EXCLUSIVA: Monseñor Schneider pide caridad cristiana para con la FSSPX

Entrevista concedida a Niwa Limbu de Advaticanum

AV: En la declaración que publicó Vuestra Excelencia a raíz de las consagraciones de Écône del pasado 1º de julio describió el caso de la FSSPX como un extraño dilema: o mantener la integridad inequívoca de la Fe católica tal como la enseña el Magisterio desde hace siglos, o contar con el reconocimiento canónico del Sumo Pontífice. Lo comparó con el dilema que se le planteó a San Atanasio con el papa Liberio. ¿Hasta dónde quiere llevar esta analogía? ¿Quiere decir que las penalidades ocasionadas por las consagraciones están moralmente al mismo nivel que la censura de San Atanasio, o la comparación es meramente ilustrativa?

+AS: No hay comparaciones que sean ciento por ciento exactas. Con situaciones históricas complicadas, es más bien ilustrativa. Por supuesto, lo que comparo con lo de San Atanasio no es el acto de consagración en sí. Jamás he dicho que San Atanasio hiciera las consagraciones sin autorización del Papa, porque en aquella época no se daban. Cualquier obispo metropolitano tenía derecho a elegir y consagrar prelados con la ayuda de otros obispos sufragáneos.

Sea como sea, si se excomulgó a San Atanasio no fue por las consagraciones, sino por una cuestión más grave todavía. En ambos casos, lo que se compara no son las consagraciones en sí, sino que tanto en una como en otra situación hubo un acto de desobediencia a una orden concreta de un pontífice.

En el caso de la Fraternidad, se trata de las consagraciones sin mandato pontificio. En el de San Atanasio, desacató la orden del Papa de que estuviera en comunión con obispos orientales herejes y semiherejes. San Atanasio se negó a obedecer. No quiso obedecer al Papa en un asunto de gran importancia, porque el Sumo Pontífice había dicho: «Yo, el Papa, estoy en comunión con estos obispos. Atanasio, ¿cómo te atreves a rechazar la comunión con unos prelados con los que yo, el Romano Pontífice estoy en comunión?» A mí me parece que, desde el punto de vista eclesiástico, esto es mucho más grave.

En ese sentido, lo de San Atanasio en su tiempo fue mucho más serio que la desobediencia material de la Fraternidad con las consagraciones. En todo caso, se lo excomulgó por desobediencia y por las alteraciones que causó en la Iglesia al rechazar la comunión con obispos reconocidos por el Papa.

Hay más motivos por los que comparo el caso con el de San Atanasio. Entre otros, que lo que hizo fue un acto de desobediencia. Si San Atanasio hubiera obedecido al Romano Pontífice, habría transigido en su conciencia y menoscabado la integridad de la Fe, porque en cierta forma habría reconocido a prelados como mínimo semiheréticos. No podía hacer una cosa así. Otro motivo, que una vez excomulgado no hizo caso de la excomunión pontificia y siguió gobernando su diócesis. Eso es más que la simple consagración de un obispo. Siendo obispo excomulgado, ejerció plena jurisdicción sobre su diócesis y otras sedes metropolitanas a su cargo: no se limitaba a celebrar los sacramentos, ejercía plena jurisdicción. Hizo caso omiso de la excomunión pontificia.

La Fraternidad ha hecho algo por el estilo: ha desestimado la excomunión que se le impuso el pasado mes de julio por considerarla injusta e inválida, pues le impediría continuar la obra que realiza por amor a la Iglesia. Con San Atanasio fue igual; cuando desestimó la excomunión de que le hizo objeto Liberio. En la práctica fue como si dijera: «Tengo que seguir al frente de mi diócesis de Egipto por el bien de la Iglesia, por amor a la Iglesia». O sea, que en ese sentido es lo mismo.

Hay otro elemento más de comparación entre los dos casos. La Fraternidad no ha reaccionado con resentimiento; sigue rezando por el Papa y considerándolo su padre. Como con un padre que da una paliza a su hijo, éste sigue también queriéndolo y llevando a cabo su labor por amor a la Santa Sede y a toda la Iglesia. Ésa es la intención. San Atanasio también recibió un buen vapuleo del papa Liberio, y no reaccionó con rencor. Incluso en alguno de sus escritos llegó a hablar con mucha delicadeza de la flaqueza de Liberio. Lo hizo con mucho tacto, sin juzgarlo, y hasta se puede decir que disculpándolo, porque –decía– actuó presionado. Aquí vemos mucha delicadeza. En estos elementos me baso para comparar. Aunque no al cien por cien, pueden servir. Esa fue, diría yo, la esencia de lo que escribí.

AV: En su texto afirmaba que si la Santa Sede adoptase en serio la postura de la Fraternidad y reconociera que hay ambigüedades en algunas declaraciones del Concilio y en el rito nuevo de la Misa se iniciaría «el fin de la campaña modernista que se está llevando a cabo en la Iglesia». ¿Qué tendría que decir ese reconocimiento para ser algo más que una mera fórmula de cortesía? ¿Ha observado además V.E. alguna señal de que Roma esté dispuesta a reconocer esas ambigüedades como lo que son?

+AS: Todo lo contrario. La declaración que hizo el cardenal Fernández en febrero tras reunirse con el P. Pagliarini volvió a recalcar que el Concilio no se debe poner en tela de juicio, y añadió que no se pueden corregir los textos conciliares. Pero no son enseñanzas definidas; como declaró Pablo VI en enero de 1966, los textos conciliares no son doctrinas infalibles ni enseñanzas definidas de la Iglesia. Las enseñanzas del propio Concilio. Claro que cuando el Concilio cita un dogma –y citó muchos– no deja de ser dogma. No es ésa la cuestión. La cuestión son las enseñanzas del propio Concilio.

Entonces, cuando esos textos no están definidos, no son ex cathedra, ¿por qué no van a ser susceptibles de enmienda o mejora, de corrección? Hay precedentes en la historia de la Iglesia. En el Concilio de Florencia se promulgaron declaraciones doctrinales no estrictamente disciplinarias que no se proponían como infalibles. Entre otras la de que la materia del sacramento de la ordenación era la entrega de los cálices en vez de la imposición de manos.

Pero eso iba contra la larga tradición de la Iglesia, porque a lo largo de todo el primer milenio, tanto en Oriente como en Occidente, todavía no se transmitían los objetos. Durante mucho tiempo la Iglesia sólo utilizó la imposición de manos. Pero luego, cuando el concilio florentino, casi la mitad de la Iglesia –la de Oriente– siguió con la mera imposición de manos. Y es una misma Iglesia y un mismo sacramento. Por tanto, a algunos teólogos les extrañó que aquel concilio afirmara tal cosa. Había un desequilibrio. Objetivamente fue un error. Pero en aquella época la Santa Sede era muy tolerante y no prohibió a los teólogos hablar del asunto, ni siquiera plantear objeciones.

A lo largo de los siglos la mayoría de los teólogos ha sostenido que la materia consiste en la mera imposición de manos. La cosa maduró, y un día Pío XII, en un documento solemne, zanjó definitivamente la cuestión insistiendo en que la materia consiste en la imposición de las manos. Como vemos, corrigió formalmente una cuestión doctrinal promulgada por un concilio ecuménico.

En aquellos siglos la Santa Sede era mucho más tolerante que hoy. Actualmente prohíbe debatir, modificar o corregir ciertas declaraciones pastorales; cuestiones como libertad de cultos, ecumenismo o colegialidad. Esas cuestiones que tanto critica la Fraternidad San Pío X. Hay que aceptarlas sin más, hacer un esfuerzo intelectual, gimnasia mental, y no importa. No es una actitud correcta.

El citado concilio declaró también que toda persona no bautizada, niño o adulto, que muere sin bautizar se va derecho al Infierno. Es una declaración muy desequilibrada. Más adelante algunos teólogos se dieron cuenta de que algo faltaba. No era tan correcto. La Iglesia permitió el debate hasta el siglo XIX. Pío IX promulgó dos documentos, encíclicas, en los que trató el tema y corrigió la declaración doctrinal de Florencia, afirmando que una persona no bautizada que muera en ignorancia invencible se puede salvar por medios que sólo Dios conoce.

Así pues, se han dado otros casos. ¿Por qué no ser más tolerantes y decir: «Hablemos del asunto. Estos tres puntos pueden tener más importancia. Concedamos libertad de debate»? ¿Por qué no proponer enmiendas, y hasta modificaciones o correcciones, para que esos textos no resulten tan ambiguos?

Otro caso histórico fue el del papa Honorio I, en el siglo VII. Escribió dos cartas, que no forman parte de su magisterio pontificio auténtico al Patriarca de Constantinopla hablando de cristología. Son unas epístolas muy ambiguas y faltas de claridad. No son abiertamente heréticas, ni erróneas, pero son bastante confusas. Pero esas equívocas cartas incentivaron al patriarca hereje de Constantinopla y a la Iglesia de Oriente a seguir propagando la herejía. Divulgaban la herejía citando al papa Honorio.

El sucesor inmediato de Honorio –porque el primero sólo estuvo allí unos meses– fue Juan IV, que intentó resolver la situación y defender a Honorio, con lo que hoy llamaríamos hermenéutica de la continuidad. Pero ni los siguientes sucesores de Honorio del mismo siglo ni el Tercer Concilio de Constantinopla aceptaron la hermenéutica de Juan IV. Le dijeron que su explicación no era aceptable. Y no porque fuera herética, sino porque le faltaba claridad; era equívoca. Por tal razón, la condenaron solemnemente. San León II corroboró el concilio ecuménico junto con su predecesor a causa de una ambigüidad.

Por consiguiente, no podemos seguir con textos ambiguos del Concilio. Es preciso corregirlos para que quede una claridad diáfana en lo relativo al ecumenismo y la libertad religiosa sin dar pábulo a interpretaciones ambiguas como las que venimos soportando desde hace seis décadas, sesenta años. Hemos visto los frutos de la ambigüedad de esos textos en un falso ecumenismo, un diálogo errado, que en el fondo es relativismo. Socava la única verdad y la única religión verdadera, que es la Iglesia Católica fundada por Dios. La ha socavado hasta los cimientos.

Desde hace sesenta años, si se va a un seminario o una facultad de teología y se habla con los sacerdotes y seminaristas, la mayoría –que son del Novus Ordo– dicen: «Es que todas las comunidades cristianas van por el mismo camino hacia Dios, hacia Cristo, y podemos coexistir unas con otras. No es imprescindible que se conviertan». Y lo aplican también a los que no son cristianos. Cada vez está más extendido eso, lo enseñan y predican en seminarios sacerdotes y hasta obispos.


AV: Excelencia, ha descrito las consagraciones de Écône como una alternativa entre mantener la Fe clara y ser reconocidos por el Papa, porque Roma exigiría a la Fraternidad aceptar ciertas ambigüedades novedosas y la legitimidad de la nueva Misa. Vuestra Excelencia es un prelado en plena comunión, y desde hace mucho señala estos mismos problemas. ¿Ha aceptado esas condiciones? Si no, ¿por qué es un dilema para la Fraternidad?

+AS: Cuando me consagraron obispo no era plenamente consciente de eso. Tengo que reconocerlo. Ya llevo veinte años de obispado. Soy especialista en patrística. He estudiado la situación más a fondo: los textos del Concilio, su historia, sus debates. Me los he leído detenidamente. Por eso soy más consciente de la ambigüedad de los textos. No podemos aceptar esas ambigüedades.

Con respecto al Novus Ordo, a medida que voy estudiando textos y testimonios me doy dando más cuenta de que no es correcto. No podemos seguir con un rito tan equívoco que socava la claridad del carácter propiciatorio de la Misa. Ya lo tengo más claro. Por eso, entiendo a la Fraternidad, que no es capaz de aceptar esas declaraciones conciliares ni que la nueva Misa sea correcta.

Hace diez años me nombraron visitador apostólico para la Fraternidad, y lo tengo claro. En uno de los documentos, en 2017, el cardenal Müller les planteó el problema. Tengo el texto, y no sólo les pide que reconozcan la validez de la Misa nueva y los nuevos ritos de los sacramentos, que están dispuestos a admitir. Para que se haga una idea: nada más con eso la Santa Sede tendría que estar contenta. Entonces, cuando me tocó, hablé con la Santa Sede y le dije que se quedaran satisfechos si estaban dispuestos a reconocer la validez. «Por razones pastorales e históricas –dije–, tengan una actitud de mínimos».

La Fraternidad rechazó la propuesta de aceptar que la nueva Misa era buena, legítima y correcta, ni siquiera que fuera válida. Ni que, en conjunto, las enseñanzas del Concilio formen parte de la Tradición de la Iglesia.

En febrero de este año, el cardenal Fernández volvió a dejarles claras las condiciones. Si quieren obispos, acepten estas condiciones. Es necesario que haya debates teológicos, pero la Fraternidad ya sabe cuáles serán las conclusiones del debate, y la Santa Sede también: aceptar las declaraciones ambiguas, y que la nueva Misa es buena.

AV: Una última pregunta sobre la Fraternidad: si tuviera oportunidad de reunirse otra vez con Su Santidad y con el cardenal Fernández del Santo Oficio, ¿qué les diría? ¿Cómo les plantearía el caso de la Fraternidad?

+AS: Les diría: «No cometan un error histórico del que la Iglesia tenga que arrepentirse después de la muerte de ustedes. Que los próximos pontífices no tengan que pedir perdón». ¿Por qué? Porque en este momento, en 2026, la Iglesia fue tan rígida e incapaz de resolver un problema pastoral. Por supuesto, también hay elementos doctrinales, pero aquí no se trata de debatir directamente un dogma de fe. Hablamos de las explicaciones pastorales del Concilio.

Necesitamos una actitud y una solución muy generosas, muy pastorales, e incluso sinodales. Un poco más de apertura y espíritu sinodal, o reconocer a los obispos una vez consagrados, para crear un clima de mutua confianza.

Como la Santa Sede es más fuerte, los más fuertes necesitan una actitud más abierta que los más débiles, que no tienen tanta autoridad. Los poderosos frente a los impotentes. Desde el punto de vista canónico, la Fraternidad es impotente. Y el Vaticano muy poderoso. Tiene toda la autoridad. Entonces, ¿por qué no ceden un poco los poderosos, hacen concesiones pastorales, y crean un clima de mutua confianza, haciendo uso de más psicología? Que los integren en cierta medida en la vida normal de la Iglesia, y así habrá elementos más positivos y fructíferos y un marco operativo para las conversaciones que sean necesarias.

Pero para eso puede hacer falta tiempo. Y mucho. La Iglesia siempre ha dado tiempo al tiempo y manifestado tolerancia al hablar de ciertos temas durante muchísimos años. Para empezar, hay que integrarlos un poco.

Yo al Santo Padre le diría: «Vuestra Santidad es el único que puede resolver esta situación con gran caridad y magnanimidad fraternas».

AV: El pasado día 26, León XIV clausuró la catequesis sobre Sacrosanctum Concilium. Dijo que la reforma postconciliar hundía sus raíces en la Tradición y tenía por objeto una participación consciente y más activa de los fieles para que no se contentaran con ser espectadores silenciosos. Vuestra Excelencia ha hablado de la vaguedad doctrinal y ritual de la nueva Misa y afirmado que supone una ruptura con el Rito Romano tradicional. ¿Qué oyó V.E. en esa última catequesis? Tal como se celebra habitualmente, ¿puede el Novus Ordo reconciliarse con lo que en realidad pidió el Concilio, o sólo con un espíritu reformista posterior que se excedió de lo que pedía el texto?

+AS: No fue capaz de captar lo que es en realidad el Novus Ordo ni cómo lo celebra una abrumadora mayoría por todo el mundo. No declara, no acepta, no ve la realidad. Fue más bien un discurso teórico que no se ajustó a la práctica real.

El Novus Ordo no se amolda a las intenciones de los Padres del Concilio. El Papa tiene que reconocerlo, porque tenemos a muchos testigos de aquel tiempo. En primer lugar, el cardenal Ratzinger, el profesor Ratzinger. En 1976 escribió una célebre carta al profesor Waldstein en la que le decía –porque Ratzinger había participado en todos los debates conciliares; era perito–: «Por mi participación y mi presencia en los debates litúrgicos del Concilio, puedo declarar con certeza que el Novus Ordo que tenemos en la actualidad no es lo que querían los padres del Concilio». Aquí tenemos un testimonio importante, un testimonio de peso.

Tenemos también el del cardenal Antonelli, que participó igualmente en el Concilio y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias, monseñor Antonelli critica lo que hizo Bugnini con el Novus Ordo, que fue más allá de lo que pedía el Concilio.

Está también el conocido liturgista y teólogo Louis Bouyer. Participó como perito en el Concilio, y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias critica bastante la ideología que embutió Bugnini en el Novus Ordo. Por último, tenemos un libro reciente del archimandrita Boniface Luykx, A Wider View of Vatican II, en el que corrobora a partir de su propia participación en el Concilio y en la comisión que la Misa de Pablo VI no se corresponde realmente con las intenciones de los padres.

Esa es la realidad. No se puede negar. A mí me parece que hacen la vista gorda y siguen repitiendo frases retóricas, que pueden ser ciertas, pero no se ajustan a la realidad ni a la historia.

Veamos otro aspecto: recomendaría encarecidamente al Santo Padre y sus consejeros que se leyeran con detenimiento todos los debates del Concilio sobre la liturgia. Hace muchos años se publicó un libro en Roma que los compilaba todos. Me lo leí dos veces, pero está en latín. Es muy revelador. Uno lo lee y piensa: «Los padres del Concilio se andaban con pies de plomo, ponían mucha cautela para evitar cambios bruscos». En esencia, el debate se centraba en la cuestión del idioma, vernáculo o latín.

Pero en la misma declaración conciliar Sacrosanctum Concilium –y me sorprende que León no se diera cuenta– hay dos numerales en los que se afirma que el latín se tiene que mantener. No que se podría, sino que se debe mantener el rito en latín. Es obligatorio. Y en otro apartado dice que los obispos tienen que velar por que los fieles conozcan el Ordinario de la Misa en latín. O sea, el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el Sanctus…

En realidad, en más del 90% de las celebraciones del Novus Ordo no se ha aplicado. Es decir, que se contraviene un mandato explícito del Concilio que el Santo Padre debería tener en cuenta al hablar del tema.

Recordemos también que durante el Concilio, en el debate sobre la liturgia, un obispo habló y dijo: «Yo no propongo eso. Me opongo a que se amplíe el uso de las lenguas vernáculas porque en ese caso a la larga la Misa terminaría celebrándose en su totalidad en vernáculo». Casi todos los presentes prorrumpieron en carcajadas, porque tal cosa era impensable.

El presidente de la comisión habló entonces y dijo: «Le garantizo que eso no es posible, Excelencia. La totalidad de la Misa nunca se celebrará en la lengua vulgar». Ese era el ambiente, la mentalidad que reinaba en el Concilio: la mayoría de los padres no podía imaginar que la Misa terminaría diciéndose totalmente en lenguas modernas.

Sin embargo, hoy en día, más del 90% de las misas Novus Ordo se dicen en lengua vernácula. Hay incluso diócesis en las que los sacerdotes quieren celebrar el Novus Ordo en latín, y se les prohíbe y se les sanciona por hacerlo. Es absurdo.

Hay personas que desean estar en silencio durante la Misa, buscan la contemplación interior. La contemplación también es posible durante la Misa. Claro que eso no quiere decir que toda la congregación esté callada en todo momento y no diga ni pío. No es lo ideal. Lo ideal es responder al celebrante. Pero tenemos que estar abiertos a la posibilidad de que haya quienes deseen la contemplación.

También hay participación activa que no lleva fruto porque no hay la menor participación interior.

Y otra cosa: el primer misal conforme a la normativa de Sacrosanctum Concilium lo publicó la Santa Sede en 1965. No olvidemos el Misal de 1965, que fue la primera reforma litúrgica del Concilio. No fue la del año 69. Fue a comienzos del 65.

Cuando los padres conciliares terminaron la última sesión en septiembre de 1965, ya celebraban la Misa reformada. Y dijeron muy satisfechos: «Esto era lo que queríamos. ¿Y en qué consistía aquella reforma? En esencia se trataba de una reforma orgánica y muy cuidadosa, como pedía el Concilio, de modo que se mantenía toda la Misa de siempre, con dos modificaciones: se habían eliminado el Salmo 42 y el Último Evangelio. Pero por ejemplo, en el rito antiguo, el Salmo 42 también se omitía en todas las misas de difuntos. Y en las últimas dos semanas antes de Semana Santa dicho salmo también se omitía. No había ninguna novedad.

¿Cuál fue la tremenda reforma visible del 65? Tal como habían propuesto los padres, un uso más amplio de las lenguas vernáculas. Y así, la primera parte de la Misa, hasta el Prefacio, se celebraba en lengua moderna. Y después del Canon, otra vez en vernáculo. Era obligatorio que las partes intermedias fueran en latín.

En la Misa del 65, el Canon se rezaba en silencio. La reforma había sido muy cuidadosa, y los padres del Concilio estaban contentos. Más tarde, en año 67, durante el primer sínodo de obispos, Bugnini presentó el esbozo de la nueva Misa, que entró en vigor en 1969. Ya la tenía redactada en 1967, pero la mayoría de los padres del sínodo rechazó el borrador.

Como vemos, la mayoría de los padres sinodales de 1967, que dos años antes habían sido padres del Concilio, no aprobaron la Misa de 1969.

Me habría gustado que el papa León hubiera estudiado el tema antes de pronunciar su discurso. Que hubiera leído todos los elementos de la historia, tal como fue en realidad, leído los debates y prestado atención a los testigos.

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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