Que Irlanda, antigua fortaleza del catolicismo, publique a clamor de pueblo las bodas gay (“quien soy yo para juzgar”, dirá el obispo de Roma…) es un acontecimiento histórico. Se percibe un hondo ruido de desmoronamiento, como si una montaña –¿efecto Bergoglio?- se viniera abajo.

Por otro lado, en América del Sur la Iglesia se viene derrumbando ya desde hace años (los datos son terribles): le toca ahora a Europa, el corazón de la cristiandad.

Decía el cardenal De Lubac que lo que convierte en dominante al laicismo es que se enfrenta e instrumentaliza “un cristianismo siempre más en minoría, reducido a un teísmo indefinido e impotente”.

BARACK Y MARIONETAS

Hoy está permitido sólo este teísmo. Sin embargo, viene amenazada la supervivencia de la Iglesia católica que hemos conocido hasta ahora.

Hay sitio sólo para hacer de ella una ridícula imitación laicizada, de “cortesana” humanitaria, para una “agencia religiosa” que en los grandes temas de la vida se somete al dictamen ideológico obamiano, que renuncia al proselitismo y al “Dios católico” (“no existe un Dios católico”, dice Bergoglio), che se derrite en el ecumenismo masónico de las muchas religiones, que se ocupa del clima y de la recogida diferenciada, enseñando los modales (buenos días, buenas noches, gracias y perdón) y haciendo extras asistenciales con los pobres.

Para la verdadera Iglesia católica ya no hay sitio, como lo demuestra el drama del último gran papa, Benedicto XVI, “renunciado”, auto recluido y silenciado.

LA VERDADERA IGLESIA

La Iglesia que ha iluminado y vencido el oscuro mundo de los dioses y ha volcado la historia pagana y antihumanitaria, la Iglesia del Verbo de Dios hecho carne, cuya pretensión es la de anunciar la Verdad, la Iglesia de los grandes santos, de los mártires, de los misioneros, la Iglesia de la liturgia divina y del gran arte, la Iglesia de Madre Teresa y del pensamiento fuerte, de los grandes papas y de padre Pio, con el irrumpir del sobrenatural, esta Iglesia que ha hecho frente durante siglos a la crueldad musulmana y a los grandes genocidios totalitaristas del siglo XX, hoy ya no tiene derecho de ciudadanía.

Parece que ayer monseñor Galantino –según un tweet de Alberto Mingardi- haya comentado en un encuentro: “Cuando la Iglesia era católica y la misa era en latín…”.

Un lapsus freudiano revelador y explosivo. En efecto, nos encontramos ahora en el último acto de la “liquidación de la Iglesia Católica”, como pregonó Giuseppe Prezzolini, laico pero preocupado por el abismo hacia el cual se dirigía el mundo católico, ansioso de modernizarse y rendirse a todas las modas ideológicas del momento.

Sin embargo, no son únicamente las persecuciones o el odio laicista las que liquidan la Iglesia, sino –como dijo Pablo VI- la auto demolición desde su interior.

El camino hacia el abismo no comenzó con el Concilio –como creen algunos lefebrianos- sino con su final, exactamente 50 años después, con el “post-Concilio”.

En los días pasados, los periódicos han recordado que han pasado cincuenta años también desde la primera misa en lengua vernácula y otro intelectual laico como Elémire Zolla, por aquellos días, llegó a evidenciar el acontecimiento empleando tonos apocalípticos: “7 de marzo: muere la Misa, muere el Gregoriano. Escuchadlo por última vez. Ya, como una rama seca, la Iglesia será quemada”.

En realidad, el problema no fue tanto el uso de la lengua vulgar en la liturgia (que en mi opinión fue algo positivo), sino la sucesiva “reforma litúrgica” de 1969 y sobretodo la sustancial (no legal) prohibición de la precedente y milenaria liturgia católica.

Joseph Ratzinger ha dejado claro, muchos años después, el enorme error incluso teológico que se cometió entonces y que tuvo enormes consecuencias llevando incluso a la trágica pérdida de la fe.

SALVAR LA CATEDRAL

Pero curiosamente, fueron los intelectuales laicos los que en aquel tiempo dieron la alarma de manera dramática señalando una Iglesia que, improvisamente, rechazaba su ritual bimilenario, alrededor del cual se habían construido nuestras catedrales. Y protestaron con la misma energía con la que hoy nos enfrentamos a las trágicas destrucciones realizadas por el Isis en el antiguo Oriente Medio.

El 5 de septiembre de 1966 se lanzó un primera apelación a Pablo VI para salvaguardar la liturgia latino-gregoriana (algunos meses antes que el aluvión devastara la antigua belleza católica de Florencia).

Aquella apelación/llamamiento fue firmada por unos cuarenta intelectuales importantes e impresiona hoy leer algunos de sus nombres: Jorge Luis Borges,

Salvatore Quasimodo, Eugenio Montale, Giorgio De Chirico, Robert Bresson,

Jacques Maritain, François Mauriac, Gabriel Marcel, Maria Zambrano,

Cristina Campo, Elena Croce, Wystan Hugh Auden, Jorge Guillen, Elémire

Zolla, Philip Toynbee, Evelyn Waugh, Salvador De Madariaga, Carl Theodor

Dreyer, Julien Green, Elsa Respighi, Francesco Gabrieli, José Bergamin,

Fedele D’Amico, Luigi Dallapiccola, Victoria Ocampo, Wally Toscanini,

Gertrud von Le Fort, Augusto Del Noce, Lanza Del Vasto.

Esa apelación llamó mucho la atención, incluso en Vaticano, pero no logró parar el desmoronamiento. Así que en 1971 se promovió otra y esa vez fueron incluso más los intelectuales que la apoyaron.

Recuerdo algunos nombres: Agatha Christie, Graham Greene, Harold Acton, Mario Luzi, Andrés Segovia, William Rees-Mogg (director del Times), Joan

Sutherland, Guido Piovene, Giorgio Bassani, Adolfo Bioy Casares, Ettore

Paratore, Gianfranco Contini, Giacomo Devoto, Giovanni Macchia, Massimo

Pallottino, Rivers Scott, Wladimir Ashkenazy, Colin Davis, Robert Graves,

Yehudi Menuhin, Kenneth Clark, Malcolm Muggeridge.

AUTODEMOLICIÓN

Fue prácticamente inútil, pero poco tiempo después el mismo Pablo VI se dio cuenta de la tragedia que se estaba desarrollando: el desplome de la frecuencia religiosa, millares de sacerdotes y religiosos que colgaban el hábito, intelectuales católicos que adherían a la ideología marxista, gran parte de los jóvenes seducidos por los mitos de la revolución (desde Fidel Castro a Mao, desde Vietcong a Che Guevara, hasta Stalin), la propagación de la Teología de la liberación y de las teologías modernistas que derrumbaban la doctrina católica.

En sus últimos años, Pablo VI pronunció palabras siempre más dramáticas: “Pensábamos que tras el Concilio habría llegado un día de sol para la historia de la Iglesia. Sin embargo, ha llegado un día nublado y con tormentas y oscuridad”, “se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”, “la apertura al mundo fue una verdadera invasión del pensamiento mundano en la Iglesia. Tal vez hemos sido demasiado débiles e imprudentes”.

Pablo VI denunció “aquellos que intentan abatir la Iglesia desde dentro” y comenzó a mencionar los libros de Louis Bouyer: “La décomposition du catholicisme” y “Religieux et Clercs contre Dieu”.

A su amigo Jean Guitton confió: “Hay una gran perturbación en este momento en el mundo y en la Iglesia, y lo que está en debate es la fe. Sucede ahora que me repito la frase oscura de Jesús en el Evangelio de san Lucas: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, encontrará todavía fe en la tierra?”. Lo que más me impresiona cuando pienso en el mundo católico –continuaba el papa- es que en el interior del catolicismo parece tal vez dominar un pensamiento de tipo no-católico, y puede ocurrir que ese pensamiento no-católico dentro del catolicismo se convierta mañana en el más dominante. Pero nunca representará el pensamiento de la Iglesia”.

Más tarde, gracias a Dios, llegaron Juan Pablo II y Joseph Ratzinger. El barco de Pedro fue reparado no sin esfuerzos, la brújula de la fe volvió a encontrar el derrotero y una generación de jóvenes experimentó nuevamente la belleza del cristianismo.

Pero esa primavera ha sido enfriada por algo más potente y oscuro que, por primera vez en la historia de la Iglesia, nos enfrenta al drama de un “papa emérito” auto recluido en el Vaticano y al de “un obispo vestido de blanco” aclamado por todos los enemigos tradicionales de la fe católica y que ha llevado a la Iglesia a someterse a las ideologías mundanas de los años setenta, llegando incluso a exhumar la Teología de la liberación cuyo fundador Gutiérrez ahora pontifica desde el Vaticano.

Parece ser el abismo final. A menos que Dios…

Antonio Socci

[Traducido por A.F.S]

Antonio Socci
Antonio Socci nació en Siena, el 18 de enero de 1959. Estudió en su ciudad natal hasta graduarse en Letras modernas (precisamente con una tesis de Filología Romance sobre la Divina Comedia) en 1983. Trabajó en el semanario “Il Sabato” hasta su clausura en 1993 y dirigió la revista mensual internacional “30 Giorni”. Desde 1994 trabajó en “Il Giornale” colaborando con “Il Foglio” y “Panorama”. En el 2002 fue llamado a la vicedirección de Rai 2, donde ideó y condujo el programa Excalibur. Desde 2004 es director de la Escuela Superior de Periodismo Televisivo de Perugia. Escribe para “Libero”. Ha escrito unos quince libros. Entre ellos “Indagine su Gesù”, “Il segreto di Padre Pio”, “Non è Francesco”, “Caterina-Diario di un padre nella tempesta”, “Il quarto segreto di Fatima” (traducido al español como “El cuarto secreto de Fátima”).