La mediación universal de María Santísima

Por S.E. monseñor De Castro Meyer (2ª parte) (1ª parte aquí)

Síntesis

Ardientes colaboradores y amados hijos:

Hemos examinado con vosotros a las fuentes de la Revelación que nos explican la misión que Dios Nuestro Señor confió a María Santísima en la obra de la redención del género humano y en la economía de la salvación. Vimos que María fue elegida en los supremos designios de Dios para que con su carne y su sangre cooperase a la formación de la naturaleza humana del Verbo Divino cuando, en sus inefables misterios, Dios dispuso exigir una reparación justa, proporcional a la enormidad de la malicia inherente al pecado por ser una vulneración de los derechos divinos.

Esta cooperación física a la formación de la naturaleza humana de Jesús supone, con toda evidencia y lógica, una participación en la obra proyectada por el Hijo de Dios de encarnarse, es decir, la Redención del género humano. Y ello obedece a que Dios, podría en su omnipotencia haber prescindido del concurso de María en la Encarnación del Verbo. Si no lo hizo, fue porque en su insondable sabiduría confió a María Santísima una parte importante en la regeneración misma del género humano.

Con razón, Bossuet argumenta que habiendo dispuesto Dios darnos a Jesús por medio de María, nunca cambiará de parecer. La voluntad de Dios no conoce arrepentimientos. El camino a recorrer es Jesús, y el medio para recibirlo será siempre María (66). León XIII expresa un pensamiento análogo: «Así como había sido instrumento del misterio de la redención humana, también, con el poder casi ilimitado que se le había conferido, se convirtió en dispensadora de la gracia que por todos los tiempos deriva de esta redención » (67).

De ahí que la participación de Eva en la desobediencia original diera pie a los santos Padres para enseñar la parte que cumplió María en la Redención de la humanidad. Así como Eva fue causa de la muerte espiritual de todos los hombres, María es causa de la vida de la gracia para todos los hombres. Así como Eva es madre de todos los vivientes por haber transmitido a todos la vida natural, María es Madre de todos los hombres que por medio de Ella reciben la vida sobrenatural.

Este pensamiento suscita el dulcísimo concepto de María como Madre celestial que vela por sus hijos de la Tierra, que Ella engendró para la vida espiritual participando en el Calvario de los intensísimos dolores con que Jesús redimió al mundo.

Profundizando ante todo en el alcance de las palabras del arcángel a María cuando le anunció que sería Madre del Redentor, la Tradición precisa con más exactitud la naturaleza de la maternidad que hace de María Madre de todos los hombres. Estos integran el Cuerpo Místico de Cristo, y precisamente por ser miembros de ese Cuerpo Místico, son rescatados de la servidumbre del Demonio y animados por la vida de la gracia. De ahí que María Santísima, al concebir en su seno purísimo al Redentor, se convirtiera por eso mismo en Madre de todos los redimidos por la sangre de Cristo. O sea, de todos los miembros del Cuerpo Místico del Salvador.

En concreto, la acción materna de María para con todos los hombres se realiza mediante la distribución de las gracias ameritadas por el sacrificio propiciatorio del Hijo de Dios, porque «nada se nos concede, según la voluntad de Dios, sino por María». Citamos una vez más a San Bernardo, que sintetiza en esta frase el gratísimo y consolador obsequio de la bondad divina: María, nuestra Mediadora.

Concepto preciso de la mediación mariana

La mediación universal que hace de Ella una Madre que continuamente genera y nutre la vida divina en los hombres, consiste precisamente en esta indispensable intervención de María Santísima para obtener favores del Cielo, desde la primera gracia hasta la perseverancia final. Esta verdad es artículo de fe, y deseamos ardientemente que llegue a ser dogma solemnemente definido para gloria de Dios, exaltación de Santa Iglesia, honra de María Santísima, gozo de los habitantes del Cielo y consuelo de quienes todavía gimen en este valle de lágrimas.

Así entendida, en su verdadero significado, amados hijos, y lejos de crear conflicto, la mediación universal de María armoniza a la perfección con el dogma de un único Mediador necesario, que ofrece al Altísimo reparación por los pecados de los hombres. De hecho, conforme a los designios divinos, en esta indispensable mediación de Jesucristo intensifica toda mediación mariana, pues lo que la hace Santísima, Inmaculada y Madre de Dios es la mediación de Jesucristo. Es más, lo que concede a María todos los títulos en que se basa su misión de Mediadora de todas las gracias es la virtud mediadora de Jesucristo.

Intercesión de los ángeles y los santos

Por una razón análoga, la mediación universal de María no anula, dilectos hijos, la intercesión de los santos y los ángeles, todos ellos ciertamente mediadores, como amigos que son de Dios y benefactores nuestros. También son eficaces sus oraciones, pero no dispensan de la intercesión de María. Con las de la Madre de Dios adquieren la eficacia que por sí solas no tendrían. Esta verdad la expresa de un modo elocuente el gran Doctor de la Iglesia San Anselmo (†1109): «El mundo tiene sus apóstoles, patriarcas, profetas, mártires, confesores y vírgenes: buenos y excelentes defensores cuya ayuda deseo implorar. Mas cuanto ellos pueden con Vos, Vos lo podéis sola y sin ayuda de todos ellos […] Sois mejor y más elevada que todos ellos […] Si Vos calláis, ninguno suplicará, ninguno me asistirá. Hablad, y todos pedirán, todos acudirán en mi socorro» (68).

San Luis María Griñón de Monfort

Hasta el pecador más impenitente, que ni piensa en la mediación de María ni jamás recorre a Ella, se beneficia de la intercesión de la Virgen Madre y puede alcanzar la conversión, porque

No sólo tu bondad pía socorre

a quien demanda; a veces generosa,

al que no pide con amor acorre (69)

Dicho de otro modo: aun cuando el fiel no recurre a María, Ella interviene espontáneamente y le facilita la gracia que el infeliz no ha sabido pedir. Dante nos transmite la convicción del propio fiel; San Ansemo, la enseñanza de la Jerarquía: «Sin vuestra asistencia –suplica a la Virgen– soy una nada que vuelve a la nada. Socórreme y no me niegues lo que a todos concedes sin que siquiera te lo pidan» (70).

El mismo concepto de la economía de la gracia, en la cual María ocupa una posición clave, lo enseña San Luis María Griñón de Monfort: «El Padre no da a su Hijo sino por medio de María; no se forma hijos adoptivos ni comunica sus gracias sino por medio de Ella. El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por medio de María. Sólo por ella forma a los miembros de su Cuerpo Místico y reparte sus dones y virtudes» (71).

La mediación de la Virgen no se opone a la eficacia sacramental.

De forma análoga, amados hijos, tampoco se opone a la mediación universal de María la eficacia de los sacramentos en el alma. Como sabéis, los santos sacramentos producen en el alma por sí mismos la gracia santificante. Como dice la clásica expresión teológica, ex opere operato; es decir, por la virtud del propio Jesucristo, cuyo vicario o representante es el ministro del sacramento, el cual se sirve de un medio al que el Salvador ha asociado esta causalidad en el orden sobrenatural.

Es cierto que se podría formular una mediación de María Santísima incompatible con la teología sacramental. Consistiría en entenderla como si María actuase directamente en el alma creando enzado ésta, como causa eficiente, la gracia santificante. Pero este concepto de la mediación mariana universal es erróneo. María es mediadora de todas las gracias porque ninguna gracia se aplica al hombre sin que intervenga la intercesión de Ella. La Tradición ha sintetizado esta verdad en una expresión muy acertada: María –dice el sentir del pueblo cristiano– «es la ominpotencia suplicante» (72). Es mediadora porque suplica, intercede, y Dios Nuestro Señor quiere que exista esa intercesión, esa súplica, para conceder su gracia, su favor. Reiteremos lo que dijo San Bernardo: «Dios quiso que todo lo recibiéramos por María» (73).

Dado que la gracia sacramental está condicionada a la recepción condigna del sacramento, esto es, sin que la voluntad le interponga el obstáculo de la adhesión al pecado, como la Virgen obtiene de Dios para la persona el beneficio de recibir el sacramento, y recibirlo con fruto, se puede y debe decir que el fiel se beneficia de la gracia sacramental gracias a su intercesión. Dicho de otra manera: se puede decir que la propia gracia sacramental está condicionada por la mediación de María, desde el momento en que Dios otorga la gracia de la recepción fructífera del sacramento, como fruto de la intercesión de la Santísima Virgen. Hasta tal punto, que las buenas disposiciones del alma, que contribuyen a que la gracia sacramental tenga pleno efecto, son fruto de gracias actuales debidas a la intercesión de María.

En resumen, que ni la mediación universal de María Santísima impide la causalidad propia de los sacramentos, ni esta causalidad supone dificultad para dicha mediación universal.

Ayudas solicitadas directamente al Señor

Por lo que respecta a los socorros que concede el Señor en respuesta a las peticiones que elevan los fieles directamente al augusto trono de la misericordia divina, éstos no merman en lo más mínimo la mediación universal de la Santísima Virgen.

Es más, en la economía de la gracia establecida por la inefable bondad de Dios, Jesús es inseparable de su santísima Madre. El orden de la Encarnación comprende a la Madre y al Hijo. Así lo han dispuesto los amorosos e insondables designios de la Providencia. No cabe la más mínima duda de que la intercesión de Jesucristo, por demás ininterrumpida como declara San Pablo (74), es infinitamente suficiente para obtener la aceptación del Altísimo, corroborada por sus méritos infinitos.

Aun así, Dios quiso que fuera inseparable de su santísima Madre en el cumplimiento de su misión redentora. Por eso, dice muy acertadamente San Bernardo que fue Dios quien quiso que todo lo recibésemos por María. No se trataba de una exigencia impuesta, sino de una benignidad inefable del amor de Dios. Cómo será, que a esas oraciones se les aplica el principio general por el que también cuando no se recurre a Ella, Ella misma interviene espontáneamente con sus ruegos.

La infinita misericordia de Dios

Para que veáis, amados hijos, hasta dónde llega la misericordia divina. Se podría decir que en remedio de nuestro vergonzoso temor Dios ha dispuesto que para reparar nuestras culpas tengamos ante él, como abogada válida aceptada, a una persona totalmente de nuestra estirpe. Es de por sí un misterio inefable de la bondad del Señor preparar la Redención, mediante la humillación de su Hijo Unigénito, que adoptó la forma de siervo y se ha presentado como verdadero hombre (75). como vemos, la misericordia divina ha completado su benignidad hacia nosotros asociando a una simple criatura a la obra de la Redención. Nos ha dado la posibilidad de participar en el pago de nuestra deuda, de por sí imposible. Como para hacernos ver que sus favores eran también fruto de una cooperación nuestra, de un miembro de nuestra familia. Verdaderamente en Jesús, nacido de María, se manifestó la tierna bondad de nuestro Salvador. ¡No dejemos nunca de dar gracias a Dios!

En conclusión, amados hijos

¡Cómo no vamos, dilectos hijos, a elevar al Cielo haciendo resonar con fuerza en los oídos divinos una formidable acción de gracias por tan inefable y dulcísima decisión amorosa de la Providencia que nos ha dado a María por Madre y la ha convertido en acueducto de todas las gracias que manan de su abundante misericordia! A esto se puede aplicar el Salmo que dice: «Su misericordia es mayor que todas sus obras». No cabe duda en cuanto a que el punto culminante de la misericordia de Dios es el Verbo Encarnado, obra maestra de una bondad que no puede ser sino divina. Ahora bien, ¿podemos separar a María Santísima del Verbo Encarnado? En el orden que a la Providencia plugo establecer, María es elemento indispensable de la Encarnación del Verbo. Fue Ella quien formó con su carne el cuerpo que permitió al Hijo de Dios venir a hacerse parte de la especie humana. Por eso es imposible pensar en Dios hecho hombre sin que aparezca también en nuestros pensamientos la figura excelsa de su Madre María.

Por nuestra salvación, María no escatimó ofrecernos a su Hijo

Con tan dulcísimo designio, se puede decir que Dios elevó a la Santísima Virgen a la participación de su paternidad única. Es más, del mismo modo que el Padre Eterno llama con toda razón al Verbo «Hijo mío», María puede también con toda razón llamar Hijo suyo al Hijo de Dios mismo, porque en Jesús hay una sola Persona, la del Hijo de Dios, y a esa Persona María la ha engendrado en su naturaleza humana.

Y así como las obras de Dios son perfectas, el Altísimo la asoció igualmente a su inefable misericordia. Con toda la propiedad del mundo aplicamos a María lo que dice San Pablo de la inmensa bondad de Dios para con los hombres: «Aun a su propio Hijo no perdonó, sino que le entregó por todos nosotros» (76). De hecho, como el Padre Eterno poco menos que se despojó de su Hijo, despojándolo de la gloria celestial, al darle un cuerpo mortal (77) a fin de que pudiese inmolarse por nosotros, míseros pecadores, también la Virgen María en el Calvario junto a la Cruz con el corazón desgarrado de dolor, a pesar de todo se mantuvo en pie, tuvo la valentía de escatimar a su amadísimo Hijo único, y lo entregó por nuestro salvación a una muerte atroz en extremo. No escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. De ese modo se vincula a la misericordia del Padre Eterno así como en cierta forma se había vinculado a su paternidad al dar a luz al Hijo de Dios hecho hombre.

«Los que se guían por mí no pecarán»

Así pues, ante el insondable misterio de la mediación universal de María, cómo no entonar al Señor del Cielo y de la Tierra un himno de acción de gracias, proclamando con el salmista que su misericordia es mayor que sus obras.

Reflexionemos, pues, con frecuencia, amados hijos, en la realidad sobrenatural en que vivimos como verdaderos hijos de María que, por serlo, nos encontramos bajo el manto de su tierna acción materna. Acordémonos de cuanto dice de Sí misma la Sabiduría Increada, palabras que la sagrada liturgia pone asimismo en boca de la Santísima Madre de Dios y dulcísima Madre nuestra: «Los que se guían por mí no pecarán», «Qui operantur in me non peccabunt» (79). Vivamos bajo la mirada de María y dependiendo de Ella. Consagrados a Ella por entero, en todo momento actuaremos en el ambiente que le es propio, hecho del santo temor de Dios e impregnado de fe, pureza y caridad. En un ambiente tan mariano el pecado no entra. Y así lo haremos todo en María y por María y viviremos lo que dice la Escritura: quien se guíe por María no pecará. (80).

Así es como debemos vivir nuestra fe en la mediación universal de María. Seamos, pues, lógicos y no nos apartemos del seno materno de María, de su ambiente propio, hecho de castidad, mortificación del amor propio, y caridad divina y fraterna, para que nuestra fe no se vuelva vacía e inútil como la sal insípida que no sirve y se tira (81).

Confianza en la Santísima Virgen

Para cumplir nuestros ideales de la vida en María necesitamos el auxilio divino, ya que, dice el Señor: «Separados de Mí no podéis hacer nada» (82). En realidad, nos lo alcanzará la Mediadora de todas las gracias. Acostumbrémonos, pues, a recurrir, con suma e indestructible confianza, a María. Acordémonos de que es Madre y nos da cuanto le pidamos que sea bueno, pues tiene a su disposición el tesoro inagotable de los méritos de su divino Hijo y es, por tanto, omnipotencia suplicante. ¿No vemos acaso aquí en la Tierra la angustia y casi desesperación de las madres que no saben qué hacer para atender las necesidades de sus hijos? No creemos que María albergue menos sentimientos maternales que las madres del mundo, que a pesar de todo no son capaces de superar del todo el egoísmo.

Recurramos, pues, a María con invencible confianza. Por muy pecadores que seamos, no nos falte la convicción de que María es poderosa y quiere alejar al Diablo de nuestras almas y consolarnos con la esperanza de la vida eterna.

Seamos constantes también en el rezo del Rosario. Entre las devociones de la Santísima Virgen, el Rosario nos ayuda a profundizar en el misterio de la mediación universal de María. Del mismo modo que con el Santo Rosario meditamos en los misterios de la vida de Jesucristo y de la Virgen María, también nos sirve para asimilar las virtudes y la caridad del Señor, guiados por el ejemplo y las maternales manos de María.

Por la definición del dogma

Por último, la gratitud nos exige que nos esforcemos por conseguir que llegue pronto, bien rápido, el dichoso y oportuno momento determinado por la Providencia en que por la palabra infalible de la Santa Iglesia se adorne a la Santísima Madre de Dios, la bienaventurada Virgen María, con esa corona de gloria, esa luminosa estrella del dogma de María Santísima Mediadora de todas las gracias.

Al expresar esta intención, deseamos igualmente que todos nuestros amados diocesanos recen cada día la súplica Memorare, inspirada en los sermones de San Bernardo (83), que no sólo expresa el fervoroso amor, la confianza y la devoción filial que le profesaba el Doctor Melifluo a la Santísima Virgen, sino también su fe en la mediación universal de dicho acueducto de todas las gracias: la santísima Madre de Dios y Madre amabilísima de todos los hombres.

Dada y publicada en nuestra sede episcopal de Campos a 16 de julio de 1978, festividad de la Virgen del Carmen.

Notas:

(66) BOSSUET, Tercer sermón para la festividad de la Concepción de la Stma. Virgen, cit. en J. B. TERRIER, op. cit., parte II, libro V, cap. 1.

(67) LEÓN XIII, encíclica Adiutricem populi del 5-9-1895, en Maria SS., cit., p. 137.

(68) SAN ANSELMO, Oración n.º 46, cit. en J. B. TERRIER, op. cit., parte II, libro VII, cap. 2. Los destacados son nuestros.

(69) DANTE ALIGHIERI, La divina comedia, Paraíso, canto XXXIII, vv. 16-18.

(70) SAN ANSELMO, Oración n.º 46, cit. en J. B. TERRIER, op. cit., íbidem.

(71) SAN LUIS MARÍA GRIÑÓN DE MONTFORT, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, cit., p. 140. Toda esta obra de San Luis María tiene por objeto suscitar en los fieles la profunda convicción de que la mediación de María, como madre que engendra, nutre y perfecciona a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo es indispensable para la salvación. De ahí la necesidtad de una verdadera devoción a María Santísima.

(72). La expresión de la piedad popular sintetiza las afirmaciones de papas y teólogos. Cf. G. ALASTRUEY, op. cit., parte III, cap. 4, art. IV, q. 5.

(73) Como ya señalamos, este pensamiento se encuentra en el sermón de la Natividad, conocido como El Acueducto, en el nº 7. San Bernardino de Siena († 1444) emplea una metáfora análoga para expresar la misma idea de la mediación universal de Maria: «Ella –dice il santo– es el cuello bajo nuestra Cabeza por el que todos los dones de Dios pasan a su Cuerpo Místico. Por eso dice el Cantar de los cantares: «Tu cuello es como torre de marfil» (sermón nº10 del primer domingo de Cuaresma, y sermón nº 4 de la Concepción, cit. en J. B. TERRIER, op. cit., parte II, libro VII, cap. 3).

(74) Cf. H br. 7, 27.

(75) Cf. Fil. 2, 7.

(76) Rom. 8, 32.

(77) Cf. Fil. 2, 7.

(78) Cf. Rom. 8, 32.

(79) Eclo. 24, 30. Se lle en la epístola de las misas de María Reina, 31 de mayo, y de la Virgen de Guadalupe, 12 de diciembre.

(80) En su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, cit., cap. V, art. 2, pp. 248-258, San Luis María Griñón de Montfort explica esta vida en Maria.

(81) Cf. Mt. 5, 13.

(82) Jn. 15, 5.

(83) Posterior a San Bernardo, el Memorare, consoladora súplica que rezan los fieles de todo el mundo, se inspira sobre todo en dos sermones de San Bernardo, el IV de la fiesta del la Asunción de la bienaventurada Virgen María y el de la octava de dicha festividad (Dictionnaire de Théologie Catholique, vol. II, col. 758). En la edición que hemos utilizado, citas proceden de l vol. III, p. 387, nº 8 y p. 392, nº 15.

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