¿Quiénes son los distraídos? Los que no son capaces de concentrarse en lo que están haciendo o les cuesta hacerlo. La distracción en sí no es una virtud, porque la perfección consiste en hacer siempre bien las cosas. Nuestro Señor es un ejemplo perfecto de ello.
Pero la distracción no es siempre y necesariamente un defecto. Depende de a qué se dirijan los pensamientos cuando no se presta mucha atención a lo que se está haciendo.
Por ejemplo, el cardenal Giusseppe Siri habla de distracción para referirse a una mente que se desvía precisamente de lo esencial para pensar en algo efímero, variable e inconsistente. La distracción se vuelve un constante ir y venir de esto a aquello sin llegar a profundizar.
No obstante, existe además una forma de distraerse que no es fruto de mala voluntad sino de inteligencia creadora, o de una imaginación viva que hace que el cerebro esté continuamente asaltado por asociaciones de ideas e intuiciones. Es cuestión de temperamento. Esto les pasa a personas a las que les cuesta concentrarse en los aspectos prácticos de la vida diaria. Numerosos artistas, inventores, científicos y escritores fueron considerados distraídos. Estaban tan inmersos en su mundo que se olvidaban de la hora que era, de cosas de todos los días y hasta de comer.
No faltan entre los santos algunos que eran despistados por naturaleza. Muchos santos eran personas sumamente precisas y organizadas. Pensemos en San Juan Bosco, capaz de administrar sus obras con extraordinaria precisión. Otros, por el contrario, parecía que estaban siempre en la luna de tan embebidos como se hallaban en la reflexión sobre cuestiones elevadas y divinas. Es importante distinguir entre las distracciones como debilidad humana y los despistes ocasionados por el recogimiento de la mente, que se abstrae de lo concreto para ensimismarse en lo elevado. Una mente que de vez en cuando se desconcentra puede tener el corazón profundamente unido a Dios. Y un corazón unido a Dios, aunque se olvide de algunas cosas, puede llegar a ser santo. Es conocido, por ejemplo, que San Felipe Neri estaba a veces tan embebido en la oración que perdía la noción del tiempo.
Hubo santos muy metódicos (como San Ignacio de Loyola), impulsivos (como San Pedro) y otros que estaban en las nubes porque tenían una intensa vida interior. La santidad no consiste en tener un carácter determinado, sino en dejar que todos los rasgos de la propia personalidad sean transformados por el amor de Dios.
San Goar es uno de esos santos pocos conocidos pero fascinantes cuya vida es una muestra sorprendente de distracciones.
Nació en Aquitania, probablemente entre fines del siglo VI y principios del VII, en los comienzos del reinado de los francos. Se ordenó sacerdote, y aspiraba a llevar una vida más recogida y de relación más estrecha con Dios. Así que dejó su tierra y se construyó una ermita en el valle del Rin, a la sazón parcialmente pagano, en la diócesis de Tréveris.
Decidió llevar una vida de ermitaño, pero no aislado. Construyó una capillita y una celda, y dedicó sus días a la oración y a acoger a los caminantes.
Se hizo célebre por su hospitalidad. Nadie que golpeara a su puerta se quedaba sin comer, un lecho donde dormir y unas palabras de aliento y de guía espiritual. En unos tiempos en que los viajes eran largos y peligrosos, su casa fue un refugio seguro de peregrinos, mercaderes y navegantes del reino.
De ahí que se lo venere como patrón de los hosteleros, los huéspedes, los barqueros, los viticultores y los alfareros.
Su popularidad provocó la envidia de algunos clérigos, que lo acusaron falsamente ante el obispo de Tréveris de haber convertido su ermita en una posada porque, al contrario que los anacoretas, comía rodeado de caminantes a los que ofrecía excelentes raciones. Pero sucedió que dos de sus acusadores, yendo de regreso a Tréveris, perdieron las provisiones que llevaban para el viaje. Exhaustos y muertos de hambre, esperaron en el camino a que alguien los socorriese, y quien los salvó fue precisamente San Goar. El santo, que iba por la misma vía para presentarse al obispo a fin de justificarse, los libró y les dio de comer, lo cual los dejó convencidos de su inocencia. Una vez que llegó a Tréveris y accedió a la antecámara del palacio episcopal, colgó la capa de un rayo de sol confundiéndolo con una percha. La capa quedó milagrosamente suspendida en el aire a la vista de los presentes. Este prodigio causado por su distracción demostró su inocencia y puso de relieve la malicia de sus acusadores.
El episodio de la capa que San Goar colgó en un rayo de sol nos da motivo de reflexión. La suya fue una distracción santa. Podemos imaginar que, absorto en la serenidad de quien vive constantemente en la presencia de Dios, lo hizo con la naturalidad de quien cuelga una capa. Esta santa distracción no fue fruto de la superficialidad, sino de un corazón tan unido a Dios que no está sujeto a cálculos humanos.
San Goar es invocado también contra las calumnias y acusaciones falsas. El rey Sigeberto III quiso nombrarlo obispo de Tréviris, pero Goar declinó. No porque despreciase el episcopado, sino porque consideraba que Dios lo había llamado a servirle fuera de la vista. Prefirió volver a su humilde celda y seguir acogiendo a peregrinos.
Tras su fallecimiento, que tuvo lugar el 6 de julio (tradicionalmente del año 575 o, según otras crónicas, 649), su tumba se convirtió en destino de peregrinaciones. En torno a su eremitorio se alzó una ciudad que hasta hoy lleva su nombre: Sankt Goar, a orillas del Rin.
Aunque las vidas de santos antiguas lo describen como un hombre profundamente recogido en Dios, la contemplación no lo apartaba del prójimo. Quien llamaba a su puerta era siempre acogido con grandes atenciones. A veces los santos más contemplativos parecen ajenos a las cosas materiales, pero se vuelven sorprendentemente presentes a la hora de amar a Dios y al prójimo. Y eso es lo que recuerda a San Goar, a quien nos gustaría imaginar como posible patrono de los despistados.





























