Democracia: resistentes y colaboracionistas

    Para quienes han sido criados en el gusto por las victorias interiores y en el hambre del  bien absoluto,  la política, ese reino de lo relativo, esa permanente necesidad de  conformarse con el mal menor, donde la verdad de esta condición falluta y de mínima debe ser prudentemente callada y hasta expresamente mentida para el logro y mantenimiento de las necesarias adhesiones, de los entusiasmos,  partisanías  y fanatismos …  resulta no ser más que un ámbito absurdo y paradójico en el que los ambiciosos encuentran su fracaso por obtener menos de lo que querían y los mediocres su gloria por ser mucho más de lo que se esperaba de ellos (de allí que, normalmente , la política está llevada por un ejército de satisfechos mediocres y una vez cada siglo, surge un político genial que morirá desilusionado), dónde, decíamos,  los más efervescentes y sanguinarios revolucionarios terminan esclavos de la más conformista burocracia y la burocracia comete, con el sólo cumplimiento de las consignas,  brutales y sangrientos planes de exterminio a los que no se hubiera atrevido el más cruel de los jacobinos.  Napoleón reconoció que nunca fue amado por sí mismo; es comprensible  que no lo amaran sus esposas legítimas, pero ni siquiera las otras, “He sido condenado por mi naturaleza a no lograr más que victorias exteriores” supo decir con preclara amargura, consciente de la precariedad de dichos logros.  

     En política el bien y el mal perseguidos suelen ser indiferentes para el logro de un fin (Monnerot  lo llamaba “heterotelismo”)  y muchas veces el uno causa el otro sin habérselo propuesto,  sin saber si para los resultados  es peor o mejor el que busca el mal o el que busca el bien. “Fue necesario que el Hijo del Hombre fuera traicionado”,  y esto lo hicieron políticos prudentes convencidos de terminar con el problema. Casos como ese hay millones.  Otra paradoja es que se hacen guerras para obtener justicia, pero al final sólo los vencidos bregan por la justicia, los vencedores están condenados  a conculcarla, “La justicia: esa fugitiva del campo de los vencedores” decía Simone Weil, la judía antisemita, la “virgen roja”, otra (feliz) paradoja política. Sostener una victoria de cualquier tipo obliga a las peores canalladas  ¡ni qué hablar de una victoria electoral en democracia!

      Todo católico más o menos bien formado que ha sabido escuchar a sus antepasados católicos (el magisterio), tiene más o menos claro que el proceso revolucionario anticristiano encuentra finiquitada su faena demoledora en la Democracia y desde ella, desde la dilución sociopolítica que provoca, como hito deconstructor  de la civilización cristiana por excelencia , surgirá el Nuevo orden (hay algunos que no creen que la revolución es por definición anticristiana, dicen que la revolución es política y no religiosa y de esa manera pueden más o menos medrar  dentro de la “cultura” sin tener que aceptar el ostracismo o el martirio).

     La democracia es el detritus de la revolución, el resultado final de su proceso digestivo. Pero hay que saber que la Revolución no es sólo política, es el remedo de una religión, carece de la inconsistencia y relatividad connatural a la política, se propone el absoluto, busca un mal absoluto  y un absoluto solo encuentra su enemigo en otro absoluto. Sin dar más vueltas, la revolución, con su Capitán a la cabeza, busca (y sabe que lo puede conseguir) la condenación eterna de la gran mayoría. Nuestros cristingos timoratos no se atreven a tanto como los malos, no quieren ponerse a tiro y niegan que la política cristiana busca la salvación eterna, sino un buen pasar burgués con una virtud estoica  y, ante la locura nuestra de poner todas las cosas sub especie aeternitate, se dedican a una tarea anodina e imposible que es diseñar la casa del hombre en la tierra, tarea que será saboteada por la misma naturaleza a la recurren como fundamento .  La Weil buscando el absoluto revolucionario encontró a Dios, aunque ya en su tiempo no pudo soportar la Iglesia (no la culpo, no es fácil de entender).

     La revolución busca en la utopía un absoluto y sufre tanto como nosotros la inconsistencia de lo político, se da cuenta que lo más indicado no es mantener esta torpeza de resultados caprichosos, lo conducente siempre es finalmente asesinar al prójimo. ¡Ni qué hablar de la rabia que le produce la babosa democracia! Está bien que Gramsci la aconseja como medio, pero ya muchos se quedan empantanados en ella como en el dulce diván de un prostíbulo de provincia. La democracia no es la utopía, eso creen los que peregrinan a disneilandia, la democracia es sólo política, es la demolición de todo orden político, es sabotaje político. La revolución ha llegado a su punto político abismal con ella, reconoce y celebra su carácter diluyente de todo bien, pero desde allí planea remontar hasta su absoluto de perdición que, por supuesto, mono de Dios,  imagina en una monarquía mesiánica y,  mientras tanto todos, tirios y troyanos, la sostienen  y se aferran a ella porque es el mal menor mientras se espera que se dé el fin buscado por cada uno, pero un fin que la mayoría mediocre de los buenos y los malos, quieren demorar porque en el fondo lo temen. En ella estamos todos de acuerdo de quedar encallados y encanallados.

      Cierto es que siempre toda política es la elección del mal menor, vale para San Luis tanto como para Bismark, Franco, Lénin o cualquiera de los dos imbéciles democráticos que nos gobiernan de ambas riberas del atlántico. Para que la política busque el bien tiene que trascenderse a sí misma, tiene que tender a un absoluto, a Dios. Si su objetivo y su fin es natural y humano debe contentarse con algún mal, que este mal sea menor o mayor no depende de voluntad alguna, es casi azaroso, quienes creen acertar en descubrirlo no saben que no están haciendo un juicio, sino pretendiendo una profecía. Y de parecida manera, para ser un puro mal tiene que buscar un absoluto: la Revolución, el deicidio y la condena eterna. Entre medio, la política no sabe bien a quien sirve ni para qué sirve “Aquello que teje, ningún tejedor lo sabe” reza un proverbio alemán.  Lo que es alimento para uno, es veneno para otros. Gobernar es educar y bien vale la analogía: “Una educación indulgente puede malcriar un niño, pero una educación severa lo puede volver rebelde” nos dice Thibon.  Se educa para Dios o para el Diablo, todas las demás estrategias pedagógicas pueden dar cualquier resultado. “El niño es un perverso polimorfo” decía Freud y sólo puede quitarle la razón un San Juan Bosco.   

      Los materialistas ven las cosas más fáciles porque en las cosas materiales el resultado se corresponde al móvil, el albañil hace casas y la modista vestidos, pero nadie les pide garantizar  que en esa casa serán felices y con el vestido se sentirán bellos. En el orden espiritual es diferente, la buena intención no es suficiente, la parábola de la cizaña y el trigo ha sido siempre la  clave en este ámbito. Nunca sabes bien para quién trabajas, “hasta el pan que comes lo ha amasado el diablo” dicen los españoles.  ¿Estamos tan seguros de estar haciendo bien o mal?  Sólo cuando hacemos la voluntad de Dios podemos saber qué hacemos (porque no lo hacemos nosotros). Sartre creía que el hombre hace su obra sólo en el mal y también se equivocaba, el resultado puede ser cualquier cosa. Imponer la voluntad exige la omnipotencia. Hacer la voluntad propia no es sólo un acto de soberbia, sino que es un imposible, los resultados son de lo más caprichosos. Es por ello que los pobres economistas odian el espíritu y el espíritu encuentra bastante absurda la economía que pretende hacer una casa para el hombre sin contar con sus glorias y sus miserias.

   Las más celebradas victorias de la historia han producido, tarde o temprano, el resultado más adverso e impensado y resulta muy difícil saber quiénes trabajaron para la victoria y quiénes produjeron la derrota. El General Malet, que se conjurara contra Napoleón en 1812, cuando los jueces le interrogaron sobre sus cómplices, dijo: “Ustedes y toda Francia si hubiera tenido éxito”.

     Ha sido necesario este excursus para sortear la acusación de que nuestro asco por la democracia como sistema político, como sistema electoral y como “cultura”, nos hace demonizar lo que no es más que una chapuza humana que se sigue de las secuencias de chapuzas que vienen dando los siglos iluminados,  que hay que aceptar que poray (cantaba Garay) de casualidad sale algo bueno, si, por un rato, en equilibrio precario y que a la corta puede ser también para mal. Pero debemos señalar que es la más aguda de las chapuzas humanas, que da la sensación de que más allá no se puede ir, ni más bajo se puede caer en términos humanos, que luego de esto la encrucijada es sobrenatural. Que coincidimos en que parece ser hoy el mal menor, como siempre lo pareció toda política, pero así como llega un día que nuestra vida deberá enfrentar su última opción y esta será entre dos absolutos, la historia encontrará su última opción de hierro. Y no parece estar muy lejos.

    Acepten que la democracia como sistema político implica la ruptura de toda idea de autoridad, que es lo que funda la política;  en lo electoral es la tiranía del número que asegura la elección de los peores, que es lo contrario a una selección;   en lo cultural es la abolición de la autoridad por el conocimiento, lo que ha sido la muerte definitiva de la inteligencia colectiva e individual, y por fin, nuestra religión se funda sobre la Autoridad de  la Revelación. Hasta podemos decir sin temor a equivocarnos que la aceptación de la democracia en sí misma, por la conclusión de sus premisas, implica la apostasía de la religión cristiana ¡lógicamente se debería seguir de ella! Pero para desgracia de los revolucionaros, el silogismo no se impone a las inteligencias deterioradas, las que pueden soportar sin sufrimiento una tal enorme contradicción flagrante con el recurso al mal menor  y mantener un hilo de fe con el que la Misericordia pueda tirar hacia arriba.

   Pero entonces ¿vale el resentirse con  ella?  ¿No es acaso un exceso de crueldad considerar que los católicos que aceptan formar alguna parte de ella, tanto por la punta política, la electoral, o la cultural,  deben ser considerados colaboracionistas de la Revolución y ameritar por ello la repulsa, la enemistad y el desprecio?  Ya metido el criterio democrático en teología no caben dudas que excede la colaboración para ser partisanía y quien así lo hace es enemigo nuestro y de Dios. Pero mantenido en el sólo plano político (ya en criterio reducido), en el legítimo e inveterado recurso al mal menor que se impone a todo hombre que tiene que soportar a los otros y a sí mismo ¿podemos sostener  tal sanción? Siguiendo la lógica que llevamos más arriba hay ciertas imputaciones que se pueden hacer con seguridad: tal católico tiene un desmedro importante de su inteligencia o ha sucumbido a un vicio moral.

    Puede que no logre entender los principios que fundan la democracia y entonces no ver la contradicción con los fundamentos de su religión.  O puede que lo que no logra entender son los fundamentos de su religión, lo que es mucho más frecuente, ya que ha recibido seguramente una profusa educación democrática y una casi nula formación religiosa. Entonces es un bobo o un ignorante y esto no es muy grave. Puede que se haga por temor, por avaricia o por lujuria, ¡y esto es tan humano que quién podría tirar la primera piedra!

   Pero puede que crea que el mal menor que hay que soportar no sea la democracia en sí, es decir el sistema político impuesto en los hechos (cosa que tenemos que soportar todos los que vivimos en este momento histórico y nos arreglamos de una u otra manera), sino que lo que considera que hay que soportar es  justamente “esta confusión”. Sufrir esta contradicción, que comprendemos perfectamente  y no confrontarla, por ahora. Este  es el “mal menor” por el que optamos, porque como no hay otra opción política, tenemos que receptarla con hipocresía (prudencia le llaman) y, callando la verdad para un momento más oportuno, hacernos cómplices de la confusión. Y ahora sí que la cosa se pone fiera porque como venimos viendo, el problema no es la democracia sino el mal absoluto que su acción disolvente prohija,  que es justamente LA CONFUSIÓN. Dijimos que el absoluto de la revolución es el gobierno del mesías anticristiano, pero este no es un “sistema político” en que reina el mal absoluto, esto no se puede dar en la tierra como no se puede dar el bien absoluto,  sino que se trata de un “estado de confusión” del bien y del mal, un estado de postergación de la Inteligencia Revelada, de la Voluntad de Dios. Me dirán…¡pero es por un ratito! Es hacernos los tontos un ratito… pero, ¿quién nos asegura que no es el “último ratito”? La confusión es justamente el sistema del Anticristo.

     Sí podemos afirmar que aquellos que notan la contradicción y la callan, que colaboran con la confusión amparados en criterios humanos, son infames colaboracionistas. La resistencia es la resistencia en la Verdad, expresada en forma oportuna o inoportuna por caridad con el prójimo que está siendo víctima de la confusión. Y verán que la revolución acepta con cariño a los bobos y a los débiles, pero reconoce como propios a los que callando la Verdad colaboran con la confusión, aunque sea por un momento. A quienes castiga es a quienes la dicen, con el ostracismo por ahora y mañana con el martirio.

    De todas maneras, para aquellos que sufren el “relegamiento social” (como lo llamaba Calmel) , tengan en cuenta que este no es tanto una pena impuesta por el enemigo como una condición necesaria de quienes obtienen victorias interiores. Ya decía Marco Aurelio que “es de la esencia de los seres de naturaleza divina el pasar desapercibidos”.                  

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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