El azar en un mundo organizado

Dispersión de las semillas del álamo en primavera

En nuestra primera entrega sobre este tema sintetizamos la doctrina dela Divina Revelación sobre la preeminencia de la causalidad libre de Dios en la creación del mundo y de que a consecuencia de ello haya una jerarquía de orden de la creación. Hoy vamos a examinar qué puede explicar y qué no puede explicar el azar. Pues es evidente que la naturaleza se vale en muchos casos de medios aleatorios, como por ejemplo la dispersión de semillas por la brisa que permite que algunas echen raíces, o la prolífica multiplicación de los insectos, muchos de los cuales no sobreviven.

Al observar estos fenómenos hay que tener cuidado para no caer en el antropomorfismo. Cuando Richard Dawkins objeta que naturaleza es cruel porque las avispas tratan con crueldad a sus presas, o que la naturaleza es ineficiente porque millones de semillas son desperdigadas y no llegan a germinar, y terminan por pudrirse, dan con ello claras muestras de un sentimentalismo antropomórfico. Santo Tomás sabía muy bien que en las cosas materiales «la generación de uno es la destrucción de otro1». El entomólogo Jean-Henri Fabre estudió con tal minuciosidad la vida de las avispas y otros insectos que Darwin afirmó que no tenía parangón como observador; pero sus profundos conocimientos sobre el comportamiento de los insectos no lo llevaron al horror del ateísmo, sino a una serena admiración de la magistral artesanía del Divino Arquitecto.

Es más, en la Tradición católica, ni siquiera la vida humana tiene un valor tan absoluto que no pueda suprimirse por una razón legítima. Sólo Dios tiene, mejor dicho es, un valor absoluto, mientras que todas sus criaturas poseen un valor en relación con Él. Por eso pudo pedirle legítimamente Dios a Abrahán que sacrificara a Isaac. La vida humana es sagrada precisamente cuando se la considera como un regalo de Dios y como inocente. Por eso motivo, no tenemos derecho a quitarle la vida a un inocente, pero Dios no tiene que rendirle cuentas a nadie. No sólo eso; la teología católica siempre ha enseñado que la caída de Adán tuvo un efecto adverso en el conjunto del mundo, aunque no fuera más que en la bendecida relación que había entre todas las partes con el hombre como centro.


El epítome del dogma darwiniano: según Monod, la combinación de las leyes necesarias de la materia y el azar son la razón de todo. ¡Qué geniales son estos cavernícolas!

Espacio para la contingencia

Aristóteles ya se dio cuenta en su tiempo de que la naturaleza no funciona de un modo puramente matemático, sino que entraña las incertidumbres de la materia prima, de la potencialidad con sus múltiples posibilidades. Si hay espacio de sobra en el mundo natural para lo que llamamos casualidad, es porque ya existe un entramado inteligible de finalidades en los que pueden darse entrecruzamientos imprevistos. El azar en sí no es causa intrínseca de ningún ser, ni mucho menos una causa que le haga la competencia a Dios. Dice Santo Tomás de Aquino que lo accidental no tiene causa. Como ya voy camino del mercado, me encuentro por casualidad con un amigo que va también al mercado. No teníamos intención de encontrarnos, pero tuvimos la suerte de que nuestros caminos se cruzaran. En este caso, la suerte –la posibilidad que sale bien– depende de la intencionalidad original de ambos agentes.

Al nivel de las causas subordinadas, mutables y materiales hay mucha cabida para que sucedan cosas no intencionadas, pero siempre se debe a que ya están en juego intenciones concretas. Pero desde la ventajosa perspectiva de la causa última –Dios–, que conoce y dispone todo lo que tiene ser, movimiento y vida, no existe el azar. El P. Lawrence Dewan lo explica de la siguiente manera:


«Podemos afirmar que algo sucede por casualidad en la medida en que consideremos sólo las causas creadas. Siempre podemos decir que nada ocurre por casualidad cuando hablamos de cosas que están sujetas a la Divina Providencia. Concuerdo totalmente con esta afirmación: «Si Dios es verdaderamente providente, eso significa que provee, sabe de antemano, organiza, dispone y hace posible». Pero eso no impide que haya cosas que sucedan por azar, si tenemos en cuenta la transcendencia de Dios sobre el mundo (cf. In Metaph. 6.3, 1216-1222). Una doctrina, con todo, según la cual no existiese en el mundo otra cosa que el azar no sería muy compatible con un Dios que lo crea todo como manifestaciones de su perfección. En las propias cosas no habría verdaderas causas».

Todo lo que realmente existe, sea cuál sea la forma en que existe, tiene y debe tener a Dios por causa, de una manera radical que va más allá de su simple existencia, hasta su forma misma de ser: su mutabilidad, su posibilidad de ser otra cosa, interacción, frustración y realización. Es vital darse cuenta de que, como entendió Santo Tomás, no sólo la existencia de una cosa sino también su forma de existir es obra de Dios. Dios está tan por encima del ser tal como conocemos a éste que está incluso por encima de su necesidad. Dios es ser sin más, no esta o aquella clase de ser. Cuando mediante un acto libre crea un ser finito determina si va a existir de una manera en que una vez que exista, por su propia naturaleza no pueda no existir (ser necesario, en la terminología tomista), o bien de una forma en que no sea necesario que exista, aunque exista por un tiempo (ser contingente).

Las dos formas de ser que corresponden a la primera clase son los ángeles y las almas humanas (por ser nuestras almas espirituales y por tanto incorruptibles). Todos los demás seres que componen el universo visible corresponden a la segunda clase. Dada su causalidad primaria, total y perdurable, Dios siempre tendrá una relación muy íntima con cada criatura en la esencia y constitución de ésta sin que ella pierda su carácter individual y distintivo como criatura de tal o cual especie, garantizando con ello que llegue a existir y exista durante el tiempo o duración de vida que Él le haya asignado.

Como vemos, lo casual es lo que carece de intención y finalidad precisas, independientemente de que la consecuencia sea algo bueno (buena suerte) o malo (mala suerte). De hecho, los evolucionistas sostienen que bueno es simplemente lo que sobrevive o funciona, y malo lo que impide la supervivencia o fracasa, pero son términos puramente subjetivos: desde la perspectiva de un sujeto que se esfuerza por sobrevivir, es una herramienta que intenta funcionar.

Pero esto es una petición de principio tremenda. Un sujeto sólo existe porque es una especie determinada que tiene como fin fundamental ser y, a ser posible, reproducir la misma especie. Una herramienta es tal porque tiene una misión que cumplir. Lo que no es un ser concreto y no tiene una meta concreta que alcanzar no puede conseguir ningún fin. Así pues, en el orden de las intenciones, el bien al que se aspira (siempre alguna perfección del ser) preexiste en lo que aspira a ese bien, para que la alcance. Si lo que tiene esa aspiración carece de una inteligencia que le permita entender su finalidad y de libertad para encaminarse a ella, ello es prueba irrefutable de que ya existen una inteligencia y una voluntad que la impulsan hacia ese fin2.

Qué quiere decir que todo está en manos de la Providencia

Por tanto, si el mundo ha llegado a ser lo que es como consecuencia de una serie de etapas debidas al azar, no tiene sentido afirmar que Dios es Creador y Señor. En el mejor de los casos, ese Dios sería un observador pasivo (con lo que ya no podría ser Dios, al menos no el Dios en el que creemos los cristianos, los judíos y los musulmanes). En un mundo construido hipotéticamente por el azar Dios no sería más el causante del éxito de su obra que un padre cuyos hijos pudieron comer y vestirse porque tuvieron la suerte de encontrar unas migajas y unas ropas viejas en la basura del vecino.

Cuando se dice que un padre gana el pan para su familia se está diciendo que trabaja y tiene previsoramente en cuenta el bienestar de su prole. Dios es verdaderamente providente: dispone y planifica de antemano y lleva a cabo sus designios. Por eso dijo Jesús que es su Padre quien da de comer a los pájaros y viste las flores (Mt. 6, 25–34), y por eso reaccionó Job a la noticia de la tragedia acontecida a su familia y sus ganados afirmando: «Yahvé lo ha dado, Yahvé lo ha quitado.

¡Sea bendito el nombre de Yahvé!» (Job 1,21). Y el salmista confiesa: «Tú formaste mis entrañas; me tejiste en el seno de mi madre» (Sal.138,13).

Criticando la teología pagana, San Agustín observa que negar la Providencia divina es una negación directa de todo lo que ha sucedido, sucede y sucederá, lo cual equivale a negar su existencia, ni más ni menos3. Esta postura nunca se ha entendido como una forma de determinismo o necesitarismo, porque , como dije, Dios no sólo es la causa de los seres sino de sus modos de ser, y por eso hace unas cosas necesarias y otras contingentes; a unas las hace libres y a otras no. Y a las libres, les da capacidad para obrar en libertad y es la fuente misma, y la única posible, de la libertad de sus actos voluntarios.

La postura agustina tampoco exige atribuir a Dios la autoría del mal: tanto los males físicos como los morales son ausencias de bien que Él permite o tolera en aras del bien del universo y de sus elegidos. Pero todo esto cae dentro de lo que gobierna la Providencia de Dios, no fuera. Por eso, sería absurdo afirmar que una cosa puede positivamente existir y actuar sin que Dios haga que exista y actúe4.

Aunque a estas alturas son ya innumerables los libros y artículos que han desmontado las exageradas afirmaciones de la llamada síntesis neodarwinista, la típica reacción dentro del estamento científico es mofarse con argumentos ad hominem. La estrategia típica actual consiste en meter en el mismo saco a todo el que no esté de acuerdo con el evolucionismo afirmando que es un fundamentalista bíblico que insiste en que el mundo con todas sus especies (en un sentido posterior al que le dio Linneo5) fue creado en seis días o el mundo no tiene más de seis mil años de antigüedad.

Todo lo contrario: las más acerbas críticas a la doctrina evolucionistas proceden de filósofos y científicos para los que no son un inconveniente los tiempos largos ni las variaciones entre especies. Hace más de 1500 años, San Agustín, uno de los más grandes exégetas de todos los tiempos, propuso la idea de que en las criaturas hubiese lo que llamó razones seminales, implantadas en ellas por Dios, que explicaran como habían ido apareciendo las especies a lo largo de los tiempos. Ello no obstante, hizo hincapié en naturalezas y finalidades dispuestas con antelación, además de en la presencia íntima y la acción de Dios en todas las cosas. Lo propio de una explicación razonable.

En la última entrega de esta serie echaremos un vistazo a algunas afirmaciones notables de San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino y San John Henry Newman que confirman todo lo dicho hasta ahora.

Gracias por su atención, y que Dios los bendiga.

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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