En un mismo día de octubre, el de la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, se han inaugurado en Roma, a escasos centenares de metros el uno del otro, dos significativos actos. El primero fue el encuentro convocado por León XIV del 7 al 14 de octubre, en el que participan unos 250 obispos, entre los presidentes de las conferencias episcopales y dirigentes de las iglesias católicas orientales, junto con familias y especialistas, a fin de debatir la exhortación apostólica de Francisco Amoris laetitia.
El otro acto fue el encuentro internacional De Maria nunquam satis: María en el dogma y en el culto, que tuvo los días 7 y 8 en el aula magna del Instituto Patrístico Agustiniano, contiguo a San Pedro, y que contó con la participación de ilustres ponentes y cientos de asistentes llegados de todo el mundo.
La exhortación Amoris laetitia, publicada en abril de 2016 tras las dos asambleas sinodales sobre la familia de 2014 y 2015, suscitó como todo el mundo sabe suma perplejidad y viva controversia. Entre otras cosas, recordamos los dubia que presentaron el mes de septiembre de ese año cuatro cardenales de la Congregación para la Doctrina de la Fe y la corrección filial dirigida al Romano Pontífice el 11 de agosto de 2017 y suscrita más tarde por más de doscientas personalidades del mundo católico. Por ese motivo, León XIV ha querido evaluar cómo se está aplicando el documento del papa Francisco en el orbe católico a los diez años de su publicación.
Lo que a lo largo de los años ha resultado decisivo no ha sido sólo la exhortación Amoris laetitia, que en algunas partes se muestra en clara contradicción con el Magisterio moral anterior de la Iglesia, y más en general con el confuso método de la sinodalidad, hasta ahora adoptado como pauta. Cuando el debate se limita a recoger experiencias locales sin aclarar los criterios doctrinales comunes, el proceso sinodal corre el riesgo de transformar una disparidad no resuelta en una pluralidad de prácticas, consolidando con ello la impresión de que la disciplina sacramental depende de la orientación de cada pastor o de dónde éste esté. Cuando no está clara la relación entre la verdad doctrinal y el consenso pastoral, el método sinodal se vuelve inevitablemente causa de división. El consenso de una asamblea puede contribuir a identificar las necesidades pastorales, pero no sirve como criterio para determinar la verdad doctrinal. No sólo eso; si una asamblea como la que se está celebrando es puramente consultiva, y sin embargo sus conclusiones se presentan como expresión de lo que el Espíritu Santo pide a la Iglesia, hay peligro de atribuir una autoridad espiritual inexistente a propuestas que no dejan de ser juicios humanos por fuerza discutibles. Una sinodalidad que no remita claramente a la verdad crea el riesgo de incrementar la tensión y la polarización en el seno de la Iglesia, desgarrando la unidad.
La primera nota distintiva de la Iglesia es la unidad, que ante todo es unidad en la verdad (Jn. 17,21). La Iglesia es una porque es única, a imagen de Cristo, que es el mismo ayer, hoy y por la eternidad. Como perfecto reflejo de la persona de su divino Hijo, y a semejanza de la Iglesia, de la cual es Madre, también la Santísima Virgen María posee la unidad como característica principal. Se podría decir que la Virgen es el arca de la unidad de la Iglesia. A la unidad de la Iglesia se contraponen las herejías, los cismas, los errores, las divisiones doctrinales, litúrgicas y disciplinarias. María es la que vence los errores y las herejías, reconduce a los fieles a la unidad de la fe y de la caridad, aplaca toda división y sana toda herida.
A lo largo de las dos jornadas, el encuentro del Agustinianum ha puesto de relieve la feliz concordia que se manifiesta en la Iglesia cuando los fieles están unidos en el amor a la Virgen María. Como enseña San Agustín, Ella es en efecto Madre de los miembros de Cristo, porque colaboró con la caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia (De sancta virginitate, 6, 6; PL 40, 399).
Los cardenales que abrieron y concluyeron respectivamente el encuentro, Raymond Leo Burke y Gerhard Ludwig Müller, volvieron a proponer como verdad de fe contenida en la divina Revelación la corredención y la mediación universal de María, avivando con sus palabras el entusiasmo de los presentes. La asamblea manifestó su consenso unánime en torno a esta verdad y a otras manifestadas por los ponentes, como la maternidad divina de María, su Inmaculada Concepción, su virginidad perpetua, su gloriosa Asunción, su realeza en el Cielo y en la Tierra, su combate victorioso contra las herejías y su infalible ayuda a los cristianos.
Si la sinodalidad divide, la Santísima Virgen María une, y la proclamación de sus grandezas es la vía directa para recomponer la unidad en el seno de la Iglesia y en torno a ella. Bajo su manto los fieles los fieles aprenden a reconocerse hijos de la misma Madre y miembros de mismo Cuerpo: unidos en la verdad, la gracia y la caridad de su Hijo.
En su encíclica Adiutricem populi del 5 de septiembre de 1895, dedicada al Rosario y a la unidad de la Iglesia, León XIII afirma: «La malicia de los errores fue vencida por Ella y no por ellos. Los príncipes y Pontífices romanos, custodios y defensores de la Fe –unos para mover las guerras santas y otros para promulgar solemnes decretos– invocaron el nombre de la Madre de Dios, y siempre experimentaron su gran poder y benignidad […] ¡Hay que confiar en María!, ¡hay e implorar a María! ¿Qué no podrá hacer con su poder para apresurar el éxito a fin de que la profesión de la misma fe una las mentes de todas las naciones cristianas y el lazo de la perfecta caridad, ese nuevo y ansiado ornamento de la Religión, hermane las voluntades? ¡No querrá Ella conseguir que los pueblos todos por cuya estrechísima unión rogara fervorosamente su Hijo único y que por el mismo bautismo llamara a la misma herencia de la salud por la cual había pagado un precio infinito, laboren unánimes en su luz admirable! ¿No querrá Ella emplear los tesoros de bondad y providencia, tanto para consolar a la Iglesia, Esposa de Cristo, en sus largos sufrimientos por causa de ellos como para llevar a la perfección, en medio de la familia cristiana, el don de la unidad que es el insigne fruto de su maternidad?
Ése es el camino que nos ha invitado a recorrer el encuentro del Agustinianum, que, gracias a la que es Auxilium christianorum, ha llegado a su término con un éxito que ha superado toda expectativa.






























