Hace unas semanas se me dispararon las alarmas cuando cuando me pasaron parte de la traducción al inglés de un sermón que predicó en su reciente viaje a Sudamérica estableciendo una relación entre la Eucaristía y la multiplicación de los panes y los peces. Me explico:

Hará cosa de dos siglos, el erudito protestante liberal Gottlob Paulus (1761-1851) inició una tendencia que con el tiempo se volvería bastante popular en los círculos heréticos alemanes de la alta crítica en la exégesis bíblica. Paulus quería reconocer cierta base bíblica a los relatos evangélicos sobre la vida pública de Nuestro Señor. Pero su racionalismo ilustrado requería excluir todo elemento sobrenatural y milagroso de los mencionados relatos. Al fin y al cabo, ¿no es cierto que toda persona verdaderamente ilustrada reconoce hoy que los milagros son imposibles, por lo que todo testimonio de ellos debe relegarse a la categoría de lo mítico y legendario? El profesor Paulus y su escuela de pensamiento optaron por un “justo término medio”: asignar un carácter parcialmente histórico del relato evangélico, pero desmitificándolo. Es decir, reinterpretarlo –¡purificarlo!–, a fin de dar una explicación más racional, nada sobrenatural, de las maravillosas acciones atribuidas a Jesús.

Ahora bien, otros racionalistas alemanes más radicales, como D.F. Strauss, no tardaron en criticar –y con razón– a Paulus por su incoherencia. Reconocían los elementos milagrosos como parte integral e inseparable de los relatos evangélicos, con la lógica consecuencia de que si negamos la historicidad de dichos elementos habría que negar también la credibilidad histórica de todo el pasaje en el que tuvieron lugar. Según Strauss y sus simpatizantes del siglo XX, como Rudolf Bultmann, debemos rechazar esos relatos como algo mítico de principio a fin, sin la menor credibilidad histórica.

No obstante, la postura intermedia de Paulus nunca ha pasado totalmente de moda. A muchos modernistas moderados que no quieren rechazar del todo la narrativa evangélica les permite contemporizar y adoptar una cómoda postura intermedia. Y desgraciadamente, esa postura ha irrumpido arrolladoramente en los círculos académicos católicos en las últimas décadas. Sin duda, muchos de los que nos lean conocerán de oídas o de leídas a algún cura o alguna monja que no vistan como tales que garanticen a los católicos tontos chapados a la antigua que los últimos avances en la exégisis han “demostrado” que hay que desmitificar el milagro de los panes y los peces que sirvió para que comieran cinco mil personas. (Los primeros cristianos concedían tal importancia al suceso en cuestión que es el único milagro realizaco por Nuestro Señor en su vida pública que se cuenta en los cuatro Evangelios: cf. Mat 14, Mr 6, Lc 9 y Jn 6.)

“No sucedió nada del otro mundo –nos asegurarán–; no es que el poder de Dios multiplicara los panes y los peces. Nada de eso. Lo que pasó fue simplemente que el Señor y los discípulos se equivocaron y creyeron que la multitud no había llevado comida consigo. Pero cuando Jesús se puso a partir los cinco panes y repartirlos a los que estaban más cerca, su espléndido ejemplo de caridad motivó a muchos de los presentes compartir con los que tenían a su alrededor la comida que habían llevado. De esa forma, al final todos comieron lo suficiente, ¡y encima sobró en cantidad! A los católicos se les dice con frecuencia que esta es la exégesis más científica y avanzada, cuando en realidad es un tópico más visto que andar a pie, y que se remonta al profesor Paulus, a comienzos del siglo XIX.

Afortunadamente, incluso en el caos del postconcilio los papas se han mantenido firmes en este sentido. Pablo VI no era exactamente un pontífice tradicionalista, pero en varias ocasiones predicó sobre la multiplicación de los panes y los peces, y en ningún momento aguó su carácter milagroso; es más, lo recalcó claramente. En una homilía pronunciada en la parroquia romana de San Juan Cristóstomo el 16 de marzo de 1969, dijo lo siguiente durante la exposición del milagro en cuestión: “Con una prodigalidad excepcional e inagotable, los panes se multiplicaban en las manos del Hijo de Dios.

¡Ay, qué tiempos aquellos! Hace unas semanas se me dispararon las alarmas cuando me pasaron parte de la traducción al inglés de un sermón que predicó en su reciente viaje a Sudamérica, estableciendo una relación entre la Eucaristía y la multiplicación de los panes y los peces. Procedía de la web oficial del Vaticano, y decía lo siguiente:

The hands which Jesus lifts to bless God in heaven are the same hands which gave bread to the hungry crowd. We can imagine how those people passed the loaves of bread and the fish from hand to hand, until they came to those farthest away.Jesus generated a kind of electrical current among His followers, as they shared what they had, made it a gift for others, and so ate their fill. Unbelievably, there were even leftovers: enough to fill seven baskets. (las negritas las puso quien me remitió el texto).

¡Oh, no! Esperaba que fuera una de esas típicas distorsiones que hace la prensa de las palabras del Santo Padre que los católicos conservadores suelen alegar en defensa del Pontífice. La verdad es que las traducciones al inglés de los documentos magisteriales y sinodales son en muchos casos más liberales que el original. Y como conozco bien el castellano, busqué en la web del Vaticano el texto original de dicho sermón. Lo predicó el papa Francisco en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) el jueves 9 de julio en la inauguración del Congreso Eucarístico Nacional, y se puede encontrar aquí.

Desgraciadamente, esta vez me equivoqué. ¡Me quedé de piedra al ver que el sermón de Francisco resultó todavía más modernista de lo que a simple vista parecía! En parte se debe a que en esta caso en la traducción al inglés se eliminaron algunos de los elementos más radicales del texto original en español, y a que el fragmento que me habían remitido no incluía algunas observaciones introductorias muy inquietantes que aparecían un par de párrafos más arriba. En ellas, el Papa dice:

[Jesús] toma un poco de pan y unos peces, los bendice, los parte y entrega para que los discípulos lo compartan con los demás. Y este es el camino del milagro. Ciertamente no es magia o idolatría. Jesús, por medio de estas tres acciones, logra transformar una lógica del descarte en una lógica de comunión, en una lógica de comunidad (las negritas son mías).

Veamos ahora el texto original un párrafo o dos más abajo, cuya versión en inglés me habían remitido (ver arriba):

Las manos que Jesús levanta para bendecir al Dios del cielo son las mismas que distribuyen el pan a la multitud que tiene hambre. Y podemos imaginarnos, podemos imaginar ahora cómo iban pasando de mano en mano los panes y los peces hasta llegar a los más alejados. Jesús logra generar una corriente entre los suyos, todos iban compartiendo lo propio, convirtiéndolo en don para los demás y así fue como comieron hasta saciarse, increíblemente sobró: lo recogieron en siete canastas” (las negritas son mías).

Las frases en negrita hacen muy difícil una “hermenéutica de la continuidad” en la interpretación del sermón del Santo Padre. Sería difícil equipararlo al sentido que le dio Pablo VI, y sin duda todos los papas anteriores, a este importantísimo milagro del Evangelio.

En el primero de los dos párrafos del sermón arriba reproducido, se observa la insinuación del Papa (poco le faltó para afirmarlo tajantemente) de que la interpretación tradicional del milagro –que el Señor creó sobrenaturalmente de la nada alimento donde no lo había– lo califica de “mago”, y todo creyente ilustrado debe rechazarla hoy en día. Leyendo entre líneas, entendemos que lo que en realidad sucedió fue un milagro metafórico o, en el mejor de los casos, psicológico. Francisco nos dice que lo que hizo Jesús  mediante tres acciones (que, significativamente, no incluyen crear nueva sustancia alimenticia a partir de los panes y peces originales) consistieron en transformar la mentalidad egoísta y derrochadora de la muchedumbre en una actitud “comunitaria” y caritativa. La traducción oficial del Vaticano al inglés no traduce el verbo lograr, utilizado por el Papa. La idea que transmite es que el propio Jesús no se proponía otra cosa que simplemente generar esa nueva mentalidad, en vez de producir una gran cantidad de pan y de pescado mediante su divino poder. (No podemos menos que recordar un comentario reciente, igual de fácil y desdeñoso, durante una alocución a la Pontificia Academia de Ciencias, en el sentido de que no debemos leer el relato de la creación que nos presenta el capítulo 1 del Génesis en un sentido literal –es decir, en el sentido en el que lo entendieron casi todos los exégetas cristianos y judíos antes de Darwin– porque parecería que se representa a Dios como una especie de prestidigitador con su varita mágica.)

En el segundo de los párrafos que citamos más arriba, las palabras compartiendo lo propio aparecen traducidas flojamente al inglés en la versión de la web del Vaticano en el sentido de que los seguidores de Jesús, a consecuencia de la corriente que Él generó, compartieron lo que tenían. Esta traducción puede dar a entender que era lo que habían recibido de los apóstoles. O sea, pan y pescado creado milagrosamente de la nada que a su vez partieron y pasaron a los que tenían a su alrededor conforme lo iban recibiendo de las manos del Señor. Pero esta interpretación que se ha dado a las palabras del Sumo Pontífice para que no se ofendan los tradicionalistas queda excluida por lo que dijo en realidad. Porque dijo “lo propio”. Lo suyo, lo que era de ellos. El papa Francisco dijo claramente que la multitud, gracias a la influencia milagrosa generada porque aquella “corriente” que emanaba de Jesús, se sintió motivada a compartir la comida que había llevado, y entonces, “increíblemente” (¡cómo no!) resultó que había tanto que una vez que se compartieron generosamnete mil y pico comidas, ¡todavía sobró un montón!  (No olvidemos tampoco que Francisco se ha desvivido por asegurar que no hubo nada de mágico en el asunto.)

Los católicos que insisten en aplicar a toda costa una hermenéutica de la continuidad a cada afirmación del Papa se centrarán sin duda en las primeras palabras del segundo párrafo arriba citado: “Las manos que Jesús levanta para bendecir al Dios del cielo son las mismas que distribuyen el pan a la multitud que tiene hambre.” Fuera de contexto, parece una descripción tranquilizadora del milagro tal como siempre lo han entendido los fieles cristianos; es decir, que el pan consumido por la multitud hambrienta procedía física y milagrosamente de las manos mismas de Jesús. Pero esa interpretación tradicional es del todo incompatible con las explicaciones precedentes y posteriores del papa Francisco que he expuesto y comentado más arriba. Si las tenemos en cuenta (entendiendo también que Francisco no se va a contradecir en un mismo sermón), se hace patente que todo lo que quiere decir con las palabras aparentemente tranquilizadoras que citamos arriba es que el propio Jesús inició el proceso de dar de comer a la muchedumbre hambrienta partiendo los cinco panes y distribuyéndolos de una manera normal, no sobrenatural, a los que tenía más cerca. Así se habría iniciado esa especie de milagro del que nos habla Francisco. Pero está claro que era un milagro entre comillas, y que se esfuerza por garantizarnos que no tuvo nada de mágico: que una corriente misteriosa suscitó una nueva mentalidad entre algunos de los presentes.

De ese modo, el conjunto de lo que realmente predicó el Papa el pasado 9 de julio sobre la multiplicación de los panes nos deja la ineludible conclusión de que, junto con muchos otros exégetas modernistas que siguen el método histórico-crítico, ha asumido la tan trillada desmitificación racionalista de este milagro evangélico, desmitificación que ya tiene un siglo de antiguedad. Nos preguntamos qué otros milagros de Jesús creerá que hay que interpretar de la misma forma.

Naturalmente, casi todo lo que dice el papa Francisco está bien y es verdad; pero lo mismo se puede decir de muchos otros sacerdotes que son católicos a la carta: seleccionan aquellas enseñanzas del Magisterio que prefieren creer, como quien compra en el supermercado, y dejan las que no les agradan. Si aparece en la televisión a alguna personalidad importante que tiene varias manchas en la camisa, a nadie se le ocurrirá justificar tal desaliño señalando lo limpio y lo blanco que está el resto de la camisa. Defender a un pontífice que a veces dice cosas chocantes señalando otras muchas cosas excelentes que ha dicho es igual. Es justificar lo injustificable.

El papa Bergoglio ha dejado clara una de sus prioridades en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, la alegría del Evangelio. Ahora bien, ¿cuánta alegría de verdad encontraremos en el Evangelio si resulta que los Evangelios en los que se basa la Buena Nueva de la salvación son un baturrillo poco fidedigno históricamente de hechos verídicos y legendarios?

Padre X

[Traducido por J.E.F]