EL FALSO MISTICISMO
Ahora que ya nos hemos ocupado de la verdadera mística1, nos falta ver su falsificación,
«La primera, vía purgativa del desarrollo espiritual o vida ascética, corresponde grosso modo a la pubertad (12-14 años), cuando el ser humano comienza a desarrollarse fisiológica y psicológicamente y a convertirse en un hombre capaz de engendrar, y deja de ser niño. La segunda, vía iluminativa o mística inicial, corresponde a la adolescencia, en la que se sigue creciendo a partir de la pubertad y se tiende a la madurez, entre los 15 y 20 años. La tercera, vía unitiva o mística perfecta, corresponde a la madurez del adulto que ha terminado su desarrollo y alcanzado a la madurez fisiológica y psicológica. Ha crecido a lo largo de los años yposee cierta medida de discernimiento, prudencia, juicio y equilibrio. Es decir, que ha alcanzado el pleno desarrollo de sus facultades intelectuales y morales, a su plenitud y perfección. Es imperfecta entre los 21 y 35 años y perfecta a partir de los 35» (Garrigou-Lagrange). La espiritualidad conlleva todos estos elementos (conocimiento de Dios y amor a Él, a uno mismo y al prójimo; es decir, llevar una sana vida moral en lo individual y lo social).
Es un error desconocer el sano desarrollo de la esfera afectiva en el camino espiritual, el cual se adquiere con las primeras experiencias familiares y nos permite dominar más fácilmente nuestras reacciones, modificar y corregir los sentimientos negativos (desconfianza, falta de autoestima, vergüenza, culpabilidad, miedo). Esos sentimientos negativos tienen orígenes remotos. Están sepultados en nuestra memoria, aunque no tengamos plena, verdadera y explícita conciencia de ellos, y pueden influir en nuestra vida individual y social. Los defectos originados por carencias afectivas pueden corregirse mediante dirección espiritual, examen de conciencia, meditación, conocimiento de uno mismo y, sobre todo, confianza en Dios.
Verdadero y falso cristianismo
La verdadera vida no consiste solamente en comer, beber, divertirse y experimentar emociones y placeres. Ninguna de esas cosas lleva a ninguna parte, y carecen de fines e ideales; conducen a la muerte sin esperanza de resurrección. Es una vida puramente animal a la que le falta lo esencial, lo que nos hace hombres: el elemento racional, o sea conocer la Verdad y amar el Bien con una perspectiva sobrenatural y eterna. El hombre es ciertamente un animal racional (Aristóteles). El cristiano, además de ser hombre, posee en sí el orden sobrenatural: Dios, presente en su alma por medio de la gracia santificante, si bien de un modo finito y limitado.
El cristianismo integral es cosa sería. No conoce medias tintas ni transigencias; no es acomodaticio ni mezcla principios. De principios que son certezas absolutas (fe y moral) extrae conclusiones lógicas que llevan a una vida fundada en el conocimiento de la Verdad (fe) y amor al Bien (caridad). Ahora bien, es imposible conocer la Verdad sin combatir la falsedad y el error; no se puede amar el Bien sin aborrecer el mal o separarse de él. Militia est vita hominis super terram, como dijo Job. Es preciso ser totalmente íntegro e intransigente en los principios, pero elásticos, misericordiosos y comprensivos con la fragilidad y límites humanos en lo que se refiere a medios y prácticas.
La gracia no destruye la naturaleza; la presupone y perfecciona (Santo Tomás de Aquino, Suma teológica I, q. 1, a. 8, ad 2). Por esa razón debemos ser primero verdaderos hombres, y luego buenos cristianos. De hecho, la vida natural consiste en la unión del alma con el cuerpo, y la sobrenatural o cristiana es la unión del alma con Dios. La muerte es la separación del alma y el cuerpo, y la condenación, la separación del alma de Dios a causa del pecado.
Ser un cristiano verdadero e integral significa caminar hacia una meta que es Dios sin desviarse a derecha ni a izquierda dentro de lo que nos permiten las limitaciones humanas. Una de las recomendaciones que siempre debemos hacernos es no mentir jamás, ni a nosotros mismos ni a Dios, que lo ve todo, hasta los pensamientos más recónditos. Aunque no nos guste o nos repugne, tenemos que adherirnos a la verdad.
El auténtico cristianismo es lo contrario del modernismo (síntesis y sumidero de todas las herejías, como dijo San Pío X en la encíclica Pascendi, 1907). Para el modernismo, no existe una verdad absoluta, objetiva y estable; todo es producto de las exigencias o caprichos del hombre. ¡Dios es producto del hombre! ¿Cabe absurdo, depravación o degeneración mayor? El modernismo es una religión al revés, inferior, degenerada e invertida. En cambio, el verdadero cristianismo integral tiene un único fin, un solo objetivo que exige estar dispuesto a todo, incluso a negarnos a nosotros mismos o decirnos que no, a renunciar a nuestros caprichos, intereses, gustos y placeres. En resumidas cuentas: al yo corrompido por el pecado original, al cual idolatra el modernismo subjetivista. Ahí radica la irreconciliable contraposición entre cristianismo y modernismo, entre Cristo y Satanás, entre la luz y las tinieblas, entre el yo falso y herido y Dios.
Ésa es nuestra fe, pero «la fe sin obras es inútil» (St. 2,20). De ahí que sea necesario sacar conclusiones de ella y aplicarlas a la vida práctica diaria. Saber y querer deben caminar juntos. El mero conocimiento hincha, y la sola voluntad enceguece. «Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios y de ese modo salvar nuestra alma» (Catecismo de San Pío X).
El buen manejo de las criaturas es indispensable para vivir la auténtica y recta vida cristiana. Las criaturas (entre las cuales nos encontramos) son medios o instrumentos que nos permiten entender el Fin último, que es uno solo: Dios. Por eso, no debemos servirlas, sino servirnos de ellas (en el buen sentido del término, no en el utilitarista). O sea, que «las cosas son buenas o malas según ayuden más o menos a conseguir ese fin» (San Ignacio de Loyola). También nosotros somos criaturas y medios para servicio de los demás. No podemos tomarnos por el Fin. Sería narcisismo desordenado en vez de cristianismo. El orden es el medio ordenado al Fin.
El desorden se da cuando el hombre se pone en el lugar de Dios. Todos los males se derivan de dicho desorden, que consiste en la inversión del orden divino. Esencialmente, el modernismo es esa revolución antropocéntrica. No es un pecado de flaqueza o debilidad, sino del espíritu y de intención, científicamente estudiado y vivamente deseado. No es Dios el principio ni el Fin en el intelecto ni en la voluntad, ni siquiera en la sensibilidad del hombre, sino que el propio hombre es el fin (Gaudium et spes, 24), y Dios… ¡una creación suya!
Orgullo y humildad. La verdadera humildad de corazón, no de simple palabra, consiste en la verdad. Nuestra vida ha sido creada y nos ha sido dada por Dios y para Dios. La falsedad consiste en pensar que somos nosotros los que dirigimos nuestra vida para nuestros propios fines.
Mansedumbre y fortaleza son las dos virtudes que necesita el verdadero cristiano para soportar, aceptar y actuar. Docilidad para aceptar y virilidad para actuar. Sin docilidad, la fortaleza degeneraría en crueldad, y sin fortaleza la docilidad se volvería cobardía. Es necesario aunar ambas virtudes, como el intelecto y la voluntad. Pongamos un ejemplo: tenemos amigos, pero también enemigos. Con los amigos es fácil vivir (aunque en realidad sólo hay un Amigo verdadero que nunca traiciona: Jesucristo). «El enemigo de hoy puede ser el amigo de mañana, y el amigo de hoy el enemigo de mañana» (Kempis). Humanamente, es difícil convivir con los enemigos. De ahí la necesidad de saber aprovechar sobrenaturalmente las alegrías que unos nos dan y las molestias que nos causan los otros para ejercitar las virtudes de la paciencia y la fortaleza. Las penas y las alegrías son medios que tienen por objeto ayudarnos a alcanzar el Fin, que es Dios. Todo tiene que contribuir a nuestro crecimiento espiritual, ya sean elogios o afrentas. Vivir sólo para nuestro deleite es no poner a Dios en primer lugar. Mientras que cuando Dios es el Fin último de nuestra vida, las alegrías que nos brindan nuestros amigos y los dolores que nos causan nuestros enemigos serán instrumentos que nos permitan unirnos a Dios. Pidámosle la gracia para «saber soportar a nuestros adversarios y huir de quienes nos adulan y lisonjean» (Kempis).
Aceptar y hacer. Tal es la vida cristiana. Aceptar cuanto Dios permite, aun lo que nos repugna, para hacer su voluntad, aunque nos crucifique. La palabra cruz procede del latín cruciare, que significa padecer tormento. Quien rechaza el tormento rechaza la Cruz y a Jesús, con lo que se excluye del Paraíso. La verdadera unión con Dios es la unión moral o de la voluntad, uniformar la propia voluntad con la Dios. Estaré verdaderamente en comunión o unión de vida en común con Dios si acepto su voluntad en todo lo que me sucede y cumplo con mi deber aunque me pese o no me agrade.
Una vez más, nos encontramos ante una oposición diametral entre cristianismo y modernismo. El primero acepta todo lo que le Dios le depara, penas y alegrías. «Dios me lo dio, Dios me lo quitó. ¡Sea bendito el nombre del Señor!» (Job). El segundo nos dice que Dios es un producto de las necesidades del subsconsciente humano que tiene por objeto que el hombre esté feliz y satisfecho de sí mismo en la experiencia o el sentimentalismo religioso. Dios es una excrecencia del egoísmo humano que sirve para que el hombre se satisfaga principalmente de sí mismo, y puede ser cualquier cosa de la que el hombre se sirve para realizarse más como hombre. ¡Todo lo contrario del cristianismo!
Apariencia y realidad. Exterioridad y sustancia. Todo lo que el egoísmo llama adversidad o felicidad es la apariencia, la superficie, bajo la cual se oculta la sustancia: la voluntad de Dios, al igual que Jesús está realmente presente bajo las apariencias o especies de la Hostia de pan. Pues bien: si queremos hacer la voluntad de Dios, tenemos que aceptar todo lo que nos mande, alegrías y penas. La voluntad de Dios está en todas partes, y tenemos que estar contentos en todas las ocasiones, aun en la apariencia de adversidad, viendo la sustancia de la voluntad de Dios, que es lo único que puede dar tranquilidad a nuestra alma. Ciertamente esa paz, esa imperturbabilidad del corazón que no altera nada en el fondo del alma, no es fruto de nuestros esfuerzos, sino de la Gracia de Dios. Pidámossela a Él. Es el don más valioso que podemos tener; estar tranquilos y serenos tanto en la alegría como en el dolor.
La verdadera paz social: no existen profesiones indignas, sólo hombres indignos. Cualquier oficio y condición social son voluntad de Dios. Del mismo modo que en el cuerpo humano hay pies, piernas, corazón y cabeza, el cuerpo social tiene también diversos miembros. Y así como los pies no pueden prescindir de la cabeza, ésta tampoco puede despreciar a los pies por su bajeza de condición (Tito Livio, Apología de Menenio Agrippa).
La meditación no tiene por objeto pedir a Dios que haga nuestra voluntad, sino obtener fuerzas para hacer la suya. Hacer ante todo oración mental significa acercarse a Dios, entrar en comunión de pensamientos y de voluntad con Él. Si todos nuestros pensamientos y reflexiones se hacen oración, encontraremos la verdadera unión con Dios y la verdadera paz interior.
Todo esto parece exagerado e imposible. Desde una pesrpectiva puramente natural, lo es. Ahora bien: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (San Pablo). Con todo, el egoísmo, la comodidad y los caprichos personales están poco menos que omnipresentes en nuestras obras y nuestra naturaleza herida por el pecado original. Hay que remontarse siempre a los principios del cristianismo, dispuestos a seguirlos hasta las últimas consecuencias sin acomodarlos a nuestros caprichos. Estos principios no admiten adaptaciones: 2 + 2 son 4. Siempre 4, no casi 4 ó 4 y pico. En cambio, en cuestiones de método, de cómo hacer las cosas, podemos ser elásticos y puntuales. Firmeza de principios porque se cree; suavidad en los medios porque se ama. Si nos dejamos dominar por los caprichos en lo que se refiere a principios seremos como cañas agitadas al viento. Por definición, los caprichos cambian constantemente y sin razón. Si los principios faltan o se diluyen, los verdaderos cristianos terminarán por ser cristianos a medias. El cristiano debe esforzarse por ser un alter Christus. Ahora bien: 1) Cristo es Dios, y por ser Dios no cambia. De la misma manera, el cristiano tiene que esforzarse por no alterar continuamente sus principios de actuación. 2) Cristo es verdadero hombre, y por eso no debemos destruir nuestra naturaleza humana, sino educarla y elevarla sobrenaturalmente. 3) En Cristo están unidas la naturaleza humana y la divina en la Persona del Verbo. Juntas pero no revueltas. Las Personas divinas mantienen cada una su perfecta integridad sin confundirse. Así pues, el cristiano tiene que procurar liberarse de su falsa personalidad humana herida por el pecado original para que viva en él la Persona de Cristo. «Vivo, iam non plus ego, sed Christus vivit in me»; «Mihi vivere Christus est et mori lucrum» (San Pablo). Sólo los santos que han hecho vivir perfectamente a Cristo en ellos y perdido su vieja personalidad herida y desordenada son hombres normales y cristianos perfectos e integrales, porque han aniquilado el cisma del falso yo respecto al yo de Cristo. Por tal razón, debemos: 1) esforzarnos por el perfeccionamiento del elemento divino en nosotros mediante la gracia santificante; 2) por el del elemento humano, mediante la educación y el sometimiento de la sensibilidad al intelecto y a la voluntad; 3) unir nuestra persona humana a la divina alejando todo obstáculo que nos separe de Dios; y 4) renunciar totalmente a nuestra voluntad o personalidad o uniformarla con la divina dejándonos conducir por Dios.
San Pablo nos exhorta con las siguientes palabras: «Vestíos la armadura de Dios, para poder sosteneros contra los ataques engañosos del diablo. Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial. Tomad, por eso, la armadura de Dios, para que puedas resistir en el día malo y, habiendo cumplido todo, estar en pie. Teneos, pues, firmes, ceñidos los lomos con la verdad y vestidos con la coraza de la justicia, y calzados los pies con la prontitud del Evangelio de la paz. Embrazad en todas las ocasiones el escudo de la fe, con el cual podréis apagar todos los dardos encendidos del Maligno. Recibid asimismo el yelmo de la salud, y la espada del Espíritu» (Ef. 6,10-17).
No podemos quedarnos cruzados de brazos ante los asaltos contra lo que para nosotros es más valioso que nada: nuestra Fe, nuestra Religión, nuestro Dios y su Iglesia. Si conseguimos mantenernos fieles a la rigidez de los principios y la disciplina marcada, no habrá nada que nos intimide, y la victoria final será nuestra, y sobretodo de Dios con nosotros. Si tenemos en la cabeza ideas ciertas y no las diluimos, en el corazón amor sobrenatural y la voluntad, y en las venas sangre regenerada por el sacrificio de Cristo, podremos hacer cualquier cosa, incluso en el mundo presente. De hecho, existe una fuerza que no es nuestra, pero de la que podemos participar, y que en este mundo triunfa sobre todo: nuestra Fe (1 Jn. 5,4).
Naturaleza del falso misticismo
El falso misticismo pervierte ante todo el concepto de estado pasivo de la mística, que no se llama pasivo en un sentido absoluto o total, sino con relación a la Gracia superabundante del Espíritu Santo. En realidad, la mística consiste en no poner trabas a la acción de Dios en nuestra alma. Pero no consiste en la pasividad absoluta del hombre en cuanto a obrar espiritualmente, con la ayuda del Paráclito, viviendo de forma heroica las virtudes infusas, en particular las teologales.
La ascética consiste ante todo en el esfuerzo (askéo = me esfuerzo) humano habitual asistido por la gracia actual ordinaria o suficiente de Dios para vivir en estado de gracia santificante, combatiendo el pecado mortal y haciendo una oración mental mayormente discursiva (primera vía, purgativa o de los principiantes); luego consiste en la imitación de las virtudes de Cristo y una oración mental principalmente afectiva (segunda vía, iluminativa o de los aprovechados), y por último en la mística (tercera vía, unitiva o de los perfectos)2, en la cual el alma es semejante a un velero que avanza veloz sobre las olas impulsado (pasividad relativa) por el soplo impetuoso del Espíritu Santo, pero no se niega a correr (actividad heroica). Mientras que en las ascética el alma puede compararse a una barca de remos con la que se navega con ayuda de la gracia actual ordinaria de Dios y la cooperación de la fuerza de los brazos del barquero, que viven las virtudes infusas al modo humano y no todavía de manera heroica. Por eso, la verdadera mística se caracteriza por una actividad heroica o sobrehumana por parte del hombre que se ejercita en las virtudes infusas; con todo, él es movido ante todo por el Espíritu Santo, al cual no debe resistir ni oponer obstáculos por mala voluntad (pasividad relativa). En cambio, el falso misticismo habla de pasividad total incluso en la acción, lo cual conduce al error quietista; o sea, a no hacer lo que se dice nada. Pero Jesús nos dijo en el Evangelio que no todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace su voluntad. Es más, «La fe sin buenas obras es inútil» (Santiago 2,16).
1 Antonio Royo Marín OP, Teología de la perfección cristiana, BAC 1960, A. TANQUEREY, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Proceno – Viterbo, Effedieffe, reedición de 2020.
2 Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 24, a. 9.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























