15 de octubre: Santa Teresa de Ávila

Uno de los reproches que más se arrojan contra la Iglesia Católica es su supuesta misoginia. Se afirma que no aprecia lo suficiente a la mujer ni le concede el puesto que le corresponde. Se puede reconocer que es posible que a lo largo de la historia se hayan dado comportamientos inapropiados. Pero convertir a la Iglesia en una institución misógina me parece como mínimo arriesgado.

Pues bien; en la Iglesia ha habido decenas de millares de santos, ¿y a quién se ha reconocido siempre como la más grande? A la Santísima Virgen María, que es una mujer. ¿Y acaso entre los santos más grandes y conocidos no ha habido mujeres? A mí me parece que hay que reconocer que lo que verdaderamente molesta no es tanto que la Iglesia no valore a la mujer, sino que tradicionalmente siempre ha tenido una perspectiva particular que no casa con ciertas ideologías modernas empapadas de un feminismo tóxico que perjudica a la propia mujer.

Pongamos por ejemplo a Santa Teresa de Jesús, cuya festividad se conmemora el 15 de octubre. Al fijarnos en la grandeza de esta santa, podríamos hacer una primera observación: la Iglesia no va contra la mujer, sino que procura exaltar en ella las características que hacen de ella lo que verdaderamente es, entre las cuales se cuenta sin duda la de ser madre. Lo cual no es un detalle más de la feminidad, sino la exaltación de todas las virtudes que convierten a la mujer en una criatura extraordinaria.

Santa Teresa vivió desde su juventud en una estrecha cercanía con Dios que la llevó a hacerse carmelita. Fue una gran fundadora y reformadora en el Carmelo, y contribuyó a la reforma de la rama masculina de la orden junto a otro gran santo como San Juan de la Cruz.

Teresa tenía grandes dotes de mando, como diríamos hoy, y desde luego no renunció por ello a ser mujer, e incluso madre en un sentido plenamente espiritual, y no creía que por tener una relación más estrecha con Dios tuviera la mujer más necesidad del sacerdocio. Sin ser sacerdotes, gozaron de gran cercanía con Dios Teresa de Jesús, Ana María Taigi, Rita de Casia, Catalina de Siena, Veronica Giuliani y muchas otras santas.

En un portal de internet carmelita hemos encontrado este texto:

«Los más ilustres teólogos de su tiempo se asombraban al ver cómo en un solo corpus de escritos de aquella mujer se recogían las máximas de teología mística transmitidas por los Padres de la Iglesia. Tras la última fundación, la de Burgos, la más difícil de todas en comparación, el final de su vida estaba próximo. Llegó a Alba de Tormes, y cerró los ojos en paz el 4 de octubre de 1582, más consumida por la caridad que por la enfermedad. Contaba sesenta y siete años. La Iglesia la considera madre de los espirituales, es decir, de quienes buscan una profunda unión con Dios. Fue canonizada el 12 de maro de 1622, y el 27 de septiembre de 1970 la proclamó Doctora de la Iglesia.

En 2012, Benedicto XVI describió a la gran santa con estas palabras: «Podemos afirmar que, en su momento, la Santa evangelizó sin tibiezas, con ardor nunca apagado, con métodos alejados de la inercia, con expresiones nimbadas de luz. Esto conserva toda su frescura en la encrucijada actual, que siente la urgencia de que los bautizados renueven su corazón a través de la oración personal, centrada también, siguiendo el dictado de la Mística abulense, en la contemplación de la Sacratísima Humanidad de Cristo como único camino para hallar la gloria de Dios (cf. Libro de la Vida 22,1; Las Moradas 6,7). Así se podrán formar familias auténticas, que descubran en el Evangelio el fuego de su hogar; comunidades cristianas vivas y unidas, cimentadas en Cristo como en su piedra angular y que tengan sed de una vida de servicio fraterno y generoso».

Por su parte, dos años más tarde Francisco se hizo eco de estas palabras afirmando:

«Teresa de Jesús invita a sus monjas a “andar alegres sirviendo” (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque “un santo triste es un triste santo”. Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo “soberana Majestad, eterna Sabiduría” (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya “a los principios” (Vida 13,1). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y modesta (cf. Fundaciones 12,1). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4)».

Santa Teresa de Jesús es para nosotros el más elocuente ejemplo de que ser mujer católica no quiere decir ser menos mujer, sino ser mujer a la enésima potencia. Por desgracia, nos han acostumbrado, incluso dentro de la misma Iglesia, a contemplar el catolicismo con la perspectiva deformada de cierta modernidad infectada de ideologías de origen anticristiano. Hay que recuperar la perspectiva pura que nos permita abrevar de una manera siempre antigua y siempre nueva en la límpida fuente de la santa Tradición.

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