Lefebvre y lo que viene después   

Si retrocedemos un poco en el tiempo, una rápida ojeada a la vida de monseñor Lefebvre nos será muy instructiva, porque demuestra que no hay nada nuevo bajo el sol. La manera en que la Santa Sede trató al arzobispo los años setenta y ochenta demuestra de forma concluyente que la Iglesia preconciliar y la postconciliar estaban en guerra (y lo siguen estando).

Al parecer, tanto Roma como la FSSPX se dan cuenta de que la Misa nueva representa una nueva religión (como lo dio a entender hace muy poco el cardenal Roche). A los ojos de Roma, hasta tal punto es preferible esa nueva religión que quieren acabar con la de siempre. El papa Francisco ha dicho que la Misa Nueva es la lex orandi de la nueva religión. Lo reconoce sin rebozo, y la FSSPX concuerda con esa interpretación. La diferencia está en que la FSSPX promueve la religión de siempre. Es evidente que son el anverso y el reverso de una misma medalla.

Leyendo muchas declaraciones de Francisco se descubren las doctrinas de la nueva religión: que la Iglesia Católica existe meramente como una influencia destinada a fomentar el bien en el mundo. Es más, en buena parte de su prolífica palabrería pasa de puntillas por lo sobrenatural (es decir, cosas como muerte, juicio, infierno y gloria).

Añadiré sin más dilación que, si la Iglesia volviese a cumplir la misión de salvar almas que Dios le encomendó, otro gallo le cantaría al mundo. Pero al haberse abandonado la Misa de siempre (a la que a partir de ahora me referiré como Misa Verdadera), se ha secado la fuente de la gracia sobrenatural y las consecuencias han sido instituciones destruidas, una caída sin precedentes en el número de asistentes a la Misa y la propagación del vicio entre los sacerdotes. Hasta tal punto ha venido a menos el conocimiento de la Fe -a mínimos históricos-, que hasta hay obispos y sacerdotes que cometen errores en cuestiones de lo más elemental. Otra consecuencia del debilitamiento de la Iglesia Católica ha sido la corrupción del mundo en general, que resulta patente en la escalada de abortos, la inmoralidad generalizada y los absurdos conflictos que se producen. Ahora que no se hace caso de la Ley de Dios, la especie humana se deja dominar por meras emociones, lo cual tiene como resultado la negación de la autonomía de la verdad. Cada uno es ahora su propio dios.

He leído a defensores de la Misa de siempre que alegan las razones más diversas. En efecto, habría que estar mal de la cabeza para quedarse indiferente ante su belleza y dignidad. Pero luego no critican casi nunca el Novus Ordo, como no sea para quejarse de abusos. Los abusos que se comenten en la Misa nueva son lamentables, pero en muchos casos lo que se da a entender es que si el Novus Ordo se reza de forma reverente no tiene nada de malo asistir a esas misas. Lógicamente, no se puede criticar la Misa nueva sin ofender a los prelados, de cuya buena voluntad depende la supervivencia de la Misa de verdad en sus diócesis. El problema principal está en que la Misa nueva la ideó un liturgista que admitió públicamente que había eliminado de las ceremonias todo lo que les resultaba ofensivo a los protestantes. Se diría que centrarse tanto en la supuesta validez de la Misa nueva impide ver en qué medida ésta ha envenenado a la Iglesia.

La Misa Verdadera contiene todas las doctrinas de la Iglesia Católica, en las que Cristo se inmola en oblación a su Padre celestial poniéndose en manos del sacerdote, que permanece anónimo. Ése es el quid de la cuestión, y al haberse reducido esas doctrinas en el nuevo rito, éste se hace poco menos que indistinguible de un servicio protestante. Se trata de la oración principal de la Iglesia. Con razón que las autoridades actuales quieren acabar con ella, como hicieron los reformadores protestantes. Cabe señalar además que todos los gobiernos ateos han intentado suprimirla. La Misa Verdadera es signo de contradicción, como prometió el Señor, y por encima de todo les agua la fiesta a los liberales, que está impacientes por lograr el cumplimiento de los planes que tienen para el mundo. Para ellos, tiene que prohibirse, y no escatimarán esfuerzos para conseguirlo. Los modernistas de la Iglesia están sin duda preparando una ofensiva final, y doy por hecho que terminarán por prohibir tajantemente a los sacerdotes que celebren la Misa Verdadera. Tiene bastante sentido entender que las restricciones actuales en cuanto a la utilización de parroquias tienen resquicios que con el tiempo taparán.

En consecuencia, los católicos que aman la Misa Verdadera se ven ante el mismo dilema al que se enfrentó el arzobispo francés en 1976, con la diferencia de que para Lefebvre no había dilema alguno y tenía bastante claro cuál era su obligación como obispo. Observo mucha inquietud en torno a las declaraciones del cardenal Roche, pero es posible que sea mucho pedir esperar que los sacerdotes y los fieles a los que les va a contrapelo romper con Roma desobedezcan. Durante bastante tiempo, muchos -aunque no todos- han criticado a la FSSPX por su supuesto cisma y desobediencia, pero ahora ellos mismos se van a ver obligados a decidirse en un sentido u otro. Recuerdo la primera vez que fui con mi señora a una misa desobediente de la FSSPX en Bath. La hostilidad por parte de familiares, amistades y otros católicos fue apabullante. Hoy en día ya no es tan escandaloso en muchos lugares dejar de ir a la propia parroquia para asistir a una Misa Verdadera prohibida, porque el sentido comunitario católico se ha visto gravemente mermado con la tremenda cantidad de apostasías.

El mayor dilema lo van a afrontar los sacerdotes que hasta ahora han dicho asiduamente tanto misas nuevas como verdaderas. Antes, les bastaba tal vez con volver a tapar el altar cuando minutos después tenían que volver al presbiterio después de una Misa tradicional para decir otra según el rito nuevo. Cuesta entender que un mismo sacerdote pueda celebrar según ambos ritos, teniendo en cuenta lo que afirma ahora el Vaticano de que representan religiones diferentes. Tenemos que rezar más que nunca por los sacerdotes.

Es improbable que la desobediencia generalizada, propuesta por algunas publicaciones, llegue a materializarse. Con todo, a mí me parece que algunos sacerdotes diocesanos resistirían y seguirían celebrando la Misa Verdadera. ¡Tienen que moverse! Reunir a sus feligreses, explicarles lo que piensan hacer y pedir a sus amistades que los ayuden en las dificultades que tendrán, tanto en lo económico como en cuanto a vivienda y a tener un lugar donde dar culto. Yo sé que si lo hacen Dios se lo premiará, como se lo ha premiado a innumerables sacerdotes que hicieron lo mismo. Vale la pena ver esta breve entrevista con el P. Oswald Baker, párroco de Downham Market. Se volcó en sus deberes pastorales, y su congregación lo apoyó en todos los sentidos.

No estoy en condiciones de hablar en nombre de la Fraternidad San Pío X, pero los sacerdotes que quisieran ingresar en dicha orden podrían desanimarse viendo que su forma de vida no les resulta atractiva (tienen una especie de servicio de urgencias espirituales que los obliga a desplazarse mucho en automóvil). Pero en Estados Unidos hay muchos sacerdotes que han descubierto una manera de dejar su parroquia para trabajar con la FSSPX sin llegar a ingresar en ella. ¿Podría ser ésa la solución?

Joseph Bevan

(Artículo original. Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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