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El cangrejo debajo de la piedra

Con sugestiva coincidencia temporal, la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América y la de los Estados Unidos Mexicanos, han declarado que es constitucional en sus respectivos países el “derecho” de las personas del mismo sexo a contraer “matrimonio”, con lo cual se derivan varias consecuencias, tanto en lo jurídico para los Estados miembros como para las personas, sean los “contrayentes” como los terceros, inclusive los ministros de las religiones, en especial la gran mayoría de las cristianas, que por mandato evangélico no podrán jamás reconocer que las uniones homosexuales puedan estar equiparadas al matrimonio, y por lógica consecuencia, no podrán celebrar las mismas.

Ante ello nos preguntamos ¿que pasará con los obispos, incluido el de Roma, sacerdotes y diáconos católicos, por ejemplo, cuando una pareja gay les exija la celebración de una boda religiosa, argumentando que no pueden ser discriminados? ¿Que sucederá con la predicación de los ministros que enseñen, en ejercicio de la libertad religiosa reconocida por los Estados, que el matrimonio solamente puede concebirse entre una mujer y un varón? ¿Serán perseguidos por la justicia de esos Estados? ¿Cometerán delitos? Porque ya ha habido en algunos lugares pastores evangélicos detenidos, por denuncia de parejas gays que ante la negativa a que se los casara religiosamente, fueron incriminados. ¿Vamos hacia un enfrentamiento entre el presunto derecho constitucional a permitir y obligar a que se celebren bodas gays, incluso religiosamente y el derecho, también constitucional, a la libertad de cultos?

Este es un tema capital. Veamos que opinaron los jueces disidentes del fallo norteamericano. Y constatamos que los jueces disidentes de la Corte Suprema , tres de los cuatro jueces que no lo votaron– que no son «fundamentalistas» alarmistas, sino algunas de las mentes jurídicas más célebres de los Estados Unidos – no parecen equivocarse cuando concluyen que el próximo paso será obligar también a las universidades cristianas, a las agencias de adopción, a los sacerdotes y a los pastores a obedecer la nueva dictadura del homosexualismo. O acabar en la cárcel.

Porque una cosa es no discriminar injustamente, pero otra muy distinta es la dictadura del relativismo, que impida a los que no estamos de acuerdo con el estilo de vida gay a ni siquiera poder expresarlo respetuosamente.
¿Es hacia eso que se pretende avanzar? Desde ya, si esa es la meta, oscuros nubarrones se divisan en el horizonte. O mejor, ya se adivina cual es el verdadero cangrejo debajo de la piedra.

Carlos Álvarez Cozzi 




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