El castillo de Beaufort

Pocos eran los que habían oído hablar del castillo de Beaufort, al sur del Líbano, antes de que el ejército israelí anunciase su conquista el pasado 31 de mayo. Así, la opinión pública mundial ha tenido noticia de la existencia de una fortaleza de los cruzados que novecientos años después de su construcción sigue siendo un importante baluarte estratégico en la guerra del Próximo Oriente.

El castillo de Beaufort se construyó en 1139 por Fulco V de Anjou, rey cruzado de Jerusalén, sobre una cresta rocosa de 700 m de altura a fin de controlar las vías de comunicación entre la costa fenicia, Galilea y el interior de Siria. Domina el valle de la Becá, entre Líbano y Siria, que constituía la frontera entre el mundo franco y el musulmán. Que esta fortaleza haya sobrevivido a lo largo de los siglos nos recuerda ante todo que los territorios que actualmente se disputan Israel y Hezbolá fueron tierras cristianas. En dichas tierras vivió y derramó su sangre Nuestro Señor Jesucristo, y desde allí se extendió por el mundo la Iglesia Católica.

Santa Elena, madre del emperador Constantino, redescubrió allí entre 326 y 328 las reliquias más valiosas de la Pasión, y a ella debemos la construcción de la basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén y la de la Natividad en Belén, que transformaron Tierra Santa en uno de los principales destinos de peregrinación de la Cristiandad y contribuyeron a fijar en la memoria religiosa la geografía de los lugares mencionados en el Evangelio.

Cuando los secuaces de Mahoma conquistaron la Ciudad Santa en 638 los santuarios cristianos siguieron existiendo, si bien en condiciones cada vez más precarias, hasta que en el siglo XI los turcos selyúcidas invadieron Palestina y ordenaron su destrucción. Las Cruzadas, organizadas para liberar los Santos Lugares ocupados por los mahometanos, constituyen el episodio más luminoso del Medievo cristiano. Tras la reconquista de la Ciudad Santa en 1099, nacieron el Reino de Jerusalén y una serie de estados cruzados bajo la soberanía del primero. Este extenso complejo territorial comprendía el condado de Edesa, que coincide con algunas zonas del sudoeste de la actual Turquía, el norte de Siria y el occidente de Iraq. Incluía también el Principado de Antioquía, que se extendía sobre la actual provincia turca de Hatay y el noroeste de Siria, así como el condado de Trípoli, que abarcaba gran parte de la actual costa libanesa, el Reino de Jerusalén, que comprendía la mayor parte del Israel actual, los territorios palestinos de Cisjordania, la franja costera de Gaza y amplias zonas del oeste y sur de la actual Jordania.

En su conjunto, los estados cruzados se extendían desde el Mediterráneo hasta el curso superior del Éufrates y los territorios de Turquía meridional de hoy hasta el Golfo de Ácaba en el Mar Rojo.

La existencia del castillo de Beaufort nos recuerda, además del reino cruzado de Jerusalén, que el mencionado territorio se constituyó a raíz de una guerra santa promovida por el beato Urbano II y sus sucesores, que sumaron treinta y cuatro desde la conquista de Jerusalén en 1099 hasta la caída de San Juan de Acre en 1291, fecha convencionalmente entendida como punto final de la epopeya de las Cruzadas.

Epopeya que conoció extraordinarias victorias cristianas pero también graves derrotas. Cuando asomó por el horizonte Saladino, el más temible adversario al que en aquellos años se enfrentaron los cruzados, sultán de Egipto y Siria, los jefes cruzados se dejaron arrastrar por disputas internas, intrigas y ambiciones, y en 1187 sufrieron el desastroso descalabro de los Cuernos de Hattin.

Allí, junto al lago de Tiberíades, los cruzados cayeron en la trampa hábilmente tramada por Saladino. Para obligar al ejército del Reino de Jerusalén a abandonar la plaza fuerte de Seforia, abundante en agua y fácilmente defensible, Saladino atacó Tiberíades. El ejército cristiano emprendió la marcha bajo el calor estival mientras la caballería ligera musulmana lo acosaba incesantemente con incursiones y maniobras de acoso impidiéndole llegar a las fuentes para abastecerse de agua. Cuando los cruzados llegaron exhaustos a Hittin, la batalla estaba ya en buena parte perdida y su ejército resultó prácticamente aniquilado. En 1991 cayó también el castillo de Beaufort, último y prestigioso puesto de avanzada del sistema defensivo cruzado en el camino hacia el interior de Siria.

La causa más profunda de la derrota no fue sólo de orden militar. Estaba en que habían perdido la pureza de intenciones y en la tensión espiritual que habían dado lugar a la epopeya. Enseña la tradición cristiana que aunque Dios no abandona a quienes confían en Él, con frecuencia permite que sean derrotados cuando se alejan de su vocación y se fían exclusivamente de las propias fuerzas. Por esa razón, Guillermo de Tiro, testigo y cronista de las Cruzadas, escribió unas palabras que nos hacen reflexionar: «Entre nosotros han venido a faltar, como se lamentó el Profeta, “la Ley del sacerdote, el consejo del sabio y el oráculo del profeta” (Jeremías 18,18-b). Ahora, tanto el sacerdote como el pueblo estamos así (Oseas 4,9), de tal manera que podemos aplicarnos las palabras del Profeta: “La cabeza toda está enferma, y todo el corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no queda en nosotros nada sano” (Is. 1, 5b-6). Hemos llegado a un punto en que no somos capaces de tolerar ni nuestros vicios ni sus remedios. Por eso, a causa de nuestros pecados los enemigos se han hecho más fuertes, y nosotros, que tantas veces enarbolábamos la palma de la victoria triunfando sobre enemigos, privados hoy de la gracia divina, nos llevamos la peor parte en la mayoría de los enfrentamientos».

Pero de la historia podemos sacar también otra enseñanza: quien desea vencer una guerra debe saber escoger el terreno donde combatir y no dejarse arrastrar por el adversario en el lugar ni en la manera establecida por éste. Este principio no vale sólo para las batallas militares, sino también para los enfrentamientos religiosos, culturales y morales que recorren toda época de la historia del hombre. En muchos casos la victoria es de quien mantiene la lucidez para no abandonar las posiciones esenciales y no dejar que sea el contrincante quien imponga sus planes.

Vista así, la fortaleza de Beaufort se convierte en el símbolo del castillo interior que todos estamos llamados a defender. Representa la fortaleza de ánimo, la fidelidad a los propios principios y la vigilancia de nuestras convicciones y nuestra vida espiritual. Defender este castillo significa ejercitar la prudencia, perseverar en el bien y no ceder a presiones externas ni a debilidades interiores. Al poner el resultado de la batalla en manos de la Divina Providencia, el hombre obra al máximo de su capacidad y encuentra en la Fe las fuerzas para resistir y vencer.

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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