Durante su viaje a China, el presidente estadounidense Trump planteó a su homólogo comunista chino Xi Jinping la cuestión de Jimmy Lay, preso desde 2020 en una cárcel de Hong Kong. Trump describió con estas palabras el resultado de la conversación: «Yo diría que la respuesta no fue positiva. Dijo que para él fue como una pesadilla». Pero ¿quién es Jimmy Lay?
Se trata del pseudónimo de Chi-Ying Lay. Nació en Cantón en 1947 en el seno de una familia paupérrima, y desde niño conoció las privaciones y la violencia de la China comunista. Siendo aún adolescente, consiguió escapar a Hong Kong, a la sazón colonia británica, donde empezó a trabajar como obrero en la industria textil. Gracias a su extraordinaria capacidad para los negocios, en pocos años construyó un verdadero imperio económico en el sector de la indumentaria y en el mundo editorial, y llegó a ser uno de los hombres más destacados de la ciudad. Se convirtió al catolicismo, y poco a poco fue madurando la convicción de que la libertad económica debe ir acompañada de la libertad política y religiosa. Por ese motivo, puso su propio patrimonio, influencia y publicaciones periódicas al servicio de las libertades civiles en Hong Kong, en peligro por la expansión del dominio del régimen comunista chino.
Tras la imposición de las leyes de seguridad nacional por parte de China, Lai se convirtió en uno de los símbolos de la resistencia democrática de la ex colonia británica. Fue detenido en numerosas ocasiones por la policía, entonces estrechamente subordinada a las autoridades pequinesas, sometido a procesos judiciales cada vez más rigurosos y a crecientes restricciones en sus libertades personales. A pesar de su avanzada edad y de tener la posibilidad de abandonar el país, se negó a marcharse de Hong Kong, optando por compartir la suerte de su pueblo.
En febrero de este año fue condenado a veinte años de prisión por sedición y conspiración contra el régimen comunista.
Su experiencia forma parte de la extensa lista de persecuciones que han tenido lugar en China desde que el régimen maoísta se hizo con el poder en 1949 e impuso un férreo sometimiento de la sociedad mediante el terror ideológico y la represión. Por lo que respecta al catolicismo, el principal problema para el régimen era la fidelidad al Papa, que se consideraba incompatible con la soberanía ideológica del estado socialista. Por eso, en los años cincuenta Pekín creó la Asociación Patriótica china, controlada por el Partido, con miras a construir una Iglesia independiente de Roma. Los prelados y sacerdotes que no aceptaron adherirse a la nueva organización fueron acusados de ser contrarrevolucionarios o agentes imperialistas. Sin el debido proceso, muchos acabaron en los laogai, campos de trabajos forzados del aparato represivo chino.
Entre las figuras icónicas de la persecución está Ignatius Kun Pin-mei, detenido en 1955 junto con centenares de sacerdotes y fieles. Pasó más de treinta años de cárcel y confinamiento por su negativa a romper la comunión con el Papa. Otra figura emblemática fue Fan Xueyan, obispo clandestino de Baodang, que sufrió numerosas detenciones y falleció en 1992 en circunstancias aún no aclaradas después de años de arresto y torturas.
En el Libro rojo de los mártires chinos, Gerolamo Fazzini recoge los testimonios de cuatro católicos ejemplares: Gaetano Pollio, arzobispo de Kaifeng, detenido y condenado a seis meses de trabajos forzados: Domenico Tang, arzobispo jesuita de Cantón, encarcelado por veintidós años y dado por muerto por su familia; el padre León Chan, condenado a cuatro años de cárcel , que fue uno de los primeros sacerdotes que dieron a conocer en Occidente la pesadilla comunista china por no haber querido huir en 1962; y Juan Liao Shouji, joven catequista que pasó veintidós años en los laogai. Condenados en juicios amañados por delitos que no habían cometido, fueron sometidos a tormentos y humillaciones de toda índole mientras en la Europa de los años sesenta, según explica Fazzini, los textos maoístas eran presentados como el rostro amable del comunismo y se ganaban simpatizantes incluso en medios católicos.
Robert W. Greene (1911- 2003), misionero estadunidense en China de la congregación Maryknoll, ha contado su testimonio personal de fe durante la persecución de los años cincuenta. Después de la victoria comunista de Mao Tse Tung, el padre Greene fue detenido por las autoridades chinas acusado de ser espía al servicio de EE.UU., y sometido a largos interrogatorios, humillaciones y torturas. Siguió detenido y hasta llegó a ser condenado a muerte por decapitación durante la persecución anticristiana de 1952, pero inesperadamente fue puesto en libertad y deportado a Hong Kong. Una de las escenas más recordadas del tiempo que pasó en prisión fue la del sacerdote que, desprovisto del rosario, llevaba la cuenta de las avemarías en la celda con trozos de fósforos.
Una vez de vuelta en Estados Unidos, Greene siguió dando testimonio público de la situación de la Iglesia perseguida en China por medio de conferencias y escritos. El año pasado la editorial Ares sacó a la luz su autobiografía, Calvario in Cina: L’ultimo parroco di Tong’an, que apareció en italiano el año pasado publicada por Ares. En un artículo del diario Libero del 7 de diciembre del año pasado titulado Quando il comunismo cinese cominciò a conquistare il mondo, Antonio Socci recordó cómo funcionaba el infernal aparato maoísta, para lo que se sirvió de los dramáticos testimonios del P. Greene: niños transformados en delatores, familias destruidas por la propaganda y persecución de todos los cristianos y opositores. Durante décadas, millares de cristianos fueron encarcelados y sometidos a trabajos forzados, tortura y muerte en campamentos de reeducación. Según el PIME (Pontificio Instituto pro Misiones Extranjeras), millares de sacerdotes y religiosos desaparecieron durante las campañas maoístas, sobre todo en el periodo de la Revolución Cultural (1966-1976), cuando la Guardia Roja devastó iglesias, monasterios y seminarios. Buena parte de lo que sucedió quedó sepultada por la censura del Régimen, pero los misioneros, historiadores y testigos han ido reconstruyendo el drama de la Iglesia china perseguida, por lo que se ve desgraciadamente olvidado por la Ostpolitik vaticana mientras el dictador comunista Xi Jinping continúa proclamándose discípulo de Mao.




























