Schneider habla de la sinodalidad, la Corredentora y lo que le enseñó su madre sobre comulgar en la mano


Monseñor Schneider recuerda haber visto a su madre llorando cuando descubrió que había gente que recibía la Comunión en la mano. Esta experiencia lo motivaría a escribir posteriormente Dominus est. En la entrevista habla también de la sinodalidad, de la Virgen como Corredentora y del diálogo interreligioso.

El obispo Athanasius Schneider habla con soltura y claridad de uno de los temas más polémicos en la Iglesia. La semana pasada habló de la FSSPX, la reforma litúrgia postconciliar y la reciente audiencia general de León XIV sobre Sacrosanctum Concilium. En la entrevista de esta semana comenta el título mariano de Corredentora, la recepción de la Comunión en la mano, lo que su madre le enseñó al respecto, la sinodalidad, el diálogo interreligioso y lo que la Iglesia está haciendo bien en un país de mayoría musulmana como es Kazajistán.

Sus comentarios son como siempre claros y llenos de erudición, a la vez que profundamente personales. Ponen de manifiesto lo bien que entiende el rumbo que sigue la Iglesia y deja entrever las experiencias que formaron a uno de sus más respetados prelados.


Niwa Limbu


AV: Los próximos días 7 y 8 de octubre se va a celebrar un simposio mariano internacional en el Agustinianum. Hablemos de ese tema, Excelencia: con la publicación de Mater populi fidelis, la Santa Sede ha dicho que es siempre inapropiado llamar Corredentora a la Virgen. Ahora bien, los santos, los Doctores de la Iglesia y hasta el magisterio pontificio ordinario han empleado ese título durante siglos en un sentido secundario y subordinado. Es imposible que hayan descarriado a los fieles. ¿Pueden los fieles seguir invocando a Nuestra Señora como Corredentora y Mediadora de todas las gracias, o la nota de Doctrina de la Fe ha prohibido el uso de esos títulos en el culto público? ¿Cuál sería el verdadero desarrollo de la doctrina mariana, en lugar de retirar títulos por motivos pastorales o de conveniencia?

+AS: Los fieles pueden seguir utilizándolos, porque hay misales aprobados por papas, incluso con propio de Misa, en los que aparece el título de Mediadora de todas las gracias. O sea, que tendrían que decir: «¡Hay que borrar este propio de todos los misales!», lo cual sería absurdo. Habría que borrar de un plumazo todo lo que han dicho los papas hasta ahora empleando dicho título. Es imposible. Por eso, si la Iglesia lo ha usado y lo sigue usando en misales de antes, se puede usar. La Iglesia actual no tiene autoridad para borrar textos que se utilizan desde hace tantísimo tiempo, que los mismos santos y Padres de la Iglesia usaban. Por ejemplo, San Efrén. Aunque no empleen expresamente el título de Corredentora o de Mediadora de Todas las Gracias, en sustancia, lo explican de forma clara y sin rodeos.

Por esa razón, podemos utilizar con más tranquilidad esos títulos con los Padres y los Doctores de la Iglesia, los papas y los propios de los misales que con los documentos de Doctrina de la Fe. Estamos más seguros que con el documento Mater populi fidelis. Yo creo que algún día se revocará. El documento ese, no lo anterior.

AV: Vuestra Excelencia le dijo a S.S. León XIV que no necesitamos otro motu proprio sino un documento más solemne, como una constitución apostólica, que señale a los obispos que el Rito Romano de siempre no se puede prohibir y es válido como el Novus Ordo. A juicio de V.E., ¿qué falta todavía para alcanzar la paz litúrgica?

+AS: Propuse al Santo Padre que promulgase un documento más solemne, pero en el sentido de resolver la cuestión litúrgica volviendo al fundamento, en un sentido global, sin tanta guerra entre motus proprios ni bajas. Se trata más bien de tener una perspectiva general de los dos mil años de historia de la Iglesia, de tenerlos presentes. Tener la tolerancia que siempre tuvo la Iglesia hacia sus diversos ritos litúrgicos. Verdadera coexistencia, la coexistencia pacífica de ambas formas. Esa fue mi intención cuando se lo propuse al Santo Padre. Quizás él podría consultar con cardenales en privado, o con obispos, o hasta convocarlos para una reunión ad hoc.

A mí me parece que sería mejor convocar a los presidentes de las conferencias episcopales, a los obispos, no sólo al colegio cardenalicio. Por supuesto, a éste lo convocaría aparte para hablar en concreto de esta cuestión: establecer la paz litúrgica para ambos ritos. Después, el Sumo Pontífice tendría que reflexionar, y luego publicar una constitución apostólica que nos diera la Pax liturgica leonina.

AV: Vuestra Excelencia es obispo auxiliar de Astaná, en Kazajistán, país de mayoría musulmana que celebra el Congreso de Líderes Religiosos Mundiales y Tradicionales, y está preparando nuevos coloquios con la Santa Sede. Desde esta perspectiva privilegiada, ¿en qué consiste el verdadero respeto interreligioso, y en qué momento se convierte el diálogo en una negación en la práctica de Cristo como único Mediador?

+AS: Yo diría que esos encuentros periódicos que tienen lugar en Astaná contienen elementos de ambigüedad, hasta el punto de que sitúan a Cristo y a la Iglesia Católica como un elemento más entre tantos. Lo que hacen es sentarse en torno a una mesa. Todos están en pie de igualdad. No hay duda de que todos son iguales. Eso da la idea de que en la práctica lo que hacemos es relativizar el carácter singular de Jesucristo y de la Iglesia Católica, edificada por Dios como algo singular.

Desde luego, la idea de los encuentros es promover la paz y el entendimiento. Eso está bien. Está muy bien tolerarse. Pero se puede conseguir por otros medios. A mí me parece que esas reuniones multitudinarias son fomentadas por políticos. Usan a las religiones para sus propios fines, tal vez con el fin de dominarlas, y cosas así. Eso también es un peligro, estar en manos de políticos. Me parecen bien esas reuniones, pero yo propondría que se hicieran de otra manera.

Lo que yo llamaría diálogo en la vida diaria. Eso es lo que importa. Esos congresos publican documentos llenos de lindas palabras de paz, pero luego todos vuelven a su país y empiezan guerras por todas partes. La gente de la calle que vive su vida día a día no tiene ni idea de esos documentos. Es probable que ni siquiera sepa que se han celebrado esos simposios. Es un espectáculo oficial, me parece a mí, una especie de supermercado de las religiones, de las religiones del mundo. Y no eso lo que quería Nuestro Señor Jesucristo. No vino a este mundo para ser un producto más a la venta en el supermercado de las religiones, cosa que también existía en tiempos de Nuestro Señor. En el Impero Romano había muchas religiones. Pero Él dijo: «Yo soy el único camino».

Y seguirá siendo así hasta que vuelva. La Iglesia siempre lo afirmó hasta tiempos recientes, hasta el Concilio, con claridad y sin ambigüedades. Propongo, pues, un encuentro y diálogo interreligioso en la vida diaria. Tenemos una experiencia magnífica de ello en el Kazajistán. Somos vecinos. Tenemos vecinos musulmanes y ortodoxos. Nos visitamos, hasta nos invitan a comer. Nos felicitan los cumpleaños y las bodas. Les ayudamos en algunos problemas familiares. Rezamos por ellos. Y nos hacemos presentes y les damos las condolencias cuando se les muere un ser querido. De esta manera hay más unidad, paz y armonía que con tremendos congresos en que sólo participan dirigentes y políticos que los aprovechan –quizá– para sus propios fines mientras relativizan a Nuestro Señor Jesucristo.

Esa es mi experiencia, y eso es lo que habría que hacer en todo el mundo. En vez de organizar grandes encuentros interreligiosos que, insisto, relativizan a Nuestro Señor Jesucristo, lo que tenemos que hacer es decir sobre la marcha a la gente, a los católicos, que amen al prójimo, que se amen los unos a los otros, que vayan y los ayuden en su día a día. Así contribuirán más a la paz y la armonía entre las religiones.

AV: La conferencia episcopal kazaja, con la aprobación oficial de Benedicto XVI, hizo obligatorio recibir la Comunión de rodillas y en la lengua y prohibió darla en la mano incluso a forasteros de visita. Ustedes no tienen ministros extraordinarios, ni monaguillas, y tienen comulgatorios. ¿Cómo pudieron hacer algo que en Europa y Norteamérica es poco menos que impensable?

+AS: Para empezar, allí son herederos de los héroes y mártires del Kazajistán. Sienten además una profunda veneración por la Sagrada Eucaristía, muy profunda. No se les pasaría por la cabeza recibir al Señor de pie. Conozco a personas de edad que sufrieron duras penas de cárcel. Yo mismo viví la persecución de la Iglesia clandestina en Kirgistán. También estuve en Estonia. Mi párroco era un santo sacerdote que en tiempos de Stalin estuvo en un campo de concentración aquí en Kazajistán. Y era confesor de la fe, confesor vivo. Él era mi párroco en Estonia. Mi primera confesión la hice con él a los diez años. También recibí de él la Primera Comunión. Me dio la catequesis, y también me preparó mi madre. Nos inculcó una tremenda devoción a la Sagrada Eucaristía, al momento de la Sagrada Comunión.

Por eso, cuando nos fuimos a Alemania, a Alemania Occidental, en 1973 –lo recuerdo muy bien, estaba a punto de cumplir trece años– nos reunió. Éramos cuatro hermanos y mis padres. Nos dijo: «Mucho cuidado en Alemania Occidental. En algunas Iglesias dan de comulgar en la mano». Cuando mi madre –yo la vi– oyó estas palabras reaccionó con horror. Hasta lloró. No se lo podía creer. «¿Cómo es posible?», dijo. «Pues sí, así es, en Alemania Federal». Sin embargo, no estaba bien informado. Nos dijo que lo hacían en algunas iglesias. Nos pidió que fuéramos a ellas. Un santo sacerdote confesor de la Fe. Mi madre le prometió que jamás lo haríamos. Pero cuando llegamos a Alemania, nos encontramos con la misma situación en todos los templos.

Cuando mi madre vio que no había otra opción, recuerdo que volvió a casa y nos dijo: «Hijos míos, no entiendo cómo pueden tratar a Nuestro Señor de esa manera, dando de comulgar en la mano», y se puso a llorar. Las lágrimas de mi madre me motivaron a escribir más tarde Dominus est, que habla de los peligros de comulgar en la mano. Eso dice mi librito, que recibió la aprobación personal de Benedicto XVI en una carta que me dirigió en la que me decía que empleaba argumentos convincentes. Eso me escribió personalmente el Papa.

Sea como sea, los obispos de Kazajistán –de esto hace diecinueve años– dijeron que era lo normal. Que por respeto a nuestros confesores de la Fe y a los sobrevivientes que quedaban en nuestras parroquias que habían padecido persecución, la Comunión tenía que ser siempre de rodillas y en la boca, y los que llegaban de otros países se tenían que atener al dondequiera que fueres haz lo que vieres.

Me gustaría muchísimo por tanto que todos los prelados del mundo, toda conferencia episcopal, hiciera lo mismo. Esa era la regla en toda la Iglesia Católica hasta 1969. Tenía más de mil años, y se observaba escrupulosamente. Pero alguien abrió las compuertas de la represa, y se produjo la inundación. ¿Quién abrió la compuerta? Pablo VI. Hay que decirlo claro, vamos. Abrió las compuertas y autorizó recibir la Comunión en la mano. El año anterior había consultado a los obispos de todo el mundo si sería provechoso y tendría un sentido importante comulgar en la mano. Y la mayoría le rogó al Papa que no la permitiera, porque daría lugar a abusos y sacrilegios y se debilitaría la fe. Esos fueron sus argumentos.

Y a pesar de la advertencia de los obispos, a pesar de los argumentos que le expusieron, Pablo VI abrió el camino a la avalancha. Tiene una responsabilidad histórica increíble. Tenía que haber dicho: «¡De ninguna manera!» Yo creo que dar la Comunión en la mano ha introducido irreverencia y sacrilegios en la Iglesia, y sigue causándolos. Es una de las heridas más graves en el cuerpo de la Iglesia y hay que curarla, lo cual naturalmente llevará tiempo.

Lo primero que hay que hacer para restablecer la salud del cuerpo de la Iglesia es poner coto a la Comunión en la mano. Y tiene que ser una vez más el Papa quien lo haga. La Santa Sede quitó el dique de contención y tiene que volver a ponerlo. Claro, tendrá que hacerlo de a poco, pero hacerlo sin falta.

AV: ¿Cuál es el verdadero sentido de la sinodalidad si la palabra no puede sustituir la doctrina? Vuestra Excelencia ha advertido que el lenguaje de algunas comisiones del sínodo considera negociable el orden creado de los sexos. ¿Qué consecuencias cree que tendrá a largo plazo en la Iglesia el proceso sinodal? ¿La conversión a la Fe apostólica, o volver a tratar constantemente temas ya zanjados?

+AS: Nadie ha dado una definición de sinodalidad. Cada uno puede pensar lo que le dé la gana. Es una palabra talismán astutamente acuñada para socavar la doctrina católica. Es muy astuto: un término que suena bien, con un plan preciso para ir adaptando poco a poco la doctrina y la estructura de la Iglesia Católica a fin de volverla como las protestantes, y hasta conformarla al espíritu del mundo en cuestiones de sexualidad y moral. En resumen, adaptar la Iglesia Católica al mundo, transformar la vida y estructura de la Iglesia y de las iglesias particulares, que es de constitución divina, a estructuras y métodos de factura protestante y creación humana.

Eso es, evidentemente, lo que se proponen, y se puede leer en algunos textos de las comisiones preparatorias. Es un método muy peligroso, y hay que impedir que se lleve a cabo. Es la culminación del avance hasta el relativismo total que inició el movimiento modernista que comenzó hace más de cien años. Todo es relativo. La doctrina se puede cambiar. La moral se puede cambiar para complacer al mundo. Pero ese plan es de una minoría dentro de la Iglesia. Se trata más que nada de sacerdotes que han perdido la fe, o que ya no están muy interesados en evangelizar y convertir a otros para que sean discípulos de Cristo y miembros de su Cuerpo Místico.

Ya no les interesa. Por eso, están contentos con un método tan vago. Y dentro de esa vaguedad todo resulta aceptable. Hay una sola excepción dentro del movimiento sinodal, una sola excepción. Algo totalmente prohibido: la Misa Tradicional en latín. Está prohibidísimo afirmar la doctrina perenne de la Iglesia sobre la estructura y singularidad de la Iglesia.

AV: Muchas gracias, Excelencia, por tomarse el tiempo para responder nuestras preguntas.

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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