La doctrina de los novísimos y las festividades de los difuntos y de Todos los Santos

Cristina Siccardi

Tenemos ante nosotros dos días fundamentales para la Iglesia: la fiesta de Todos los Santos y el día de nuestros queridos difuntos. Así comoexiste una comunión de los santos, canonizados por la Iglesia, existe también una comunión de las almas en el Cielo que participan de la gracia de Dios o bien participarán en ella, ya que parte de ellas están en el Purgatorio, si bien son ya benditas porque están destinadas al Paraíso cuando terminen la purificación que el juicio de Dios permite por un tiempo determinado. Este tiempo puede acortarse con oraciones y con misas de sufragio. El Señor ha previsto esas oraciones y misas de las almas que siguen en la Tierra y con sus prácticas religiosas pueden interceder en favor de las almas del Purgatorio. Y viceversa: las almas que están en el Purgatorio y el Paraíso pueden interceder en provecho de las de la Tierra.

Concluida la vida terrena se pasa por varias etapas: la muerte, el juicio particular en el que Cristo juzga al alma, y luego el Infierno o el Paraíso. Estos son los cuatro novísimos o postrimerías, las realidades últimas de la esjatología católica, en latín novissima. En el Antiguo Testamento, el vocablo latino novissima aparece en el Eclesiástico [7,40]: «In omnibus operibus tuis memorare novissima tua, et in æternum non peccabis» («recuerda tu fin último en todas tus obras, y nunca pecarás»).

Como en tantos otros temas de la doctrina católica, la gran mayoría de los sacerdotes ya no habla de las postrimerías. Hablando de esjatología, Pablo VI denunció el 8 de septiembre de 1971 que «domina toda la concepción de la vida cristiana, de la historia, del tiempo y de los destinos humanos después de la muerte», y aun así, «pocos hablan de los novísimos, y hablan poco». Quien sí habló fue Joseph Ratzinger, en el primer curso que dictó en 1957 en Friburgo, y en 1977 publicó Escatología: La muerte y la vida eterna, que de manera especial en Alemania suscitó un vivo debate. Decía Ratzinger que dicho texto era su obra más desarrollada y precisa.

El de los novísimos es un tema que ha desaparecido de la cultura católica liberal, relativista y secularizada, y ya no encuentra sitio en la predicación. Parece una burla: la Fe cristiana, que se basa en la Resurrección de Cristo, en su Muerte y su Resurrección, así como en su predicación centrada precisamente en las consecuencias eternas del pecado mortal, no son ya un tema religioso que despierte interés. En realidad, toda la vida de fe tiene por objeto la salvación después de exilio terrenal… Y sin embargo, la religión cristiana moderna gira en torno al presente, lo inmanente, el aquí y el ahora.

Antes de la revolución teológica del siglo XX a nadie se le había pasado por la cabeza poner en duda conceptos como la muerte y el juicio privado del alma, y nadie se tomaba a broma la realidad del Infierno y el Paraíso, porque todo se fundaba en la predicación de Jesús, en el Nuevo Testamento, los Padres de la Iglesia, la Tradición y el Magisterio. Hasta cierto punto, se han dejado de condenar los errores teológicos, y en cambio se han escuchado y acogido las subjetivas y sugerentes interpretaciones de este y aquel teólogo que, siguiendo las corrientes filosóficas laicistas que surgieron en el siglo XVIII e influidos posterioremente por ideas protestantes han tenido la soberbia de arrogarse el derecho de expresar su opinión personal. Con ello, han llegado a desmenuzar las columnas maestras que sostienen la vida futura. De ahí que la firme doctrina de las postrimerías se haya convertido en una teoría teológica manipulable al gusto de los teólogos, y «sobre todo bajo el influjo del pensamiento marxista, la esperanza se ha transformado en un concepto político» G. M. Vian, Morte, giudizio, inferno e paradiso, le quattro (ultime) cose dimenticate, en Domani, 26 de noviembre de 2023).

La predicación en las iglesias, cada vez más vacías, se ha politizado indudablemente: muchos párrocos (de los que cada vez hay menos), con frecuencia titulados en psicología o sociología, se han convertido en políticos que cada vez tienen menos seguidores. Pero que la predicación haya cambiado no quiere decir que ya no existan los novísimos. Veamos un ejemplo concreto: así como el aborto sigue siendo homicidio aunque la ley de un estado lo declare legítimo, las cuatro postrimerías siguen existiendo.

La enseñanza de los Padres de la Iglesia sobre las realidades últimas del hombre se fue desarrollando mediante una minuciosa reflexión basada en la tradición oral recibida de los Apóstoles y los textos sagrados. Eran reflexiones motivadas por la elaboración de los sermones y por su decidido y perseverante combate contra las herejías, que requerían refutaciones sabias y certeras. Así se fue construyendo también la teología católica de los novísimos.

San Agustín de Hipona escribió uno de los estudios más influyentes del Occidente cristiano sobre el tema de las postrimerías. Ante todo desarrolla su pensamiento en La Ciudad de Dios y en sus sermones, en los que se afirma que el ser humano ha sido creado para lo infinito y para la felicidad, porque Dios mismo es el lugar que nos corresponde después de esta vida. Desde esta perspectiva, la mera presencia o ausencia de Dios decide la salvación o la condenación. Si en el Paraíso hay una perfecta armonía de dicha y paz, en el Infierno hay llanto y rechinar de dientes, dolor y rabia, como describe Jesús según San Mateo y San Lucas.

El Padre y Doctor de la Iglesia distingue el juicio privado inmediato tras la muerte de la persona y el Juicio Universal al final de los tiempos (lo trata por extenso en el libro XX de La Ciudad de Dios, Contra paganos). El Juez será Jesucristo, y la sentencia separará definitivamente a los salvados de los condenados. El Pastor separará para siempre las ovejas de las cabras (Mt.25,32-33). San Agustín se distancia totalmente de la tesis de Orígenes (que proponía la apocatástasis, es decir, la salvación final de todas las criaturas, el Diablo incluido) y de las ideas neoplatónicas, que entendían los castigos como acciones purificadoras para todo el mundo. Para San Agustín, quien muere en estado de abierta e impenitente rebeldía contra Dios se priva eternamente de su gracia. Sostiene, además, que para las almas de los creyentes que mueren con culpas leves existe una purificación temporal después de la muerte (Purgatorio) mediante un fuego de tribulación. Por ello, insiste en la importancia del sufragio, el Santo Sacrificio de la Misa, la caridad de la Iglesia y las oraciones por los difuntos.

Volvamos, pues, a la comunión de las almas en la Tierra, el Purgatorio y el Cielo, que pueden interceder unas por otras, implorando al amor de Nuestro Señor Jesucristo que reparta bendiciones, gracias y milagros a cuantos se aman en Él.

Corrispondenza Romana
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