El incienso, sacramental de la devoción

Con frecuencia me llama la atención que en muchas iglesias católicas rara vez se utilice el incienso. Las Escrituras lo mencionan con harta frecuencia: en la Ley Mosaica, en los libros que hablan del culto en el Templo, en los Salmos, en los que es un importante símbolo de las plegarias que se elevan a Dios, en la perícopa del Evangelio sobre Zacarías y en escenas del Cielo en ambos testamentos. Sobre el siguiente versículo de las Escrituras,

«vino otro ángel que se puso junto al altar, teniendo un incensario de oro, y le fueron dados muchos perfumes […] Y el humo de los perfumes subió con las oraciones de los santos de la mano del ángel a la presencia de Dios»,

comenta Romano Guardini:

«Esto dice San Juan en el misterioso libro del Apocalipsis. La ofrenda de incienso es un bello y generoso rito. Los claros granos de incienso se colocan sobre los carbones encendidos, se balancea el incensario, y se eleva una fragante humareda. El ritmo y del movimiento y el agradable aroma poseen algo de musical. También hay algo de música en la completa falta de utilidad práctica. Es un derroche de una sustancia muy valiosa. Una efusión de amor incontenible. Mientras el Señor cenaba, María llevó un costosísimo perfume de nardo, lo volcó sobre los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos, y la casa se llenó de la fragancia del ungüento. Los estrechos de miras pusieron reparos: “¿A qué viene tanto despilfarro?” Pero el Hijo de Dios declaró: “Dejadla tranquila. Lo hace con vistas a mi funeral”. La unción de María fue un misterio de muerte y de amor con el grato aroma del sacrificio1».

El aromático humo siempre estuvo presente en el culto judío, y más todavía en el cristiano, en el que, en contraste con los cruentos sacrificios de animales del Antiguo Testamento, representaba a las mil maravillas el culto racional de una mente elevada a Dios en unión con Cristo, que es la oblación agradable por excelencia. Su importancia queda magníficamente recogida en una de las antífonas de laudes de la solemnidad del Corpus Christi: «Sacerdotes sancti incensum et panes offerunt Deo, alleluia»2: los sacerdotes del Señor ofrecen a Dios incienso y panes, aleluya. El pan ha sobrevivido. ¿Y el incienso?

Monasterio benedictino de Brignoles

Luego está la experiencia subjetiva de los fieles. Cada vez que se inciensa en Misa o en el Oficio Divino se tiene la impresión de que está dando culto a Dios. Tiene lugar algo inefable: no hay palabras ni canto que puedan de por sí expresarlo. Se percibe la presencia de algo digno del tratamiento que se le ofrece a un monarca o un Dios3. La fragancia envuelve a los feligreses, les impregna el pelo y la ropa. Con su neblina, una nube de incienso empaña la vista, dando a entender inconscientemente que asistimos a misterios impenetrables que exigen postrarse de rodillas. Cuando las brasas relucen y los granos de incienso se prodigan a manos llenas, las nubes de incienso lo vuelven todo borroso, visto como a través de un velo, como imagen de la peregrinación que es la vida cristiana a lo largo de este valle de lágrimas.

Prosigamos con Guardini:

«La ofrenda de incienso es como la unción de María en Betania. Desinteresada y abnegada como la belleza. Arde y se consume como amor que llega más allá de la muerte. El alma árida toma partido preguntándose lo mismo: ¿para qué?

»Se trata de la ofrenda de un aroma agradable que la propia Escritura nos dice que son las oraciones de los santos. El incienso es símbolo de la oración. Como las oraciones puras, no tiene por objeto nada propio; no pide nada para sí. Se alza adorando como el Gloria Patri al final de un salmo dando gracias a Dios por su inmensa gloria…

»La oración es un acto profundo de adoración que no pregunta por qué. Se eleva como belleza, como dulzura, como amor. Cuanto más amor contiene, más tiene de sacrificio. Y cuando el fuego ha consumido totalmente el sacrificio, se eleva un grato aroma»4.

Recuerdo una de mis numerosas visitas al Museo de Historia del Arte de Viena, que tanto cautiva con su extensa colección de grandes pinturas. Aunque había estado allí hacía años, en esta ocasión la experiencia me resultó muy novedosa. El arte malo siempre es igual, pero el arte de verdad aumenta en la proporción en que uno mismo crece. Se contempla como si fuera la primera vez, porque hay mucho que ver, y el que lo ve no es el mismo de antes.

La sala que más me sorprendió en aquella oportunidad fue la galería dedicada a Rubens. Yo tenía cierto prejuicio contra Pedro Pablo Rubens por la exuberancia carnal de sus personajes y la desbordada sensualidad de las escenas que representaba. Pero aquella vez, en cuanto entré en la sala percibí de lejos la manera en que suavizaba los rígidos contornos y empapaba la escena en una suerte de luz mitigada. Reconozco que estas palabras suenan rebuscadas, pero daba la clara impresión de que hasta las escenas más mundanas estuvieran envueltas en una nube de incienso y transformadas en una ofrenda a Dios. Era teología contrarreformista con forma y color; la buena creación de Dios, asumida por su Hijo en su maravillosa Encarnación. Materia y humanidad asumida, sanada, elevada y destinada a la inmortalidad. No era un epinicio pagano a la carne, sino un himno católico a una realidad sacramental5.

Rubens, Escena de tormenta con Filemón y Baucis

Rubens, Los milagros de San Ignacio de Loyola

En cierta ocasión leí un excelente comentario al Cantar de los cantares titulado La cantata del amor, cuyo autor, Blaise Arminjon, habla mucho en el texto del sentido de la sensualidad6. Lo mismo, y quizá con más perspicacia, hace Timothy Kelly en su profunda obra Wounded I Sing: The Song of Songs and the Incarnation of the Son of God.

Conforme me iba embebiendo de los perfumados misterios de los Cantares, evoqué amargamente que las antífonas y lecturas de la Misa reformada han sido despojadas no sólo de casi todos los versículos del Cantar de los cantares, sino de toda la sensualidad espiritual que transmite. Las oraciones, la secuencia de las lecturas, los gestos, todo quedó atenuado con palabras huecas de formalidad y corrección racional.

El Novus Ordo se llevó por delante pequeños retoques amables al calendario, el colorido derroche de detalle en que se regodeaba Rubens (por ejemplo, el pasaje del Evangelio que dice que la fe mueve montañas en la fiesta de San Gregorio Taumaturgo (18 de noviembre), porque literalmente trasladó una a fuerza de oraciones; o el ofertorio de la Misa de Santa Rita (22 de mayo), que aplica a su marido y sus hijos un versículo del Génesis que habla de tres ramas que florecen y dan uvas. Una compleja urdimbre de conexiones entre antífonas, lecturas, oraciones y el sentido mismo del sacrificio se hicieron humo, se volatilizaron. El vetusto mapa en el que aparecían arboledas, arroyos, ruinas y caminos vecinales ha sido sustituido por otro lleno de autopistas, carreteras y empalmes7. Estas simplificaciones han tenido en general un efecto a largo plazo: desvincular la Misa del corazón del hombre, de la cultura y del mundo corpóreo externo y el mundo afectivo interno.

En estos maniqueos tiempos de desprecio a la carne –menosprecio de la encarnación histórica, la autoridad de la Tradición, la ley natural y la narrativa de la gracia, yo diría que necesitamos más que nunca a Rubens y a todo lo que representa, más que nunca. Nos hace más falta que nunca el Cantar de los cantares, y nos hace más falta que nunca la Misa Tradicional, con incienso a raudales.

Zdzisław Jasiński (1863-1932), La misa del Domingo de Ramos


Poco después de aquella visita al Museo de Historia del Arte estuve en la pequeña localidad de Nursia, a la cual se podría calificar de Nazaret italiana: apartada y de escasa importancia a los ojos del mundo. Pero los monjes que día y noche entonan alabanzas a Dios hacen de Nursia, al igual que Nazaret, una fuente de oculta energía.

Participando con los monjes en la oración y escuchando la suave modulación de sus cánticos tuve la experiencia de que en ciertos momentos no sabía qué estaban cantando, y no me importaba; porque la sublime belleza que se elevaba hacia Dios a modo de incienso musical me transportaba y me elevaba el corazón a Dios. Más tarde descubrí que Santo Tomás de Aquino describe lo mismo en un artículo de la Suma. A la objeción de que el canto es un obstáculo para la alabanza porque distrae la atención de los cantores y dificulta que otros entiendan la letra, responde:

«Con el canto que se escoge con cuidado para deleitar el oído se distrae el alma y se desentiende de la consideración de lo que canta. Aunque también es verdad que, si uno canta por devoción, considera entonces con mayor atención lo que se dice, ya sea porque se detiene más en ello, ya porque, como dice San Agustín en el libro X de las Confesiones, “todos los afectos de nuestro espíritu, por diversos que sean, tienen su propia expresión en nuestra voz y en el canto, y se sienten excitados con su misteriosa afinidad”. Este mismo razonamiento es aplicable a los oyentes: también ellos, aunque a veces no entiendan lo que se canta, saben, a pesar de todo, por qué se hace, o sea, que lo que con el canto se pretende es alabar a Dios. Basta esto para excitar su devoción».

La devoción me elevaba a las alturas aunque el intelecto se hubiera quedado atrás. Esa es una de las muchas enseñanzas que podemos sacar del incienso, ¿no? Que hay cosas que no nos es posible entender, que nunca podremos expresar en palabras, ni siquiera con música, y sin embargo debemos intentar enlazar y sintonizar con ellas. Hay que quemar algo valioso y de grato aroma. Con el humo se elevan nuestros suspiros. Se avivan equivalencias invisibles, se despiertan afectos, la devoción adquiere una forma informe y damos paso en silencio a la gloria de Dios. Al olor del incienso, de inmediato nos abstraemos en vez de racionalizar o expresar con palabras, aprehendiendo firmemente los conceptos.

En la novela La muerte llama al arzobispo de Willa Cather hay una escena en la que monseñor Latour oye en confesión a una anciana sirvienta a la que los dueños de la casa en la que sirve, protestantes, no le han permitido asistir a Misa en diecinueve años. Antes de que se vaya, el arzobispo le da una medalla de recuerdo:

«Por suerte, Latour se acordó de una medallita de plata con la efigie de la Virgen que llevaba en el bolsillo. Se la entregó, y le dijo que el propio Santo Padre la había bendecido. Ahora tendría un tesoro que podría guardar como oro en paño y venerar mientras dormían los señores de la casa, que no le quitaban el ojo de encima. “¡Ah –pensó–, para quien no sabe leer, la imagen, la representación física del amor!”»9

La imagen, la representación física del amor. En Nursia, los domingos acude mucha gente de la localidad al monasterio para asistir a Vísperas y recibir la bendición del Santísimo. Yo también he asistido, y lo que he visto me ha conmovido hondamente. He sido testigo de la atención y el silencio de los fieles contemplando con los ojos clavados en el Santísimo Sacramento.

Es indudable que hay muchos que no entienden el latín ni tienen pensamientos teológicos elevados, pero la majestuosidad y el misterio de la realidad divina se les hacen patentes con mucha más eficacia que mil homilías sobre la Fe en su propio idioma, muy por encima de lo que captarían los más refinados intelectos. Tan inmersos estamos en lo que pasa que un racionalista a machamartillo como el filósofo Hegel lo calificó despectivamente de conciencia infeliz:

«…tan sólo se dirige hacia el pensar, y es devoción. Su pensar como tal no deja de ser el zumbido informe del toque de campanas, o una tibia neblina de incienso, un pensar musical que no llega al concepto (…) Lo que hay aquí es el movimiento interior de un ánimo puro que se siente a sí mismo pero dolorosamente, como escindido en dos; el movimiento de una nostalgia infinita […] Pero al mismo tiempo, esta esencia es el más allá inalcanzable que al atraparlo huye, o mejor dicho, ya ha huido»10.

Al contrario que Hegel y sus discípulos racionalistas actuales, los católicos no han olvidado que los gestos simbólicos y las melodías tradicionales constituyen un idioma en sí, capaz de conmover instantáneamente el alma, a un nivel que no se puede expresar con palabras. No hace falta explicarlo todo. No todo admite explicación. Además, llega un momento en que las palabras aburren. La necesidad más honda es la de ver y oír la belleza. Me recuerda a Aquel a quien ama mi alma. Lo anhelo con ansía infinita, y sin embargo, sé que es alcanzable. El incienso se esparce por el aire y se esfuma, como mi alma elevándose a Dios, que no es un concepto abstracto, sino mi Padre Celestial.

El beato Columba Marmion nos garantiza que toda acción realizada por quien ama a Dios, por trivial o instrascendente que sea,

«Es como el grano de incienso, un poco de polvo disgregado; pero cuando se arroja al fuego, se convierte en perfume agradable. Cuando la gracia y el amor lo impregnan y colorean todo en nuestra vida, entonces toda ella es como un himno perpetuo a la gloria del Padre Celestial; es para El, por nuestra unión con Cristo, como un grano de incienso que exhala suaves aromas: “Somos para Dios el buen olor de Cristo” (2 Cor. 2,15). Cada acto de virtud reporta una alegría inmensa al corazón de Dios, pues es una flor y un fruto de la gracia que nos ha sido procurada por los méritos de Jesús: “En alabanza de la gloria de su gracia” [In laudem gloriæ gratiæ suæ] (Ef. 1,6).»

1. Romano Guardini, Los signos sagrados.

2. Está en el Breviario Romano, el Oficio monástico y la Liturgia de las Horas modernas; extraña conjunción de planetas.

3. Un texto clásico de historia del arte describe así el ambiente que reinaba en una sinagoga antigua: «Además de murales, objetos litúrgicos y adornos varios, el resonar de las oraciones y la fragancia del incienso realzaban la belleza de la sinagoga e intensificaban la sensación de estar en un espacio sagrado creado para la liturgia» (Janson’s History of Art, 8ª ed., 238). Más adelante, hablando de un monasterio medieval griego, dice: «Otra cosa que falta, dado que Dafni ya no tiene la comunidad monástica que lo fundó –actualmente es un museo– es la experiencia del canto de los monjes, el aroma del incienso y el relucir de objetos litúrgicos de metales preciosos” (ibid., 271). Las mismísimas cosas que faltan hoy tantos templos católicos, ¡y eso que son iglesias y no museos! Los historiadores del arte de este mundo pueden ser sabios en su generación que los hijos de la luz.

4. Romano Guardini, Los signos sagrados.

5. Para experimentar la impresión que yo tuve habría que visitar personalmente el museo, ya que las reproducciones publicadas en libros o en línea no hacen justicia a un efecto lumínico tan sutil.

6. Blaise Arminjon, S.J., The Cantata of Love: A Verse-by-Verse Reading of the Song of Songs, trans. Nelly Marans (Ignatius Press, 1988).

7. La descripción que hace Robert MacFarlane de la marcada diferencia entre los mapas modernos y los antiguos (The Wild Places [Penguin, 2008], 10–11) muestra de forma inquietante el contraste entre la liturgia moderna creada por comisiones que se apoyan en teorías y la de las feligresías que siguen la Tradición:

«El mapa más usado de Gran Bretaña es el atlas de carreteras. Basta echarle un vistazo para ver la maraña de carreteras y caminos que cubren la superficie del país. Esos mapas dan la impresión de que el paisaje se ha vuelto tan tupido de carreteras que los principales elementos que lo constituyen actualmente son el asfalto y la gasolina. Con el atlas de carreteras se hace patente otra ausencia: ya no vienen señalados los accidentes del terreno. Colinas, cuevas, riscos, bosques, páramos, valles fluviales y marismas han desaparecido prácticamente. Y cuando están señalados, se los denota con sombreado o con símbolos genéricos. En la mayoría de los casos se han desvanecido como tinta vieja, como memorias borradas de un antiguo archipiélago […] Los mapas organizan la información víal de un modo muy influyente. Seleccionan los accidentes del terreno por orden de importancia, imponiendo un marcado sesgo a la manera en que percibe y representa el paisaje. […] Salta a la vista el orden de prioridades de los mapas actuales de carreteras. Están realizados por computadoras a partir de fotos tomadas por satélites, por lo que dichos mapas representan movimiento, desplazamiento. Hacen que la gente vea el terreno como un mero contexto de los viajes por carretera. Sacan a la gente del mundo natural».

8. Summa theologiae II-II, q. 91, a. 2, ad 5.

9. La muerte llama al arzobispo, Willa Carter, Cátedra, Madrid, 2005.

10. Fenomenología del espíritu, trad. de A. Gómez Ramos, Abada Editores, 2010, p.287.

11. Columba Marmion OSB, Jesucristo, vida del alma, Fundación Gratisdate, Pamplona 1993.

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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