No hace mucho, un sacerdote me escribió planteándome algunas preguntas que le habían suscitado sucesos recientes:
«¿Enseña Santo Tomás que la intención del sacerdote sólo tiene que ver con las palabras de la institución de la Eucaristía, en el sentido de que Jesús se hace sustancialmente presente, o tener la intención de hacer lo que quiere la Iglesia abarca más que el mero momento de la consagración?
»¿Sostiene la Fraternidad San Pío X, o al menos algunos miembros de ella, que el Novus Ordo es inaceptable por temor a que haya sacerdotes que no tengan intención de hacer lo que quiere la Iglesia? Es decir, que crean que la Eucaristía no es más que un banquete.
»Pero Santo Tomás afirma claramente que la falta de santidad personal, e incluso la profesión de ideas heréticas, no impiden que en el contexto de la liturgia el celebrante tenga la intención de hacer lo que quiere la Iglesia mientras dice Misa.
»Yo lo tengo claro, pero queda cierta incertidumbre en cuanto a si el Novus Ordo debilite hasta tal punto la intención de la Iglesia que se pueda poner en duda su validez.
»Como digo, mi intención es la de la Iglesia: la Misa es un sacrificio y no un simple banquete, y Jesús se hace tan presente en el altar como en el Calvario aunque de modo incruento. Me cuesta creer que no es mi intención cumplir la intención de la Iglesia cuando celebro el Novus Ordo siguiendo sus prescripciones litúrgicas (como por ejemplo la dirección en que celebro, si bien entiendo que la nueva Misa todavía se tiene que celebrar de cara a Dios).
»Pregunto con cautela: ¿la cuestión del Novus Ordo no es tanto de validez e intención, sino de licitud? Según entiendo, la licitud está en atenerse a la Instrucción General del Misal Romano. Ahora bien, ¿podría haber problemas de licitud si en algún punto la Instrucción se apartara del sentido de la Misa?
»Son preguntas importantes, pero es meterse en aguas revueltas. Y también son importantes para entender la postura de la Fraternidad».
Aquí hay que distinguir varias cuestiones.
Un conocido caso de alguien que no tiene las cosas claras es el del P. Cekada, que sostenía que el Novus Ordo se limita a narrar la institución de la Eucaristía, y por lo tanto el celebrante no tiene la intención de consagrar. Lo cual lógicamente es una tontería. Las palabras de la institución producen el efecto de lo que significan, siempre y cuando las diga un sacerdote que tenga la intención de hacer lo que quiere la Iglesia, es decir efectuar la Eucaristía, entienda lo que entienda él personalmente.
Santo Tomás insiste mucho en que un sacerdote puede tener una idea muy incorrecta del sacramento, y hasta puede ser ateo, pero en tanto que sea un instrumento animado por Cristo Sumo Sacerdote le basta con prestar sus manos y sus palabras al acto de la Iglesia para que el rito sea efectivo. Ya lo había recalcado San Agustín contra los donatistas, que aducían que era esencial la santidad del celebrante. A esto replicó el sabio de Hipona que quien efectúa el sacramento es Cristo sirviéndose del celebrante como ministro. O sea, como instrumento.
Para que la intención invalide el sacramento, es imprescindible que el instrumento no sea tal, que no sirva de voz y manos a la Iglesia. Generalmente se entiende que si recita las palabras tal como figuran en la rúbrica y hace los gestos prescritos habituales se presta a servir de esa manera. Sus pensamientos y deseos personales no vienen al caso. Otra cosa sería que se apartara tanto del texto que ya no hiciera lo que prescribe la Iglesia. Con ello daría a entender que no tiene la intención de ser ministro de Cristo haciendo lo que hace la Iglesia. No me gustaría hacer sufrir sin necesidad al lector, pero les traigo un ejemplo que puse en mi canal de YouTube de un sacerdote que celebra de forma innegablemente inválida.
Dado que es doctrina común de los teólogos que las palabras de la institución son un signo inmediatamente eficaz , lo mínimo que se requiere para su validez es que se digan correctamente, sobre la materia correcta y con la intención arriba descrita. Es evidente que hacer una chapuza del resto de la liturgia sería impropio, ilícito, escandaloso, sacrílego y todo lo que se quiera, pero no la invalidaría. Lo mismo se podría decir de todos los sacramentos, cada uno de los cuales tiene su fórmula esencial y su procedimiento. Teniendo en cuenta los documentos oficialmente publicados después del Concilio y la reforma litúrgica, no cabe duda de se sigue enseñando que la Misa es un Sacrificio verdadero cuyo centro es la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Por eso, a pesar de mis acerbas críticas al Novus Ordo como forma litúrgica, nunca he encontrado un argumento sólido, ni de lejos, a favor de su invalidez.
Por lo que se refiere a licitud, la cosa ya se vuelve más compleja. Técnicamente, todo lo que se ajuste a las rúbricas publicadas por las autoridades competentes es lícito (de ahí que mencionara la Instrucción General que regula el Novus Ordo). Pero también se podrían plantear preguntas de más trascendencia, como hasta qué punto se puede romper con la Tradición sin introducir algo ilícito. Sobre este tema, el P. Claude Barthe ha hecho hace poco algunas contribuciones importantes en su libro The Seven Sacraments, Past and Present: A Short Critical Study of the New Rituals.
En mi conferencia The Four Qualities of Liturgy: Validity, Licitness, Fittingness, and Authenticity, defino y establezco la distinción entre legalidad y licitud y entre legitimidad y autenticidad, aclarando un tema que con harta frecuencia queda oscuro. Y en dos artículos de mi blog desarrollo la posibilidad de que el nuevo rito sea ilícito:The Reign of Novelty and the Sins of the Times: Why the Novus Ordo Is Solely Modern in Content (Part 4 – Conclusion) y Clarifications on the Reign of Novelty: A Letter Exchange with a Friendly Critic.
En resumidas cuentas: los típicos argumentos sedevacantistas que aducen la invalidez de los ritos nuevos de todos los sacramentos quedan desmentidos por lo que exige la teología tomista clásica para que sean mínimamente válidos, y por la enseñanza constante del Magisterio sobre los sacramentos y sus efectos. Se demuestra, pues, que la teología subyacente no ha cambiado hasta el punto de no reconocerse continuidad.
Sólo me queda añadir que por lo que he observado en mis viajes por Estados Unidos y otros países, los sacerdotes jóvenes con los que me he encontrado leen libros como los de Ludwig Ott y el Catecismo de Trento. Su teología es tradicional aunque los ritos que celebren no estén (todavía) en plena armonía con la Tradición. De hecho, mirando hace poco un folleto de un centro Newman en una universidad de EE.UU. no pude menos que sonreír cuando vi una foto en la que el celebrante alzaba el cáliz con los dedos en la posición correcta después de haber consagrado la Hostia. Ése sí que no tiene ninguna duda de que ha tocado con sus manos el Cuerpo de Cristo.
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