Nuestra «hermana muerte corporal», a través del Coronavirus, se está llevando a decenas y decenas de sacerdotes en Italia. Bérgamo, la ciudad que ve transportar con los vehículos militares a las víctimas del Covid-19 hacia la cremación, es la más afectada en este sentido. La mayor parte de las mismas fue contagiada por quedarse al lado de los enfermos y en la bendición de los cadáveres… Son todos sacerdotes, como las otras almas, que no tienen y no tendrán funeral porque lo impide la peste.

Las fronteras de las naciones están cerradas por razones absolutamente necesarias. Los muros se levantaron para detener la pandemia. Las personas se ven obligadas a estar encerradas en sus casas, a distanciarse, a aislarse, a hacer renuncias, sacrificios, mientras el sufrimiento llena la vida y los hospitales y el luto impide tararear, como, en cambio y sin juicio, algunos lo hacen. Los moribundos mueren a solas, sin haber sido confortados por los Sacramentos, sin la presencia de sus seres queridos… Y hace ver drásticamente la seriedad de la vida y de la muerte. La muerte existe y hoy no se la puede dejar de lado como, en cambio, la cultura de la muerte contemporánea intenta hacerlo erróneamente, también a través de la eutanasia y del aborto.

Se intenta insistir sobre el hecho de que, estadísticamente, mueren por causa del Coronavirus sobretodo los ancianos y los más frágiles de salud, un dato que está siendo recibido casi como una consolación… pero el hecho es que todos estos decesos ocurrieron por causa del Coronavirus y no por patologías anteriores y los ancianos son personas como todos los demás, tanto cuanto los inocentes asesinados en los vientres maternos. Sin embargo, en el mundo “avanzado” y moderno, ancianos y niños son, de hecho, seres que constituyen una carga pesada y con costo para un Occidente ateo e materialista.

Cuando la muerte golpea más fuerte, como en esta pandemia, la vida asume otro valor. El Papa y los Obispos están recurriendo, precisamente, a las invocaciones y a la oración, pero aún no están hablando según los términos propios del catolicismo, es decir, no exhortan a los fieles a la conversión, al arrepentimiento de sus pecados. Jesús venció a la muerte venciendo al mundo y lo hizo por medio de la Cruz. El hombre, cuando está tras las huellas de Cristo, vence al mundo y lo hace él mismo únicamente por medio de la conversión al único Salvador, colocándose humildemente bajo las leyes, no estatales sino de Dios, Uno y Trino.

El asesinato en masa de los inocentes, a manos de sus propias madres y de los médicos, con la “maldición” de las leyes estatales no puede atraer la bendición de Dios. Su sangre derramada tiene que pagar un precio: es la balanza misericordiosa de la Justicia de Dios «El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos» (Sal. 102) y, lento para la ira, continúa estando, en el Cielo y en los Tabernáculos, junto a quien Lo teme. Hay sacerdotes que celebran la Santa Misa por la sangre derramada de estos santos inocentes, asesinados y olvidados por los hombres, pero no por su Creador. Aunque son pocos los sacerdotes iluminados en este sentido, esas Santas Misas tienen un valor infinito en virtud del Sacrificio de Cristo sobre el altar.

Escribía Santa Ildegarda di Bingen: «Así como el fuego se apaga antes de ser encendido por un soplo de aire, pero luego con la ayuda del aire se inflama, así también la obra de Dios en su providencia guarda silencio antes de manifestarse» (E. Gronau, Hildegard. Vita di una donna profetica alle origini dell’età moderna -Vida de una mujer profética en los orígenes de la edad moderna- Ancora, Milán, 1996, p. 44). Ahora el Señor se está manifestando como Nuestra Señora, tanto en Fátima como La Salette, nos transmitió. Este tiempo de cuaresma obligatoria para todos es un tiempo propicio para reflexionar sobre nuestras propias vidas y es un tiempo precioso de conversión. «´En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace de lo alto, no puede ver el reino de Dios´ Nicodemo le dijo: ´¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo?’. Jesús le respondió: “En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos”» (Jn. 3, 3-5).

Ninguna diversión, ningún bar, pub, restaurante, night club, ninguna movida, conferencia, centros de belleza y de salud, ninguna carrera ni bicicleteada… sino fuerzas del orden y del ejército para impedir todo movimiento que no sea de sobrevivencia. Paralelamente ninguna Misa. Lo sagrado y lo profano guardan silencio. Los pecados del mundo y de la Iglesia reiteraron con prepotencia como un tsunami la pandemia que se pensaba estuviera cancelada de la faz de la tierra. Pero la Providencia obra con sus instrumentos y nos está haciendo también experimentar la ausencia de la nutrición de las almas. Santa Jacinta de Fátima, que se hizo alma hostia y que murió por causa de la pandemia de hace cien años, la Española, se apagó sin sus familiares y sin la santa Comunión… ella misma que, con sus primos, la había recibido de manos del Ángel de Portugal.

A los treinta años, la beata Juliana de Norwich (1342-1416), mística inglesa, tuvo una serie de visiones, veinte años después transcriptas en la obra Dieciséis Revelaciones del Amor Divino. En el manuscrito se lee que una revelación precisa «fue hecha a una criatura simple e iletrada mientras aún vivía en su carne mortal, en el año de Nuestro Señor 1373, el 13 de mayo». Y entre las visiones hubo una en la cual se inserta la frase que pasó a ser un eslogan, en Italia, para la epidemia en curso: «Todo va a ir bien». Monseñor Mauro Maria Morfino Sdb, Obispo di Alghero-Bosa, explicó así el evento místico: «Después de una larga experiencia de visiones que tuvo Juliana de la Pasión del Señor, Juliana dijo que con una extrema dulzura el Señor dijo estas palabras: ´Sí, el pecado es una gran tragedia porque vi que hace un mal asombroso” y, agrega Juliana, con una ternura infinita el Señor me dijo: “Pero todo irá bien, todo terminará bien”. Si estas palabras, que aparecen en todas nuestras cornisas, en todas las terrazas y en todos los tonos y colores, que verdaderamente aparecen en todas las terrazas y en todos los tonos y colores, pensamos que vienen verdaderamente del Señor, es esto lo que nos debe consolar».

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