Así explota el Sínodo de Francisco los errores del documento conciliar Lumen gentium con miras a redefinir la Iglesia

El Instrumentum laboris del Sínodo sobre la Sinodalidad contiene una lista de abreviaturas para referirse a los dieciséis documentos que se citan el texto: dos de Juan Pablo II, dos del secretariado general del Sínodo, cinco de Francisco y siete del Concilio Vaticano II. Como era de esperar, la lista no incluye ni un documento promulgado antes del Concilio.

La mayoría de las citas del Concilio que aparecen en el Instrumentum laboris proceden de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium. Uno de los documentos que se encuentran en el portal de internet del Sínodo de la Sinodalidad -el estudio de la Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesiaexplica por qué depende tanto la sinodalidad de Lumen gentium:

«La Constitución dogmática Lumen gentium ilustra una visión de la naturaleza y misión de la Iglesia como comunión en la que se esbozan los presupuestos teológicos para una pertinente restauración de la sinodalidad: la concepción mistérica y sacramental de la Iglesia; su naturaleza de Pueblo de Dios peregrinante en la historia hacia la patria celestial, en el que todos los miembros, por el Bautismo, son marcados con la misma dignidad de hijos de Dios e investidos de la misma misión; la doctrina de la sacramentalidad del episcopado y de la colegialidad en comunión jerárquica con el Obispo de Roma» (estudio concluido en 2017 y publicado el 2 de marzo de 2018).

Aunque la Comisión Teológica Internacional publicó su estudio dos años de que Francisco anunciara el Sínodo sobre la Sinodalidad, este breve pasaje sobre la importancia de Lumen gentium contiene algunos de los ingredientes más esenciales del actual sínodo, entre ellos «la concepción sacramental de la Iglesia» y la naturaleza de la Iglesia como «pueblo de Dios peregrinante». Si queremos evaluar cómo utiliza el Sínodo estos conceptos tomados de Lumen gentium, podemos estudiar tres aspectos de cada uno: el lenguaje que emplea la propia Lumen Gentium, las objeciones tradicionales católicas al lenguaje, y la manera en que lo utiliza el Sínodo en sus documentos oficiales.

La Iglesia como sacramento de unión con Dios y la unidad de toda el género humano. En su primer párrafo, Lumen gentium  hace esta descripción de la Iglesia:

«Porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal» (Lumen Gentium, 1).

Por su parte, la constitución del Consejo Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno, Gaudium et spes, cita la siguiente declaración de Lumen gentium:

«La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana socialización civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión íntima de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano"  [Constitución dogmática sobre la Iglesia, capítulo I, nº 1]».

Durante su intervención en el Concilio del 9 de septiembre de 1965, monseñor Marcel Lefebvre identificó el problema con la siguiente afirmación, que aparece a la vez en Lumen gentium y Gaudium et spes:

«Esta concepción necesita explicaciones: la unidad de la Iglesia no es la unidad del género humano»  (monseñor Marcelo Lefebvre, Yo acuso al Concilio, Vasallo de Mumbert, Madrid 1978, pág. 120).

Aunque monseñor Lefebvre no llegase a prever la medida en que los innovadores llegarían a servirse de la mencionada afirmación, se dio cuenta de que ésta se apartaba de lo que la Iglesia siempre había enseñado. El número de marzo de 2003 de Sisinono (publicado por la hermandad San Pío X) da más detalles sobre el problema:

«Se atribuye una nueva misión a la Santa Sede -hacer posible la unidad del género humano- que no tiene lo más mínimo que ver con nada que haya enseñado hasta ahora la Iglesia católica (...) Pero no se trata de unidad con vistas a la salvación de las almas, unidad que se alcanza mediante la conversión al catolicismo. Se diría que por el contrario dicha unidad es fruto de la “unión íntima con Dios” de toda la humanidad. (...) Ahora bien, la Iglesia no tiene otra misión que la que Dios le encomendó: "Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos…" (Mt. 28:19). La misión íntima de la Iglesia consiste en convertir a la mayor cantidad posible de almas a Cristo antes de la Parusía, sin ocuparse de la unidad del género humano, ideal quimérico e intrínsecamente anticristiano porque es una especie de divinización del hombre, de exaltarlo y poner los ojos en él, ideal importado de la filosofía iluminista y devotamente profesado por la Masonería».

Si monseñor Lefebvre y la hermandad San Pío X acertaron en su diagnóstico de la afirmación de marras, cabría esperar que los innovadores aprovecharan Lumen gentium para dar a entender que la misión de la Iglesia no es convertir almas al catolicismo, sino llevar a la unidad de la especie humana. Y eso es ni más ni menos lo que encontramos en el Instrumentum laboris:

«En una Iglesia que se define a sí misma como signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad del género humano (cf. LG 1), el discurso sobre la misión se centra en la transparencia del signo y en la eficacia del instrumento, sin las cuales cualquier anuncio tropezará con problemas de credibilidad. La misión no consiste en comercializar un producto religioso, sino en construir una comunidad en la que las relaciones sean transparencia del amor de Dios y, de este modo, la vida misma se convierta en anuncio» (Instrumentum Laboris, 52).

Esta representación arrogante del verdadero cometido que Nuestro Señor encomendó a la Iglesia como si fuera la comercialización de un producto religioso coincide con el concepto que tiene Francisco del proselitismo. Según el Sínodo, la misión de la Iglesia no consiste en convertir almas al catolicismo sino en «construir una comunidad en la que las relaciones sean transparencia del amor de Dios».

Está claro que la Iglesia no puede unir a  toda la humanidad con las exigentes enseñanzas de Nuestro Señor. Por eso el Instrumentum laboris asigna al Espíritu la tarea de guiar a la Iglesia para ««encontrar un consenso sobre cómo caminar juntos» y «ayudar a la humanidad a proceder en la dirección de la unidad»:

En una asamblea sinodal Cristo se hace presente y actúa, transforma la historia y los acontecimientos cotidianos, dona el Espíritu para guiar a la Iglesia a encontrar un consenso sobre cómo caminar juntos hacia el Reino y ayudar a la humanidad a proceder en la dirección de la unidad (Instrumentum Laboris, 48).

Es blasfemo afirmar que Nuestro Señor nos ofrece una vía de consenso hacia la unidad, cuando en realidad dejó más que claro que la mayoría de las almas rechazan sus exigentes enseñanzas y se condenan:

«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos son los que entran por él. Porque angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran» (Mt.7,13-14).

Aunque el Señor lo sabía, no alteró por ello su enseñanza para que les resultara más fácil de aceptar a las almas. El único consenso al que podrían llegar por tanto sería un proceso de rechazo a las enseñanzas del Señor, y eso es ni más ni menos lo que observamos en el Sínodo.

El Sínodo reconoce que esta nueva vía se aparta de lo que la Iglesia siempre ha enseñado, y por eso describe la sinodalidad como «un camino privilegiado de conversión», quizás porque Satanás describiría el camino espacioso como un camino privilegiado al Infierno:

«La sinodalidad es un camino privilegiado de conversión, porque reconstituye a la Iglesia en la unidad: cura sus heridas y reconcilia su memoria, acoge las diferencias de las que es portadora y la redime de divisiones infecundas, permitiéndole así encarnar más plenamente su vocación de ser “en Cristo, como sacramento, es decir, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”» (LG 1) (Instrumentum Laboris, 28).

Como vemos, la sinodalidad funciona como un camino de conversión que reconstituye a la Iglesia y reconcilia su memoria. Esto es una vomitiva burla del catolicismo, que ha sido posible gracias a un pasaje de Lumen gentium citado en Gaudium et spes sobre el que advirtió monseñor Lefebvre en una de sus intervenciones durante el Concilio. ¡Ojalá le hubieran hecho caso!

La Iglesia como pueblo de Dios peregrinante. El capítulo 2 de Lumen gentium habla del Pueblo de Dios, concepto vago que tiene por objeto sustituir al de Cuerpo Místico de Cristo, como explicó Benedicto XVI en su discurso de despedida al clero de Roma: 

«Estos eran, digamos, los dos elementos fundamentales. En la búsqueda de una visión teológica completa de la eclesiología después de los años 40, en los años 50, ya había surgido entretanto un poco de crítica del concepto de Cuerpo de Cristo: “místico” sería demasiado espiritual, demasiado exclusivo; entonces se puso en juego el concepto de “Pueblo de Dios”. Y el Concilio, justamente, aceptó este elemento, que entre los Padres se consideró como expresión de la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento».

Como veremos, el Instrumentum laboris aprovecha de dos maneras el concepto de Pueblo de Dios: insistiendo en que comprende a todos los bautizados, y centrándose a continuación en el siguiente pasaje de Lumen gentium, que describe cómo puede ese conjunto de personas discernir la voluntad de Dios:

«El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13.15). La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos” [22] presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene  el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente “a la fe confiada de una vez para siempre a los santos” (Judas 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13)»  (Lumen gentium 12).

Aparte las alusiones al Pueblo de Dios, este pasaje parece mucho más ortodoxo que muchos otros de Lumen gentium. Ahora bien, como sostenía el P. Álvaro Calderón en Prometeo: la religión del hombre, sus desviaciones aparentemente menores de la Tradición tienen unas consecuencias tremendas:

«Y aquí la magia conciliar halló también su truco, aprovechando la doctrina poco definida de la infalibilidad del sensus fidei del pueblo cristiano. Es verdad tradicional que "la totalidad de los fieles no puede equivocarse cuando cree (Lumen gentium, 12). Para la teología católica, esta propiedad es consecuencia de la infalibilidad de la Jerarquía; pero el truco de la teología nueva consistirá en atribuirla a la inspiración inmediata del Espíritu Santo: "Con este sentido de la fe, que el Espíritu de Verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente a la fe confiada de una vez para siempre a los santos” (Lumen gentium, 12)» (pág.102).

La cuestión es tan sutil que se les puede pasar por alto a muchos ardorosos y meticulosos críticos del Concilio; y sin embargo, podemos ver sus gravísimas consecuencias en el Vademecum del Sínodo sobre la Sinodalidad publicado en septiembre de 2021:

«El Concilio Vaticano II destaca que “Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios” (LG, 13). Dios actúa realmente en todo el pueblo que ha reunido. Por eso “la totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo, no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los obispos hasta los últimos fieles laicos, presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres” (LG, 12). El Concilio señala además, que dicho discernimiento está animado por el Espíritu Santo y procede a través del diálogo entre todos los pueblos, leyendo los signos de los tiempos en fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia.»  

Como vemos, la imperfecta afirmación del Sínodo al servirse de Lumen gentium para explicar la inspiración directa del Espíritu Santo al animar el sensus fidei les lleva a afirmar que el Espíritu Santo guiará el diálogo entre todos los pueblos para que sus opiniones sobre la fe sean infalibles.

No sólo eso; según el Instrumentum laboris, «todos los cristianos», que no es lo mismo que todos los católicos, participan del sensus fidei:

«En el único Bautismo, todos los cristianos participan del sensus fidei o sentido sobrenatural de la fe (cf. LG 12) por lo que, en una Iglesia sinodal, todos son escuchados con atención[ (Instrumentum Laboris, B 1.4).

Como sabemos, la mayoría de los cristianos rechaza al menos algunas verdades fundamentales de la Fe católica. ¿Qué creen todos los cristianos sobre el divorcio? ¿Y sobre la ideología LGTBQ? ¿O sobre la ordenación de mujeres? Según el Sínodo, cualquier consenso al que lleguen habrá sido guiado por el Espíritu Santo, como se puede ver en el estudio sobre la sinodalidad arriba citado que publicó la Comisión Teológica Internacional en 2018:

«El Pueblo de Dios en su totalidad es interpelado por su original vocación sinodal. La circularidad entre el sensus fidei con el que están marcados todos los fieles, el discernimiento obrado en diversos niveles de realización de la sinodalidad y la autoridad de quien ejerce el ministerio pastoral de la unidad y del gobierno describe la dinámica de la sinodalidad. Esta circularidad promueve la dignidad bautismal y la corresponsabilidad de todos, valoriza la presencia de los carismas infundidos por el Espíritu Santo en el Pueblo de Dios, reconoce el ministerio específico de los Pastores en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de Roma, garantizando que los procesos y los actos sinodales se desarrollen con fidelidad al depositum fidei y en actitud de escucha al Espíritu Santo para la renovación de la misión de la Iglesia.»

En definitiva, para crear un concepto enteramente nuevo de la Iglesia, el Sínodo explota los mismos defectos que observaron monseñor Lefebvre y algunos otros en Lumen gentium.Atando cabos, descubrimos que la Iglesia sinodal tiene la misión de unir a la humanidad mediante un proceso de escucha a todos los cristianos -y tal vez a toda la gente- y declarar que sus creencias comunes constituyen el infalible sensus fidei. Entonces, Sínodo afirmará, qué blasfemia, que el Espíritu Santo ha dirigido y protegido el proceso. Y todo habrá sido posible gracias a Lumen gentium,por mucho que los defensores del Concilio se desvivan por decir lo contrario.

A estas alturas, da la impresión de que los católicos fieles (y el clero en particular) tienen que defender la Fe católica sin adulterar que Dios confió a su Iglesia. La actitud prudencial de no decir nada y no llamar la atención ofende a Dios, lleva almas al Infierno y da a entender al mundo que la Iglesia ha hecho dejación de funciones. Que Dios conceda a los sacerdotes que siguen siendo fieles la gracia para defender la Fe católica con la varonil valentía de los santos. ¡Inmaculado corazón de María, ruega por nosotros!

Robert Morrison

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

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