“Como aún desconfiaran, de pura alegría, y se estuvieran asombrados, les dijo: “¿Tenéis por ahí algo de comer?” Le dieron un trozo de pez asado. Lo tomó y se lo comió a la vista de ellos.”.   San Lucas 24: 41-43

El Evangelio del martes de Pascua es la continuación del Evangelio de ayer, el de la aparición de Jesús en el camino de Emaús y el reconocimiento de Jesús “al partir el pan”, una alusión a la Eucaristía. En el Evangelio de hoy, Jesús se aparece a los once. Nuestro Señor sabía que sus discípulos aún les costaba creer que el hombre que habían conocido y amado había en verdad resucitado de los muertos. Entonces se les apareció en el lugar en que se habían reunido. Y Lucas dice: “creían ver un espíritu”. En otras palabras, creyeron estar viendo el fantasma de Jesús. Luego, Jesús les dice que lo toquen y sientan las heridas de sus manos, sus pies y su costado. “Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que Yo tengo”.  Este es el mismo Jesús que había hablado con ellos, comido con ellos, el hombre que amaban, y esa realidad incluía su cuerpo, un cuerpo transformado en la Resurrección pero aún el cuerpo que los discípulos conocían.   

A estas alturas, Jesús nota que sus discípulos continúan dudando y pregunta: “¿Tenéis por ahí algo de comer?’ Entonces le dieron un trozo de pescado asado y lo comió delante de ellos. Ahora, esto no significa que el cuerpo glorificado de Jesús necesitara el alimento. Pero lo que este acto, el acto de comer el pescado asado en presencia de los once, les mostró es que hay un vínculo fundamental entre el cuerpo de Jesús antes y después de la Resurrección. Es el MISMO Jesús.  San Juan Damasceno comenta: “Dejó de lado todas las pasiones, ya que no necesita de alimento sino que lo utiliza para demostrar que ha resucitado en su cuerpo”.  Y ese cuerpo muestra claramente las heridas que ha sufrido en la cruz. San Ambrosio dice: “Las mismas heridas que Jesús mostró a sus discípulos son las mismas heridas que mostrará a su Padre celestial como trofeos de nuestra salvación.”

Por supuesto que esta comida, como al “partir el pan” en Emaús, es una referencia a la Eucaristía. Es Jesús mostrando a sus discípulos cómo estará con ellos y con la Iglesia durante la celebración de la Santa Misa. Y que su presencia en la Eucaristía no es meramente espiritual—aunque lo es—sino también corporal. Cristo está presente en las sagradas especies del pan y el vino consagrados, así como estuvo presente para sus discípulos en Emaús, en la sala superior, y en esos diversos y misteriosos aunque reales encuentros como el del Evangelio de hoy. 

Pero debemos recordar esto: el objetivo de su Presencia Real en la Eucaristía no es solo la sagrada comunión. Nos hemos olvidado que lo que Jesús hizo en la Última Cena y dijo a sus discípulos que hicieran—en “memoria” mía (esta palabra memoria es muy débil para verbalizar lo que en profundidad significa)—es el mismo acto que el del sacrificio en la cruz. El Jueves y Viernes Santo conmemoran el mismo acto—el acto salvífico de Dios—de dos maneras diferentes: una sacramental, y una en tiempo y espacio. La ofrenda del Hijo al Padre por el perdón de los pecados es el quid de la cuestión en la misa, lo que luego nos habilita a acercarnos al altar a recibir su Cuerpo y su Sangre. En la Misa Tridentina, la campana suena después de que el sacerdote recibe las sagradas especies, dado que esto marca el final del sacrificio. Luego viene la invitación al pueblo a recibir la comunión.

En este tiempo de sufrimiento y muerte en nuestro mundo, damos gracias a Dios porque, a pesar de la terrible privación de no poder adorar a Dios un domingo en misa, la Santa Misa se ofrece día a día por todos los sacerdotes, y la gracia de esas misas se derrama sobre todos aquellos que creemos que Jesucristo es nuestro Señor y Salvador, y quien dijo: “Y mirad que Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación de los siglos.”

Padre Richard Gennaro Cipola

(Traducido por Marilina Manteiga. Fuente)

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