se le puede echar de la Misa.
En vista de que Traditionis custodes se basa en mentiras y comete innumerables injusticias, aplaudo a todo sacerdote que hace cuanto puede por resistirse. Admiro a los padres diocesanos que resisten sin chistar, manteniendo su puesto pero promoviendo en privado la causa de la Tradición. Admiro a aquellos cuya resistencia les ha ganado el martirio blanco, como los sacerdotes cancelados que apacientan feligresías clandestinas. Admiro a los que han respondido la llamada a dedicarse en exclusiva al rito de siempre en congregaciones como la Fraternidad Sacerdotal San Pedro o el Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote. Admiro a los hijos de monseñor Lefebvre que llevan los tesoros de la Tradición a los cuatro extremos de la Tierra imitando al misionero que los fundó. Del mismo que las fuerzas armadas tienen que estar integradas por el ejército de tierra, la marina y la aviación, en el combate por la Tradición necesitamos soldados de todas clases y todas las formas de luchar valerosamente.
Lo que dije de la Misa Tradicional se aplica también al empleo del Rito Romano: hay motivos sobrados para que se bendiga el agua según el ritual, para que se bautice según el rito antiguo, y así con todo lo demás. Cuando sean tantos los sacerdotes que celebren los ritos de antes que nadie los pueda parar se dará el cambio decisivo. La restauración está garantizada.
Es hora de aguantar, resistir y mantenerse firmes.
Hace muchos años, escribí la siguiente oración y la rezo todos los días. Me parece muy apropiada para rezarla el 16 de julio:
Acuérdate, Señor, en tu Reino de todos los religiosos y seglares del mundo que se dedican al usus antiquor o se sienten atraídos a él. Bendícenos, dirígenos, defiéndenos, purifícanos y multiplícanos por el bien de las almas, la restauración de tu Iglesia y la gloria de tu santo Nombre, amén.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.





























