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La caridad del anatema vs. la medicina de la misericordia

La presente crisis encierra una lección acerca de la crisis espiritual que ha afligido a la Iglesia durante las últimas generaciones. El distanciamiento social aplicado que se espera evitará el desastre, es, de hecho, lo mismo que la Iglesia practicó, a lo largo de los siglos, en el orden espiritual y, de modo particular, durante el periodo del Modernismo -con gran beneficio para innumerables almas.

La caridad de anatema

Desde el año 1794 (fecha en la que Pío VI condenó universalmente el proto Sínodo del Vaticano II de Pistoya con la promulgación de la Bula Auctorem Fidei) hasta el año 1958 (momento en que ocurre la muerte del Venerable Pío XII, quien condenó los mismos errores sustanciales en su Encíclica de 1950, Humani Generis), el Magisterio se opuso al Modernismo en todas sus expresiones -política, económica, moral, espiritual, así como doctrinal y eclesiástica[1]. Al tiempo que aprovechaba ciertas formas de conocimiento o tecnología “moderna” en beneficio de la Iglesia (p.ej., la aprobación de León XIII, mediante la Encíclica Providentissimus Deus, para el uso con cautela de los métodos históricos), el enfoque pastoral de la Iglesia con relación al Modernismo fue el mismo empleado en Trento con el Protestantismo: la caridad del anatema. Von Hildebrand:

El anatema excluye, de la comunión con la Iglesia, a quien profesa herejías, de no retractarse de sus errores. Y, es precisamente, por esta razón, por la que se trata del acto de mayor misericordia que pueda haber hacia todos los fieles, comparable a evitar la propagación de una grave enfermedad a incontables personas. Al aislar al portador de la infección, estamos protegiendo la salud corporal de los otros; mediante el anatema, estamos protegiendo su salud espiritual[.] …

Pero hay más: la ruptura de la comunión con el hereje no implica, en modo alguno, el cese de nuestra obligación de caridad hacia él. En absoluto, la Iglesia también ora por los herejes; el verdadero católico que conoce personalmente a un hereje, reza ardientemente por él y nunca deja de ofrecerle todo tipo de ayuda. Empero, no debe tener comunión con él. En este sentido, San Juan, el gran apóstol de la caridad, decía: “Si alguno dice, amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (I Jn. 4:20). Pero también dijo: “Si alguno viene a vosotros y no es portador de esta doctrina, no le recibáis en casa”(2 Jn. 1:10) [2].

Un acto de caridad es un acto destinado al bien del otro por amor a Dios. La salud del alma es superior a la salud del cuerpo. Por consiguiente, el anatema es el mayor acto de caridad que pueda existir porque salva multitud de almas de una fuente contagiosa de condenación eterna, de la misma manera que una cuarentena salva innumerables personas de una enfermedad mortal.

En consecuencia, desde Lutero e incluso ya desde antes, la Iglesia comprendió que esta enfermedad mortal de la herejía amenazaba la salvación eterna de muchos fieles. Y continuó, por tanto, ejerciendo el acto de caridad más grande: el anatema. La razón por la cual la Iglesia se opuso al Modernismo con la misma firmeza que al Protestantismo se debió al hecho de que ambos, el Modernismo y el Protestantismo, sustancialmente son el mismo error: la subversión de la fe católica y el derrocamiento de Cristo Rey, y la exaltación luciferina de la consciencia individual como señor satánico incluso sobre la propia realidad. Esta idea constituye la enfermedad infecciosa del orgullo satánico que conduce a las almas a la condenación eterna. Y no existe mayor peligro que este veneno contagioso.

Predominio histórico y eficacia de esta caridad

El periodo de oposición de la Iglesia al Modernismo se extiende por aproximadamente 164 años (1794-1958). Considerando que una generación abarca a grosso modo 25 años, dicho periodo comprende 6,56 generaciones de la Iglesia. Si incluimos a Trento dentro de este cálculo (1563–1958), el periodo en cuestión consta de 395 años o 15,8 generaciones. Por lo tanto, la Iglesia en el transcurso de 6 a 15 generaciones utilizó el anatema contra la revolución, a gran escala, iniciada por los herejes protestantes y continuada, luego, por su engendro Modernista. La Iglesia nunca cesó de ejercer una caridad constante con estas pobres almas afligidas por el virus de la herejía.

Sin embargo, Lehner documenta, la Iglesia estuvo prácticamente sometida a una presión constante para conformarse a las revoluciones Protestante y Modernista desde sus inicios. Gracias a la caridad del anatema, la presión de sus enemigos externos sobre la Iglesia fue recibida con una presión igual o mayor desde dentro.  La vehemencia de la condenación en oposición a los errores fue lo que le permitió mantener los fieles a salvo. Como resultado,  Marshner señala, después de la división protestante inicial que trascendió  en gran medida las fronteras “nacionales”, la mayor parte de los fieles se mantuvieron dentro de la Iglesia gracias a este baluarte de defensa frente a la presión siempre creciente de rendirse ante los enemigos de la Santa Iglesia. Más aún, la Iglesia creció a través de un activo celo misionero en todo el mundo.

Como consecuencia, durante este periodo se entendió claramente que estas fuerzas eran realmente enemigos que necesitaban de la caridad del anatema, en aras de convertirlos a la única verdadera Iglesia y su única esperanza de salvación, pero también para salvaguardar a los fieles de la infección de sus almas. Esta comprensión pastoral predominante alcanzó su clímax con el mensaje de Fátima (en el que se dijo que Dios estaba castigando al mundo y hacía un llamado al arrepentimiento de todos los hombres) y el pontificado de San Pío X (quien enérgicamente condenó al Modernismo como la “síntesis de todas las herejías”). A pesar de ello, y aun cuando la Iglesia creció en todo el mundo, en Europa, el anatema cada vez más cayó en oídos sordos y en corazones endurecidos, y como bien documenta Chadwick, para 1900 la secularización estaba haciendo estragos en el continente.

La  “Medicina de la Misericordia” y la enfermedad del pecado original

En el año 1962, el Papa Juan XXIII introdujo un enfoque pastoral distinto de la caridad del anatema: la “medicina de la misericordia”. El Papa Juan y sus colaboradores consideraban que, debido a la creciente secularización, la caridad del anatema ya no resultaba eficaz para la conversión de los enemigos y la salvaguarda de los fieles. Por el contrario, la Iglesia debía abstenerse de esta caridad y, en su lugar, intentar presentar la verdad de la Fe sin condenaciones. Más aún, la humanidad había incluso alcanzado -sin perjuicio de su rechazo de la Fe- algún tipo de progreso en sí misma. De este modo, el Papa Juan se alegraba que la humanidad haya progresado de tal manera en dirección de un “nuevo orden” que son los “mismos hombres quienes están inclinados a condenar (sus propios errores”)[3].

El supuesto subyacente de la Medicina de la Misericordia, en esta época, residía, por consiguiente, en considerar que el hombre se encontraba en un estado diferente del que había tenido durante la era del anatema. En esta condición, ya no necesitaba de la caridad del anatema en razón de que no solo reconocía sus propios errores, sino que además avanzaba, de algún modo, a un estado superior del ser y de la conciencia. Como lo señala Dignitatus Humanae: “[a] el sentido de la dignidad de la persona humana se ha ido imprimiendo cada vez más profundamente en la conciencia del hombre contemporáneo”. O como indica Gaudium et Spes: “El hombre moderno está en la vía de un desarrollo más profundo de su propia personalidad, y de un descubrimiento y reivindicación creciente de sus propios derechos”. Se creía que ésta era radicalmente una “nueva era de la historia humana” (Gaudium et Spes 54) para la humanidad y, como consecuencia, se necesitaba un nuevo enfoque.

La caridad del anatema, por otra parte, ha estado basada sobre un acentuado énfasis de que el hombre se encontraba moviéndose con esfuerzo bajo el peso del Pecado Original -su voluntad estaba debilitada, su intelecto estaba oscurecido y él se hallaba inclinado al mal. La aseveración central del Modernismo era que la humanidad no estaba afligida por el Pecado Original. Como bien señala Rao, esto condujo al Venerable Pío IX a proclamar lo contrario con su dogma de la Inmaculada Concepción en el año 1854, afirmando que todos los hombres padecen del pecado original salvo una sola persona humana: nuestra Señora y Reina. La enfermedad infecciosa de la herejía era simplemente un virus que agravaba la condición existente del Pecado Original, enfermedad con la que nace todo ser humano.

El optimismo del Papa Juan y del Vaticano II referente a una nueva época del hombre donde la caridad del anatema no le era necesaria implicaba -en el mejor de los casos– que el hombre había cambiado su estado natural de enfermedad e inclinación al mal por una cierta condición más sana. Von Hildebrand expuso a la luz pública su insensatez cuando proclamó que “Únicamente Cristo ha cambiado esencialmente la historia” y que:

… [t]érminos tales como siglo diecinueve u hombre moderno son palabras ambiguas. No existen tales universales; lo que hay son tendencias intelectuales y culturales que tienen un predominio transitorio. La idea del hombre moderno como una norma a la cual todos nos debemos conformar es engañosa o irrelevante. Incluso si se entendiese solo como portadora de una mentalidad temporalmente prevalente, el hombre moderno no puede ser nunca una norma para nosotros [.] …

[N]o existe una época en la historia que sea homogénea o esté concluida; no hay un “hombre moderno”. Y lo que es más importante, el hombre seguirá siendo siempre el mismo en su estructura esencial, en su destino, en sus potencialidades, en sus deseos, y en sus peligros morales; y esto es verdad sin importar todos los cambios externos que puedan tener lugar en las condiciones externas de su vida.  Únicamente hay y ha habido un solo cambio histórico esencial en la situación metafísica y moral del hombre: el advenimiento de Cristo y la salvación de la humanidad, y su reconciliación con Dios a través de la muerte de Cristo en la Cruz[4].

En consecuencia, dado que el “hombre moderno” era en esencia el mismo, la caridad del anatema puede ayudar potencialmente al hombre en toda época de la historia. Cualesquiera sean los cambios dramáticos que hayan ocurrido en este periodo, el hombre seguía siendo el mismo hombre que había sido en siglos anteriores -afligido por el Pecado Original, y necesitando desesperadamente de la misericordia de Dios.

Como afirma Ratzinger, Gaudium et Spes (y por implicación todo el programa de la “medicina de la misericordia”) “desempeñó un rol de contra el Syllabus en la medida en que representó un intento por oficialmente reconciliar la Iglesia con el mundo surgido después del año 1789”[5]. De esta manera, así como el Syllabus (1864) ha continuado con la caridad de las condenaciones, la Medicina de la Misericordia ha actuado contrariamente al mismo, buscando no la caridad de la condenación, sino la “misericordia” de la reconciliación. Si el hombre había ciertamente cambiado dramáticamente como apunta el Vaticano II, entonces un nuevo enfoque era necesario. En lugar de condenación, reconciliación. Todavía más, se esperaba que habiendo el hombre ignorado la condenación, dicha reconciliación traería consigo una nueva primavera de la fe y la conversión del hombre moderno.

El enfoque en referencia fracasó en dar lugar a esta pretendida renovación. Al respecto señala Ratzinger ya en el año 1984:  

Ciertamente, los resultados del [Vaticano II] parecen cruelmente opuestos a las expectativas de todos, empezando por las del Papa Juan XXIII y luego las de Pablo VI: se esperaba una nueva unidad católica y en su lugar hemos sido expuestos a la disensión que -en palabras de Pablo VI- parecen haber ido de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo y en su lugar muchos terminaron enrollados, desalentados y hastiados. Se esperaba un gran paso hacia adelante y, por el contrario, nos encontramos frente un proceso continuo de decadencia el cual se ha desarrollado, en su mayor parte, justamente bajo el signo de un llamado al retorno del Concilio y, por lo tanto, ha contribuido a desacreditar a muchos. El resultado neto parece, por consiguiente, negativo … y es indiscutible que este periodo ha sido definitivamente desfavorable para la Iglesia católica”[6].

¿Por qué el Vaticano II ha sido un fracaso? Porque, como he escrito en otras partes, la enfermedad estuvo mal diagnosticada por la parte preponderante del Vaticano II, que se rehusó a escuchar los gritos de los hombres sabios que advertían acerca de la enfermedad del Pecado Original y la contagiosa enfermedad de la herejía. Gracias a Dios, después de tan solo unas pocas generaciones, esta falsa “medicina de misericordia” ya no convence a los jóvenes, quienes están retornando cada vez más a la Fe y liturgia tradicionales, como indicaba la carta de Benedicto que acompañaba Summorum Pontificum. Sin embargo, la generación más vieja con poderes episcopales se aferra a la falsa “medicina de la misericordia” con la esperanza de la primavera que nunca llegó. ¿Cuán grave debe ponerse la infección antes de que se den cuenta en donde está la verdadera enfermedad y cuál es el verdadero remedio?

Thimothy Flanders


[1] Aquí estamos analizando el Modernismo en su sentido más amplio, como una revolución general contra todas las costumbres, leyes y tradiciones previas. En este sentido, incluye al feminismo, al comunismo y al liberalismo

(con ciertas restricciones), junto con el movimiento doctrinal estricto para el cual San Pío X usó el término.

[2] Dietrich von Hildebrand, The Charitable Anathema (Roman Catholic Books: 1993), 5–6. Énfasis en el original.

[3] Novum rerum ordinem…Hodie homines per se ipsi ea damnare incipere videantur. Pope John XXIII, Address Gaudet Mater Ecclesia (Oct. 11, 1962).

[4] Dietrich von Hildebrand, Trojan Horse in the City of God (1967), 153, 157. Énfasis en el original.

[5] Le texte joue le rôle d’un contre-syllabus dans la mesure où il représente use tentative pour une réconciliation officielle de l’église avec le monde tel qu’il était deveneu depuis 1789. Josef Ratzinger, Les Principes de la Theologie Catholique Esquisse et Materiaux (Paris: Tequi, 1982), 427.

[6] Joseph Cardinal Ratzinger, L’Osservatore Romano (English edition), Diciembre 24, 1984.

Timothy S. Flanders es el autor de Introduction to the Holy Bible for Traditional Catholics. En 2019 fundó  The Meaning of Catholic, un apostolado laico. Es licenciado en Lenguas Clásicas de la Grand Valley State University y realizó estudios de Postgrado en la Universidad Católica de Ucrania. Vive en el medio oeste de los Estados Unidos con su esposa y cuatro hijos.  

[Traducido por María Calvani. Artículo original]

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