Un historiador que dentro de cincuenta o cien años quisiera recoger en una instantánea la jornada del 13 de octubre de 2026, fecha en la que se cumplen ciento nueve años de la última aparición de la Virgen en Fátima, se encontraría ante la siguiente escena:
El 14 de este mes el papa León XIV habría debido clausurar en la basílica de San Pedro el encuentro internacional celebrado con motivo del décimo aniversario de la exhortación Amoris laetitia del papa Francisco. Pero, después de anunciar durante el Ángelus del pasado día 11 que tenía un nódulo en el pulmón, el día 13 el Papa fue ingresado en el Policlínico Gemelli, donde ha sido operado al día siguiente.
La cancelación de la Misa solemne que iba a celebrar el Sumo Pontífice en miércoles en presencia de 250 prelados procedentes de todo el mundo confirma por una parte la urgencia de la operación; por otra, da una oportunidad de profundizar en la indeterminación de las conclusiones del encuentro con los obispos.
Todos los fieles católicos están rezando por la salud del Papa, pero a la imagen mediática de un hombre enérgico capaz de llevar un apretado orden del día se une ahora la de una persona debilitada por una enfermedad cuyo posible pronóstico todavía se desconoce. Esta constatación tiene un significado que va más allá de la crónica sanitaria y nos ayuda a recordar verdades que el mundo ha olvidado. La Iglesia vive de la gracia de Cristo, y su indefectibilidad no depende de las condiciones de salud de un pontífice. El Papa necesita las oraciones de los fieles precisamente porque su cargo no lo libra de padecimientos que son, junto con la muerte, consecuencia del pecado original. Sucesos como esta imprevista dolencia nos ayudan a reflexionar sobre la precariedad de la vida humana, el destino extraterrenal del hombre y la existencia de un Dios que es remunerador en el tiempo y en la eternidad.
Donald Trump, Vladimir Zelensky, Xi Jingping y todos los poderosos de la Tierra viven sujetos a la misma condición de imponderabilidad en que se encuentra el Papa. Como todo hombre, están expuestos al sufrimiento y a la muerte. En estos días, la fragilidad adopta en Washington caracteres políticos. El presidente Trump se acerca a las elecciones de mitad de legislatura arriesgándose a sufrir una seria derrota el próximo 3 de noviembre, porque sus anuncios de paz en Ucrania y Oriente Medio han vuelto a ser desmentidos por la realidad. El resultado de las elecciones está por verse, pero se ha hecho trizas la imagen de un presidente capaz de resolver cualquier crisis por su propia voluntad.
En Ucrania, el anuncio por parte de EE.UU. de una tregua energética se estrella contra la realidad de los cada vez más numerosos ataques rusos contra infraestructuras de Kiev. También en Oriente Medio la paz sigue siendo incierta. Del dicho de las garantías públicas al hecho de la destrucción y el derramamiento de sangre hay un trecho dramático. Las declaraciones diplomáticas corren a toda velocidad por los medios informativos, pero el sufrimiento humano se prolonga día tras día entre las ruinas.
Las tensiones internacionales afectan el suministro energético y los precios mientras Europa se prepara afrontar el invierno con márgenes de seguridad reducidos. Quienes pagan el pato son las familias, que tienen que abonar las facturas, y las empresas, que enfrentan mayores costos de producción. Un continente que depende de decisiones que se toman lejos descubre lo difícil que es defender su autonomía sin suficientes bases económicas y materiales. En este terreno aumenta el malestar social y crece la desconfianza en las instituciones públicas. A la vulnerabilidad energética se suma una crisis más honda: la pérdida de los valores, el olvido de las propias raíces y la reducción de la vida diaria a la búsqueda de un interés personal inmediato y puramente material.
La fecha del 13 de octubre invita a reexaminar este panorama a la luz de Fátima. En 1917, Europa estaba devastada por la guerra, y la Revolución Bolchevique estaba a punto de inaugurar una nueva época. El mensaje confiado a los tres pastorcitos exhortaba a la oración, la penitencia y la conversión. En su última aparición en Cova de Iría, María se presentó como la Virgen del Rosario, y pidió que éste no dejara de rezarse a diario y anunció que la guerra terminaría pronto. La relación entre la paz y el rezo del Rosario está presente en todo el mensaje de Fátima. Después del coloquio, los pastorcillos vieron a San José con el Niño Jesús y a la Virgen vestida de blanco y con un manto azul. San José y el Niño bendijeron al mundo haciendo la señal de la cruz. La visión de la Sagrada Familia es una imagen paradigmática del orden cristiano. En dicho orden hunde sus raíces la paz de las naciones; no en la sistemática destrucción por parte del proceso revolucionario que asalta la vida cristiana.
Ante esta perspectiva, el sufrimiento material y moral, ya sea individual o colectivo, nos ayuda a devolver a la vida su dimensión eterna. Sólo teniendo en cuenta los destinos supremos del hombre podrá darse la verdadera paz, quam mundus dare non potest (Jn.14,27): la paz que nunca nos podrá proporcionar un mundo alejado de Dios. Ningún acuerdo político puede por sí solo sanar el desorden moral del que nacen las guerras. La paz entre las naciones exige justicia, y la justicia requiere hombres que estén dispuestos a reconocer una ley natural y divina superior a sus propios intereses contingentes.
Dios es Señor de la historia, y puede por tanto transformar el curso del tiempo, y también gracias a las oraciones que se le dirigen cuando se entenebrece el horizonte. «Que Nuestro Señor Jesucristo, divino médico, guíe las manos de los cirujanos que operen al papa León», ha dicho el presidente de la Conferencia Episcopal de EE.UU., monseñor Paul S. Coakley. Que la mente y el corazón del Romano Pontífice sean dirigidos, aun después de la curación que le deseamos, por Aquel que sana toda herida del cuerpo y del alma. Cristo, médico divino, carga sobre Sí el peso de nuestros pecados ofreciendo su vida para salvarnos. «Por sus llagas fuisteis sanados» (1 Pe. 2,24), dice el apóstol San Pedro, cuyo sucesor es León. Roguemos para que la acción sanadora de Cristo se extienda a todos cuantos, cum Petro et sub Petro, dirigen hoy la Iglesia, y sane sus heridas, que también son nuestras.






























