¿Puede un pagano ser virtuoso?


Breve introducción a una profunda cuestión

Estudiando los anales de la historia y recurriendo a la memoria y la experiencia se observan abundantes ejemplos de paganos –incrédulos no creyentes– que al parecer poseen, y hasta ponen por obra, ciertas virtudes morales e intelectuales. En algunas de ellas pueden sobresalir más que ciertos creyentes. Hay incluso paganos capaces de abnegados actos heroicos.

La teología cristiana enseña que la caridad –el amor a Dios por ser quien es y al prójimo por amor a Dios– es la forma de las virtudes. Es decir, lo que hace que todas ellas tengan verdadera valía a los ojos de Dios. San Agustín llegó al extremo de afirmar que las virtudes de los paganos son vicios.

¿Cómo se pueden armonizar estas dos posturas? ¿Puede un pagano poseer auténticas virtudes? O, si afirmamos tal cosa, socavamos la primacía radical de la Gracia de Dios para hacer el bien?

En realidad, la cuestión comporta varias cuestiones interrelacionadas. Es un nudo que liga muchos hilos entre sí. La cuestión es de gran interés, muy profunda, y no es por consiguiente fácil de responder.

Para empezar, Santo Tomás deja claro en la Primera secundae de la Suma teológica que existen dos formas de virtud humana y se basan en dos fines diferentes: la felicidad relativa de esta vida, y la felicidad perfecta, que es eterna. Ambas formas son voluntad de Dios, aunque la terrena está subordinada a la celestial y debe subordinarse a ella.

Los griegos, sobre todo Platón y Aristóteles, tuvieron una vaga vislumbre de la bienaventuranza del alma. Platón se dio cuenta de que el intelecto sólo se podía apoyar en la visión del Bien en sí, y el Estagirita reconoció que la capacidad más suprema y característica del hombre, el intelecto, esta ordenada a la contemplación de Dios y tiene en El su realización . Sólo el cristianismo reveló la vocación del hombre a la visión beatífica de Dios cuando, como declara San Juan, «lo veremos tal como es» al participar en su propia vida, cosa que un pagano casi ni se habría atrevido a proponer.

Del mismo modo, existe una forma natural de virtud que está ordenada a la felicidad natural en esta vida terrenal, la cual para los griegos se perfecciona en la contemplación de Dios en la medida en que puede conocerlo la razón. Y existe también una forma sobrenatural de virtud que está ordenada a la felicidad sobrenatural de la vida del mundo venidero, cuya necesaria premisa es la infusión de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad. Por ejemplo, Santa Tomás habla de una forma natural y otra sobrenatural de las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). Y lo mismo se puede decir de muchas otras virtudes que enumeraron los moralistas antiguos –¡más de un centenar!– que comenta el Aquinate en la Secunda secundae.

Cabe destacar que las virtudes teologales sólo tienen forma sobrenatural, porque proceden de Dios y están dirigidas a Él. Las virtudes cardinales de los paganos tenían por objeto alcanzar la felicidad en esta vida. Eso sí, si poseemos el don de la gracia santificante y la caridad, el ejercicio de dichas virtudes queda ordenado igualmente al bien sobrenatural, al que están supeditados los bienes terrenos.

Esto nos lleva a plantearnos lo siguiente: ¿Estamos tan seguros de que los paganos no tenían caridad? Está claro que muchos paganos antiguos y actuales carecen de ella; a muchos cristianos también les falta. Ahora bien, ¿estaban necesariamente excluidos los paganos de la antigüedad de la vida caritativa?

Otra manera de plantear la cuestión es preguntarnos si estaban totalmente privados de la gracia santificante. Siempre se ha entendido que, al menos en teoría, es posible que un hombre de buena voluntad que busca a Dios pueda obtener el don de la gracia por voluntad de Dios gracias a los méritos de Cristo. Si está entre quienes tienen un deseo implícito (votum implicitum) de salvarse, podría recibir gracia, y la caridad sería la forma de las mencionadas virtudes.

En un célebre pasaje, Eusebio de Cesarea escribe lo siguiente:

«Todos aquellos a quienes su justicia les hizo merecedores de elogio, remontándose desde Abrahán hasta el primer hombre, pueden considerarse cristianos de facto si no de nombre, sin apartarse de la verdad (…) Es evidente que debemos considerar la religión que en los últimos años se ha proclamado a todas las naciones por medio de las enseñanzas de Cristo nada menos que la primera, la más antigua y primitiva de las religiones, descubierta por Adán y sus seguidores, los amados de Dios».

Abrahán no era judío ni vivió sometido a la Ley Mosaica. Tampoco era cristiano en un sentido patente, salvo por anticipación. Anhelaba el día en que llegaría la Redención desde los Cielos, cuando llegara el Mesías prometido. Fue un caldeo del que Dios tuvo misericordia, y mediante la Gracia lo llevó a establecer un pacto con Él.

Santo Tomás trata el tema de la posible salvación de los gentiles antes de la llegada de Cristo en II-II, Q. 2, art. 7, ad 3:

«Si ha habido quienes se hayan salvado sin recibir ninguna revelación, no lo han sido sin la fe en el Mediador. Pues aunque no tuvieran fe explícita, la tuvieron implícita en la divina providencia, creyendo que Dios es liberador de los hombres según su beneplácito y conforme Él mismo lo hubiere revelado a algunos conocedores de la verdad, a tenor de las palabras de Job: Nos instruye más que a las bestias de la tierra (Job 35,11)».

Estas cuestiones están relacionadas con otra que reviste particular importancia, sobre todo de un siglo para acá: si hay posibilidad de salvarse fuera de la Iglesia. Pues si un gentil como Platón o Aristóteles hubiese recibido gracia santificante, al morirse se habría ido al Seno de Abrahán o Limbo de los Padres y habría subido al Cielo en la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.

La Iglesia siempre ha enseñado que fuera de ella no hay salvación, extra Ecclesiam nulla salus, y el Catecismo actual corrobora esa doctrina. La espinosa cuestión que siempre ha atormentado a los teólogos es cómo interpretarla exactamente. Algunos Padres de la Iglesia optaron por una línea más rigurosa, y afirmaron que la salvación no era posible fuera de la pertenencia visible a la Iglesia prefigurada por el pueblo de Israel y perfeccionada por Cristo cuando vino a la Tierra. Según esta perspectiva, todo el que muera fuera del pueblo de Dios, ya sea antes o después de Cristo, se condena. Pero esta severa postura no era la de la mayoría de los teólogos católicos, ni siquiera antes del Concilio. Citando el n.º 14 de Lumen gentium, el Catecismo de la Iglesia Católica proporciona una buena explicación, si bien bastante general:

846 «¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo: “El santo Sínodo […] «basado en la sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el Bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella” (LG 14).

847 Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (LG 16; cf DS 3866-3872).

848 “Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, «sin la que es imposible agradarle» (Hab. 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar”» (AG 7).

La Iglesia enseña que la salvación se da únicamente por medio de Jesucristo y su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. Pero también enseña que los que conocen a Jesucristo o a la Iglesia y no tienen la culpa de ello (lo cual la Iglesia llama ignorancia invencible) se pueden salvar. Eso sí; si se salvan, siempre es mediante Cristo, que en tanto que Logos es Creador y, en tanto que Logos encarnado, es el único Salvador de la humanidad pecadora. Jesús es una palabra hebrea que significa Salvador. San Atanasio afirmaba que como el Logos es el pensamiento eterno de Dios por el que conoce todas las cosas, es también el exemplum, el modelo de la Creación, y por eso fue el Logos la Persona que se encarnó para nuestra salvación, no el Padre ni el Espíritu Santo.

Los concilios de Orange, que se celebraron en dicha ciudad francesa en 441 y 529 respectivamente, declaran cosas importantes en este sentido. Las deliberaciones del segundo de ellos se enviaron a Roma y fueron aprobadas en 531 por Bonifacio II. Este concilio proclamó que cuando toda persona llega al uso de razón recibe la gracia suficiente para librarse de la condenación eterna. Que Dios da, y ha dado siempre a todos, gracias actuales para avanzar hacia la salvación. Si uno obra de conformidad con dichas gracias, se salvará. Pero dado que nadie se puede salvar si no se encuentra en estado de gracia santificante y tiene caridad, está claro que ambas cosas son posibles no perteneciendo a la Iglesia.

El cardenal Charles Journet, que se cuenta entre los más agudos teólogos tomistas del siglo XX, explica esta doctrina diciendo que, según Santo Tomás, a un pagano que llega a la edad de tener uso de razón se le concede una gracia actual iluminante. La luz de Cristo se le manifiesta de algún modo que no entendemos, y desde el momento en que tiene uso de razón, esa persona se ve obligada a tomar una importante decisión: o abrazar la Luz o rechazarla. Añade monseñor Journet que si rechaza la Luz comete pecado mortal (pues sin uso de razón no es posible cometer pecado mortal). Si, en cambio, la acepta, estará en estado de gracia santificante.

Por supuesto, después podrá cometer pecados mortales, y sabemos que desde luego es muy fácil, teniendo en cuenta la naturaleza caída del hombre y la concupiscencia desordenada a la que tenemos que hacer frente. De ahí que sea sumamente probable que alguien a quien le falta la asistencia que brinda la Iglesia Católica con sus eficaces sacramentos pueda perseverar en la Gracia. Esto ya es suficiente justificación para el deber misionero que tiene la Iglesia, ya que puede dar por sentado que la inmensa mayoría de los incrédulos, aunque tomaran una buena decisión inicial, no podrían seguir haciendo buen uso de su libertad.

Por eso, la Iglesia adopta una postura intermedia entre dos extremos que deben evitarse. Un extremo es la herejía de Feeney (que si no se pertenece visiblemente a la Iglesia es imposible la salvación). El otro extremo es el indiferentismo, formalmente condenado por la Iglesia. Según el indiferentismo, todas las religiones son medios válidos de salvación.

El camino de la salvación está en ser miembro de la Iglesia Católica y recibir sus sacramentos, que son los medios eficaces que Dios ha provisto. Toda la humanidad está destinada a dicha Iglesia por ser su hogar y familia sobrenatural. Y sin esos sacramentos sería muy difícil alcanzar la eterna bienaventuranza. Por otro lado, la Iglesia también declara que Dios es un Dios misericordioso; las propias Escrituras dan fe de que Él «quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim.2,4). Es más, «todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» (Rm.3,23). Dios escribe derecho con renglones torcidos, lo cual enseñan constantemente las Escrituras. «Así como no sabes cuál es el camino del viento, ni cómo (se forman) los huesos en el seno de la madre, así tampoco conoces la obra de Dios, quien hace todas las cosas.» (Ecle.11,5). «Mirad a las naciones y observad; admiraos y llenaos de espanto; pues voy a hacer una obra en vuestros días, que no creeríais si alguien la contase.» (Hab.1,5). «¡Oh, profundidad de la riqueza,

de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, y cuán insondables sus caminos! 3» (Rm.11,33). «¿Pretendes acaso penetrar en las profundidades de Dios, hasta la perfección del Omnipotente? » (Job 11,7).

Sabemos también, como siempre ha afirmado la Iglesia, que quien se salva se salva únicamente por la acción de Nuestro Señor Jesucristo. En Juan 14, 6, Cristo declara: «Soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí». Y hablando de su muerte salvífica, proclama solemnemente: «Una vez levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia Mí”» (Jn.12,32). Dios no se complace en la perdición, como vemos en Ezequiel 18;23: «¿Acaso quiero Yo la muerte del impío? dice Yahvé, el Señor. ¿No (quiero) más bien que vuelva de sus caminos y viva?». Leemos además en 2º de Samuel que Dios manifiesta misericordia incluso a los desterrados y proscritos: «Dios no quiere quitar la vida, sino que busca medios para que el desterrado no permanezca arrojado de su presencia».

Alguno preguntará: ¿en qué nos basamos para creer que Dios concede gracias actuales a todos? En la afirmación de San Pablo a Tito: «Se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres». No se puede sacar la conclusión de que Dios vaya a salvar necesariamente a todos los hombres, pero sí de que brinda asistencia a cada uno a fin de que su alma no se pierda para siempre. En el n.º 660, el Catecismo declara que el plan divino de predestinación incluye la libre respuesta de cada uno a su Gracia.

En su obra Manual de teología dogmática, Ludwig Ott explica que la universalidad de la Gracia de Dios es parte de la doctrina inmutable de la Iglesia. Que la voluntad salvífica divina los abarca a todos, no sólo a quienes tengan fe explícita en Cristo, lo confirma Alejandro VIII (Denz. 1294 et seq.) en su condena de dos proposiciones jansenistas que lo niegan. Clemente XI rechazó también la doctrina jansenista de que sin fe, Cristo y la caridad somos «tinieblas, aberración y pecado» (Denz. 1398; cf. 1391). Y el Concilio Vaticano I declara que es posible conocer a Dios por la luz natural de la razón, doctrina que se encuentra igualmente en las Escrituras: en el capítulo 2 de la epístola a los Romanos y el 13 de la Sabiduría.

En vista de todo lo anterior, debemos tener la humildad para reconocer nuestra incapacidad para comprender los caminos de Dios. Sabemos que lo ha creado todo y lo ama todo; que es un Dios misericordioso que no desea la muerte del pecador sino que tenga vida eterna. Sabemos también que el pecador no entra en el Reino de Dios, y que el Señor no coarta nuestra libertad y sólo nos pide que cooperemos con su iniciativa. Al final, el camino de la salvación sigue siendo un misterio, incluso en el mundo venidero, aunque cuando veamos a Dios cara a cara entenderemos que es justo en todos sus caminos y que nadie que lo buscó con tesón quedará avergonzado, del mismo modo que no habrá puesto en la Cena de las Bodas del Cordero para nadie que haya contravenido su Ley, profanado su creación y tratado con maldad a su prójimo.

Nos basta con la dicha de conocer la Revelación que ha tenido la misericordia de darnos y de rezar y ocuparnos en la salvación del prójimo, con arreglo a las oportunidades que Dios nos conceda. Creer que podemos saber o hacer más de eso es incurrir en una forma sutil de orgullo. «De Ti proceden la riqueza y la gloria; Tú lo gobiernas todo; en tu mano están el poder y la fortaleza,» (1º de Crónicas 29,12-13)

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Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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