Entrevista a Cristina Siccardi: pedida, rechazada y publicada

Una conocida publicación periódica cuyo nombre no estamos autorizados a publicar propuso una entrevista a Cristina Siccardi sobre el tema de las consagraciones episcopales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X celebradas el pasado 1º de julio. La historiadora y ensayista aceptó la invitación, pero después de haber respondido a todas las preguntas se le comunicó que la entrevista no se publicaría. ¿Dónde están la libertad de expresión y la de prensa?

Europa cristiana procede, por tanto, a publicar integralmente la entrevista original a la conocida hagiógrafa italiana.

Usted escribió una vez un libro titulado Monsignor Marcel Lefebvre nel nome della verità:¿cuál es la verdad, a la luz de lo que sucedió el pasado 1 de julio?

Fue exactamente en 2010 cuando se publicó por primera vez en Italia, por la editora Sugarco, una biografía del prelado monseñor Lefebvre, estudio historiográfico realizado no por un religioso sino por una laica. Hablo como historiadora, y puedo afirmar tranquilamente que entre 2010 y el 1º de julio de este año la verdad es la misma. Y también la misma que el 30 de junio de 1988, cuando el fundador de la FSSPX celebró las consagraciones episcopales sin autorización del papa Juan Pablo II. No ha cambiado nada, sólo los protagonistas. La verdad profesada desde 1970, año en que se fundó la fraternidad, es la de la Iglesia de siempre. Esa sorprendente fortaleza de la Tradición procede y vive en función de la santa formación sacerdotal; de la Santa Misa según el Vetus Ordo como Santo Sacrificio del Altar; y de la santa doctrina según los principios de siempre y de la teología basada en Santo Tomás de Aquino.

El 21 de enero de 2009 Benedicto XVI se ocupó de levantar la excomunión latae sententiae a los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y el 7 de julio de 2007 autorizó con el motu proprio la Misa en latín, que nunca había estado prohibida pero sí dificultada desde 1969 por la reforma litúrgica que introdujo el Novus Ordo.

Para ser precisos, los ataques a la Misa de siempre se iniciaron a partir de la clausura del Concilio (1965) con la introducción de una misa de transición entre el Vetus y el Novus Ordo. Esa fue la Misa que el padre Pío se negó a celebrar hasta que obtuvo un privilegio exclusivo de Pablo VI, que lo autorizó a celebrar la Misa que ha acompañado a la Iglesia a lo largo de toda su historia.

¿Cree que todavía hay posibilidad de acuerdo y diálogo?

Desde luego. Es más, el propio monseñor Lefebvre exhortó a sus hijos y herederos a proseguir sin solución de continuidad el diálogo con la Santa Sede. Algún día se dará la reconciliación, porque la Iglesia necesita redescubrir su verdadera identidad. Han pasado muchísimos años, del Concilio para acá, en que la parte humana de la Esposa de Cristo está en crisis. Y no me refiero sólo a las vocaciones, ni a que los templos estén cada vez más vacíos (al contrario de los que viven la Tradición), sino porque el protagonismo ya no es de la doctrina sino de cuestiones sociológicas y políticas. «Os imploro –decía Lefebvre– que mantengáis el vínculo con San Pedro, con la Iglesia de Roma […] la integridad de la Fe expresada en el Credo». El propio Pablo VI, de quien también publiqué una biografía en 2008 (Paoline Editoriale Libri), preocupado por lo que observaba a su alrededor, dijo aquella conocida frase de «esperábamos la primavera y vino el invierno», expresando su dolor y honda turbación en los años del postconcilio. Recuerdo muy bien que, exactamente en 2009, hablé con muchos sacerdotes que sintieron consuelo y satisfacción por la decisión de Benedicto, y me dijeron: «¡Por fin levantaron las excomuniones! Hacía mucha falta que alguien recordase las enseñanzas del Evangelio y la Tradición de la Iglesia, porque ha entrado mucha revolución liberal y progresista». A raíz de eso escribí el libro Mons. Marcel Lefebvre, nel nome della Verità, y en 2011 Maestro in sacerdozio. La spiritualità di Monsignor Marcel Lefebvre (Sugarco Edizioni).

¿Qué ha cambiado de Lefebvre a Pagliarini? ¿Quién es el superior general actual de la Fraternidad, primer italiano que ocupa el cargo?

No ha cambiado nada en absoluto en lo que se refiere a determinación para continuar la idea original de monseñor Lefebvre, que primero fue vicario apostólico en Dakar, luego arzobispo, delegado apostólico en el África francófona, arzobispo de Tulle, y superior general de la Congregación de los Padres del Espíritu Santo. Dejó escrito: «El Espíritu Santo me permite cumplir el sueño que me hizo entrever un día en la catedral de Dakar: ante la progresiva degradación del ideal sacerdotal, transmitir con toda su pureza doctrinal y su caridad misionera el sacerdocio católico de Nuestro Señor Jesucristo». Y sólo el sacerdote, como alter Christus, puede celebrar el Santo Sacrificio del altar.

El P. Davide Pagliarini, de la promoción de 1970, es natural de Rímini. Su carácter cordial y sociable le viene de su tierra, la Emilia-Romaña. Une a estas cualidades la humildad y la perseverancia para resistir sin apartarse de la Tradición de la Iglesia. Fue superior del distrito italiano de la FSSPX entre 2006 y 2012, y rector del seminario Nuestra Señora Corredentora de La Reja (Argentina) a partir de 2012. Enseñó también en el seminario las Actas del Magisterio y Sagrada Escritura. El 11 de julio de 2018 fue elegido superior general para un mandato de doce años. El 1º de julio de este año pronunció una homilía profundamente católica en la consagración de los cuatro nuevos obispos, en la que declaró: «Nos acusan de no querer al Papa. Nos acusan de no respetarlo. Pero precisamente porque queremos al Papa, sinceramente, como Vicario de Cristo, como jefe de la iglesia, no queremos seguir viendo como es humillado junto a falsos pastores que representan religiones falsas. ¿Cuántas veces lo habremos visto en todos estos años? Precisamente porque amamos al Vicario de Cristo no que queremos que siga esa humillación del Papa, humillación que recae sobre toda la Iglesia cuando la equipara con las religiones falsas».

Se decidió hacer las consagraciones porque sólo quedaban dos obispos de la Fraternidad de los consagrados en 1988. Si llegara a quedarse sin obispos, no sólo sería el fin de la FSSPX sino de una realidad que custodia un patrimonio sacramental y espiritual que no puede dejar de existir ni de ser transmitido, como sostiene monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán) en la conmovedora petición fraternal que hizo al Santo Padre el pasado 25 de febrero, donde entre otras cosas le dijo: «La crisis actual por las anunciadas consagraciones […] expone a los ojos de toda la Iglesia una herida que no sana desde hace más de sesenta años. Esa herida se puede describir en sentido figurado como un cáncer eclesial, y en concreto el cáncer de la ambigüedad doctrinal y litúrgica. […] Hay motivos razonables para suponer que la FSSPX no desea otra cosa que ayudar a la Iglesia a salir de esa ambigüedad doctrinal y litúrgica y redescubrir su perenne claridad salvífica, del mismo modo que el Magisterio de la Iglesia, dirigido por los papas, ha sido inequívocamente aclarado a lo largo de la historia después de todas las crisis que se han distinguido por la confusión y la ambigüedad doctrinal.

»Es más, la Santa Sede debería dar las gracias a la Fraternidad, porque hoy en día es prácticamente la única institución eclesial importante que señala abierta y públicamente que hay elementos ambiguos e incorrectos en algunas declaraciones del Concilio y en el Novus Ordo Misae. En esa labor, la FSSPX actúa motivada por un sincero amor a la Iglesia: si no amara a la Iglesia, al Papa y a las almas, no habría emprendido esa tarea ni se habría plantado firme ante las autoridades de Roma; no se complicaría tanto la vida».

¿Es cierto que en la Fraternidad la función de la mujer se entiende en clave conservadora y no hay lugar para ocupar cargos dirigentes?

No es la Fraternidad la que entiende eso, sino la Tradición de la Iglesia. El modelo de la mujer católica es María Santísima, que a pesar de ser Madre de Dios y Madre de la Iglesia no ha ejercido jamás un cargo directivo, ni siquiera a nivel consultivo.

En la Edad Media, cuando no había rivalidad entre hombres y mujeres –la rivalidad surgió con la Revolución Francesa–, ¡cuántas mujeres llegaron al vértice de la consideración pública! Podría poner miles de ejemplos; me bastará con citar a dos doctoras de la Iglesia: Santa Hildegarda de Bingen (consejera de autoridades eclesiásticas y civiles) y Santa Catalina de Siena (que fue determinante para que el Papa volviera a tomar decisiones acertadas).

En aquella época Occidente todavía no conocía el pensamiento ilustrado, marxista y liberal. De ahí que el feminismo, movimiento heredero de dichas ideologías, no afectara la administración diaria de la vida pública y privada. Las mujeres medievales ejercían sus actividades con un gran sentido cristiano de la responsabilidad, al igual que los hombres. Precisamente por eso nació la gran civilización cristiana europea, que no tiene igual.

Tal como hizo Francisco, León ha nombrado a algunas mujeres para ejercer cargos en la Curia. ¿Cómo interpreta esas decisiones?

Como decisiones que se ajustan al pensamiento moderno, según el cual la mujer no vale nada si no ejerce cargos políticos. En realidad, como dije, basta con pensar en la autoridad de la Madre de Dios y su ejemplo. Ha habido innumerables santas que han dejado mucha huella, incluso reinas, sometiéndose a la voluntad de Dios. Pero no se permite que esas protagonistas de la Europa cristiana se estudien en el colegio. Hay que descubrirlas en la biblioteca.

Más de un año después de su elección, ¿qué la impacta más de León XIV?

Prevost es un papa que puede dar mucho: es hijo de San Agustín, cuenta con una importante trayectoria misionera, y la tradición patrística es un terreno teológico del que puede extraer luz y discernimiento para afrontar los desafíos de nuestro tiempo. Pero hay dos cosas que me han impactado más: que desde el primer momento asumió la tarea de mantener la unidad del rebaño pero luego no reconoció el valor de la FSSPX, y que se reunió con la arzobispa cismática anglicana de Canterbury Sarah Mullally (mujer y laica. Recuérdese lo que aclaró al respecto León XIII, al que nuestro pontífice ha llamado su venerado maestro, mediante la bula Apostolicae curae en 1986, en la que declaró que las ordenaciones sacerdotales y episcopales anglicanas son «nulas y sin efecto»). León le dijo a Mullally que sería escandoloso no esforzarse por superar las diferencias que nos separan, por insuperables que parezcan. ¿Y acaso no es un escándalo no superar las diferencias con la familia católica de la FSSPX, que siempre ha profesado fidelidad a la Iglesia Católica Romana?

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