¿Hay hoy en día obispos que sean capaces de dirigirse a Roma con un lenguaje claro y firme pero sin perder el respeto y, sobre todo, el vínculo jerárquico que los une al Romano Pontífice? Pues sí, existen, como lo han demostrado dos ejemplos en este mes de agosto en que nos encontramos.
El pasado día 10, Michael Haynes, publicó en su blog Per Mariam un artículo de monseñor Eleganti, de la orden benedictina, ex obispo auxiliar de la diócesis de Coira, titulado La decadencia del ministerio petrino. La audiencia privada que el pasado mes de julio concedió León XIV a la madrina del punk Patti Smith motivó a monseñor Eleganti a hacer una crítica más general de la transformación de la imagen y del ejercicio del pontificado en los últimos años: «Desde hace mucho tiempo me preocupa que a partir de Juan Pablo II los papas hablen cada más de un modo más llano y familiar (como durante un vuelo en avión, o en plena calle, como ha hecho hace poco León XIV en Castelgandolfo)».
El problema está en la tendencia, que sobre todo ha venido aumentando desde Juan Pablo II, a multiplicar las entrevistas, las declaraciones extraoficiales, audiencias a famosos, viajes y apariciones en los medios. Se corre con todo ello el riesgo de que el Papa se vea como «una personalidad más del mundo», pero San Pedro y San Pablo no buscaban titulares, sino proclamar el Evangelio.
Monseñor Eleganti recuerda la relación de Francisco con Emma Bonino y Eugenio Scalfari y las audiencias que dicho pontífice concedió al jesuita James Martin. Al recibir públicamente a ciertas personalidades sin corregir abiertamente sus errores, hay peligro de «oscurecer la postura de la Iglesia y, dependiendo de las circunstancias, de provocar escándalo entre los fieles».
Según monseñor Eleganti, de este modo los papas han ido perdiendo «autoridad y capital espiritual». El papa –afirma– debería hablar menos, y cuando hable, «expresarse con palabras claras y sin ambigüedades». El prelado suizo propone un auténtico discernimiento en contraposición al activismo que multiplica los viajes, audiencias y encuentros personales mientras graves problemas doctrinales quedan sin resolver.
Esta transformación no comenzó con Francisco. Juan Pablo II, sobre todo con las jornadas mundiales de la juventud, contribuyó a que al Sumo Pontífice fuera tratado como una gran figura del rock. Benedicto XVI no dejó de publicar libros ni de conceder entrevistas cuando fue elegido al solio pontificio. Francisco llegó a publicar autobiografías. De esta manera, se ha ido estableciendo poco a poco una desafortunada distinción entre la persona privada del Papa, sus opiniones y su verdadero magisterio.
La misión del Romano Pontífice consiste en algo más que escuchar: se sienta en la cátedra de San Pedro y es por encima de todo maestro de la Cristiandad. «¿Acaso no es más necesario en Roma?», se pregunta monseñor Eleganti. La conclusión es que los papas se han vuelto «demasiado humanos en el desempeño de su cargo»; la persona ha eclipsado su función. El modelo debería ser, por el contrario, la regla de San Juan Bautista: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn. 3,30). El Papa es el amigo y representante del Esposo, no el Esposo; sólo Cristo debe estar siempre en el centro.
Tres días después, el 13 de agosto, en una extensa carta abierta a León XIV monseñor Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de Bolduque (Holanda), sometió el proceso sinodal a un criterio superior a toda consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex, recordó, preguntándose si el proceso sinodal habrá servido realmente para acercar a las almas a Cristo y a la eterna salvación. Su crítica –precisó– no procede de falta de respeto al Papa ni tiene por objeto poner en tela de juicio las buenas intenciones que puedan tener los protagonistas de la sinodalidad. Pero las intenciones tienen que juzgarse por sus resultados: «Por sus frutos los conoceréis». Al cabo de años de consultas, encuentros y documentos, hay que preguntarse por tanto: ¿se ha afianzado la fe? ¿Se anuncia más claramente a Cristo? ¿Han aumentado las conversiones, las vocaciones al sacerdocio, la asistencia frecuente a la Misa o la devoción a la Eucaristía?
Monseñor Mutsaerts subraya que el problema surge cuando se corre el peligro de que la sinodalidad deje de ser un medio para convertirse en un fin y se transforme en un proceso permanente. La Iglesia siempre ha conocido concilios, sínodos y formas diversas de consulta, pero su naturaleza no procede del diálogo, sino de Cristo y de la Revelación recibida. La fe no se edifica acumulando las opiniones de los fieles, porque «la verdad no procede del consenso». Desde luego la Iglesia tiene que escuchar, pero sobre todo a Cristo, las Escrituras, la Tradición, los santos y el Magisterio. Si por el contrario se parte de las expectativas del hombre contemporáneo para preguntarse cómo puede adaptarse a ellas el Evangelio, se olvida una palabra fundamental del cristianismo: conversión. «No es el Evangelio el que tiene que cambiar, sino el hombre».
Ésa es la gran ausente en el proceso sinodal. La crisis de la Iglesia de Occidente está además a la vista de todos: iglesias vacías, conventos que desaparecen, escasez de vocaciones, confesionarios que crían telarañas, ignorancia de las verdades de la Fe… Ante semejante situación, observa el prelado holandés, la pregunta que hay que plantearse es «cómo se puede reconquistar el mundo para Cristo». Pero en cambio se pone demasiado esfuerzo en las estructuras, la participación, la inclusividad, el papel de la mujer y los procesos de toma de decisiones. Pero si la casa arde, «no tienen la misma prioridad un incendio y unos asuntos administrativos».
Las grandes reformas de la Iglesia, recuerda monseñor Mutsaerts, no han sido fruto de estructuras novedosas, sino de la labor de los santos: San Benito, San Bernardo, San Francisco, Santo Domingo, Santa Teresa de Jesús, San Carlos Borromeo, San Juan Bosco… «Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte comisiones de trabajo para la sinodalidad». Por otra parte, la crisis litúrgica revela que el problema de fondo no es de índole administrativa, sino religiosa: cuando se pierde de vista el sentido del Sacrificio de la Misa, de lo sagrado, de la confesión y de la adoración eucarística, «la Iglesia ya no tiene un problema de gestión; tiene un problema de fe».
Por último, monseñor Mutsaerts propone el pasaje de los discípulos de Emaús como imagen de la verdadera sinodalidad. Cristo camina con los discípulos, les escucha y les permite expresar su desilusión. Pero luego no confirma lo que le han dicho; lo corrige explicándoles las Escrituras. Y los discípulos no se quedan en Emaús hablando de su experiencia. Se ponen en pie, vuelven a Jerusalén y anuncian a Cristo. «El proceso sinodal se quedó varado en Emaús», afirma monseñor Mutsaerts.
De ahí la exhortación a León con la que concluye la carta: «Que nos transmita claridad». El mundo no necesita una Iglesia que refleje el espíritu de su tiempo, sino de una Iglesia misionera que proclame a Cristo. Cuando hayan terminado todos los sínodos y nadie se acuerde de los documentos, quedará una sola pregunta: «¿Hemos acercado de verdad a Cristo a las personas que se nos habían encomendado?»





























