La devoción a las almas del Purgatorio forma parte de la Tradición de la Iglesia, y le está reservado en concreto el mes de noviembre. Ante todo, nos recuerda que la Iglesia Católica, que es la única Iglesia de Cristo, está compuesta por tres iglesias: la triunfante, formada por los bienaventurados del Paraíso; la militante, integrada por los que combaten en la Tierra; y la purgante, compuesta de quienes se purifican en el Purgatorio.
La doctrina del Purgatorio, negada por los protestantes y puesta en duda por los modernistas, hunde sus raíces en la Sagrada Escritura y la Tradición, y ha sido definida sobre todo por los concilios de Florencia y de Trento. Manifiesta a la vez la justicia y la misericordia divinas; el perdón de los pecados remite la culpa, pero puede dejar consecuencias y penas temporales que expiar. La purificación libra al alma de todo resto de afecto desordenado a las criaturas. De hecho, dice la Palabra de Dios en el capítulo 21 del Apocalipsis que en el Reino de los Cielos no entrará nada que sea impuro.
Como vemos, el Purgatorio es el lugar y el estado de quienes mueren en la gracia y amistad de Dios pero aún no han sido purificados del todo. Esas almas tienen la certeza de haber alcanzado la salvación eterna; sin embargo, les falta alcanzar la santidad necesaria para poder contemplar a Dios cara a cara. Se las llamas ánimas benditas porque pertenecen definitivamente a Dios, ya no pueden pecar y no perderán jamás la amistad de Él.
Su pena principal es el retraso de la visión beatífica. El alma desea a Dios con una intensidad que no podemos ni imaginar en este mundo. Sabe que sólo en Él encontrará plena realización, pero todavía no lo puede contemplar. Aun así, acepta la purificación con una adhesión sin reservas a la voluntad divina. Sufre por la espera de Dios, pero espera sin temor a perderlo.
Santo Tomás explica que «la severidad de la pena responde propiamente a la gravedad de la culpa, mientras que la duración depende de hasta qué punto esté arraigada la culpa en la persona. De ahí que pueda darse que permanezca más tiempo en el Purgatorio alguien que sufra menos, y viceversa» (Super Sententiis, IV, d. 21, q. 1, a. 3, qc. 3, ad 1).
La severidad de la pena indica la intensidad del padecimiento, que es proporcional a la gravedad de la culpa cometida. En cambio, la duración corresponde a la obstinación del apego a las propias culpas de las que debe librarse el alma. Pequeñas vanidades o resentimientos cultivados durante mucho tiempo pueden llegar a echar profundas raíces, mientras que culpas más graves sinceramente detestadas pueden dejar culpas que expiar sin que haya un apego tan tenaz a ellas. Intensidad y duración no coinciden necesariamente. Por eso, tenemos que combatir también los defectos cotidianos que al ser tolerados terminan por arraigar en el corazón.
Es verdad de fe que se puede ayudar a las almas del Purgatorio con los sufragios de los vivos, como oraciones, limosnas, obras de caridad, penitencias, indulgencias y sobre todo el Santo Sacrificio de la Misa. Para las almas que purgan, el tiempo de la prueba terrenal ya terminó. No pueden adquirir nuevos méritos, recibir los Sacramentos ni lucrar indulgencias. Pero sí pueden beneficiarse de nuestros sufragios. Por eso la Iglesia nos exhorta a no olvidarnos de ellas. Esas almas están vivas, unidas a Dios, pero también a nosotros, a nuestra caridad. Aunque la muerte les ha quitado la posibilidad de hacer méritos, no las ha privado de la de amar. El afecto por los seres queridos no desaparece con la separación del cuerpo. La caridad es recíproca, y se manifiesta en un intercambio de oraciones: nosotros imploramos a Dios que las acoja en la luz, y ellas pueden interceder por nuestras necesidades espirituales y materiales.
Ahora bien, ¿qué es lo que conocen lasa almas del Purgatorio de nuestra situación? Santo Tomás explica que las almas separadas del cuerpo, desprovistas de los sentidos de éste, según su conciencia no se olvidan de aquellos a quienes han amado, si bien una vez que han muerto desconocen lo que les sucede a ellas en la Tierra. Eso no quita que puedan cuidar de ellas, rezando en intercesión por ellas, aunque no sepan qué les pasa ahora, del mismo modo que nosotros rogamos por los difuntos sin saber si siguen necesitando nuestros sufragios o ya están en la gloria. Con todo, Santo Tomas añade que Dios puede darles a conocer a esas almas lo que les pasa a los vivos por medio de las almas que van llegando al Purgatorio, o bien por medio de ángeles o revelándoselo Él mismo (Suma teológica, I, q. 89, a. 8, ad 1). Así pues, Dios puede dejarles saber lo que hacemos, de la misma manera que ha permitido mediante numerosos testimonios que notemos su presencia.
En Roma, en el paseo Prati de la ribera del Tíber se encuentra una iglesia de sutiles agujas que parecen alzarse al Cielo en silenciosa súplica. Es la iglesia neogótica del Sagrado Corazón del Sufragio. Junto a la sacristía alberga el Museo de las Ánimas del Purgatorio, pequeña colección de reliquias que evocan al visitante las grandes realidades de la eternidad. Su origen está vinculado al sacerdote francés Victor Jouet y a un suceso ocurrido en la noche del 15 de noviembre de 1897. Se produjo un incendio en la capilla del Rosario, anterior al templo actual. Según el relato que nos ha llegado, entre las llamas apareció un rostro afligido cuya imagen quedó impresa en la pared. El padre Jouet vio en ello una evocación de las almas que purgan y a la necesidad de socorrerlas.
Recorrió Europa reuniendo testimonios de apariciones de ánimas: restos de tejido, vestidos, libros de oraciones y tablitas con quemaduras atribuidas al contacto con los difuntos, acompañadas de relatos que dan fe de que pedían misas y sufragios. Incluso en el último siglo, la historia de la Iglesia abunda en apariciones de ánimas benditas, a las que no se debe invocar con los medios maléficos del espiritismo y la necromancia, que no ponen en contacto con las almas del Purgatorio sino con demonios que tratan de engañar haciéndose pasar por ellas. Sólo las oraciones humildes y confiadas nos ponen en contacto con las ánimas benditas.
El amor de esas almas, que sobrevive a la muerte, no sólo se extiende a sus seres queridos, sino también a la Iglesia militante de este mundo. Al comienzo del canto XXXIII del Purgatorio, Dante nos muestra una imagen de su dolor por las tribulaciones que atraviesa la Iglesia. Y en el Paraíso terrestre, las siete mujeres que representan las virtudes teologales y cardinales lloran los males que acontecen al carro alegórico que representa la Iglesia, entonando el Salmo sobre la profanación del templo:
«Deus, venerunt gentes, alternando,
de tres en cuatro, dulce salmodia,
las mujeres cantaron, lagrimeando».
A pesar de que son figuras alegóricas, su lamento expresa el dolor de quien ama a la Iglesia y la ve humillada y desfigurada por los pecados de los hombres. Dolor que se hace oración y aguarda su liberación.
Se puede sostener que Dios conceda a las almas de quienes han dedicado la vida a gloria de la Iglesia que conozcan sus necesidades actuales, como las conocen los santos del Paraíso. La caridad que animaba sus obras en la Tierra no se extingue; puede continuar y expresarse en intercesión por la Iglesia militante, si el Señor les permite conocer sus necesidades.
Es justo, por tanto, recurrir a las oraciones de las almas del Purgatorio, no sólo para socorrerlas y para que nos ayuden, sino también por la protección de la Fe en la Tierra, para que Dios ilumine a los sacerdotes y prelados y para los fieles perseveren en la defensa del bien y de la verdad.
Encomendemos, pues, a Dios una doble súplica: que acoja en la gloria a sus siervos y por intercesión de ellos conceda a la Iglesia, a todos nosotros, luz, fortaleza y santidad. Y ante todo pidamos a las ánimas benditas que nos ayuden a perseverar sin desanimarnos y a confiar siempre en Nuestro Señor Jesucristo, que jamás abandona a su Iglesia.






























