ADELANTE LA FE

El Corpus, un día que da esperanza

 

El domingo 3 de junio de 2018, siguiendo el calendario litúrgico nuevo, se celebró el día del Corpus Christi. Ya sé que sería mejor si se celebrara como antaño, el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, cumpliendo el dicho popular: «tres jueves tiene el año que relucen más que el sol; jueves santo, Corpus Christi, y el día de la Ascensión.» Pero hoy no quería quejarme. Hoy pienso hacer caso a mi mujer; dice que soy demasiado negativo. Hoy voy a escribir de algo bello: de la esperanza. Hay motivos para la esperanza, después de lo que viví el día del Corpus.

El día empezó como todos los domingos. Al abrir los ojos me invadió el gozoso pensamiento de que era el Día del Señor y después de mis oraciones en privado, desperté a los niños para que se preparasen para ir a la Santa Misa. Mi esposa eligió cuidadosamente la ropa que tenían que llevar las niñas (el niño ya es mayor y no hace falta que le digamos nada). Iban preciosas, con sus coletas perfectamente peinadas, sus vestidos de gala y los zapatos relucientes. Me preguntó una de ellas: «Papá, ¿es realmente tan importante el Corpus, que tengamos que ir así de elegantes?» Le contesté que sí, porque era el único día en que Nuestro Señor se paseaba por las calles de la ciudad, ya que en Semana Santa sacan imágenes de Él, pero el día del Corpus es Él Mismo.

Al llegar a Murcia se oía en todas partes las campanas repicar. En la plaza del Cardenal Belluga el sonido era atronador. Las campanas anunciaban que era un día especial, que algo extraordinario iba a ocurrir. El aire estremecía de gozo; hasta me parecia que los edificios estaban contentos por el sonido que rebotaba en sus fachadas. En la catedral el ambiente era de gran expectación, no cabía un alfiler.

De pronto arranca el gran órgano Merklin Schütze y el obispo sale en procesión, seguido de un larguísimo séquito de sacerdotes y seminaristas. Mis lectores saben que no comulgo con la Misa modernista, que voy por acompañar a otros. Sin embargo, a pesar de sus defectos inherentes, la liturgia se celebró con toda la reverencia posible. Entre la música del órgano y el coro, el incienso, la magnífica catedral de Murcia y la actitud piadosa de los fieles que asistían, reconozco que la Misa me emocionó.

Al finalizar la Misa la gente se sale a la plaza, esperando la procesión. Primero salen los niños que han hecho su primera comunión este año; están preciosos y representan la viva imagen de la bondad y la inocencia. Luego, varios grupos tras sus estandartes; la hospitalidad de Lourdes, la adoración perpetua, las cofradías de Semana Santa, etc. Es el momento para los saludos, para las charlas con los amigos. Amigos que me dicen cosas por el estilo: «¡A ver cuando vienes a mi casa y tomamos ese arroz del que siempre estamos hablando!» o «Me alegro de verte, ¡cuánto tiempo!». El sol empieza a picar, la chaqueta del traje sobra, y nos acordamos de otros días del Corpus cuando ha hecho un calor asfixiante, pero nadie se quita la chaqueta, porque todos sabemos porqué nos hemos vestido así y lo que viene ahora.

La custodia monumental de plata del siglo XVII aparece por la puerta grande de la catedral, empujada por varios sacerdotes. La gente prorrumpe espontáneamente en aplausos, a la vez que los que están más cerca de Nuestro Señor se arrodillan para adorar al Rey de Reyes que sale a la ciudad. Con cuánto amor y piedad la gente se arrodilla delante la Hostia, mientras entona Cantemos al amor de los amores. 

Puede que la Iglesia esté en crisis; puede que el mundo se vaya al garete; pero aun tenemos razones para la esperanza. Porque aún hay fe en este mundo, aún hay unos cuantos que amamos a Dios.

Christopher Fleming

De nacionalidad británica. Casado con tres hijos. Profesor de piano y organista. Vive en Murcia, España. Converso del ateísmo y del protestantismo-modernismo. Católico hasta la muerte, por la gracia de Dios.
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