Se piensa habitualmente que las Misas tradicionales que reflotan en varias localidades se iniciaron con Benedicto XVI y Summorum Pontificum. Si bien es cierto que el Motu Proprio ha permitido una mayor difusión, desde 1984 Juan Pablo II ya estaba permitiéndolas a aquellos grupos que lo solicitaban.

Estas se concedían a cuentagotas y bajo la autorización previa del obispo del lugar, que por lo general, salvo honrosas excepciones, mantenía aquello como una especie de gueto donde “recluir” a los tradis, y callarles la boca de paso. La gran aportación que hizo Benedicto XVI fue justamente liberar la Misa de las llaves de los obispos para entregarla de forma directa a los párrocos, quienes en adelante no necesitarían ningún permiso episcopal para la misma, ni directo ni indirecto, bastaría con que un grupo de fieles la solicitaran (1).

Summorum Pontificum pretendió pues cambiar el paradigma episcopal, al menos teóricamente, concediendo al obispo la función de garante ante los fieles, en el sentido de que si un párroco se negara pudieran recurrir a su obispo para que hiciera cumplir la ley eclesiástica. En absoluto se trataba de reeditar la situación anterior, en la que el obispo debiera aprobar de forma especial dichas Misas, más allá de la normal supervisión que se hace sobre toda la diócesis sin tener que discriminar el “tipo” de Misa que se hiciera.

Por ello, si analizamos detenidamente la situación, se está produciendo de forma generalizada -salvo contadísimas excepciones- una violación absoluta y flagrante de Summorum Pontificum tanto en la letra como en el espíritu. La inmensa mayoría de obispos continúan sin permitir esta libertad a los párrocos bajo órdenes directas, indirectas, sugerencias veladas y todo el amplio tipo de medidas de presión que se puede ejercer con extrema facilidad en una sociedad jerárquica donde los inferiores actúan como funcionarios con libre papeleta de despido. En muchas diócesis hay órdenes explícitas del obispo prohibiendo cualquier Misa tradicional pública sin su permiso, lo cual es una desobediencia total por su parte a la Ley eclesiástica impuesta por el Motu Propio.

¿Acaso los Kikos, por sólo poner un ejemplo, deben pedir permiso al Obispo cada vez que quieren hacer una de sus liturgias? Los fieles a la Misa tradicional tenemos el mismo derecho y libertad de que nuestro párroco, si lo cree conveniente, la celebre donde y a la hora que quiera si hay un grupo de fieles que lo soliciten (1), sin ningún miedo, cortapisa ni presión psicológica a represalias.

Coartando a los que tienen la llave se pretende encerrar en un gueto a los fieles de la Misa tradicional, a los cuales ni quieren, entienden, ni comprenden, sobre todo porque ven en ellos un insoportable espejo del fracaso de su primavera postconciliar. Para la mayoría de obispos este tema es una patata caliente que no saben a quién pasar, les quema y se limitan a tolerar, en muchos casos por una situación heredada.

Los fieles, siguiendo también Summorum Pontificum, tienen el derecho no ya de que se les proporcione una Misa un domingo, a una única hora, sino de poder llevar su vida sacramental completa normalizada según los ritos tradicionales de forma libre, cómoda y permanente, y esto se está violando de una forma casi generalizada.

¿quién puede ir a Misa tradicional a diario?

¿quién puede realizar unas exequias con el ritual tradicional sin cortapisas?

¿quién puede casarse, confirmarse, bautizar a sus hijos por los ritos tradicionales?

En pocos sitios es posible, y menos sin que se sientan los fieles como que se les perdona la vida. Se solicita en reiteradas ocasiones que los afectos a la Misa tradicional se integren en las parroquias, pero a su vez se los aparta de las mismas y se les trata poniéndoles una marca de sospecha permanente. El trato que se da, en muchos casos, es más parecido al del carcelero respecto a sus presos que el de un padre a sus hijos.

A lo más se concede en la mayoría de los sitios una Misa a la semana, y en muchos casos en horas difíciles, sitios escondidos, difíciles de llegar y/o aparcar, que hacen la asistencia especialmente complicada para personas con niños, ancianos o que cuiden enfermos. Los fieles, allí “encerrados” tienen la sensación de estar dentro de un gueto que se ha construido a su medida, para que allí permanezcan escondidos a los ojos del mundo. Hay una especie de pavor a integrar la Misa Tradicional en la vida y horarios normales de una parroquia, tratándose siempre de que constituya un aparte, provocando así la guetificación de la misma, cuando muy al contrario debería tener una extraordinaria visibilidad para contrarrestar el caos litúrgico.

Es hora de con valentía reclamar lo que nos pertenece, los derechos que tenemos dentro de la Iglesia de llevar una vida sacramental completa, libre, basada en los rituales tradicionales, sin necesidad de pedir continuamente perdón, sin sospechas ni insidias, pudiéndonos dirigir a nuestro párroco sin que esté maniatado ni se sienta “amenazado”.

El silencio provocado por el terror psicológico a perder lo poco concedido, o represalias “laborales”, no debe amilanarnos en esta tarea, que es colectiva de fieles y sacerdotes amantes de la Misa Tradicional.

Desde aquí hago un llamamiento a todos los implicados para que exijan con prudencia y valentía lo que Benedicto nos concedió, y si no se cumplen sus derechos de una forma absoluta, denuncien la situación a la comisión Ecclesia Dei en Roma -no siempre efectiva, dicho sea de paso-, instituida justamente para evitar estos abusos, impedir la violación sistemática de Summorum Pontificum y, ser un instrumento para que los fieles y sacerdotes puedan reclamar lo que nos pertenece y la Iglesia nos da, a pesar de que muchos se empeñan en robárnoslo metiéndonos en un gueto como malditos apestados.

Miguel Ángel Yáñez

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(1) Incluso sin que los fieles lo soliciten, podría el párroco instituir una Misa tradicional en su parroquia. Si bien no es algo que Summorum Pontificum contempla explícitamente, tampoco se niega tal posibilidad. El moto Proprio no pretende abarcar toda la casuística de posibilidades sinos sentar el principio de que la Misa Tradicional es un rito más de la Iglesia que no debe ser negado a nadie. Siendo un rito legítimo de la Iglesia el párroco tiene todo el derecho a celebrarlo cuando quiera.