No se puede acabar el mes de mayo sin recordar una vez más las apariciones de Fátima.
El mensaje de Fátima no se reduce a los tres secretos que reveló la Virgen a Lucía, Jacinta y Francisco. El mensaje comprende muchas otras cosas, entre ellas las oraciones que la Santísima Virgen enseñó personalmente a los tres pastorcitos. Una de ellas acompaña todos los días el rezo del Santo Rosario. Es la que dice: «Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia».
Las palabras de esta oración, o más bien jaculatoria, porque puede elevarse a Dios en cualquier momento del día, es un compendio de enseñanzas teológicas y pastorales en las cuales debería buscar inspiración todo obispo y sacerdote, empezando por el Pastor Supremo de la Iglesia, o sea el Romano Pontífice. Fue ni más ni menos la propia Virgen la que enseñó a los tres pastorcitos a dirigirse al Señor, y sus palabras van dirigidas a toda la humanidad para salvarla de los peligros que la acechan. De esa manera, la Virgen María pone de relieve una vez más su misión de Mediadora universal de todas las gracias. Es una Mediadora que no eclipsa el papel primario del Mediador Supremo, que es Jesucristo. Al contrario, nos ayuda a ver cómo podemos unirnos más estrechamente a Él. La jaculatoria de Fátima se inicia precisamente con el nombre de Jesús, único Salvador de la humanidad. Como está escrito, «no hay salvación en ningún otro, pues debajo del
cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podemos salvarnos» (Hch. 4,12).
La invocación «Jesús mío» va seguida de tres peticiones concretas.
Empieza por una dirigida al Señor, que dice: «perdona nuestros pecados». Con sólo dos palabras, la Santísima Virgen nos recuerda que existen pecados y nadie está libre de ellos. Los pecados son infracciones de la Ley de Dios que tienen su origen en el pecado original. Cuando el hombre cae en el pecado, no está en condiciones de redimirse por sus propias fuerzas; no puede justificarse a sí mismo. Tiene necesidad de ser perdonado. Eso sí, sin arrepentimiento no puede haber perdón. Y a su vez, el arrepentimiento supone ser consciente de que se acreedor al castigo divino, por haber ofendido a Dios, que es digno de ser amado sobre todas las cosas.
La necesidad del arrepentimiento nace también del miedo al Infierno. De ahí la segunda petición: «Líbranos del fuego del Infierno». Quien muere sin haberse arrepentido ni haber sido perdonado, se despeña en el Infierno. El Infierno no es sólo un estado espiritual del alma; es el lugar reservado a quienes se niegan hasta el final de su vida a arrepentirse de sus culpas. La pena que se sufre en el Infierno es un fuego inextinguible; un fuego real, no metafórico, que acompaña al espiritual de haber perdido a Dios. Y como el alma es inmortal, la pena correspondiente a un pecado grave del que uno no se ha arrepentido dura tanto como la vida del alma: siempre, por la eternidad. Tal es la doctrina de la Iglesia que nos recuerda la Virgen María.
El primer secreto que comunicó la Virgen en Fátima a los tres pastorcitos el 13 de julio de 1917 comenzó por una terrorífica visión del Infierno, que se muestra como un lugar, y un lugar que no está vacío, sino repleto de almas de condenados: «Nos mostró un gran mar de fuego que pacía estar bajo la tierra. Inmersos en este fuego había demonios y almas humanas, como ascuas transparentes y negras o bronceadas, que tenían forma humana y flotaban en el fuego» […]. Sólo la gracia de Dios puede librar al hombre del Infierno, porque si el hombre intenta prescindir de dicha gracia, si se engaña creyendo poder salvarse por sus propias fuerzas, no puede evitar el Infierno. Por eso hay que rogar al Señor «líbranos del fuego del Infierno» pensando también en los muchos que no quieren creer esta trágica verdad eterna.
Llegamos a la última petición. Después de recordarnos la existencia del abismo infernal, la Virgen nos señala el objetivo, el horizonte luminoso del Cielo: «Lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia». El Cielo es el Paraíso, que también es un lugar, y no de inmenso sufrimiento sino de infinita felicidad, inmune a todo mal y colmado de todos los bienes, la sede gloriosa y esplendorosa de Dios donde los justos gozan de dicha eterna.
Ésta es la dramática pero auténtica decisión que debemos tomar en la vida, la encrucijada que nos espera a la hora de la muerte. El Cielo, donde alcanzan la felicidad las almas que se salvan, o el Infierno, donde padecerán eternamente los condenados. Las innumerables fatigas y sufrimientos de la vida terrena no tienen comparación con el Infierno merecido por nuestros pecados, ni con el Cielo prometido a quienes, con la ayuda de Dios, vivamos en su gracia.
Cuenta Sor Lucía que el 3 de enero de 1944 tuvo en la capilla del convento de Tuy la visión apocalíptica del castigo de la humanidad, tras la cual sintió resonar en su espíritu estas palabras: «En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, ¡el Cielo! Esta palabra, Cielo –explica Sor Lucía–, me inundó el corazón de paz y felicidad, tanto que, casi sin reparar en ello, seguí repitiéndome durante mucho rato: ¡El Cielo, el Cielo!».
El deseo del Cielo fue el principio rector de la vida de Santa Teresa del Niño Jesús y muchos otros santos. Decía Santa Teresita: «La Tierra me parecía un exilio, anhelaba el Cielo…». La Tierra es un valle de lágrimas en el que todo es pasajero y se corrompe; el Cielo es un país de felicidad donde todo vive y nada muere. No basta con temer el Infierno; es preciso desear el Cielo, la dicha del Paraíso, que es el fin último del hombre.
El hombre debe desear el Cielo, pero para alcanzar esa meta necesita la ayuda divina. Con su jaculatoria, la Virgen nos invita a pedir auxilio a Jesús para todas las almas, pero sobre todo para las más débiles, las que más necesidad tienen de la misercordia de Dios.
Entre esas almas débiles está la nuestra. Confiemos en la misericordia de Dios, que nos llega a través de María, auxilio de los cristianos y refugio de pecadores. Fue Ella quien, para ayudarnos, nos enseñó junto con otras la oración que hoy repetimos con confianza: «Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia».




























