En vez de desarrollo, «progreso doctrinal». Y a grandes saltos.


Última aparición del papa Francisco en el Domingo de Resurrección

En el libro Super Hanc Petram: The Pope and the Church at a Dramatic Moment in History, que ha sido altamente elogiado por personajes de la categoría de monseñor Athanasius Schneider, Roberto de Mattei, Eduardo Echeverría, Philip Lawler y José Antonio Ureta, el P. Serafino Lanzetta presenta un profundo análisis teológico de los cimientos en que se basa la teología de Jorge Bergoglio y sus palabras y hechos como papa Francisco.

En un momento en que todavía andamos de cabeza con el legado del último pontificado, la obra del P. Lanzetta destaca con singular relevancia y se podría alegar que es la mejor síntesis que se haya escrito sobre el tema. La editorial Os Justi Press ha autorizado a OnePeterFive a publicar el capítulo 5 para nuestros lectores, que habla de la alteración efectuada al Catecismo en lo que se refiere al tema de la pena de muerte, que tiene sus raíces en el paradigma evolucionista de Teilhard de Chardin en contraposición a la manera en que entendía el cardenal Newman el desarrollo de la doctrina.

El 11 de mayo de 2018, el Santo Padre aprobó en el curso de una audiencia concedida al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe una nueva versión del párrafo 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica, que habla de la pena de muerte. Con esta corrección, la nueva doctrina entró en vigor el mismo día que se publicó en L’Osservatore romano, el 1 de agosto de 2018 [1] .

La nueva redacción del Pontífice afirma que «Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común». No aclará en que consiste eso de «durante mucho tiempo». Ciertamente no es una mera cuestión temporal, sino kairológica: la Sagrada Escritura proporciona una clara fundamentación de la doctrina en cuestión, presente también en los Padres de la Iglesia y frecuente en el Magisterio constante de la Iglesia. No abundaremos en el tema. Nos limitaremos a remitir al lector a un exhaustivo artículo que explica con claridad el desarrollo de la doctrina [2].

Ese «mucho tiempo» ya se acabó, porque la nota explica:

Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.

Con este razonamiento, se presenta la nueva doctrina: «Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que “la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona, y se compromete con determinación a su abolición en todo el

mundo”» [3].

Lo que sorprende aquí es el razonamiento: tomando como premisa un nuevo concepto del tiempo, se afirma que «la Iglesia enseña a la luz del Evangelio…» En realidad, en este caso las palabras la Iglesia se refieren exclusivamente a un discurso puntual del papa Francisco que contradice una doctrina constante desde el comienzo del cristianismo, que empezó con San Pedro (1 Pe. 2,13–14) y se prolonga hasta Juan Pablo II [4] y la redacción anterior del mencionado catecismo. Sorprende más todavía la carta a los obispos de la Congregación para la Doctrina de la Fe aprobada por el papa Francisco, que llega al extremo de afirmar que «La nueva redacción del nº 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por el Papa Francisco, se sitúa en continuidad con el Magisterio precedente, llevando adelante un desarrollo coherente de la doctrina católica». Basándose meramente en una nueva forma de entender la dignidad de la persona, presente de manera especial en la encíclica Evangelium vitae de Juan Pablo II, así como en algunos discursos de Benedicto XVI (ambos textos apuntaban a eliminar la aplicación hic et nunc de la pena capital, pero no su licitud moral), se afirma que lo que Francisco dispuso es «un desarrollo coherente de la doctrina católica». Pero lo cierto es que el objeto de Evangelum vitae no era abrogar la razón de la pena de muerte, sino apenas demostrar que en el contexto social de hoy no era apropiada, si bien especificaba claramente que el mandamiento No matarás prohíbe tajantemente matar a un inocente. Ahora bien, en este caso la afirmación de la continuidad se basa en el respaldo por parte de los dos papas que precedieron a Francisco, a pesar de que la nueva doctrina no tiene un ajuste lógico con sus propias enseñanzas sobre el tema. ¿Y qué pasa con los pontífices anteriores? ¿Y con las Sagradas Escrituras, por ejemplo Romanos 13, 4? [5]

¿Qué quiere decir entonces eso de «un desarrollo coherente de la doctrina católica»? Lo que nos proponemos señalar al lector es lo siguiente: ¿estamos ante un caso de desarrollo del sentido teológico o, por el contrario, de progreso en el sentido técnico y científico de la palabra? Antes de reflexionar sobre el alcance de desarrollo en contraposición con sus versiones falsas, será importante hacer un breve examen de las ideas de un autor que habiendo recuperado hace poco la aceptación experimenta una nueva ola de popularidad y puede ayudarnos a entender la estructura del discurso de la CDF. El autor no es otro que el jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin (1881–1955).

Pierre Teilhard de Chardin añade un rasgo muy peculiar al darwinismo: la unión de materia y espíritu en el proceso evolutivo. O sea: plantea que a través de un proceso de devenir la materia produce el espíritu, ya que de esa forma se aproxima progresivamente a la perfección, que consiste en la humanización y, a la larga, concluye en la cristificación. Para Teilhard, Espíritu (palabra que siempre escribe con mayúscula al igual que cuando habla de otros conceptos técnicos como Evolución o Vida cósmica, es producto de la materia) emerge del seno de la materia y la dirige [6], y es precisamente ese «Espíritu que actualmente evoluciona» [7]. El inexorable proceso de evolución material no nos roba el alma. Al contrario, la energía que emana del proceso evolutivo se espiritualiza, avanzando hacia la constitución de sí mismo como libertad.

Para Teilhard, la libertad es fruto de la materia que evoluciona volviéndose espiritual. Por consiguiente, la evolución progresa hacia un futuro en cuya cúspide tendrá lugar la plena revelación y transformación del Cristo cósmico. Una vez se haya alcanzado la plena unidad en el proceso evolutivo, el propio Cristo se revelará como Punto Omega. A partir de entonces el hombre será más humano; es decir, se establecerá lo que Teilhard denomina lo ultrahumano.

Podemos dormir tranquilos: el sistema social e industrial no nos puede robar el alma, porque ésta emana de energías beneficiosas y fuerzas cada vez más espiritualizadas. Y si conseguimos llegar al corazón de la Noosfera (otra palabra clave de la jerga teilhardiana), se puede esperar que alcancemos la plenitud de nuestra humanidad [8]. Según Teilhard, la Noosfera es la esfera terrestre de la sustancia pensante. Cuanto más nos acerquemos a ella, más próximos estaremos a la plenitud de la humanidad.

Quien se ocupa exclusivamente de escudriñar la Revelación se mantiene perdido en el vacío y la incertidumbre. Peor todavía: esa ajetreada búsqueda apaga en él el fuego sagrado de la Búsqueda (otra mayúscula) [9]. La religión, que intenta rechazar la naturaleza, se muestra como algo ajeno a la humanidad. Ya no es algo que encuentre deleite en la vida que seguirá rigiendo el cuerpo y el alma de sus hijos bautizados [10]. Esas personas, a las que la religión tiene celosamente por objeto santificar, oyen otra voz: la de la Madre Tierra, que la primera que los nutrió. Primero la Madre Tierra, y luego la religión. Esta última, si quiere prosperar, debe mantenerse fiel a los llamamientos primordiales de la madre primigenia. Es, por consiguiente, una religión natural, y puede decirse que se eleva como un canto de la Tierra [11].

No sólo eso; Teilhard amalgama la evolución con la Cruz y la Redención, con lo que transforma a esta última en símbolo de la ardua obra de la evolución. Según las interpretaciones tradicionales, el sufrimiento es ante todo un castigo, una expiación. Pero en la Vida Cósmica de Teilhard, contraria a esta perspectiva, la idea central que se colige del sufrimiento es la de desarrollo. Sufrir es, por encima de todo, consecuencia de una obra en desarrollo, y el precio que se debe pagar por ese progreso. Tiene la eficacia de un esfuerzo. Tanto el mal físico como el moral son fruto del proceso de devenir: todo lo que evoluciona posee tiene sus padecimientos y comete faltas. La Cruz, más que símbolo de expiación, lo es de la ardua obra evolutiva [12].

Lo que entonces se conocía como Santo Oficio, tuvo la prudencia de publicar un mónitum sobre las obras de Chardin, en el que aseveraba que abundaban en ambigüedades e incluso errores filosóficos y teológicos contrarios a la Fe católica. Por otro lado, el Pontificio Consejo para la Cultura, presidido por el cardenal Ravasi, pidió por carta al Papa en la asamblea plenaria celebrada en Roma del 15 al 18 de noviembre de 2017 la revocación del mónitum. El argumento principal de la carta consistía en que «la realidad lo había superado, ya que los conocimientos que actualmente poseemos sobre el origen del hombre y sobre las Escrituras ha sobrepasado las polémicas que sustentaban el mónitum» [13]. Salta a la vista que el principio fundamental de Teilhard (es decir, el evolucionismo continuo y perfectivo) ha sido plenamente adoptado por el Pontificio Consejo para la Cultura. Según Antonio Livi, que se hace eco de las críticas formuladas por Étienne Gilson, las especulaciones teilhardianas desembocan en un pancristismo materialista que «interpreta el dogma cristológico –que se centra en la Encarnación y la Redención, hechos salvíficos– en unos términos totalmente incompatibles con el contenido esencial de la Divina Revelación» [14]. Esta postura es corroborada por Manfred Hauke, eol cual añade que la confusión de Teilhard entre naturaleza y gracia favorece la secularización. Para Hauke, la obra del jesuita francés manifiesta una marcada tendencia hacia el pansiquismo y el panteísmo: Teilhard es uno de los padres de la Nueva Era [15].

De este breve análisis de las ideas teilhardianas podemos sacar algunas conclusiones sobre los tiempos en que vivimos, en particular acerca de la tendencia hacia un inexorable concepto evolucionista de la doctrina cristiana. Afirma Teilhard de Chardin que la evolución es un proceso continuo e imparable que, precisamente por su carácter fluido, avanza hacia una mayor perfección: hacia un Punto Omega, Cristo en todo y para todos. La evolución es necesaria, y su mejor producto es siempre el final, el más perfeccionado. El último periodo, aunque efímero, supone siempre una mejora del precedente, y el último resultado es indiscutiblemente mejor. Ahora bien, ese fluir, destinado a ser sobrepasado cuanto antes por la avalancha de sucesos y su interpretación, es la razón de todo. No dejarse llevar por él significa acarrearse voluntariamente la propia muerte, o quizás, teológicamente, abandonar la doctrina general. El proceso evolucionista (e interpretativo) de Teilhard avanza por tanto incontenible sin mirar atrás. Lo que vino antes fue necesario en razón de lo que habría de venir después, que a su vez dará lugar a otra cosa. Una vez que todo se reabsorba en esa idea del Cristo Cósmico, o más bien una Vida Cósmica cristiana (el Cristo Omega es la característica religiosa de este proceso que avanza hacia la inteligencia y el espíritu, y por lo tanto hacia Dios), el proceso llegará a su fin aminorará ese proceso de devenir.

Parece ser que ese concepto está hoy en día muy extendido y goza de bastante popularidad entre prelados y teólogos. Lo nuevo siempre se considera mejor. Lo que fascina no es sólo el afán de novedades, sino la idea de que en lo nuevo, en el presente que avanza transformándose, se entiende todo mejor. Un nuevo papa abroga lo que estableció el pontificado anterior, anula un Misal, introduce una nueva práctica e inaugura una nueva tradición, o mejor dicho, una nueva manera de entender la tradición. Dicho de otro modo: todo está en constante evolución, no hay una continuidad del ser. El devenir se impone sobre el ser y Heráclito le gana la partida a Parménides.

En realidad, se podría decir que Heráclito y Parménides han hecho las paces: se afirma que tanto el ser como el devenir son importantes; lo que pasa es que no hay devenir sin ser, y el devenir no supera al ser. Es simplemente su desarrollo o su corrupción. Si pasamos del ámbito metafísico al teológico, está claro que no se puede entender el devenir como la mutación de una sustancia sino, o bien un desarrollo doctrinal legítimo o degeneración en cuestiones de fe y moral. Para que haya auténtico desarrollo, tiene que ser orgánico, lineal y fiel a su comienzo en todas las fases subsiguientes; en caso contrario sería una adulteración, una falsificación de la idea original.

La obra de San Vicente de Lerins, Padre de la Iglesia, viene muy al caso. Es de los que han afirmado con gran precisión cuándo una verdad se puede considerar parte del depósito de fe revelado por Dios. En su Conmonitorio, escrito en el año 427, cuatro años antes del Concilio de Éfeso, da una regla muy precisa que define las condiciones de lo es católico:

En la Iglesia Católica hay que procurar a todo trance que todos nos atengamos a lo que en todas partes, siempre y por todos se ha creído. Porque esto es lo propio y verdaderamente católico, como lo declara la fuerza e índole misma del vocablo, que abarca en general todas las cosas. Y esto lo lograremos si seguimos la universalidad, la antigüedad y el consentimiento [16].

San Vicente de Lerins dice concretamente al instruir sobre la realidad del consentimiento que, al menos, todos los sacerdotes y doctores tienen que estar de acuerdo. No se trata ciertamente de una unanimidad material sino moral que se pueda observar en la adhesión de todos a la fe que precede dicho consenso. Precisamente por el consenso que precede, la deja firmemente sentada. La Fe precede al consenso en la Iglesia. Como vemos, ese consenso no sólo tiene por objeto la adhesión a una mayoría, aunque se defina colegialmente. La adhesión que crea adhesión la da el acto de fe en la doctrina que se enseña porque se ha propuesto siempre y en todas partes. Siempre, o sea, desde los Apóstoles. Y en todas partes; es decir, en todas las iglesias en que se ha anunciado el mismo Evangelio. La unión de quod semper y quod ubique entendida en un sentido diacrónico para enlazarla a través de los Apóstoles al Señor Jesús que vino a nosotros facilita el quod a omnibus, el consenso unánime. Vale más la pena reflexionar sobre esto en estos tiempos en que se propone la sinodalidad como cimiento de la eclesialidad y por tanto de la universalidad. Se opone el momento sincrónico al diacrónico, con lo que se corre el riesgo de desconectarse del desarrollo completo a lo largo de la historia de la Cristiandad. Ambos momentos son necesarios, pero conectados por lo de «en todas partes, siempre y por todos». Para entenderlo no hace falta convocar un montón de sínodos; basta con vivir conforme a la traditio fidei.

San Vicente de Lerins se hace eco de Tertuliano, que expresó un principio similar que fusiona la transmisión incesante del Evangelio y la sucesión apostólica: Quod apud multos unum invenitur, non est erratum sed traditum [17]. Todo cuanto han mantenido por unanimidad las numerosas iglesias apostólicas que han recibido un mismo Evangelio no es erróneo; es algo transmitido. Cuando muchas iglesias locales preservan la unidad de la Fe transmitida, ahí está la Tradición de la Iglesia. Así pues, cuando la multiplicidad geográfica de las iglesias mantiene y enseña una doctrina diferente, ya no hay transmisión sino error; se ha corrompido la doctrina.

Esto nos trae al tiempo presente. ¿Es posible entender el desarrollo atribuido a la doctrina que se enseña, de Amoris laetitia a la abolición de la pena de muerte en el reciente Sínodo de la Juventud, desde la perspectiva de San Vicente de Lerins y de Tertuliano, o se trata más bien de una cuestión que avanza a saltos sin continuidad lineal? ¿No sería más apropiado hablar de progreso doctrinal en vez de desarrollo? En este caso la palabra progreso se entiende en el sentido de la Ilustración: la razón que asume el compromiso de mejorar la vida personal y social del hombre. De esta forma el progreso doctrinal refleja en la realidad el progreso técnico y científico hacia formas cada vez más complejas de vivir con miras a alcanzar más libertad económica, política y social. ¿No es cierto que la nueva definición que da el Catecismo que altera la doctrina sobre la pena de muerte se basa ante todo en una nueva conciencia social de la dignidad de la persona humana? ¿Y en qué consiste esa nueva conciencia si hasta Juan Pablo II siempre se había enseñado la licitud de la pena de muerte (y por tanto que era admisible, aunque fuera in extremis)? Es evidente que nuevo paradigma cultural (Ilustración) subyace a todo el sistema. Por encima de todo, el nuevo concepto de castigo (meramente correctivo o medicinal), que abroga y anula los otros dos aspectos (castigo y ejemplaridad), tomados del pensador ilustrado Cesare Beccaria (y seguido por el utilitarista Jeremy Bentham) [18] en sustitución de la tradición canónica y teológica, instala una nueva actitud personalista hacia la pena de muerte, actitud que ya no es esencialista.

Lo que hace falta es un concepto teológico que aclare una vez más en qué consiste el desarrollo, y en qué la alteración; es decir, el progreso entendido como el ajuste entre las ideas religiosas a los avances técnicos y científicos. La siguiente cita de una célebre obra de John Henry Newman nos puede venir bien:

Las más altas y sublimes verdades, si bien se comunicaron una sola vez al mundo por maestros inspirados, no podían ser entendidas en su totalidad por los oyentes. Como fueron recibidas y transmitidas por mentes no inspiradas y por medios no humanos, han tenido necesidad de mucho tiempo para mucho razonamiento para dilucidarlas plenamente [19]

«Continuidad de tipo, característica de su desarrollo fiel». Por tipo Newman entiende la expresión interna de una idea [20]. La unidad o conservación del tipo quiere decir que, aunque cambie la expresión externa de la idea, la idea permanece inalterable; lo contrario supondría su corrupción. Ciñámonos a la siguiente cuestión: ¿se conserva el mismo tipo en la doctrina relativa a la pena de muerte en el Catecismo anterior y en su nueva formulación? No, porque resulta una contradicción afirmar que de la noche a la mañana se ha vuelto inadmisible, cuando las Escrituras, la Tradición y el Magisterio son unánimes en sostener lo contrario. Si no fuera así, sería imposible arribar a su penúltima expresión: que su legitimidad (y por tanto admisibilidad, aunque sólo como extrema ratio) se fundamenta en la ley moral natural, que es expresión de la ley de Dios. Expresado con la terminología newmaniana, habría que decir que asistimos a la corrupción y no al desarrollo de una doctrina.

¿Cómo reaccionar ante semejante distorsión de la enseñanza de la doctrina católica? Sólo hay una manera: volver a la verdad de la tradición apostólica, redescubrir la indispensable función que cumple en la Fe y el valor axiológico que teológicamente tiene. Sin la Tradición, la Fe y la teología son como el ciego del Evangelio que guía a otro ciego (cf. Lc.6,39). Nos gustaría concluir estas reflexiones con un pensamiento de San John Henry Newman: «Nuestra religión popular apenas reconoce que han transcurrido doce épocas entre Nicea y Trento, salvo para tomar un par de pasajes con que ilustrar sus descabelladas interpretaciones de ciertas profecías de San Pablo y San Juan» [21]. ¿Cuántos años han pasado en nuestra religión popular entre el final del Concilio Vaticano II y 2023? [22] ¿De verdad que siempre es mejor lo más reciente en el tiempo?


P. Serafino Lanzetta

[1] El rescripto pontificio y la carta de la CDF a los obispos se pueden encontrar en https://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2018/08/02/0556.pdf.

[2] Cyrille Dounot, Une solution de continuité doctrinale. Peine de mort et enseignement de l’Église, en Catholica 141 (2018): 46–73

[3] Discurso del papa Francico a los participantes en un encuentro organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización,, 11 de octubre de 2017, en L’Osservatore Romano, 13 de octubre de 2017, p. 5.

[4] V. Dounot, Une solution de continuité doctrinale, 56 ss.

[5] Hasta el punto de que el cardenal Journet llegó a escribir: «Si el Evangelio prohíbe a los estados aplicar la pena de muerte, el propio San Pablo traicionó al Evangelio», L’Église du Verbe incarné, t. 1, La hiérarchie apostolique (Saint-Maurice: Édition Saint-Augustin, 1998), 575, citado en Dounot, Une solution de continuité doctrinale, 46.

[6] Pierre Teilhard de Chardin, Writings in Time of War (Londres, Collins, 1968), 78; edición original francesa: Écrits du temps de la guerre (1965).

[7] Íbid.

[8] Pierre Teilhard de Chardin, The Future of Man (Londres, William Collins Sons & Co., 1964), 190–91; edición original francesa: L’Avenir de L’Homme (1959).

[9] Teilhard, Writings in Time of War, 83. Ver también 221: mediante un entramado de fuerzas materiales y espirituales, el mundo avanza hacia la personalización, que es imprescindible para el Universo (otra mayúscula).

[10] Teilhard, Writings in Time of War, 86.

[11] No es casual que la encíclica Laudato Si’de Francisco, en el nº 83 (nota 53), cite a Teilhard.

[12] Teilhard, Writings in Time of War, 71.

[13] Sul ‘monitum’ del 1962 riguardante Teilhard de Chardin, www.cultura.va/content/dam/cultura/docs/comunicatistampa/CS23nov10Teilhard.pdf.

[14] Il pancristismo materialistico di Teilhard de Chardin, https://cooperatoresveritatis.files.wordpress.com/2015/04/il-pancristismo-materialistico-di-teilhard-de-chardin.pdf.

[15] V. Die Tagespost, 8 de diciembre de 2017.

[16] San Vicente de Lérins, Conmonitorio, II, 5-6.

[17] Tertuliano, De præscriptione hæreticorum, cap. 28. Contextualizamos este principio de Tertuliano en nuestros comentarios sobre la Tradición como regla de fe.

[18] V. Dounot, Une solution de continuité doctrinale, 71.

[19] John Henry Newman, An Essay on the Development of Christian Doctrine (Londres, James Toovey, 1845), 27.

[20] Newman, 58. Junto a esta primera nota fundamental para demostrar el desarrollo como algo contrapuesto a la corrupción de una idea, Newman enumera otras seis: identidad de principios, poder de asimilación, secuencia lógical, anticipación del porvenir, poder de conservación y vigor crónico.

[21] Newman, 5.

[22] [O sea, el año en que se publicó en inglés el libro Super Hanc Petram del padre Lanzetta. —N. Del E.]

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